lunes, 24 de septiembre de 2018

Una vida prestada



Durante un buen número de años, Vivian Maier trabajó como niñera en Estados Unidos, mientras se dedicaba durante sus horas libres a la actividad que realmente la entusiasmaba: la fotografía. Con su cámara Rolleiflex siempre dispuesta, fue inmortalizando sin fatiga miles de rostros, calles, suburbios, paisajes y rincones, intentando siempre capturar el alma, el espíritu de aquello que se encontraba al otro lado de la lente; pero jamás permitió que sus imágenes apareciesen en revistas o fueran expuestas en galerías. No le preocupó la fama. Vivió anónima, retrató anónima y murió anónima. Acabada su ingente tarea de cronista, de pintora, de antropóloga, los negativos que contenían su legado (unos ciento cincuenta mil) fueron adquiridos en una subasta por John Maloof. Ahí se inició la leyenda de Vivian Maier, que no ha cesado de crecer desde su muerte en 2009 hasta la actualidad.
La excelente escritora Berta Vias Mahou nos propone ahora, en un libro exquisito y de gran profundidad psicológica, una versión novelada de aquella mujer fascinante, que impresionaba por su altura (casi un metro ochenta), por su riguroso análisis del arte actual (“En este mundo no basta con hacer lo que haces maravillosamente bien. Es mucho más importante hacerse ver. Hay que sacar codos. Y tener buenos contactos en las altas esferas. Vende el que más grita, no el que ofrece la mejor mercancía”, p.69), por su voluntad de centrarse sobre todo en las imágenes de los desfavorecidos (“los hijos del dolor”, como los llama en la página 129) y también por su retrato descarnado y sincero a ultranza de algunos personajes famosos de su tiempo, como Salvador Dalí (“Es un fantoche. Hace demasiado ruido para vender su bazofia. Como tantos otros que se creen artistas y no están más que imbuidos por el afán inmenso que tienen de imponer a todos y en todas partes su enfermizo egocentrismo”).
Berta Vias logra en esta novela, dura y deliciosa, desgarradora y admirable, que viajemos por el corazón y la mente de una creadora ciclópea, desprejuiciada y proteica, que encarna el ideal del artista puro: aquel que construye universos sin pensar en los réditos económicos o publicitarios que puedan derivarse de su trabajo. Una novela impresionante.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Mamíferos que escriben



Quizá la gran búsqueda que todos acometemos durante la vida, aparte de perseguir indesmayables la felicidad, consista en descubrir a nuestros dioses verdaderos, entronizarlos en nuestro Olimpo, tributarles adoración y rendirnos al disfrute de sus excelencias. Es lo que hace literariamente Manuel Moyano en las páginas de Mamíferos que escriben, el exquisito libro que acaba de publicarle Newcastle Ediciones: un catálogo minucioso de escritores, músicos y cineastas que lo han conmovido durante décadas y a quienes ofrenda aquí el acanto de su admiración, tras haberlo reproducido capítulo a capítulo en la extinta revista El Kraken.
Comienza su recorrido con el norteamericano Paul Auster, uno de los autores que en su opinión “llegan a modificar nuestra percepción de la realidad” gracias a una forma de escribir que consiste en “echar una piedra a rodar y sentarse a ver qué pasa”. Después se ocupa del misántropo, racista, solitario y huraño Lovecraft, arquitecto de mitologías tenebrosas y fraguador de dioses nauseabundos, que lo fascinó desde su juventud gracias a la lectura de la novela El caso de Charles Dexter Ward (obra que el propio Lovecraft desdeñó). A continuación se aplica a componer una semblanza sobre Cioran, al que dedica seis páginas de difícil mejora, con las que retrata íntimamente al genio lánguido de Rasinari. No menos fervoroso es su retrato de Bukowski, al que comenzó a leer a los veinte años y del que se despide con un párrafo memorable: “Estaré siempre entre el grupo de sus admiradores. Es más, me encontraré siempre entre sus amigos. Salud, viejo Hank. Esto va por ti. Nos veremos en el jodido infierno”.
Se desplaza después al mundo del cine para hablarnos de Stanley Kubrick, autor de “incuestionables cimas del arte realizado por el hombre sobre este planeta”, y al de la música, declarándose “dylanita” irredento, pese a la “incomprensión hacia mi trastorno por parte de padres, hermanos, esposa y, ahora, hijos”. Y, tras ese paréntesis, retorna al mundo de la literatura con Bioy Casares; el dipsómano Dylan Thomas; el malogrado Federico García Lorca, del que se decanta por la lírica (“Personalmente, no creo que sobreviva su teatro”); el cronopio Julio Cortázar o el escasamente comprendido Álvaro Cunqueiro.
Al final, los lectores comprendemos que nos encontramos ante una auténtica delicatessen, a la que nadie con buen paladar literario debería renunciar.

jueves, 20 de septiembre de 2018

El alba del alhelí




Termino El alba del alhelí, de Rafael Alberti, que no considero un libro meritorio. En sus primeras páginas, sí, me encandiló su gracia saltarina, y sus poemas religiosos dulcemente alígeros, pero pronto se diluyó la magia. Me han gustado mucho en las relecturas (lo dejé debidamente consignado en reseñas anteriores) tanto Marinero en tierra como La amante, pero en estas páginas me he sentido defraudado. Es, desde luego, una prolongación formal, temática y emocional de los dos anteriores; y ahí es donde encuentro que está el problema: en que sigue y sigue y sigue una línea ya trillada. No percibo ningún tipo de innovación, ninguna variante significativa. Es como si la alfaguara se hubiera secado y no promoviera sino repeticiones.
Las publicaciones posteriores del gaditano demostraron que no era así, y que fue capaz de ir variando los ritmos, las técnicas, los metros, para construir una obra muy variopinta y valiosa, donde el surrealismo, el compromiso político o la memoria completaron senderos admirables. Por eso seguimos leyéndolo con agrado, con aplauso y hasta con veneración.
Pero, según entiendo, El alba del alhelí es bastante prescindible: son poemas ya redactados –mucho mejor– en otros libros.

martes, 18 de septiembre de 2018

Todos eran mis hijos




Una madre (Kate) que se niega a aceptar que su hijo, desaparecido en una acción de guerra, esté realmente muerto; y que se aferra con ilusión a la idea de que el día menos pensado sus nudillos golpearán en la madera de la puerta. Ése es, en síntesis, el núcleo germinal de Todos eran mis hijos, del norteamericano Arthur Miller. Sobre esa base, el genial dramaturgo va añadiendo ingredientes de forma paulatina, que intensificarán el drama y la angustia de los personajes: un esposo (Joe Keller) que preferiría pasar página sobre aquellos luctuosos sucesos, un hermano (Chris) que ha decidido rehacer su vida casándose con la antigua novia de su hermano (Ann); el padre de Ann, antiguo socio de Joe, que se encuentra en la cárcel; George, hijo de éste, que decide acercarse a la casa de los Keller para impedir la boda…
Lentamente, Miller pone en movimiento a sus protagonistas y nos enreda en sus peripecias, que pronto irán revelando su envés de amargura, de resentimiento, de oscuridad. Casi nada es lo que parece al principio. Casi nadie es tan limpio como se obstina en pregonar. Todos esconden en el fondo de sus corazones una zona de sombra que enturbiará el futuro y que lo salpicará de barro: el honrado y eficaz empresario de éxito, que ha amasado una ingente fortuna y es admirado por sus conciudadanos; el mendaz exsocio, que se pudre en prisión por haber fabricado piezas armamentísticas defectuosas, que causaron un alto número de accidentes en primera línea de combate; el irreprochable soldado que desapareció (¿murió?) mientras pilotaba un avión de guerra; la chica frágil que espera (¿o que no espera ya?) el retorno de su prometido… Todos inocentes, todos culpables, todos llenos de heridas visibles e invisibles.
De uno de los dramaturgos norteamericanos más brillantes del siglo XX no se podía esperar sino una pieza tan sobrecogedora como ésta.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Portugal



El otorrinolaringólogo Adolfo Correia da Rocha (o, para entendernos mejor, el extraordinario escritor Miguel Torga) no fue un hombre excesivamente dedicado a la sonrisa, el optimismo o la jovialidad. Él mismo se define en la página 139 de este volumen afirmando: “Yo, que soy la tristeza en persona”. Y tampoco fue una persona que tuviese en alto concepto al conjunto de sus semejantes (en la página 143 nos asegura que “donde habitan los hombres habita la inquietud”). Pero su mirada alcanza unos niveles tales de hondura, y su pluma unos niveles tales de brillantez, que adentrarse en sus libros constituye un gozo para la sensibilidad y una expansión para el espíritu.
En Portugal (que traduce Eloísa Álvarez) nos ofrece sus impresiones de viaje por el Miño, el Algarve, el Alentejo, Coimbra, las Berlengas y otras zonas del país, que resultan retratadas de un modo singular, profundo, distinto. Así, nos dice que los habitantes de Trás-os-Montes “cavan durante toda su vida. Y, cuando se cansan, se echan en el ataúd con la serenidad de quien llega honradamente al final de un largo y trabajoso día. Y ahí se quedan, en cementerios de lívida desilusión, esperando a que la ley de la tierra los convierta en cipreses y granito”; que el ciudadano de Oporto es “el hombre portugués más libre, más progresista, más responsable y más capacitado que ha dado nuestra patria”; o que Lisboa, capital del país, muestra “la hermosura de un panorama que la naturaleza no puede jactarse de haber repetido”.
Y, salpicando el texto aquí y allá, reflexiones sobre la autenticidad (“Cuando se quiere imitar y suplantar lo ajeno, lo que se consigue es reducir lo propio”), ideas sobre el sentido de la existencia (“La vida es un desempate permanente, y lo que hace falta es apostar limpiamente, bellamente, a cada número de la caprichosa ruleta”) o imágenes tan sublimes y tan sorprendentes como la que esmalta cuando nos habla de la serenidad plácida de un paisaje y nos dice a continuación que el río que lo atraviesa “se mueve por estricta obligación profesional”.
No pueden decirse en ciento cincuenta páginas cosas más hermosas sobre esa “multicolor colcha” que tenemos al lado de España y a la que prestamos (ay) mucha menos atención de la que merece, humana y literariamente.

viernes, 14 de septiembre de 2018

La condesa sangrienta




La condesa Erzébet Báthory no fue, aunque pueda parecerlo tras leer un resumen de su vida, un personaje de ficción. Por desgracia, este engendro existió y fue el responsable de la tortura y asesinato de más de seiscientas muchachas desde finales del siglo XVI hasta la primera década del siglo XVII. Sentada en un confortable sillón, sin descomponer el gesto, observaba cómo sus sirvientes practicaban todo tipo de salvajes truculencias sobre inocentes chicas (preferiblemente vírgenes), cuyos alaridos la excitaban y en cuya sangre se bañaba (por consejo de su hechicera de confianza, Darvulia), justo antes de anotar sus nombres en unos cuadernillos. En 1610, cuando la fama atroz de sus crímenes ya no podía ser ignorada por el rey, éste hizo que fuese encerrada en su castillo, con las puertas y las ventanas obstruidas (salvo por unas pequeñas rendijas, por las que le pasaban alimentos), hasta el 21 de agosto de 1614, en que murió sin arrepentirse de sus abominaciones.
Ese relato, espantoso y sobrecogedor, lo va desmenuzando la argentina Alejandra Pizarnik en las páginas de este volumen, que edita Libros del Zorro Rojo y que se completa con las ilustraciones, realmente impresionantes, de Santiago Caruso, quien nos inunda las pupilas con escorpiones que brotan de pechos agujereados, cataratas de sangre que empapan a hieráticas mujeres vestidas de blanco, cuchillas que desuellan cuerpos jóvenes, agujas que atraviesan sin misericordia carnes estremecidas, gatos de ojos brillantes y dientes afiladísimos, laberintos lóbregos y todo tipo de paisajes góticos.
Un tomo intenso e inolvidable, tanto por su contenido como por su estética.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

El caballero invisible




No tiene, desde luego, ninguna innovación argumental reseñable, ni un estilo que marque época, pero la breve novelita El caballero invisible, de Valerio Massimo Manfredi, resulta amena durante su desarrollo y ofrece en sus últimas páginas alguna que otra sorpresa culturalista, que el lector más avezado recibirá con una sonrisa.
La acción arranca cuando el caballero templario Antonius Bloch entrega al caballero Jean de Roquebrune un fardo para que lo deposite en las manos del arzobispo Esteban José de Ururoa. A partir de ese instante, todos los sucesos que se van encadenando (y que narra el joven asistente del caballero, cuyo nombre no descubriremos hasta la página final) resultan trepidantes o sospechosos: ese inquieto sacerdote llamado Felipe Montego, que se empeña en acompañar al señor de Roquebrune en su aventura; esos moros omnipresentes que no les dan tregua con su acecho; esos combates acaecidos junto a puentes o en viejas ruinas monacales; o, por fin, la llegada a Compostela, donde descubrirán todos los matices del enredo en que unos y otros han sido manipuladores o manipulados.
El traductor, cuyo nombre no invoco por discreción, anda poco fino en algunas fórmulas cacofónicas (“caballo bayo ya ensillado”, p.23), en algunos manejos preposicionales (“Me quedé sentado en aquella mesa”, p.36) y en otras secuencias menos soportables (“Delante nuestro”, p.89).

lunes, 10 de septiembre de 2018

Los Cinco y yo




He degustado muchas páginas de Antonio Orejudo, desde aquellas Fabulosas narraciones por historias que le publicó la editorial Lengua de Trapo con el segundo apellido incluido (“Antonio Orejudo Utrilla”); pero Los Cinco y yo, que acabo de terminar, me ha dejado más bien frío. Y reconozco que me da rabia, porque yo también me eduqué literariamente con aquellos niños británicos, que siempre encontraban misterios laberintos subterráneos para explorar. Entiendo los juegos de autoficción que maneja en la obra, entiendo el humor de introducir a su amigo Rafael Reig como autor de un libro ficticio que lo incluye, entiendo los equilibrios lúdicos entre la realidad y la imaginación… pero no me he sentido embriagado por la obra en ningún momento.
El punto de partida, poliédrico y sugerente, me provocó curiosidad: ¿cómo serían las vidas de los protagonistas de aquellas novelas de Enid Blyton una vez que hubieran llegado a la madurez? ¿Seguirían siendo aventureros o se habrían transformado en personas sedentarias? ¿Engordarían o se mantendrían en forma? ¿Jorge (Jorgina) se habría decantado por el lesbianismo? ¿Alguno de ellos se habría enriquecido? También me gustó mucho la forma en que el autor de la novela comenzaba a contar su (aparente) propia niñez. Pero luego algo se perdió, una conexión no funcionó bien, se diluyó la magia. No sabría explicarlo con más palabras. Era como si todo se llenase de niebla y no supiera por qué pasillo iba avanzando, página a página.
Obviamente, me leeré la siguiente obra de Antonio Orejudo, porque creo que es uno de esos narradores limpios y sabios a quienes se debe frecuentar. No haberme sentido seducido por una de sus obras no me impedirá seguir tributándole horas de lectura.

sábado, 8 de septiembre de 2018

Dirección única



Termino un volumen casi aforístico, que me convence, me intriga, me irrita y me seduce, según las páginas: Dirección única, de Walter Benjamin, traducido por Juan J. del Solar y Mercedes Allendesalazar (Alfaguara, Madrid, 2002). Pese a los retratos literarios que he leído suyos en revistas y libros (algunas páginas que me embriagaron, firmadas por Antonio Muñoz Molina), nunca había leído nada de este pensador. Se me antojaba abstruso, no sé bien por qué. Un prejuicio como otro cualquiera, claro está. Tras cerrar la última hoja de este tomo ya sé que no será el último que lea de él.
“Las opiniones son al gigantesco aparato de la vida social lo que el aceite es a las máquinas. Nadie se coloca frente a una turbina y la inunda de lubricante”. “Convencer es estéril”. “La posteridad olvida o enaltece. Sólo el crítico juzga en presencia del autor”. “Qué gustosa y embusteramente cuentan los libros y las prostitutas cómo han llegado a ser lo que son”. “Sólo entiende lo que son cuerda y madera aquel a quien van a ahorcar”. “La incolora llama de la ironía”. “En verano llama la atención la gente gorda; en invierno, la delgada”. “La mirada es el poso del hombre”. “Nada hay más pobre que una verdad expresada tal como se pensó”. “Dios cuida de la nutrición de todos los hombres; y el Estado, de su desnutrición”.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Joana




Desde que leí Mortal y rosa, de Francisco Umbral, no me había encontrado con una elegía tan bella, tan triste y tan conmovedora como la que me ofrece el poeta Joan Margarit en las páginas de su libro Joana, dedicado a su hija. Aquella chica sonriente y dulce, fue siempre la gran luz de la casa, a pesar de sus limitaciones motoras (“Deficiente, andabas con muletas: / nunca hubo para mí muchacha más hermosa”); y su muerte provocó un dolor hondísimo en el escritor catalán, que queda aquí reflejado en textos de tan hermosura como desgarro. “No habrá más desamparo ya que el mío”, nos dice.
Joana, “el cuerpo contrahecho / donde aprendí qué era la belleza”, se convierte así en la protagonista lánguida y absoluta de unos versos que intentan coagular el sentimiento de pérdida, la rotura de las brújulas, el vacío existencial que dejó a sus espaldas aquella chica de la que “cuentan que en un intento / de salvarse le dijo te quiero al cirujano”.
Joan Margarit se enfrenta en las postrimerías del libro a la consunción de su hija (“Nunca sabré qué sabes tú de mí, / ni en qué verdad hemos estado juntos, / ni si en ella estaremos para siempre. / No puede ser un mal dolor / si es un dolor que viene desde ti / por este turbio mar. Diciembre: / el último diciembre juntos. / Después, buscar en mí tu voz perdida”), hasta llegar a la súplica (“Y me repito: / morirse todavía es vivir. / De esta invernal mañana, amable y tibia, / por favor, no te vayas, no te vayas”).
Si jamás has perdido a un hijo, la lectura de este libro te inundará los ojos de lágrimas. Y si ese dolor sí que ha lacerado tu existencia, también.

martes, 4 de septiembre de 2018

Escrito en el agua




Termino con agrado el poemario Escrito en el agua, de Justo Jorge Padrón (Lumen, Barcelona, 2000). Había escuchado muchas veces menciones de este autor y me ha gustado la melodiosa dulzura de su dicción. No es que contenga prodigios imborrables para la historia de la literatura (eso sería exagerar), pero se lee con pausa sedante. Muchos de los poemas, después de degustarlos en silencio, los he leído en voz alta; y lo cierto es que suenan estupendamente (por ejemplo, “Amor invicto”). Hay, además, adjetivaciones que me han sorprendido por la paradoja que sugieren (“lento frenesí”, dice en la página 87; “la lenta miseria de los años”, en la 89); y fórmulas que me han sorprendido por su belleza (habla de una mujer “que sería el universo dentro de mí”, en la página 73). Creo que es un poeta al que me interesará visitar en futuras ocasiones.
Anoto, para completar, algunos versos que he subrayado en el libro. “¿Crezco o me disminuyo con las horas que pasan?”. “Me falta lo que no he amado todavía”. “Fuera de ti la vida me da frío”. “Fui viviendo tu piel”. “Sabiéndote invencible en la memoria”. “Todos esos instantes que no pueden ser éste”.

domingo, 2 de septiembre de 2018

El dolor de los demás




Las modas llegan y se van. Algunas nos dejan una huella más memorable, otras son más histriónicas que valiosas; pero todas, sin excepción, cumplen su tarea histórica o estética y luego, agotado su influjo, se aletargan o mueren. Le pasará al actual boom de la novela negra y, también, a la llamada “autoficción”, que es moda vieja pero rebautizada. Objetivamente hablando, da igual que los escritores usen episodios de su propia vida para construir novelas o que las diseñen y edifiquen con materiales ajenos, extraídos de la realidad o de su imaginación, porque lo que interesa a los lectores y a la Historia de la Literatura es que dichas novelas se erijan en textos notables o incluso trascendentes.
Miguel Ángel Hernández Navarro (Murcia, 1977) acaba de publicar en el sello Anagrama El dolor de los demás, cuyo punto de partida es estremecedor y aparece resumido en las dos primeras líneas de la contraportada: “En la Nochebuena de 1995, el mejor amigo de Miguel Ángel Hernández asesinó a su hermana y se quitó la vida saltando por un barranco”. El aroma autobiográfico es tan evidente que no será preciso subrayarlo. Pero lo que sí que conviene subrayar de inmediato es que el autor ha conseguido trascender la etiqueta de la moda y componer una novela de admirable factura, donde son miles las emociones y miles los detalles que dotan al texto de densidad e interés: su descripción de ambientes urbanos y rurales; la fina disección psicológica que lleva a cabo; las reflexiones sobre la fe y la rutina; la crónica misma de su búsqueda de explicaciones.
Situándose en varios planos narrativos y temporales, que va alternando con enorme eficacia, consigue que los lectores participen no solamente de su perplejidad o de su indagación preterida, sino también de su dolor. Porque ahí reside, en mi opinión, lo más acertado y lo más brillante de la novela, siendo toda espectacular: que Miguel Ángel Hernández logra impregnarnos de su tristeza, de su desgarro, de su zozobra. Leemos y somos incapaces de distanciarnos de la historia y de las emociones que la salpican. Por un acto de magia narrativa, sentimos que estamos mirando al autor por encima del hombro, mientras éste escribe; o que lo acompañamos mientras lleva flores a un cementerio, visita dependencias judiciales, toma cerveza en El Yeguas para entrevistarse con alguno de los implicados o camina hasta el borde de un abismo al que lleva muchísimos años sin querer aproximarse.
Algunos lectores, además de los datos biográficos de Miguel Ángel Hernández que figuran en la solapa, sabemos que su esposa se llama Raquel, y que es amigo de Leonardo Cano o Diego Sánchez Aguilar, y que estuvo en Ithaca, pero ocurrirá dentro de un siglo que las personas que tomen el volumen entre sus manos ignorarán si esos datos eran fidedignos, y entonces será cuando no importe la etiqueta de “autoficción”, pues la obra habrá alcanzado el rango que yo, en mayo de 2018, tengo clarísimo: que se trata de una narración sobrecogedora, magistral, pura y memorable. Gracias, Miguel Ángel, por contar. Y lo siento, Miguel Ángel, porque tuvieras este tema para contar.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Pura alegría




Lamentaba Jorge Luis Borges, en una de sus páginas memorables, que la historia de don Quijote se hubiera convertido en una ocasión de brindis patriótico, en un objeto de análisis textual, en una pieza de enseñanza arquitectónica. Y recordaba lo que Miguel de Cervantes quiso hacer con su libro: contar una aventura, llena de meandros, filigranas, sonrisas, lágrimas, alborozos y decepciones. Esto es: una novela. Y concluía el argentino que leer no debería ser una obligación, sino una hermosa ocasión para alcanzar la felicidad. Cuando éramos niños nos sumergíamos en las aventuras de los tebeos, en los pasadizos misteriosos donde Los Cinco o Los Siete Secretos descubrían la solución al enigma. Luego nos dejamos ganar por el espeluzno o por la ansiedad en los volúmenes de Agatha Christie, Lovecraft o Edgar Allan Poe. Nos erizamos de pasión y de suspiros en los poemas de Pablo Neruda. Nos hicimos amantes del jazz en las líneas de Cortázar. Nos sentimos cultos y cómplices en los relatos de Jorge Luis Borges. Llenamos los pulmones con la emoción de Kavafis, Antonio Colinas o Brines. Disfrutamos como energúmenos con los parlamentos de Mihura o Laiglesia. Fruncimos el ceño mientras reflexionábamos a Unamuno, Cioran, Nietzsche o Fernando Savater. Teníamos clara la idea más importante de los libros: que uno ha de bañarse en ellos para sentir emociones, para ser, para estar, para vivir…
Antonio Muñoz Molina recupera esa reivindicación de plenitud en esta obra, formada por conferencias, disertaciones y escritos cuyo espíritu se ajusta a la idea central, enunciada arriba: leer es gozar. En esa órbita de íntima celebración, el escritor de Úbeda se dirige a “los que padecemos la dolencia […] de la imaginación” y nos deja ante los ojos sus experiencias con los libros y con la realidad que nos rodea: personas que terminan convirtiéndose en personajes, miradas que aprenden a roturar el alma de las cosas, volúmenes que lo marcaron, autores que se alzan hasta la categoría de imprescindibles... Todo aquí burbujea de amor a la literatura, de sacerdocio lector consagrado a autores predilectos (como Nabokov u Onetti, pero sobre todo a Max Aub, a quien homenajeó en su discurso de ingreso en la Real Academia) y a autores no tan amados (define a Milan Kundera como “un escritor que no me resulta particularmente simpático”), de éxtasis frente a la letra impresa. Cada página está empapada de nombres y de títulos, pero en ningún momento sentimos que se trate de una obra erudita, porque lo que en ella late de extremo a extremo es el fervor, la dicha de haber encontrado durante el camino tantas novelas conmovedoras, tantos relatos emocionantes, tantos versos inolvidables.
Este volumen respira gratitud; y los lectores nos sentimos desde la primera página identificados con el modo en que Antonio Muñoz Molina se prosterna respetuoso ante quienes han llenado su vida de felicidad de tinta. Un libro para celebrar los libros.

jueves, 30 de agosto de 2018

Edad roja




Leí por primera vez a Joan Margarit hará cosa de quince años, por consejo de mi amigo Pepe Colomer, que además me prestó aquella delicada edición bilingüe, cuyo título lamento no recordar; y me subyugó su dicción lírica, la forma serena, fluida, eficaz y hermosa en que trasladaba emociones a mi mente. Hoy lo incorporo a mi blog gracias al tomo Edad roja, que está lleno de árboles que se deshojan, de restos de lluvia, de músicas de John Coltrane y de Chet Baker, de sonidos producidos por “la sonora senectud del mar”, de serenidades lánguidas, de reflexiones sobre el paso del tiempo y de amor. Pero no de un amor exaltado, febril o palpitante, sino un amor reposado, sereno y sabio, que da sentido a la vida y la completa de matices.
Llegamos a la edad roja en que el tobogán de la vida se vuelve vertiginoso, y saber que los versos hermosísimos de Margarit nos acompañan es todo un lujo.
“Nos vamos adentrando en la edad roja / y, mientras tanto, avanza por las horas / la sombra silenciosa de una vida / que nunca habremos vivido”, dice el poeta de Sanahuja, quien en estas páginas reflexiona lentamente sobre el paso de esas horas (“Amor y tiempo: el tiempo nos habita / como arena del río que, despacio, / va cambiando la forma de la costa”), sobre la imposibilidad del retorno (“Sólo un fugitivo vuelve al lugar / donde ya nunca le esperará nadie”) o sobre la poesía que se esconde en las cosas cotidianas (“el resplandor de joya falsa que tienen los semáforos”). Y lo hace en unos versos que se mecen con lentitud de barcas y que susurran en los oídos del lector una música tenue, tranquila, melancólica.
Leer a Margarit es como estar sentado en un sillón cómodo y contemplar la lluvia al otro lado de los cristales.

martes, 28 de agosto de 2018

La amante




Vuelvo a Rafael Alberti para detenerme durante una hora en su libro La amante, que tiene toda la gracia juguetona del andalucismo bien entendido. Hay aquí, como los había en Marinero en tierra, marineros, nostalgia y musicalidad breve, pero el gaditano amplía el abanico temático y visual hacia vírgenes, pedregales, carreteros, caminos y nogueras. La línea continuista frente a su libro anterior es clara, pero también es clara la impresión de que el poeta atesoraba energías y talentos suficientes como para continuar su búsqueda lírica. En cierto modo, La amante me parece un “cuaderno segundo” de poemas, que quedaron fuera de su anterior obra y que recopila y publica antes de seguir trayecto hacia moldes distintos, que no tardaría en explorar.
Además, me ha permitido evocar mis días de infancia, porque dos o tres de estos airecillos cortos figuraban en las antologías que leíamos en el colegio.
Los huracanes (el Canto general de Neruda, los Cantos de vida y esperanza de Darío, Las flores del mal de Baudelaire) revolucionan el universo poético, pero también las brisas lo hacen en ocasiones. Ésta puede ser una de ellas.

domingo, 26 de agosto de 2018

Gacetilla rimada




El autor de Usted tiene ojos de mujer fatal, Eloísa está debajo de un almendro, Los ladrones somos gente honrada, Los habitantes de la casa deshabitada o Cuatro corazones con freno y marcha atrás, el ingenioso y espléndido Enrique Jardiel Poncela, vuelve a las librerías con esta novedad inesperada y saltarina que se titula Gacetilla rimada, que Enrique Gallud Jardiel prepara el sello Visor y que se compone de los versos que el escritor madrileño publicó entre diciembre de 1921 y mayo de 1922 en el periódico La Correspondencia de España.
En estas páginas volanderas y llenas de gracia, Jardiel utiliza las noticias de su tiempo y de su entorno (los conflictos con el marroquí Abd-el-Krim, la miseria del país, los turbios vaivenes gubernamentales, los impuestos, los carnavales, las nuevas armas de la policía, la censura que soportan los periodistas, las huelgas estudiantiles) para construir poemas alígeros, juguetones, desenvueltos… y a veces cruzados por una gravedad trascendente (la justicia de rendir homenaje a don Santiago Ramón y Cajal, al que quizá no se valoraba tanto como merecía). Algunas de sus líneas ideológicas pueden chocar actualmente (como su renuencia al voto femenino, un cierto desprecio por la traducción de obras extranjeras, etc), pero Jardiel las enuncia sin acrimonia, sin extremismos, empapadas por el agua fresca del buen humor, que las alivia de beligerancias.
Estos poemas sencillos (donde el autor acumula más literatura de la que parece, en forma de rimas arriesgadas, de encabalgamientos léxicos o de neologismos pimpantes) me han encantado, como todo Jardiel. Sirvan como muestra de su talento las líneas que dedica a la corrupción política española (“Recuerde España dormida / que estamos mil gobernantes / soportando, / y que se pasa la vida / ¡y que nos están, como antes, / fastidiando!”), a la laxitud incomprensible de las masas (“El pueblo todo lo aguanta; / a mí, la verdad, me espanta / esa actitud tan pacífica / pero a la gente política / tal pasividad le encanta”) o a los daños que el autoritarismo castrador provoca en el país (“¿O es que aquí hay que callar todo / lo que hace la gente mal? / ¡Pues sí que es un lindo modo / de hacer patria, voto a tal!”).
Un genio al que siempre hay que recordar o redescubrir.

viernes, 24 de agosto de 2018

Emilio Zola




No he tenido ocasión de leer mucho a César González-Ruano, así que trato de ponerle remedio a esa carencia y termino en una tarde este Emilio Zola (Colón, Madrid, 1930), una biografía breve y gastronómica (escrita para comer, quiero decir) donde habla de la “solidez de dolmen gigantesco” del protagonista, de su “clara inteligencia” y de la divisa que hizo grabar en su chimenea: “Nulla dies sine linea”.
Ruano aprovecha también estos párrafos para lanzar un dardo a los militares que condenaron a Zola (“cabritos con entorchados”) y para poner una banderilla a “los doctores y biólogos que han metido, con el atestado de sus ensayoides, a don Juan en una clínica” (p.45). Que cada Gregorio Marañón aguante su vela.
Lectura ligerita, pero aleccionadora, con una frase simpática: “El infierno de la tentación consiste únicamente en no poder caer en ella”.

miércoles, 22 de agosto de 2018

Cartas a un joven poeta




Son apenas diez pequeñas cartas, que se extienden entre 1903 y 1904 (salvo la última, que está fechada en 1908), pero el hecho de que el autor de las mismas fuese Rainer Maria Rilke las ha convertido en un documento memorable. El destinatario era Franz Xaver Kappus, cadete de la escuela militar austrohúngara y joven compositor de versos, que sometió al criterio del maestro.
En estas páginas delicadas, respetuosas y sinceras, Rilke va trasladando a Kappus todo tipo de opiniones: sobre el concepto mismo de creador (“El creador debe ser un mundo para sí mismo, y encontrarlo todo en sí y en la naturaleza a que se ha adherido”), sobre la necesidad de la escritura (“Basta, como he dicho, sentir que se podría vivir sin escribir para no deber hacerlo en absoluto”), sobre el coraje que es preciso desarrollar durante la vida (“En las cosas más profundas e importantes estamos indeciblemente solos”), sobre la opinión que tenía sobre los críticos literarios (“Las obras de arte son de una infinita soledad, y con nada se pueden alcanzar menos que con la crítica. Sólo el amor puede captarlas y retenerlas”), sobre las vacilaciones terribles que sacuden el espíritu de todo creador y la actitud que conviene desplegar ante ellas, sobre los roles masculino y femenino (“La gran renovación del mundo quizá consista en que el hombre y la muchacha, liberados de todos los sentires erróneos y las desganas, no se buscarán como opuestos, sino como hermanos y vecinos, y se reunirán como personas, para llevar simplemente en común, serios y pacientes, el pesado sexo que les está impuesto”) o sobre la mujer del futuro (“Un día existirá la muchacha y la mujer cuyo nombre no signifique meramente una oposición a lo masculino, sino algo por sí, algo que no se piense como un completamiento y un límite, sino sólo vida y existencia: la persona femenina”).
Un volumen delgado y delicado, que conviene tener a mano para releer cada cierto tiempo y recordar a Rainer Maria Rilke, el otro gran escritor de Praga.

lunes, 20 de agosto de 2018

De grillos y de umbrías




Finales del verano de 2018. Buen momento para releer los relatos del volumen De grillos y de umbrías, de Paco Ros, que cumplen la antigua mayoría de edad de los veintiún años (Mula, 1997), y qué puedo decir, si es como si tuviera a Paco delante mientras los recorro.
En estas páginas de orfebrería y luz me encuentro al mejor técnico en lluvias que conozco, al mejor ingeniero de la nostalgia y al muñidor delicadísimo de la prosa, que sale de sus manos como sale el agua cristalina de una alfaguara para decir de una muchacha delgadita que “está como desnatada” (p.27); para producir frases tan bella y literariamente ambiguas como ésa en la que dice que “algunos fuman y hablan las estrellas chispean en el cielo negro” (p.28); para sorprendernos con hallazgos líricos como el que encuentra observando “el atardecer en el cemento de las aceras” (p.37); para deleitarnos con su mixtura poética, al referirnos que ha visto “una calle estrecha y blanca con geranios y albañiles” (p.38); o para activar nuestro asombro cuando nos reproduce de modo inmejorable las cien conversaciones que se cruzan y confunden, en el guirigay de un bar (p.41).
No me canso de abrir las hojas de sus libros de vez en cuando, para que la brisa de la mejor literatura cruce mi despacho. No me canso de su infinita enseñanza metafórica. No me canso de considerarlo un maestro. “Luisa ha muerto”, “Barro entrañable” o “Caelum caeli” dan fe de la genialidad del autor.

domingo, 19 de agosto de 2018

Diván del Tamarit



Si se consulta el diccionario se puede comprobar que un diván es un asiento alargado para recostarse o tumbarse y que una gacela es un antílope que habita en zonas de África y de Oriente próximo. Pero cuando tenemos entre las manos el delicado volumen Diván del Tamarit, de Federico García Lorca, los significados son otros. Descubrimos entonces, acudiendo al mundo árabe, que un diván es una colección de poemas y que una gacela es un texto lírico generalmente de temática amorosa. Porque ese es el espíritu de este libro, que la editorial Cátedra acaba de poner en manos de los lectores españoles, justo antes del verano: una colección de versos que la universidad de Granada acogió como proyecto hacia 1934, con prólogo de Emilio García Gómez, pero que no apareció (y lo hizo en Buenos Aires) hasta cuatro años después del asesinato del poeta.
Las dos partes que componen el texto (“Gacelas” y “Casidas”) nos muestran la elegante maestría musical a la que había llegado el vate de Fuente Vaqueros, con recuerdos de amor, raíces amargas, faisanes que vuelan por las torres, jazmines mojados, ángeles que cantan, rosas que buscan misterios y muchachas doradas que se bañan bajo la luz de la luna. Además de algunas líneas que, casuales o proféticas, estremecen cuando son leídas ahora: “Quiero dormir un rato, / un rato, un minuto, un siglo; / pero que todos sepan que no he muerto; / que hay un establo de oro en mis labios” (Gacela de la muerte oscura).
En un mundo tan acelerado como éste en el que vivimos hay que aplaudir todas las reediciones que se efectúen con los buenos libros y con los buenos autores, porque nos ayudan a recordarlos o descubrirlos, sin permitir que el vértigo los hunda en la amnesia. Gracias a Pepa Merlo y a la editorial Cátedra, este diván de Federico García Lorca vuelve a brillar en los escaparates de las librerías.

jueves, 16 de agosto de 2018

Odas elementales




Yo no creo que Pablo Neruda sea el mejor poeta sudamericano, ni el mejor poeta del siglo XX, ni otras fórmulas que he leído sobre él. El error, me parece, consiste en considerarlo “poeta” en sentido tradicional. Neruda es, más bien, una fuerza de la naturaleza, algo imposible de medir con instrumentos convencionales, un ciclón, un maremoto, un seísmo, una tormenta tropical. Neruda tiene ojos de demiurgo, dedos de alfar, imágenes que le chisporrotean en la mente y, quizá, con el permiso de Borges, las mejores adjetivaciones del idioma.
Esto se advierte también en sus Odas elementales, un proyecto de sencillez formal mentirosa donde burbujea un lirismo impactante y donde el escritor, alejado de los temas e imágenes más frecuentes, nos habla de cebollas, caldillos de congrio, molinos, fogoneros, tomates asesinados, barro, frascas de vino, castañas o panaderías. Es decir, otorga entidad lírica a todo lo mirado, demostrando que la poesía surge del ángulo de la contemplación, y no de la existencia de presuntos “temas” poéticos.
A través de un catálogo alfabético deslumbrante, que se inicia con el aire y acaba con el vino, el chileno nos propone su lección de optimismo (“No sufras / porque ganaremos, / ganaremos nosotros, / los más sencillos, / ganaremos, / aunque tú no lo creas, / ganaremos”) y nos explica la condición vital de sus composiciones, extraídas de la contemplación de su entorno (“Mis poemas / no han comido poemas, / devoran / apasionados acontecimientos, / se nutren de intemperie, / extraen alimento / de la tierra y los hombres”). Además, desafía a la pobreza, negándose a que siga extendiendo sus garfios entre los seres humanos; desafía al mar, al que amenaza con arrebatarle los alimentos por la fuerza; o desafía a la tristeza, negándole el paso a su casa. Y, por supuesto, nos deja sus versos de amor, tan bellos como inmortales (“Mis ojos se han gastado en tu hermosura, / pero tú eres mis ojos”).
Al cerrar el volumen te sientes invadido por una ola que contiene gotas de vigor, optimismo, felicidad, pureza y hermosura; y sabes que Pablo Neruda te sigue embriagando, como te embriagó a los veinte años; te sigue gustando, como te gustó a los treinta años; te sigue convenciendo, como te convenció a los cuarenta años.

martes, 14 de agosto de 2018

El mito de Sísifo




Leo El mito de Sísifo, de Albert Camus, en la traducción de Luis Echávarri (Alianza-Losada, Madrid, 1988). Es un ensayo denso, de buena factura literaria, donde se reflexiona sobre el mundo del absurdo y sus implicaciones humanas e ideológicas. No tengo más remedio que reconocer que en algunos segmentos he tenido que ir despacio, para seguir el hilo del razonamiento. (No se trata de una crítica al estilo de su autor, sino de una impericia mía, es seguro).
Lo he visto muy compacto, y con arriesgadas derivaciones intelectuales, como tienen que ser los grandes libros llenos de grandes ideas. Camus era un hombre muy osado, valiente hasta el heroísmo, honesto hasta el borde del barranco y con una exquisitez formal a prueba de bombas. Magnífico. No puedo decir menos.
“No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”. “De todas las glorias, la menos engañosa es la que se vive”. “Al final de una vida, el hombre se da cuenta de que ha pasado años tratando de confirmarse una sola verdad”. “El corazón que necesita el creador, quiero decir un corazón seco”.

domingo, 12 de agosto de 2018

Cuentos eruditos



Un mismo destino une en los versos de La Divina Comedia a Tiresias, Baco, Arunte, Miguel Escoto o el Maestro Benvenuto: la de tener la cabeza girada constantemente hacia atrás, para no contemplar sino el pasado. Se trataba, como es fácil deducir, de un castigo que la divinidad les dispensa por su presunción de querer anticipar el porvenir a través de la magia o la adivinación. En el volumen Cuentos eruditos, que ha editado hace pocas semanas la Real Academia Alfonso X el Sabio con una hermosa imagen de portada del blanqueño Pedro Cano, el escritor Santiago Delgado también desarrolla sus historias mirando hacia atrás, y buscando en el pasado escenas, personajes y enseñanzas que merecen asiento en letra impresa.
A veces, se trata de páginas protagonizadas por seres de gran fama, como san Jerónimo (religioso del siglo IV que reflexiona sobre sí mismo y su circunstancia mientras contempla un cuadro que lo representa), como don Enrique de Villena (que se enfrenta en una larguísima, secular partida contra Belcebú en el relato “Un ajedrez en el infierno”) o como los santos hermanos Leandro, Fulgencio y Florentina (de quienes nos ofrece un largo texto de sesenta páginas donde cotidianeidad, leyendas piadosas e informaciones históricas se unen para formar una curiosa novela corta). Pero también respiran en este tomo seres de anónima condición, como los dos supervivientes sobre los que se construye la historia de “Los desertores”, quienes se aferran a una estratagema indumentaria para reinventarse y disponer de una oportunidad vital nueva; o el trovador que, pese a su impericia en el canto y el tañido del laúd, canta historias verídicas sobre su amor frustrado por la muerte en “El castillo de la verdad”. Y raro será el lector regional que no sonría leyendo “El limón de oro”, donde se explica de manera legendaria por qué los habitantes de esta tierra somos tan aficionados al zumo de dicha fruta.
En definitiva, un nuevo peldaño en la larga escalera de títulos que Santiago Delgado (Murcia, 1949) lleva ya entregados a la cultura murciana.

viernes, 10 de agosto de 2018

La pareja científica y otros sainetes




Dedico la siesta a leer sainetes del alicantino Carlos Arniches y la verdad es que la doy por bien empleada. Lo leí con quince o dieciséis años, pero después ya no lo había vuelto a visitar, quizá por ese prejuicio de asociarlo al “género chico”. En realidad, Arniches era un grande del género chico, que es mucho mejor que ser un mindundi en la gran literatura, como muchos lo son, creyéndose geniales.
En “La pareja científica” nos encontramos con dos guardias que charlan sobre la nueva “ciencia” de la antropometría mientras conducen a prisión, en plena Navidad, a un golfillo de pocos años. La moraleja que extraemos del texto es delicada, porque el autor tiene la inteligencia de no convertirla en moralina: de hecho, después de concluir que la mayor parte de la criminalidad procede de las desigualdades económicas y sociales continúan su paseo hacia la cárcel.
En “El premio de Nicanor” nos encontramos con el método infalible para hacerse rico con la lotería, servido con humor y con algunas afirmaciones que hoy serían criticadas con virulencia (“El señor Isidoro, que está entregado a las labores impropias de su sexo, barre la habitación y le echa, de cuando en cuando, una miradita al puchero”).
Y en “Los ateos” se nos presenta una acción donde la descreencia religiosa se ve enfrentada a los presuntos estertores de la muerte. La seriedad del tema queda aliviada con amenazas risibles (“Al que se chufle cojo una botella y le hago una alusión personal en las narices”) y con humoradas cucurbitáceas (“Tiés una cabeza, mi amigo, que la incluyes en un puesto de melones y no desmerece”).
Un libro tan agradable como simpático, que oxigena los ojos lectores.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Marinero en tierra




Decía William Shakespeare en una de sus comedias (juraría que en Mucho ruido y pocas nueces, pero no tengo el volumen a mano para comprobar la cita) que en la vida cambiamos a menudo de gustos y pareceres, y que esa evolución no tendría que implicar necesariamente ningún motivo de chanza. En mi caso, reconozco que ese cambio lo acabo de constatar con la relectura de Marinero en tierra, de Rafael Alberti.
Cuando lo leí durante mi adolescencia o primerísima juventud me pareció una solemne tontuna, repetitiva y con pocos destellos de brillantez. Mucha sal, mucho marinerito, mucha melancolía precoz… pero poca chicha literaria. Incluso llegué a decírselo así a mi maestro Francisco Javier Díez de Revenga durante un examen oral, aunque él tuvo la amable prudencia de no sancionar con una mala nota mis majaderías de lector primerizo.
Ahora, releída la obra con más de cincuenta años, advierto las cosas que no pude o no supe ver hace tres décadas: el buen pulso sonetístico del gaditano, su grato manejo de los octosílabos, la musicalidad gamberra que a veces introduce en sus composiciones para rebajar la seriedad del libro, incluso el olor a salitre que llega a empapar algunas de las páginas. En suma, los detalles que ya iban anunciando a un poeta vigoroso, proteico, de fino oído para lo culto y lo popular, y que habría de convertirse en uno de los puntales de la generación o grupo del 27.
Es probable que revise otros libros suyos, habida cuenta del grato sabor de boca que me ha dejado esta aventura.

martes, 7 de agosto de 2018

Los puentes de Madison County




Me leo un libro al que tenía ganas de hincarle el diente narrativo desde hace años. En concreto, desde que vi (y me gustó mucho) su versión cinematográfica, en la que Clint Eatswood y Meryl Streep asumen los papeles principales: Los puentes de Madison County, de Robert James Waller, en la traducción de Alicia Steimberg (Ediciones B, Barcelona, 1995).
La película, ya digo, me encantó (mi mujer, que es 16 años más joven que yo, dice que es una película para cincuentones) y, con ese precedente, pensaba que la novela no me gustaría; pero erré. Me ha dejado un estupendo sabor de boca. Creo que sabe dosificar el sentimentalismo, hilvanar sus recursos literarios, organizar bien la narración de la historia y presentar un relato y a unos personajes altamente seductores. Un volumen emotivo y hermoso.
Dos fragmentos que he subrayado en el volumen: “Nuestra tendencia a mofarnos de la gran pasión, y a tildar de sensibleros los sentimientos genuinos y profundos, dificulta la entrada al reino de la delicadeza”. “Estaba lo más solo que se puede estar”.

domingo, 5 de agosto de 2018

Desconocidos




Quienes se enredan en conversaciones de chat con desconocidos corren el peligro de sufrir una decepción (o algo peor) si intentan encontrarse personalmente con sus interlocutores. Lo hemos escuchado docenas de veces en boca de los expertos y de quienes han atravesado en esas condiciones una experiencia traumática, pero después actuamos de modo irreflexivo y repetimos el error común. También lo hará, por su juventud y su inexperiencia, Lara Grávalos, una estudiante de instituto que lleva semanas interactuando con “Wilde” a través de la Red y que, por fin, accede a cenar con él en un lugar público: una hamburguesería muy popular de Barcelona. Pero ese arranque novelístico no es sino uno de los planos de la acción: el otro se desarrolla a unos kilómetros de allí, en un barranco donde ha aparecido el cuerpo del presunto exnovio de Lara, quien había amenazado con suicidarse si la chica se embarcaba en otra relación sentimental.
A partir de entonces, combinando esas dos secuencias del presente con otras del pasado (que desarrollan el modo en que “Wilde” planifica el cerco alrededor de la muchacha, con la ayuda de su amigo Fran), el escritor aragonés David Lozano va urdiendo una trama llena de meandros, callejones ciegos y pistas engañosas, que nos mantiene en vilo durante toda la narración y que se resuelve de una manera trepidante.
Galardonada con el premio Edebé del año 2018, esta interesante novela juvenil adolece tan sólo de dos fallos, en mi opinión: la lentitud circular del diálogo que mantienen Lara y “Wilde” durante su encuentro en la hamburguesería (diálogo que repite y repite, sin avances, las mismas cosas, y que se hace por momentos un poco pesado) y una cierta moralina excesiva en las páginas finales, impartiendo lecciones ociosas sobre seguridad ciudadana a los lectores (y digo “ociosas” porque la lectura ya deja bien clara la idea sin necesidad de discursos, que a los jóvenes no les suelen agradar).
En suma, un libro que gustará mucho a los adolescentes y que plantea situaciones tan inquietantes como necesarias de exponer y repetir.

sábado, 4 de agosto de 2018

El gran Galeoto




Yo soy yo, pero (el filósofo José Ortega y Gasset lo esmaltó con tanta sencillez como exactitud) también mi circunstancia. Es decir, las cosas y personas que se encuentran a mi alrededor (“circum stantia”), y que me condicionan y modulan. Pretender que nuestro entorno no ejerce una influencia decisiva sobre nuestras decisiones o comportamientos es tan ridículo como absurdo. Magdalena, una de las hijas de Bernarda Alba, explica con amargura que “nos pudrimos por el qué dirán”; y esa sensación es la que impera de principio a fin en la pieza El gran Galeoto, de José Echegaray, estrenada medio siglo antes que el drama lorquiano y que se inspira en un pasaje muy conocido de La divina comedia.
Nos encontramos allí con Ernesto, joven huérfano que es acogido en su casa por el matrimonio formado por don Julián (el mejor amigo de su padre) y su bella y también joven esposa Teodora. Pronto, el ambiente idílico en que viven se verá perturbado por los comentarios maliciosos de las gentes de la ciudad, que ve en esta extraña convivencia matices criticables: seguro que los jóvenes se entienden, a espaldas del bondadoso millonario. Y crecen los rumores, y terminan llegando a oídos de los protagonistas, que ven sus días alterados por la marea de fango que crece minuto a minuto a su alrededor, hasta desembocar en un infierno.
Hay en la pieza de Echegaray algunos ripios, por supuesto. Y algunas trazas de almidón, quién lo duda. Y secuencias grandilocuentes que, por su misma ampulosidad, resultan hoy difíciles de soportar sin risa. Pero también hay un trazo elegante en el verso, un ritmo bien pautado y delicados instantes de amor o de honor, que están resueltos con buen criterio.
En suma, una tragedia que actualmente interesa más por el análisis sociológico que por sus virtudes literarias, pero que en líneas generales ha soportado bien el paso de los ciento treinta años transcurridos desde su estreno.

lunes, 30 de julio de 2018

Moderato cantabile




Cierro el libro Moderato cantabile, de Marguerite Duras, que me traduce Paula Brines, y sé que estoy procediendo a una despedida. He intentado tres veces sumergirme en las novelas de la escritora francesa y me declaro vencido: no he logrado que me guste. Me ocurrió también con Faulkner, Kundera o Mishima. No es grave, no es preocupante, no significa nada. Tan sólo que son autores con los que no consigo conectar, que no me comunican o me conmueven. Ni la culpa es suya ni mía. Así lo entiendo yo.
Habla Duras en estas páginas de una mujer llamada Anne Desbaresdes, que lleva a su hijo a clases de piano con madame Giraud. El chico, torpe o indolente, se limita a repetir una y otra vez la sonatina de Diabelli, sin demostrar entusiasmo o aprendizaje. Y un día se produce cerca de allí un acontecimiento brutal: una mujer es asesinada por un hombre en un café.
A partir de entonces, la aburrida Anne volverá día tras día al café, donde toma vino con un hombre llamado Chauvin, al que interroga por lo que ha pasado. Parece que está muy interesada en el destino de la mujer fallecida; o planea un final parecido al suyo (la asesinada pidió a su amante que la matara de un tiro en el corazón); o quién sabe qué. Chauvin y ella beben y se comunican con frases breves, elusivas, orientales, en las que no consigo penetrar para hacerme una idea de lo que está ocurriendo. Tampoco he logrado comprender bien la finalización del relato.
Insisto: puede que yo sea demasiado obtuso para entender la escritura lírica o neblinosa de Marguerite Duras (nacida con el nombre de Marguerite Germaine Marie Donnadieu, cerca de Saigón). No lo descarto. Pero, sea como fuere, lo que me parece normal es que no siga insistiendo con ella.

domingo, 29 de julio de 2018

Que la ciudad se acabe de pronto



Cuando se lee en la contraportada de un libro que nos encontramos ante la ópera prima de un autor pueden suceder dos cosas: la más habitual, que nos hallemos ante un volumen imperfecto y titubeante, que casi implora perdón con el recurso a esa fórmula; la menos frecuente, que se trate de una obra cuajada, rotunda y alejada de los caminos trillados. El libro de relatos Que la ciudad se acabe de pronto, del que es autor Trifón Abad y que ha sido publicado por el sello Malbec, pertenece sin vacilaciones al segundo bloque: es un volumen admirable.
Y lo es por varias razones: una elección de temas que se salen de lo corriente (cocheros que encuentran cadáveres que luego venden a anatomistas, distopías futuristas basadas en la exaltación del silencio, niños entusiasmados con las moscas, venganzas indígenas que se prolongan en el tiempo), una construcción textual que asombra por su perfección, ritmos narrativos que tienen un aroma clásico y, en fin, unos personajes que, con apenas tres o cuatro pinceladas, quedan impresos en la mente del lector.
Trifón Abad sabe lo que se hace, esto no admite dudas. No incurre en aspavientos culturalistas, ni adopta una pose de iconoclasta, ni se dedica a torpedear nuestros ojos con relatos “provocadores”. Tampoco elabora una solapa pretendidamente graciosa, ni aporta una foto epatante de sí mismo. Lo normal cuando nos topamos con ese tipo de exhibiciones es deducir que el autor no está demasiado convencido de que su literatura sea capaz de defenderse sin apoyos. Pero él no. Trifón Abad (a quien no tengo el gusto de conocer, por cierto: que nadie piense en alabanzas amistosas) lleva a cabo lo más arduo, lo más ingrato, lo más difícil: se preocupa de escribir unos textos maduros, serenos, aquilatados; unas catedrales que tienen hermosa fachada, pero también una arquitectura solemne y duradera. Y luego los pone en nuestras manos.
A mí esta propuesta me parece muy convincente, y estoy seguro de que no me perderé su siguiente obra. Les recomiendo que hagan lo mismo.

viernes, 27 de julio de 2018

Los asesinos entre nosotros




Un nazi (el Rottenführer Merz) se lo dijo a Simon Wiesenthal cuando éste le indicó que alguna vez contaría los horrores del genocidio: “No le creerían. Dirían que usted se había vuelto loco y hasta quizá le encerraran en un manicomio. ¿Cómo podría nadie creer seme­jante horror sin haber pasado por él?”. La frase, con la que se cierra este volumen, es tan exacta como aterradora. Porque de eso se trata, precisamente, en este libro. De escuchar y leer sobre lo imposible, para comprender que el ser humano es capaz de atrocidades como ésta. De acudir a otros libros, a actas judiciales, a fotografías, a miles de otros documentos, para darnos cuenta de que lo infernal fue terrenal durante aquellos años.
Los asesinos entre nosotros supone el trabajo de localización que durante muchos años desarrolló este arquitecto austrohúngaro, antiguo prisionero del campo de exterminio de Mauthausen, para poner ante la justicia a los criminales nazis que se encontraban cómodamente instalados en numerosos países, donde sus actividades genocidas eran ignoradas o se consideraban prescritas. En estas páginas. En vano lucharán los negacionistas para desmentir la verdad de las fotos, de los brazos tatuados, de las amputaciones y los experimentos genéticos, de las cremaciones, del horror.
Ni una sola de las atrocidades de este libro admite ni merece resumen. Hay que acudir a las descripciones pormenorizadas de Wiesenthal y sus informantes. Por justicia. Para evitar que caiga en el olvido aquella monstruosidad. Para que el humo de los hornos se convierta en testimonio. Para que la sangre vertida no se borre nunca.
Leí esta obra hace veinticinco años y, releyéndola, he experimentado la misma conmoción, la misma sacudida emocional. Los nombres de Ana Frank, Adolf Eichmann u Odessa salpican estas páginas y nos mantienen vivo (y así debe continuar) el recuerdo de aquella época. Ahora son palabras, pero fueron en aquellos años lágrimas, y humillaciones, y asesinatos, y gases venenosos, y familias destruidas, e hijos exterminados ante sus padres. Y hubieran sido, sin la intervención de Wiesenthal y otras personas como él, años impunes.
Esto no es un libro: es memoria indeleble.

miércoles, 25 de julio de 2018

Pulvum eris...




Esta novela corta fue galardonada con el premio «Saavedra Fajardo» en el año 1981 y estaba concebida como un homenaje fervoroso a don Juan Manuel (el autor lo declara expresamente al final del libro). Nos sitúa ante un relato de viajes, ambición, ingenuidad y conocimiento, donde no se concede respiro a los lectores, pues desde la primera de sus páginas se los sumerge en una aventura intrigante, seductora, llena de encanto y misterio.
Encontramos en su inicio a un anciano abad que espera al joven monje galo de la orden de Cluny que le está recitando la hagiografía de Casiano para que él la anote. Poco después, llega al convento un artzai vasco, el deán de Santiago. Viene en busca del viejo abad porque deduce que éste, siendo “libro viviente y ciego, bibliotecario loco del viejo Ripoll” (p.17), podrá ayudarlo en un ambicioso proyecto que acaricia en secreto desde hace años, y al que no piensa renunciar en modo alguno: llegar a ser papa. Este deán le pidió, años atrás, que hiciese un esfuerzo de memoria y que recordase si había tenido oportunidad de trabajar sobre algún pergamino, quizá escrito en griego, que tras ser robado en la lejana Alejandría, hubiera recalado en Ripoll. Si ese pergamino (que contiene las instrucciones necesarias para llegar al papado) obrara en su poder, el deán se compromete a utilizarlo para reconducir los caminos de la Iglesia; y lo nombraría a él arzobispo o abad de Ripoll.
A partir de ese momento, se inicia un viaje repleto de aventuras, peligros y sorpresas, que tiene como objetivo localizar el sepulcro de Moisés y que dejaré que los lectores descubran por sí mismos, porque supondría un auténtico crimen destripárselo.
La gran pregunta que puede formularse al final es la siguiente: ¿estamos, realmente, ante una novela histórica? Tras un serio análisis de los elementos que conforman el tomo, yo creo que habría que contestar de forma negativa. Pulvum eris… es un libro ambientado, eso resulta indiscutible, en un período histórico (el siglo XI), que es descrito con encomiable rigor; pero no se plantea como prioridad la narración de aquel mundo, sino de unos personajes y caracteres que se revisten de nítido valor metafórico. Santiago Delgado ambienta históricamente estas páginas, pero no se detiene ahí. No se estipula como meta la de “novelar” una porción del siglo XI, ni juega tampoco al pastiche por el puro placer de exhibir sus conocimientos, lecturas y sabidurías. Su proyecto es más ambicioso, y por eso supera el umbral de la novela histórica; que es, en sí, un sub-género tan limitado  y tan discutible —no nos engañemos— como la novela negra o la novela rosa, aunque los nombres de Walter Scott, Marguerite Yourcenar, Gore Vidal o el excelso Robert Graves hayan contribuido a dotar a la primera de una aureola más bien engañosa de excelsitud (y digo “engañosa” porque nos dejamos distraer en sus obras de la principal evidencia: que no son simplemente unos grandes escritores históricos, sino unos grandes escritores). Santiago sitúa a sus personajes en el siglo XI y luego nos habla de la eternidad, de lo humano, de lo imperecedero. Todos los protagonistas nacen, ambicionan, traicionan y mueren como lo harían un goliardo, un mujik, un sacerdote inca o un escriba sumerio. Lo inmortal humano se refleja a la perfección en las peripecias impetuosas, lascivas, simoníacas, traicioneras y finalmente fracasadas de todos los personajillos que emprenden la búsqueda del sepulcro de Moisés. Y daría igual que, en lugar de cristianos medievales, fueran marineros griegos que desean encontrar el Vellocino de Oro, y que tienen los ojos erosionados por la monotonía de las aguas; o conquistadores españoles buscando la tierra de Eldorado, crucificados por las saetas envenenadas de los indígenas; o viajeros que fatigan los caminos de Asia junto a Marco Polo, mientras sueñan con la ruta de la seda; o nazis que se han fijado como objetivo la localización del Arca de la Alianza, que les dará poder sobrenatural; o montañeros que persiguen al yeti por las cumbres del Himalaya, ajenos a la ceguera de la nieve. El viaje de búsqueda carece de filiaciones históricas, porque es eterno. Todas las expediciones son una sola expedición. Y Santiago Delgado, que es novelista inteligente, lo sabe. Elige un período temporal y se ciñe a él con escrúpulo de erudito, pero jamás pierde de vista que está relatando hechos universales y que, por tanto, escribe en verdad fuera del tiempo. A una novela no conviene ponerle más adjetivo que la palabra “buena” o “mala”. El resto son trampantojos.