miércoles, 31 de diciembre de 2025

Lo que sé de Esmeralda

 


“Es como si estuviera escuchando un serial radiofónico”, exclama uno de los personajes en la página 109 de esta novela. Y, en el mejor de los sentidos, es así, porque el autor (el ilicitano Andrés Guilló Javaloyes) ha sabido continuar el tono envolvente, cercano, mágico y coloquial que inauguró con Esmeralda sin brillo. En aquellas páginas, que ya comenté en este mismo blog (https://rubencastillo.blogspot.com/2024/12/esmeralda-sin-brillo.html) nos desgranó la fascinante historia de Esmeralda, una vedette bellísima que tuvo el coraje de enfrentarse a todo y a todos en unos tiempos difíciles, recorriendo España con sus espectáculos, haciendo que su belleza y su talento artístico fueran reconocidos en cuantos lugares visitó y manteniendo con firmeza su derecho al amor, aunque este viniera de una persona que, por su posición económica y social, quizá no era la más sencilla para iniciar un proyecto sólido. Conocimos allí al modisto Paquito; conocimos al inspector Manuel Sanchís, tan brusco como noble; conocimos los deseos y las envidias que despertó la escultural Esmeralda; y conocimos, en fin, la forma increíble de su muerte. Uso a conciencia el adjetivo “increíble”, porque muy pocos aceptaron como válida la explicación oficial que se dio a la misma: un suicidio pactado junto a su amante. Quedaban muchos flecos por aclarar; quedaban muchos secretos por descubrir; quedaban muchas heridas por cauterizar.

Por eso, Andrés Guilló ha tenido la excelente idea de ofrecernos una continuación de aquel enigma, que se inicia de un modo tan estremecedor como virulento: en el mismo sitio donde apareció el cuerpo de Esmeralda aparece ahora, dieciséis años después, el de una joven prostituta llamada Reme, que ha sido estrangulada con un pañuelo blanco de seda. El corazón de Sanchís se encoge al conocer la noticia, pero se encogerá mucho más cuando se repita el procedimiento con otra prostituta, que replica los detalles del crimen: un pañuelo de seda, ausencia de agresiones sexuales, ninguna pista aparente.

Y ahora llega el momento en que ustedes, lo sé, van a odiarme, porque no les voy a suministrar más detalles. Se trata de un enigma policial y no seré yo quien les estropee el placer de irlo desvelando página a página, de la mano de Manuel Sanchís, de Carlos, de Bernardo o de Margarita. ¿Que les va a encantar? Lo doy por seguro. ¿Que al terminarla sonreirán de placer, pensando que puede haber una tercera parte? También lo doy por seguro. Una forma intensa y maravillosa de terminar el año literario 2025.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Modelos de mujer

 


No sé en qué año comencé a leer a Almudena Grandes. Calculo que sería cuando estaba terminando mis estudios en la universidad de Murcia: fue la época en que la autora madrileña obtuvo el premio La sonrisa vertical y empezó a aparecer con asiduidad en la prensa. Digamos, pues, que 1990. Luego seguí leyendo sus obras (no todas), y he continuado con esa tendencia desde que tengo este blog, cuyas puertas le abrí encantado con títulos como Los aires difíciles, Castillos de cartón, Mercado de Barceló, Las edades de Lulú, Estaciones de paso, Inés y la alegría, El lector de Julio Verne, ¡Adiós, Martínez! y La herida perpetua (tienen ustedes las nueve reseñas en este mismo blog). Ahora completo otra aproximación: los relatos contenidos en Modelos de mujer, que me fascina.

Los personajes de Migue (que tiene retraso cognitivo y que se enamora de un fantasma relacionado con la guerra civil), de la química Malena (que mantiene un duro combate contra la comida, dada su tendencia a engordar), de la niña Bárbara (que se enfrenta al horror de la muerte a través de las palabras de una monja con la cabeza perdida), de la absorbente y turbadora madre que retiene a su hija con procedimientos químicos, de la mujer que encuentra en los balcones su sistema de comunicación con el primer hombre que la rondó sentimentalmente, de la joven doctoranda que consigue conquistar el corazón de un director de cine (sin que la fascinante belleza de una bellísima modelo sirva de nada para desviar su atención) y de la matemática Berta (la buena hija que ha vivido esclavizada por una madre distante y ahora impedida en cama) se convierten página a página en poderosos imanes que te mantienen adherido a sus historias, donde siempre se nos pide que escuchemos a una mujer que sufre. Y qué placer hacerlo, porque el modo de narrar de la madrileña es sublime.

Lo he dicho y escrito varias veces, pero no me importa repetirme: quiero leer una tras otra todas las producciones de Almudena e irlas subiendo a mi blog. En 2026 continuaré con el proyecto.

domingo, 28 de diciembre de 2025

¿Quién mató a Palomino Molero?

 


Ya sé que va a sonar a estupidez, pero me siento en deuda con Mario Vargas Llosa. A él, que nunca llegó a conocerme y que, de haberlo hecho, ni siquiera me recordaría, quizá la frase le provocaría una sonrisa. Pero puedo asegurar que no es petulancia, ni pose, ni aserto paradójico para llamar la atención: es puramente que me siento en deuda con él. ¿Por qué? Resulta fácil de aclarar: porque durante años (muchos años, demasiados años) he ido aplazando su lectura, diciéndome que alguna vez la emprendería, y no animándome nunca con demasiado vigor a cumplirla. Ahora bien, si se me preguntase por qué he actuado así, juro que no sabría contestar. No le “tengo manía” al peruano; no he quedado decepcionado con su lectura; no lo creo inferior a García Márquez o Cortázar. Es solamente que, por lo que sea, estoy a punto de cumplir sesenta años y apenas hay dos reseñas suyas en mi blog. Me comprometo a enmendar ese yerro durante 2026.

Para activar ese protocolo dedico un par de días a leer ¿Quién mató a Palomino Molero? Y salgo con un estupendo sabor de boca. Quizá no se trate de su obra maestra (es evidente), pero qué bien hecha está, qué sinuosidad de diálogos más bien llevados, qué construcción novelesca más sólida y convincente, qué espléndida combinación de tragedia y humor, de sencillez y de profundidad. Recordemos su arranque: Lituma, un guardia que está destinado en el puesto de Talara, es avisado por un pastor sobre el descubrimiento de un cadáver. Pero no se trata de un crimen sin más: alguien se ha ensañado brutalmente con el pobre chico, no solamente ahorcándolo, sino también quemándolo con cigarrillos, ensartándole un palo por el recto y tratando de seccionar sus genitales. La escena es tan agria que resulta imposible asistir a la misma sin sentir el vómito acercándose a los labios. ¿Quién se ha mostrado tan sañudo con el pobre Palomino Molero, un chico de la zona que, además de cantar boleros y ser querido por todo el mundo, estaba destinado en la base aérea? Ese será el interrogante al que Lituma y su superior, el teniente Silva, deberán encontrar respuesta durante las próximas semanas.

Para esclarecer los hechos, tendrán que interrogar a algunas personas de la citada base militar (el coronel Mindreau y su hija Alicia, el teniente Dufó) y enfrentarse a las habladurías de todo el pueblo, que oscilan entre la indignación y los rumores. Qué asombroso el personaje del teniente Silva (perspicaz y meticuloso en las investigaciones, pero ridículo en su cortejo sexual desaforado alrededor de doña Adriana); qué densos los perfiles psicológicos de los Mindreau (cada lector tendrá que decidir a cuál de los dos, padre o hija, cree); y, sobre todo, qué sensación de relato, clásico, solvente y cautivador. Como mandan los cánones. Como a mí me gusta. Me quito el cráneo.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Los silencios del Dr. Murke

 


Disfruto en este final de diciembre del volumen de relatos Los silencios del Dr. Murke, de Heinrich Böll, gracias a la traducción de Carmen Ituarte. Y me deja un buen sabor de boca (¿se podrá decir eso de un libro?), sobre todo en los tres primeros, que están aromados con un delicado sentido del humor. Se trata de “Los silencios del Dr. Murke” (donde conozco a un culto y solitario pensador, que trabaja en la radio y que tiene como afición la de guardar recortes magnetofónicos en los que se registran silencios), “No sólo en Navidad” (que me ha sorprendido con la delirante historia de la tía Milla, que enloquece cuando se retira del salón el abeto navideño y a la que toda la familia, piadosa y afectuosamente, decide engañar durante días, semanas, meses y por fin años haciéndole creer que todos los días es Nochebuena) y “Algo va a pasar” (con ese empleado que, refractario a toda forma de trabajo, encuentra en una funeraria el destino idóneo para su labor profesional).

Después, para completar el tomo, Böll incluye dos relatos más (“Diario en la capital” y “El destructor”), que tratan temas más agrios y más ríspidos (el retorno del nazismo, bajo disfraz democrático, en el primer caso; los desequilibrios mentales de un hombre obsesionado con el papel de envolver y con los folletos publicitarios, en el segundo). Creo que estas dos historias, al perder la especia del humor, resultan menos atractivas. O, al menos, así me ha parecido a mí.

Es la tercera vez que incluyo un libro de Heinrich Böll en este Librario íntimo; y me parece que no será la última.

viernes, 26 de diciembre de 2025

El décimo hombre

 


Treinta prisioneros franceses se hacinan en una celda, como rehenes de los nazis. Y un anochecer se les comunica una terrible noticia: tres serán fusilados al alba. Ellos mismos deben elegir quiénes formarán ese trío. El azar determina que uno de los desafortunados sea Jean-Louis Chavel, un rico abogado cuya cobardía lo lleva a pronunciar una frase tentadora y terrible: está dispuesto a donar todos sus bienes (dinero, propiedades) a quien acepte morir en su lugar. El joven al que llaman Janvier (y que realmente se llama Michel) acepta, para que su hermana y su madre abandonen la pobreza. Y el trueque se rubrica mediante la redacción de un contrato rudimentario y la firma de un testamento.

Así arranca la propuesta novelística que Graham Greene nos coloca ante los ojos con el título de El décimo hombre, que leo en la traducción de Jaime Zulaika. Ese inicio cenagoso y perturbador adoptará otros ropajes cuando Chavel (que ahora ha conmutado su apellido por el de Charlot) retorne a sus posesiones de St. Jean de Brinac. ¿Lo mueve el afán de recuperación? No exactamente. Más bien se trata de una maniobra lánguida, que le permita observar de cerca su antiguo hogar, que ha permanecido más de dos siglos en manos de su familia y que ahora pertenece a las Mangeot (la madre y la hermana de Michel). Thérèse, que todavía es muy joven y que odia profundamente a Chavel por el trato indigno que sugirió a su hermano, ofrece a Charlot un puesto como sirviente en la casa. Y él lo acepta, quizá porque necesita sentirse de nuevo protegido entre sus paredes de infancia; quizá porque aspira a hacerse perdonar; quizá porque servir como criado en la casa que fue suya pueda ser considerado una forma de expiación.

Durante unas semanas, todo se mantiene en ese delicado equilibrio, hasta que unos nudillos golpean la puerta en medio de la noche y el intruso que reclama su apertura diga llamarse Jean-Louis Chavel.

Gran reflexión sobre las decisiones equivocadas, sobre la culpa, sobre el rencor y sobre la ceguera voluntaria, que Greene nos sirve en forma novelística, rematada con una secuencia prodigiosa: cuando el protagonista, moribundo, está firmando su último papel, escribe “Jean-Louis Ch…” y ahí se detiene. Quizá porque ya ni siquiera sabe cuál es su nombre real. Quizá porque ya ni siquiera sabe quién es.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

El único animal

 


Leer las páginas de Chelo Sierra produce una sensación parecida a contemplar el fluir elegante y lleno de susurros de un riachuelo (si la broma me fuera disculpada, hablaría de un riaChelo): todo parece tan sencillo, tan natural, tan hermoso, que no concebimos que pueda ser de otra manera; y llegamos a perder la noción del tiempo, enfrascados en el éxtasis de su historia. Ignoro si la consecución de ese estilo ha comportado para la escritora madrileña un trabajo ímprobo o si ha brotado de forma espontánea. Tampoco se lo quiero preguntar, porque valoro mucho el secreto de cada artista. Pero desde el lado de acá, desde el lado de quien desliza sus ojos por las líneas, la absorción es absoluta, y eso es lo que finalmente cuenta.

Quien decida comprobarlo adentrándose en las páginas de El único animal se encontrará con la intemperancia de unos huéspedes exigentes, que conduce a los dueños de un hotel a tomar decisiones (“El ruido de los pájaros al caer”); con la performance animalista de dos jóvenes que trabajan en una multinacional (“Crema antiarrugas”); con el triste espectáculo de un negocio decadente, relacionado con el mundo de los caballos (“Rezar por rezar”); con la intimidante construcción que se está erigiendo en una zona céntrica de la ciudad (“El proyecto Elisabeth”); con la oleada (o el oleaje) de peces muertos que aparecen, por miles, en una playa turística (“Demasiadas veces”); con la atinada mezcla de humor y ecología que traspasa un relato sorprendente (“Kamikazes”); con los meticulosos preparativos que urde un anciano que vive solo ante la visita semanal de su hija (“Verticales 3”); con los inconvenientes que suponen para los dueños de un perro sus días de descanso en un hotel, resueltos en amargura final (“Pet friendly”); o con un magnífico cuento inverso, donde se reflexiona sobre los misterios (o las miasmas) del arte y del espíritu humano (“Rebobinando a Hirst (versión libre)”).

Hay más, por supuesto. Mucho más. Muchísimo más. El talento sólido e incuestionable de Chelo Sierra se extiende por los canales venecianos de la ironía, de la hondura psicológica o de la reflexión existencial; y lo hace con una fermosa cobertura literaria de primera magnitud. Léanla, por Dios santo y bendito. Y se harán, como yo, cofrades de su prosa.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Los niños de la guerra

 


Fue como un imán. Vi este libro en la estantería de la biblioteca, leí el título de la obra y me dije: “Sí”. Añadamos que el apellido Pàmies también ayudó: he buceado con gran placer en varios libros de su hijo y sentí curiosidad por comprobar si la madre me resultaba igual de convincente. Los niños de la guerra. Imposible evitar un escalofrío. Las criaturas que, durante el atroz período comprendido entre 1936 y 1939, fueron víctimas del horror, de la manipulación, del traslado, de la barbarie. Leo en la contundente y conmovedora primera página: “Aquellos niños no pudieron ser neutrales. No les dejaron ser neutrales”. Es verdad. Nadie les consultó si querían participar en aquella ceremonia de crímenes, bombardeos, hambrunas, fríos legendarios, exilios forzosos, madres escuálidas, padres movilizados, paredones, gritos nocturnos y fosas comunes. “¿Qué huella pueden dejar en la mente de un niño escenas tan apocalípticas? ¡Cuántos desequilibrios psíquicos ocasionó la guerra en miles de criaturas!”, anota con temblor Teresa Pàmies en la página 40.

Utilizando revistas de la época, documentos de centros escolares, testimonios de los supervivientes y folletos editados en los dos bandos, la investigadora dibuja un panorama devastador, melancólico y triste, en el que seguían difundiéndose mensajes publicitarios (se habla con amargura en la página 101 del biberón Rillo “que, al parecer, era mágico. El único inconveniente que tenía el fabuloso frasco era que había que llenarlo de leche”); en el que los niños jugaban a fusilar a sus compañeros (“Aquello no era jugar. Aquellos no eran niños, sino fieras”, p.90); en que participaban “en la nada infantil tarea de sacar muertos de entre los escombros” (p.93); y en el que los niños, dependiendo de la publicación, eran empujados a considerarse unos defensores de los valores patrios o unos aguerridos luchadores antifascistas, con unos mecanismos manipuladores tan toscos y tan viles que solamente les puedo sugerir que, si se animan a leer la obra, se preparen un buen antiácido y un pañuelo. Los van a necesitar.

Como curiosidad próxima, descubro que en Murcia existía un campamento infantil bautizado con el nombre del general húngaro Lukasc, muerto en el frente de Aragón (se indica en la página 79).

Resumen terrible (y maravillosamente escrito) de una época infame, Los niños de la guerra se sigue leyendo con escalofrío y con infinita amargura. Porque fueron miles y miles los “locos bajitos”, como diría Serrat, que sufrieron el aguijonazo de unos alfileres de vudú que les clavaron los “sensatos adultos”. Que no se repita.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Mi planta de naranja lima

 


Hay libros (pocos, muy pocos) que, una vez leídos, me dejan con un escalofrío bajando por mi espalda y con la humedad subrayando mis ojos. Pero me adelanto a aclarar que no se trata de folletines lacrimógenos, sino de obras muy bien escritas, de honda humanidad, sin asomo de gazmoñería o de burdas concesiones a la lagrimita fácil. He vuelto a experimentar esa sensación, después de varios años, con Mi planta de naranja lima, de José Mauro de Vasconcelos, que he podido leer gracias a la traducción de Carlos Manzano para Libros del Asteroide. En esta novela se nos cuenta la historia de un niño muy pobre y muy cabra loca, Zezé, que no deja de realizar travesuras por todo su barrio porque, según nos dice, se encuentra bajo la influencia del Niño Diablo. Eso no impide que sea un chico tierno, dulce y cariñoso, que soporta con paciencia los golpes que le propinan todos (el padre, porque se encuentra sin empleo; sus hermanos, por considerarlo un rabo de lagartija; los vecinos, para ver si lo enderezan). Huérfano de afecto, el pequeño Zezé dispone solamente de tres asideros emocionales: su maestra, doña Cecília Paim, que lo juzga un espíritu noble; el portugués Manuel Valadares, que tiene el coche más bonito del pueblo y que se convierte en su mejor amigo; y su pequeño arbolito de naranja lima, con el que habla cuando están a solas.

El niño, que de mayor sueña con ser “poeta y sabio” (p.33), protagoniza algunas escenas conmovedoras: cuando lleva a su hermanito Luís a una entrega de regalos caritativos navideños, pero al llegar descubren que el reparto ha terminado (“¿Por qué no me quiere el Niño Jesús?”, p.48); cuando, avergonzado por haber dicho en voz alta que es muy triste tener un padre pobre, sale a limpiar zapatos para comprarle cigarrillos; o cuando roba todos los días una flor para regalársela a la profesora y que su jarrón de clase luzca más hermoso. Son tres momentos que entresaco del amplio ramillete que ofrece el libro.

Y, por favor, no me pidan que les cuente más. Sería un sacrilegio arrebatarles la alegría de descubrir esta novela por sí mismos. Les aseguro que puede resultar una de las experiencias más bellas y conmovedoras que hayan sentido en los últimos años.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Madrid, noche de tres años

 


En apenas dos tardes (es un libro que se lee con fluidez) me termino la novela Madrid, noche de tres años, de Antonio Cano Gómez, que intenta arrojar luz sobre un episodio oscuro acaecido durante la guerra civil de 1936, protagonizado por un obrero, Ramón Goenaga, del que se pierde la pista en unos días confusos. Nadie sabe, aparentemente, qué ocurrió con él. Nadie sabe dónde puede hallarse, muerto o con vida. Y el proceso de búsqueda y reconstrucción, emprendido muchos años después, arroja tantas luces parciales como impenetrables sombras. Muy probablemente, porque resulta tarea imposible esclarecer lo que aconteció durante el fragor de aquellos años sangrientos, en los que todas las venganzas fueron terribles y en los que todo el rencor se derramó sin freno.

Luchando para mantenerse en una posición neutral, Antonio Cano Gómez nos invita a que avancemos por su territorio narrativo y a que reflexionemos sobre un asunto inquietante: ¿cuántos matices tiene el mal? ¿Cuántos ostenta el bien? Y lo que resulta aún más cenagoso: ¿hasta qué punto una guerra mezcla y salpica entre sí esos ámbitos? No podemos calcular cuántos misterios dejó a sus espaldas (en cunetas o en callejones oscuros, en prostíbulos o en salones nobiliarios) la maldita guerra civil de 1936, pero sí que podemos acercarnos a muchas historias que analizan ese ámbito, porque aquella “longa noite de pedra” (así la bautizó Celso Emilio Ferreiro) ha generado cataratas de tinta. Gracias a Antonio Cano Gómez y a la editorial MurciaLibro tenemos la posibilidad de conocer una más.

jueves, 18 de diciembre de 2025

Lo que no se ve

 


Consignemos, aunque sea levemente, las líneas argumentales de las seis historias que Cristina Fernández Cubas recopila en su reciente volumen Lo que no se ve (Tusquets, 2025): dos hermanas que han invertido sus vidas en la obsesiva imitación de la película ¿Qué fue de Baby Jane? (“Tú Joan, yo Bette”); una mujer que recuerda con bochorno la forma en que malbarató la amistad de una poco agraciada compañera de instituto (“¿De qué se habla en las fiestas?”); cinco estudiantes universitarios, tan engreídos como vulnerables, que decidieron jugar a las invocaciones demoníacas, iniciando de ese modo una larga cadena de desgracias (“Momonio”); una muchacha que ha sufrido durante años la enojosa comparación con su bella y angelical hermana adoptada (“La hermana china”); un hombre que, inmerso en una relación sentimental no muy dichosa, recuerda un amor de juventud (“Il Buco”); y una mujer que, en el arrabal de la senectud, comprende la importancia de realizar un recuento de su vida, un balance (“Candela Viva”). Ahora bien, ¿existe algún nexo que vincule esta media docena de narraciones, algún leitmotiv que las hilvane? Si tuviera que decantarme por uno elegiría el poder que, sobre el presente, ejercen los ayeres infelices; la sentina de lágrimas que lastra nuestro barco; la espalda dolorosa de nuestro pecho optimista. Porque Cristina Fernández Cubas, además de una prodigiosa escritora, es una admirable analista del espíritu humano, que coloca ante los lectores seis maravillosos cuadros emocionales que, en algún caso, funcionan como espejos, donde podemos ver reflejados nuestros miedos, nuestros errores, nuestros arrepentimientos, nuestros fracasos.

Apostar por un libro de la catalana siempre es una buena idea. Lo digo por si están pensando en regalar (o regalarse) algo por Navidad: van a acertar seguro.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Una hermosa doncella

 


Marcus Kidder es un anciano de porte distinguido: alto, elegante, rico y famoso. Dispone de una casa señorial, engalanada con obras de arte y maderas nobles. Lo asisten en su vida diaria un chófer y un ama de llaves. Así que cuando se acerca en el parque hasta la joven Katya Spivak, de dieciséis años, que trabaja como niñera lejos de su hogar, toda su labia, su educación y su riqueza parecen envolver a la muchacha en un halo de perplejidad, donde se mezclan la atracción y la repulsa. Por un lado, ella parece consciente de que el señor Kidder es un viejo verde, un asqueroso que pretende seducirla o conseguir sus favores sexuales (a pesar del medio siglo de distancia que los separa); por el otro, no puede evitar sentir una gran fascinación por sus modales, por su exquisitez, por su halo paternal. Ese juego peligroso de aproximaciones y rechazos continuará cuando ella acceda a posar como modelo para el señor Kidder, que es escritor y pintor: entra en su casa e incluso cobra por su trabajo, pero se alejará enfurecida cuando él le muestre unas prendas de lencería con las que pretende que se cubra.

Buena parte de la fascinación lectora que genera Una hermosa doncella, de Joyce Carol Oates, que leo en la traducción de María Luisa Rodríguez Tapia, reside en ese balanceo inquietante de acercamientos y desdenes, donde se mezclan la curiosidad, el coqueteo, el poder, la sumisión y la hipnosis. Pero la autora, que es sumamente hábil, no juega con cartas maniqueas, presentándonos a una joven candorosa y meliflua, que terminará cayendo en las garras del buitre poderoso. Ni mucho menos: Katya fuma cristal de metanfetamina, cuenta con avaricia los billetes que Kidder le entrega pudorosamente doblados, expele unas palabrotas que hacen temblar el Tabernáculo y engaña deliberadamente a cuantas personas necesita para lograr sus propósitos. Pero es que, además, en un momento turbio de venganza (que generará una situación sofocante y violenta en el tramo final de la obra), telefonea a su peligroso exnovio Roy, explicándole que el señor Kidder la ha drogado y posiblemente haya abusado de ella.

Turbulenta, incómoda y lírica, esta novela de Joyce Carol Oates deja mal sabor de boca (argumentalmente) y espléndido sabor de boca (literariamente).

lunes, 15 de diciembre de 2025

El matarife

 


Otto siempre ha sido un chico peculiar. Nació cuando sus padres, tras veinte años de intentos baldíos, ya no lo esperaban; y tuvo la mala fortuna de que su madre muriese en el parto. Durante su infancia fue torpe para los estudios y descubrió su vocación profesional en el momento más insospechado: viendo cómo un matarife mataba un buey utilizando un hacha. Perplejo pero resignado, su padre lo acompaña hasta Berlín, para buscarle colocación.

Acceden así a un mundo sórdido, de sangre, brutalidad y olores agrios, por el que pululan gentes pobres y embrutecidas. Otto, lejos de sentir repulsión, nota que lo que está viendo es lo suyo. Dos años después, muerto su padre, hereda y compra una carnicería, pero le llega la orden de que debe incorporarse al ejército y se le traslada al frente serbio, donde continúa haciendo lo mismo que en la vida civil, pero con una variante: ahora mata personas con la misma frialdad con la que mata reses. Y, con la lógica implacable de la guerra, se le condecora como héroe de la nación.

Permítanme que no les cuente nada más del argumento, aunque les advierto que la parte más inquietante, la más honda y cenagosa del relato comienza justo ahí, gracias al enorme poder fabulador y psicológico de Sándor Márai, quien nos va envolviendo, página a página, en las turbulencias anímicas de su protagonista.

Se lee en una tarde y se graba en la memoria para toda la vida.

sábado, 13 de diciembre de 2025

Calígula

 


Recuerdo perfectamente el deslumbramiento que me produjo, allá por 1985, mi primera lectura de Calígula, la pieza dramática de Albert Camus. Y recuerdo también perfectamente cómo le di vueltas a la razón que motivaba las acciones del desconcertante emperador. ¿Estaba loco? ¿Era un sádico? ¿Acaso un iluminado terrible? ¿Un lúcido tenebroso? Tras la muerte de su joven esposa (y hermana) Drusila, Cayo Julio César Augusto Germánico, más conocido como Calígula, comienza a comportarse de forma extraña: se queda con la mirada perdida, opta por vagabundear sin decir hacia dónde se encamina y, sobre todo, inicia una desenfrenada carrera hacia el absurdo. Ha bastado que uno de sus hombres le recuerde la importancia del Tesoro Público para que él, con los ojos en blanco, decida arbitrar una medida delirante y que genera inmediato escándalo: que todas las personas adineradas del imperio deshereden a sus hijos y estipulen que sus bienes pasen al Estado. Luego, será cuestión de irlos matando de forma aleatoria (“No es más inmoral robar directamente a los ciudadanos que gravar con impuestos indirectos los artículos de primera necesidad. Gobernar y robar son una misma cosa, eso es del dominio público. Pero cada cual lo hace a su manera”). Desde ese instante, utiliza el poder absoluto de forma atrabiliaria: son muchos los emperadores que han tenido poder ilimitado, pero él decide ser el primero que lo utilice para que lo irracional y el caos imperen.

A partir de ese instante, ordenará muertes (o las cometerá él mismo), urgirá a sus hombres de confianza para que le consigan la luna (literalmente), se disfrazará de bailarina y esperará el aplauso amedrentado de sus senadores o arbitrará unos perdones tan aleatorios como sus castigos. El Reino de la Locura parece su única meta, pero lo que sorprende es que cuando se queda a solas parezca regresar a la más cristalina lucidez. “¿Quién se atrevería a condenarme en este mundo sin juez, en el que nadie es inocente?”, pregona. Como es lógico, un cónclave de espadas enfurecidas tendrá que cercenar la amenaza delirante de su respiración.

Texto poliédrico e inquietante, creo que volveré a revisarlo dentro de unos años. Siempre le encuentro matices y ángulos que no había contemplado en la lectura anterior.

viernes, 12 de diciembre de 2025

Ars moriendi


 

Una hora le dedico (el tomo es breve) a la obra poética Ars moriendi, de Manuel Machado, que se me brinda en la edición anotada por Pablo del Barco para el sello Cátedra. Y vuelvo a encontrarme con el vate ligero, juguetón y superficial que ya conocía por volúmenes anteriores: “Ligero”, porque sus composiciones vuelan y se posan en los ojos como pequeñas plumas; “juguetón”, porque a pesar de la seriedad de los temas tratados me parece evidente que el sevillano se divierte con la elección de las rimas y los ritmos; y “superficial” porque sospecho que Manuel no cobijaba la voluntad de mostrarse solemne o grave. Y es que incluso cuando se disfraza de hiperbólico o apocalíptico no puede evitar que el zigzagueo de los versos lo traicione (“El cuerpo joven, pero el alma helada, / sé que voy a morir, porque no amo / ya nada”). La música, no se me negará, delata su espíritu festivo. La manzanilla no es absenta.

Hermosos me han resultado los poemas “Morir, dormir…”, el primer soneto de la serie Rosas de Otoño y los tercetos que rematan la composición “Ocaso” (“Para mi pobre cuerpo dolorido, / para mi triste alma lacerada, / para mi yerto corazón herido, / para mi amarga vida fatigada… / ¡el mar amado, el mar apetecido, / el mar, el mar y no pensar en nada!”). Un delicado manojo de versos para terminar el año con una poesía, quizá, demasiado olvidada.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Tomas falsas (V.O.)

 


En el año 2009, el escritor Joaquín Piqueras obtuvo el accésit del premio de poesía Ciudad de Palma de Mallorca y, unos meses más tarde, apareció publicada la obra con el título de Tomas falsas (V.O.). Imagino que debí de leerla allá por la Navidad de 2010, así que me parece un buen momento para repasar sus páginas y volver a encontrarme con sus versos.

El resultado, huelga decirlo, es memorable. Utilizando títulos de películas como rótulos para sus composiciones, Joaquín nos traslada un muestrario de textos que impresionan y anonadan: un exabrupto doméstico que el tiempo colorea de amarga remembranza (“El regador regado”); el resumen de una infancia gris, que puede contemplarse como imagen de muchas otras (“El chico”); la angustia fronteriza que nos asalta cuando llegamos a la línea final que nos separa de la muerte (“Solo ante el peligro”); la gratitud y la autonomía, luchando dentro del corazón (“El hombre que mató a Liberty Balance”); variaciones sobre Teresa de Cepeda (“El hombre elefante”); o complementos actualizados para el “beato sillón” guilleniano (“Con los ojos cerrados”) o la famosa improvisación de Rutger Hauer (“Llueve sobre mi corazón”). Y cómo decir lo maravilloso que es el poema “Cinema Paradiso” o la tensa intensidad del majestuoso “Vivir rodando”.

Una obra sin duda imperecedera, que he releído con auténtico placer.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Solo mientras tanto


 

Me acerco hasta las páginas poéticas que Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia escribió con veintiocho años, con veintinueve años, y que reunió en el pequeño volumen Solo mientras tanto. Atreverse a decir que aquí ya está la voz dura y sólida del uruguayo Mario Benedetti sería mentir: falta el poso de la madurez. Pero sí que adivinamos, aquí y allá, adjetivaciones poderosas, ráfagas de luz que lo insinúan, aciertos de sencillez inimitable (“Ahora en cambio estoy un poco solo, / de veras un poco solo y solo”), pareados que detienen la saliva en la garganta (“Ahora no es, no puede ser la muerte. / Abro los ojos para convencerme”), líneas que te dejan pensando (“Estoy solo con mi infancia de alertas”).

Creo que voy a seguir la exploración por los libros de Mario Benedetti en orden cronológico. Intuyo que va a gustarme la experiencia.

sábado, 6 de diciembre de 2025

Escicha


 

Es un anciano cuya identidad nominal se nos oculta entre brumas desde el principio (“Siendo muy joven me apodaron Severo por la aspereza de mi carácter; aunque en realidad mi madre me bautizó con otro nombre, un nombre que ya no recuerdo”, p.21). Vive en el cortijo El Agua Vieja, situado en una aldea de La Mancha “de la que se fueron hasta los perros”; y, desde sus primeros años, sufrió el influjo de un padre devastador, violento y alcohólico, que lo moldeó a su antojo (“Mi padre me talló con gubias y formones de orfebre cruel y despiadado y a fuerza de palos me convirtió en bestia, y me arrancó del pecho la compasión. La miseria se hereda”, p.15). Así arranca esta turbulenta narración con la que Luisa Máñez debuta en el mundo de la novela en el brillante sello Talentura.

Y les aseguro que es una historia que se clava mientras lees, de tan potente y perturbadora. Qué escritura más especial, de textura terrosa y lírica, en la que burbujean prodigios y respiraciones telúricas, que generan una atmósfera de alucinación poética, casi apocalíptica. Y esa atmósfera, de forma precisa, provoca el asombro y acelera la respiración. Que nadie espere encontrar aquí una novela complaciente o siquiera convencional. En modo alguno. Lo que encontrarán será un rugido de anomalías, un estrépito de imágenes que ponen los ojos del revés. ¿Piensan que exagero? De acuerdo: abran el libro por la página 26 y lean: “Un día madre comenzó a llorar cera porque sus lagrimales se habían secado, y un enjambre de abejas entró por la ventana y libó en sus ojos, después en sus labios. La lengua de madre zumbaba como las alas de las abejas, y del suelo brotaron cordilleras con sus lágrimas coaguladas”. O abran el libro por la página 44 y lean: “En Alaska un oso polar miró al cielo y abrió la boca y en sus fauces se originó un huracán. María sacó la lengua y el pequeño vendaval aterrizó suavemente sobre ella”. O abran el libro por la página 93 y lean: “Entré en la habitación. Me acerqué a él. El corazón bombeaba angustia. Lo vi: su cuello roto caía dulcemente derrotado. Las palmas de las manos abiertas; en ellas dibujados con carboncillo dos crucifijos. En la mesilla de noche estaba mi mechón de pelo atado con hilo rojo a una rama de romero”. ¿Comprenden ahora lo que les digo acerca de la potencia imaginativa y telúrica de esta novela?

Poesía y prosa se dan la mano en esta propuesta intensa y diferente, no apta para lectores perezosos. Remánguense y afronten su lectura con valentía.

jueves, 4 de diciembre de 2025

El peso exacto de los días

 


Llevo desde el año 2017 leyendo a Pilar Galán. Y cada día que pasa me alegro más de haber tenido la fortuna de dar con sus libros. Ahora, acabo de terminar su última entrega, que lleva por título El peso exacto de los días y que es (que vuelve a ser) una auténtica maravilla, que nos habla de mil historias y emociones: la tristeza de tirar los zapatos de la madre fallecida (“El orden natural de todas las cosas”); homenajes a Quevedo (“Cuernos y barraganas”, “Polvo enamorado”); pequeños relatos de amor y escalofrío (“Programa de ropa blanca”); deliciosas variantes del humor (agrio, tierno, macabro), como las contenidas en la serie “Amor de madre”; homéricas hipérboles ferroviarias (“Y su maleta de cartón”); la tierna preciosidad de “Padres adoptivos III”; esa sonriente delicia que bautiza como “Nombres”. Y, en fin (para no serles pesado, como diría mi madre), un gran número de guiños culturales: la mitología clásica (Eurídice, Minos, Cíclope, las Parcas), Velázquez, Homero, Stephen King, la Biblia…

Otros libros de microrrelatos pueden leerse de un tirón, sonriendo o cabeceando ante cada propuesta (lo sé porque he leído unos pocos), pero considero que los contenidos en El peso exacto de los días ganan mucho si se leen de forma espaciada. A mí, tras una primera lectura tradicional, me funcionó muy bien otro método para la segunda, que realicé con cinco días de diferencia: leer un texto en voz alta, cerrar el volumen en silencio, quedarme pensando durante unos minutos y después, otra vez en silencio, pasar al siguiente. Si todo buen libro de microrrelatos es una explosión de creatividad, que se dispara en cien direcciones y que nos regala cien historias diferentes, El peso exacto de los días lleva esa explosión a alturas de excelencia.

Un libro inagotablemente valioso, que puede ser abierto por cualquier página y emitir luz. Si me permiten una debilidad personal, acudan a la página 133 y lean “A veces hago cosas”. O, si lo prefieren, empiecen el tomo por el final, recorriendo las líneas inmejorables de “Primos de Francia”. Luego me cuentan.

martes, 2 de diciembre de 2025

Sendas de invierno

 


Hay unos árboles acariciados por el viento. Hay unos pájaros que, en medio del silencio, trinan. Está el Moncayo, erguido y monumental. Hay riachuelos que discurren con levedad encantadora. Hay lágrimas de lluvia que humedecen las ventanillas de un tren. Y, frente a todo esto, se detiene la mirada inquisidora y lírica de Fulgencio Martínez, que convierte en tinta ese espectáculo inmortal. Lo más lógico sería que, después, estuviesen nuestros ojos, leyendo los poemas que resultan de esa contemplación, pero no es así. La humildad reverente del poeta lo inclina hacia otra solución: dejar que los ojos de otra poeta, Dionisia García, evalúen esas composiciones, las maticen, introduzcan sugerencias, propongan cambios, varíen el ángulo de la luz. El resultado es Sendas de invierno, la obra que acaba de aparecer bajo el sello Ars Poética.

Si el maestro Pedro García Montalvo nos habló de una primavera que viajaba hacia el invierno, Fulgencio imprime un giro de esperanza al rótulo y lo invierte: es ahora el invierno el que progresa hacia la tibieza primaveral, el que se va llenando de colores y aromas.

Se nos susurra con sabiduría en estas páginas que "envejecer es la sombra / de nuestros esfuerzos fracasados"; que quizá la vida constituya un enigma para el que, por más que nos obstinemos, jamás encontraremos explicación ("Nada sé: nadie sabe. Vivimos solo / en cierta página de un libro / quizá infinito"); o que tal vez deberíamos convertirnos en ese bailarín nietzscheano que se desplaza rítmicamente por la existencia ("Soy el danzante que vuelve a morir / cada hora y cada día desvividos"). Y, desde luego, les aconsejo que no se pierdan los rutilantes juegos poéticos que este volumen nos propone, del que puede servir como muestra el encabalgamiento espectacular que adorna la página 38 ("Todo mi yo a oscuras, como un insecto / atraído a la luz de una pantalla, / se vuelve de golpe iluminado / por una absurda fe / rocidad en mí, contra mí, conmigo").

Un auténtico festín para la inteligencia y para la sensibilidad, como todos los libros de Fulgencio Martínez.

lunes, 1 de diciembre de 2025

Una aventura al pastel

 


Que las obras de Juan Ramón Santos me gustan muchísimo no supone ningún secreto para quien tiene la amabilidad de seguir este blog: catorce reseñas avalan ese entusiasmo. Ahora, con la compañía (literaria) de su hija Mafalda y con la compañía (ilustrada) de Daniel Gil Segura, disfruto de la obra Una aventura al pastel (en la colección Tigres de papel, de la Editora Regional de Extremadura). En ella, una niña inteligente y sensible que acompaña a sus padres durante la visita a una pinacoteca se va a ver inmersa en una aventura asombrosa, en la cual viajará por importantes cuadros de la historia de la pintura, charlará con varios personajes interesantísimos y, en fin, tratará de ayudar a una dama desvalida, que está a punto de ser devorada por un pérfido monstruo. ¿El resultado? Una narración fluidísima, llena de sorpresas y sentido del humor, que encantará a los más pequeños de la casa si tienen ustedes la buena idea de leérsela en voz alta, al calor de la estufa o metidos en la cama, bajo un edredón confortable. ¿Que cómo lo sé? Pues porque yo sí que he hecho el experimento con mi hijo Jorge. Y he visto cómo le brillaban los ojos y cómo me pedía que le repitiera algunos diálogos, que le mostrara las ilustraciones o que buscara en Internet los cuadros a los que la obra hace referencia, para entender mejor los detalles del relato.

Una maravilla, oigan. Tanto el trío de personajes protagonistas (Ruth, Linaza y Trementina) como el trío de artistas que lo han convertido en un libro espléndido (Mafalda, Juan Ramón y Daniel). La Navidad se acerca: no les digo más.