lunes, 19 de noviembre de 2018

Que se mueran los feos




Leo una novela del francés Boris Vian, que me traduce T. P. Lugones: Que se mueran los feos (Tusquets, Barcelona, 1996). Una fabulación que mezcla el humor, el futurismo y enormes dosis de simplicidad narrativa, al servicio de una trama increíble: un estudiante universitario norteamericano, guapo y pagado de sí mismo, idolatrado por las chicas, que ha decidido mantenerse virgen hasta que cumpla 20 años, se ve envuelto en un experimento genético en el que le extraen semen para formar una raza de seres humanos perfectos. Luego, se meterá en tareas de detective aficionado para descubrir a sus humilladores, y acaba por asaltar aparatosamente una isla (la del doctor Schutz, fautor del experimento) en plan marine.
En fin.
Una cosa paródica y de lección fácil, que incluso pretende ponerse moralizante al final, determinando que las mujeres “de rompe y rasga” (ay, Dios mío, cuánto mal han hecho los clichés en la narrativa y en la vida) prefieren a los hombres físicamente mediocres.
Una nota curiosa: el protagonista (Rock Bailey) parece en ocasiones un poco imbécil, como cuando excreta frases de esta índole: “No conté el número de zancadas que dimos, pero debió oscilar entre tres mil cuatrocientas siete y tres mil cuatrocientas nueve” (p.160). Otra nota curiosa: la hipérbole sexual que le atribuye a su descerebrado héroe, quien en su día de “estreno” declara: “Aquello era más agradable todavía que comer piña helada” (p.142). Quizá por eso repite el proceso hasta 12 veces. Ni más ni menos. Parece que humor no le faltaba a Boris Vian. Sobre su calidad literaria prefiero mantener un prudente silencio.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Guillermo Tell




El cine nos ha procurado, desde hace décadas, una imagen muy definida del mito de Guillermo Tell, así que intentar eludir ese condicionante a la hora de acercarnos hasta su formulación literaria por parte de Friedrich von Schiller (1804) resultaría de todo punto absurdo: el arquero suizo al que el abominable gobernador Gessler obliga a ensartar con una flecha la manzana que reposa sobre la cabeza de su hijo… y las consecuencias que esta cruel acción comporta.
Puestos a ser honestos, y juzgando esta obra dramática desde la óptica lectora de 2018, la verdad es que todo se resume en eso, porque las circunstancias históricas y ambientales de la pieza, la enumeración de los personajes reales que aparecen (y que son descritos en notas a pie de página) y las consecuencias políticas de los sucesos narrados nos resultan tan lejanas, tan desdibujadas, que las llegamos a conocer pero no a sentir, con lo cual queda invalidado en buena medida el poder revolucionario de su argumento. O, dicho de un modo más sintético: la anécdota del disparo con la ballesta es lo único que se salva de este drama, dos siglos después.
Es bonito, desde luego, que Gertrudis le hable a su marido y le diga: “Soy tu fiel esposa y exijo la mitad que me corresponde en tu tristeza” (acto I, escena II); es bonita la bendición que el barón Von Attinghausen dispensa sobre el hijo de Tell (“De esta cabeza, sobre la que estuvo la manzana, os florecerá una libertad nueva y mejor; lo viejo cae, los tiempos cambian, y una nueva vida se alza de las ruinas y crece”, acto IV, escena II); es bonita la fórmula que el arquero pronuncia para explicar que ha sido la decisión ignominiosa de Gessler la culpable de su ira (“En efervescente veneno de dragón me has transformado la leche de mis piadosos pensamientos”, acto IV, escena III)… Pero, a la postre, sólo esa secuencia intensa y famosísima reclama todavía nuestra atención y nos embriaga: el hijo mostrando su gallardía y su confianza en el pulso del padre; éste, temblando y pidiendo al inflexible gobernador que modere su saña; la saeta volando hacia su objetivo. El resto es charcutería histórica, tan aburrida para el lector actual que ni las notas bienintencionadas del traductor (Justo Molina, profesor de la universidad de Innsbruck) consiguen activar su interés.

viernes, 16 de noviembre de 2018

La palabra inflamada




Decepción. Es la palabra primera que me viene a la mente tras acabar el volumen La palabra inflamada, de José Luis Calvo Carilla (Península, Barcelona, 2000), que prometía ofrecernos una interesante “Historia y metafísica del piropo literario en el siglo XX” (es el subtítulo de la obra). Pensé que podría tratarse de un libro ágil, fresco, divertido, rebosante de chispa, anécdotas y sonrisas. Bueno, pues no. El autor, por un ejercicio de prestidigitación cuya esencia no llego a alcanzar, resulta que odia profundamente los piropos, porque le parecen unas “arcaicas muestras de fogosidad” (p.34) y unos “vergonzantes tics verbales” (p.125). Total, que esto es como si un abstemio dictaminara los valores en un catálogo enológico: una absoluta memez.
Para más irritación, este profesor de Literatura en la universidad de Zaragoza no tiene empacho en escribir equivocadamente algunas palabras de su propio idioma. Véase para demostrarlo (y no es el único ejemplo) ese “espúrea”, que no sólo inserta en la página 167, sino también en la 239, para que no podamos atribuirlo a descuido ocasional.
En resumen, que he bostezado con sus melindres, me he irritado con muchas páginas pedantes y que no venían al caso (salvo para exhibir la presunta cultura de su autor), y he descubierto un único piropo gracioso, que está en la página 28: “Chiquiya, eres tan alta que, para subir a darte un beso, hay que hacer noche en el ombligo”. Un bagaje cortísimo para una obra tan ambiciosa.

jueves, 15 de noviembre de 2018

El cantar de Roldán




Releo El cantar de Roldán, gran epopeya carolingia que versionó Benjamín Jarnés para la Revista de Occidente en 1926 y que ahora recorro en la edición de Alianza Editorial. Y, con ese placer que obtenemos de las lecturas sosegadas, me absorbe y me cautiva como quizá no lo hizo cuando lo estudié durante mi etapa universitaria.
Aquel Carlomagno que, impasible a sus doscientos años y exhibiendo una noble barba florida, se yergue sobre el caudal narrativo; aquel arzobispo Turpín que, belicoso y tremebundo, confiesa los pecados a los miembros de la tropa y “por penitencia les manda herir sin tregua” (secuencia LXXXIX); ese Roldán lleno de inconsciencia que pone en peligro a sus hombres y que ocasiona finalmente su desgracia; esa pobre Alda que, conocida la muerte de su prometido, se resigna a ingresar en el mismo territorio (“A Dios no le place, ni a sus santos, ni a sus ángeles, que, muerto Roldán, quede yo viva”, secuencia CCLXVIII); esos terribles espadazos que suelta Oliveros (“Hiere a un infiel, Justino de Valdeherrero. Le parte por mitad la cabeza y le raja el cuerpo y la loriga recamada, y la preciosa silla de oro y piedras engastadas; y al caballo le parte el espinazo”, secuencia CVII); esas reflexiones que se deslizan de vez en cuando en el texto medieval (“Mucho aprendió el que conoce el sufrimiento”, secuencia CLXXXIV)… Y hasta una curiosidad hípica, que quizá algún experto pueda dilucidar con más tino que yo: el caballo que tiene “largos los flancos, ancha la grupa y alto el espinazo. Su cola es blanca y amarilla la crin” (secuencia CXIV), ¿podría ser un ejemplar Herrenhausen, capa Isabela?
El placer de las relecturas.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

La novela del buscador de libros




Si usted no siente adoración por los libros, absténgase de leer esta obra. Se lo digo con toda la sinceridad del mundo. No va a entender nada. Todo lo que encuentre en estas páginas va a parecerle una colección de extravagancias, un dislate tras otro, una afición enfermiza, una pose diletante, un absurdo protagonizado por personas que, pudiendo dedicarse a otros menesteres más lucidos emplean sus horas en dejarse las pestañas sobre colinas de volúmenes desordenados, variopintos y, en la mayor parte de las ocasiones, insignificantes.
Si usted no siente adoración por los libros no entenderá al jerezano Juan Bonilla metiéndose en docenas de librerías de viejo, llenándose de polvo las manos, revolviendo en montones informes de letra impresa, en poemarios atropellados por el curso de los años, en ediciones maltrechas o malheridas por la humedad o los roedores. Ni entenderá por qué se avino a acudir a mercados donde las maras provocaban tiroteos y podía peligrar gravemente su vida. Ni entenderá tampoco que penetrase en una librería-peluquería (espacio quizá único en el mundo) o que coleccione todas las ediciones posibles de la Lolita de Nabokov, en idiomas que ignora.
Si usted no siente adoración por los libros será incapaz de entender por qué los libros se alinean en dos o tres filas en las estanterías de su casa y por qué, pese a esa gravitación sofocante, continúa metiéndose en subastas de Internet para conseguir más; por qué siente una felicidad casi orgánica cuando un libro largamente buscado aparece en la voz telefónica de un librero de Lima, que está dispuesto a guardárselo; por qué mantiene desde hace años un largo listado de volúmenes pendientes de adquisición y lo considera su biblioteca secreta.
Si usted no siente adoración por los libros no será capaz de apreciar la infinita belleza de las fotografías que adornan esta obra, donde encontramos los rostros de iconos de la bibliofilia (Abelardo Linares) y degustadores fervorosos del género (Andrés Trapiello o Juan Manuel Bonet), pero también lugares legendarios que se relacionan con ese mundo gutenbergiano (como la librería Strand, el Rastro madrileño o Encantes de Barcelona), así como cubiertas míticas de volúmenes no menos míticos.
Si usted no siente adoración por los libros no se adentre en La novela del buscador de libros. Hágame caso. Se podría contagiar de una enfermedad peligrosa.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Qué escondes en la mano




Me leo en un par de días los relatos que Benjamín Prado reunió bajo el título de Qué escondes en la mano y me han parecido bastante interesantes. A ver, seamos tan respetuosos como claros: no es Borges, no es Cortázar, no es Muñoz Molina; pero sus propuestas narrativas mezclan una formulación literaria digna (a veces, brillante) con unos argumentos bien trenzados, y esta combinación es mucho más satisfactoria de la que ofrecen por lo general otros autores.
Nos hablará de un hombre obsesionado con la albura inmaculada de su chaqueta, que desea preservarla de cualquier mancha por motivos de negocios (“El traje blanco”); una chica con un notable currículum académico, que repasa sus páginas mientras se dirige hacia una entrevista de trabajo (“El viaje”); la persecución que emprende un hombre para conseguir acostarse con una mujer (“Siga a ese coche”); las asombrosas mutaciones que experimenta la vida de Zoila, una formal administrativa, cuando sufre una herida que la obliga a aceptar una baja laboral (“¿Qué escondes en la mano?”); el asombro que aturdirá a un niño rico a partir del momento en que, por juego y por curiosidad, haga un pacto con un niño pobre al que conoce casualmente (“La sangre nunca dice la verdad”); etc.
Siguen gustándome más (mucho más) los espléndidos poemas que ha compuesto Benjamín Prado durante los últimos años, pero tampoco me importaría repetir con otro volumen narrativo suyo.

domingo, 11 de noviembre de 2018

El colmenero divino




Es cierto que fray Gabriel Téllez fue un dramaturgo magnífico, que influyó de notable manera en el desarrollo escénico español del siglo XVII y que redactó obras excelentes, como El condenado por desconfiado o Don Gil de las calzas verdes. Mi admiración, en ese ámbito, la tiene garantizada. Pero desde que me ocupo de insertar en este blog mis opiniones sobre los libros que voy leyendo siempre he respetado una consigna inquebrantable: decir la verdad. O, para ser más exactos y menos petulantes: mi verdad. También ahora lo haré.
He leído el auto sacramental El Colmenero divino y, con franqueza, creo que resulta un texto estomagante y difícil, apto para muy poquitos paladares. Al principio, Tirso de Molina apuesta por la originalidad (él mismo nos advierte de “la novedad de la metáfora”), mostrándonos a los personajes bíblicos (Adán, Eva, Caín, san Pedro, Judas) como sucesivos jugadores en una larga partida de cartas; pero pronto esa inventiva se va apagando y el mercedario se desliza hacia unas posiciones literarias y teológicas mucho más convencionales. Comienza entonces a hablarnos de un colmenero que decide instalarse en la zona pero que muestra su inquietud por la presencia de un feroz oso, que quizá destroce sus cuidados panales. Escasas docenas de versos nos bastarán para comprender que el citado colmenero es el Colmenero, que el oso representa al Diablo y que las tímidas abejas son las almas, perturbadas por las tentaciones sensuales del Mundo pero que, finalmente y como no podía ser de otro modo, acaban volviendo al redil con luz en los ojos y éxtasis en su corazón, mientras cantan alabanzas al Altísimo.
Muchos bostezos garantizados.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Historias de una ciudad inundada




Villaclavel no es, desde luego, una población convencional. Ni mucho menos. En ella, burbujeando y relacionándose entre sí, podemos encontrar a personas tan peculiares como el profesor Bombazzi (que esconde un oscuro pasado, del que hasta mediados de la novela no tenemos cumplida información), el silencioso indio Dospasos (quien es capaz de provocar abundantes lluvias con sus bailes y cánticos ancestrales), el señor Castor (melindroso alcalde que carece de arrojo para enfrentarse a los problemas), el tenebroso Germán Testaferro (que maneja los hilos de una organización criminal cuyos tentáculos surgirán, omnipresentes, en casi todas las páginas del relato), Julia (una niña avispada y que carece de uno de sus brazos)… y algunas otras figuras que, humanas y no humanas, salpican y llenan de emoción el texto.
Me estoy refiriendo al reciente volumen Historias de una ciudad inundada, que Ismael Orcero ha visto publicado en Tres Fronteras Ediciones y que contiene unas espléndidas ilustraciones de Diana Escribano, que captura de forma inigualable el espíritu de este relato juvenil, sorprendente y lleno de peripecias: incendios, laberintos, persecuciones por los tejados, sorpresas argumentales, pesadillas proféticas, piratas… Queda garantizado el entretenimiento, siempre que el lector se despoje de todos sus prejuicios adultos y se abandone al puro disfrute. Es decir, que no se cuestione cómo es posible que estén sucediendo realmente las cosas que aquí se narran y que, simplemente, las acepte como jalones del devenir narrativo. Que se adentre en este cómic trepidante y lleno de aventuras sin más voluntad que la de gozar de sus toboganes, sus tirabuzones y sus trucos de prestidigitación.
Si así lo hace, estoy convencido de que agradecerá la sugerencia de ampliación que el autor nos desliza en la página última. La esperaremos ansiosos.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Las voces de Marrakesh



Resulta curioso que, no gustándome nada viajar, me gusten tanto los libros de viajes, los volúmenes donde quienes sí frecuentan paisajes distintos, países que no son el suyo y atmósferas diferentes, anotan sus impresiones. Me ha vuelto a ocurrir con el tomo Las voces de Marrakesh, de Elias Canetti, que traduce José-Francisco Yvars y publica el sello Pre-Textos.
En sus páginas me he paseado por el mercado de camellos ante la muralla en Bab-el-Khemis; he visitado bazares de especias y marroquinería; he asistido a través de los ojos y los oídos del escritor búlgaro al espectáculo interminable del regateo (“Podríamos pensar que existe mayor variedad de precios que personas distintas sobre la Tierra”); he escuchado la salmodia repetitiva y hasta cierto punto hipnótica de los ciegos que mendigan en la ciudad; he sabido de la inconveniencia de hablar en la calle a las mujeres que llevan velo; he conocido algunos vericuetos del barrio judío (el Melah); he contemplado con respeto los minaretes (“Faros habitados por una voz”); y me ha asombrado, sin entender el idioma (como a Elias Canetti, que tampoco lo entendía), el poder seductor de los cuenteros del mercado.

Ese mundo abigarrado, especial, tórrido, donde se abrazan la felicidad y el hambre, la pobreza y la dignidad, queda retratado bellamente en un volumen que me siento dichoso de haber encontrado y leído.

lunes, 5 de noviembre de 2018

Hicieron partes




En ocasiones (en más ocasiones de las que juzgaríamos normal), una herencia sustanciosa se convierte en motivo de disputa y hasta de odio entre los potenciales herederos. José Luis Castillo-Puche, consciente de este hecho, construye con tales mimbres la novela Hicieron partes, que arranca en el año 1931, cuando muere don Roque Giménez y se produce en torno a este fallecimiento un auténtico revuelo de mezquindades, actitudes buitrescas y voracidad vergonzosa por parte de todos los beneficiarios de su riqueza.
“Cada testamento” (nos dice el autor yeclano en la página 51) “abre las heridas de testamentos antiguos y casi olvidados, y el pueblo vive en cada herencia las divisiones de una familia y hasta la suerte del pueblo entero, sobre el que pululan como pájaros sobre la carroña los procuradores y los abogados, en pleitos sempiternos”. Así ocurre, en efecto.
Pero la gran ironía justiciera sobreviene cuando, ya libradas las cantidades y depositadas en las manos de sus nuevos dueños, los destinos de todos comienzan a torcerse por senderos agrios: ni la Madre Superiora del Asilo de Ancianos, ni don Luciano, ni Periquín el Borreguero, ni Frasquito y Juana, ni Casimiro el Jabonero, conseguirán la felicidad que esperan cuando el dinero o las fincas estén en su poder.
Una novela dura pero realista de José Luis Castillo-Puche, uno de los mejores escritores de su generación.

sábado, 3 de noviembre de 2018

50 cosas sobre mí




Con levísimas excepciones, permítaseme la broma, hay dos tipos de adolescentes: aquellos que beben alcohol cuando salen de marcha y aquellos cuyos padres no saben que beben alcohol cuando salen de marcha. Y tal hecho sociológico, que solamente algunos buenistas recalcitrantes negarán con vehemencia (los “felices e indocumentados”, que diría el colombiano Gabriel García Márquez), sirve como trasfondo para la reciente novela juvenil 50 cosas sobre mí que Care Santos ha publicado con el sello Edebé y que resulta tan ágil y tan convincente como todas sus obras, en este y en otros ámbitos narrativos.
Su protagonista es un estudiante de bachillerato llamado Alberto, que se singulariza externa e internamente de sus compañeros: alto, aficionado al cine, voluminoso, con altas capacidades intelectuales, amante de las montañas rusas y de los rascacielos; y, desde que comienza con las clases de piano, colgadísimo de Keiko, bellísima japonesa que ahora vive en su ciudad. Por desgracia, a todas las características señaladas antes habría que unir una timidez casi patológica en su trato con las chicas, que le impide abordar a la muchacha. Así que cuando quiere dar un giro a esa situación el asunto se ha complicado: Keiko tiene ya como novio a Pedro, futbolista, petulante, guaperas y presuntuoso, ante el que Alberto se siente intimidado.
Manejando esos parámetros convencionales, Care Santos añade a su coctelera novelística otros ingredientes (retos alcohólicos nocturnos, el rodaje por parte de Alberto de un documental para un certamen de cortos, peleas, divorcios, ingresos hospitalarios…), que convierten la mezcla final en un texto sugerente y lleno de atractivo para los lectores adolescentes. Los cuales, al mismo tiempo, disfrutarán de un formato narrativo al que no estarán muy acostumbrados: cada capítulo de la novela viene encabezado por una característica del personaje que sirve como hilo conductor del relato (“Soy virgen”, “No me gusta la lasaña”, “Odio el fútbol”, “Me cuesta mucho tomar decisiones”, “Odio el apio”).
Añadamos al conjunto una serie de frases impactantes (“Todo el mundo tiene talento. Todo el mundo puede ser el primero en algo. Pero muy pocos están dispuestos a trabajar duro para conseguirlo”), una estructura cinematográfica y un final con tirabuzón feliz, y tendremos un nuevo éxito de la escritora más versátil del panorama nacional.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Diario de un vago




Me suelen desagradar las obras literarias que nacen con espíritu pretencioso: aquéllas que nos gritan constantemente su condición excelsa para que ni por descuido cometamos la osadía de ignorar su esplendor. Ante ellas, la pereza me envuelve y el rechazo (un rechazo que quizá resulte injusto en algunos casos, pero que no me siento con fuerzas para soslayar) me domina. Jorge Luis Borges me suministró, hace años, la frase perfecta para combatir esos excesos de petulancia: “Tanta soberbia el hombre, y no sirve más que para juntar moscas”.
Por suerte, también existen los otros libros: los que nos proponen su mensaje y su texto desde la normalidad, desde el humor, desde la ironía, desde la sencillez. Y esos cuentan con mi simpatía. Es el caso de los aforismos que aparecen en este Diario de un vago, que Andoni Sarriegi ve publicado bajo el sello Liliputienses y que ocupa menos de noventa páginas. La confesión epilogal de que sus líneas fueron redactadas entre 2002 y 2018 sirve de justificante para el sorprendente título humorístico o masoquista de la obra.
Y oigan: este delgado volumen contiene hallazgos muy estimables: exabruptos apolíneos dominados por la misantropía (“A mí no me gustan las fiestas porque me pongo perdido de gente”, “Si no estoy solo, me aburro”), sentencias paradójicas (“No siempre estoy de acuerdo con mis propias opiniones”), sonrientes resúmenes domésticos (“Reflexión sobre la pareja a los seis meses de ser padre: Antes éramos dos, ahora son dos”), apuntes de gran interés sobre la finitud (“Nunca sabremos de qué hemos muerto”, “Al morir, no había dejado de sufrir: había dejado de ser”, “Morirse es olvidarse de los muertos”, “Tal vez hayamos visto hoy a alguien que ya no existe”) e incluso diapositivas verbales de amarga condición autobiográfica (“Greguería del neurólogo al diagnosticar a mi hermano un tumor cerebral: La epilepsia es el estornudo del cerebro”, “Gracias a mi anciano padre por dejar que me convierta en el suyo”).
Un libro delgado, sí, pero también delicado, sutil, sonriente, triste, profundo, de alto refinamiento y hermosos ventanales líricos, que me parece recomendable.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Un andar solitario entre la gente




Las ciudades (lo escribió Francisco Umbral) tienen como idioma el ruido. Y esa afirmación puede ser entendida de dos modos muy diferentes: como repulsa y como magnetismo. En el primer caso, el escritor se refugia en su torre de marfil (Sainte-Beuve dixit) y, desde sus balcones y ventanas, desdeña altaneramente el bullicio exterior, motejándolo de insoportable o pueblerino. En el segundo, se deja atrapar por su estruendo multicolor y festeja la algarabía con entusiasmo.
La última entrega literaria de Antonio Muñoz Molina (Un andar solitario entre la gente) sitúa el centro narrativo precisamente en la ciudad, en el núcleo urbano, en sus calles, escaparates, letreros luminosos, personas que hablan o gritan, folletos publicitarios, teléfonos móviles, carteles cinematográficos, marquesinas o pantallas. Todo burbujeando, todo lanzando sus reclamos sobre las personas que caminan. La ciudad como bombardeo y como aleph, que sirve de paisaje y de estímulo tanto a personajes anónimos (el hombre que va recorriéndola mientras recopila papeles de todo tipo, y luego los recorta y los va archivando en sobres y carpetas) como a figuras de la intelectualidad pretérita (Thomas de Quincey, Virginia Woolf, Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire, Oscar Wilde, Herman Melville, Fernando Pessoa o Walter Benjamin), cuyos paseos quedan registrados en este lírico y tumultuoso tratado de Deambulología.
“Soy todo oídos”, dice la primera frase del libro. “El gran poema de este siglo solo podrá ser escrito con materiales de desecho”, se escucha en la página 83. Y todo el material (variopinto y sintomático) que sus ojos y sus orejas van recogiendo se adhiere aquí, en un ejercicio de filatelia ambiciosa que tiene no poco de vademécum y de retrato de una época… Encontramos en este medio millar de páginas algunas ironías (“Una chica alta y seria lee un libro de Paulo Coelho. Esa lectura desacredita su belleza”, p.15), adjetivaciones envidiables (“Hay un clamor ornitológico de niños que juegan en el patio de un colegio”, p.93; “se oye un clamor cóncavo de pájaros”, p.157), una prosa excepcional y, también, algunas consideraciones muy sensatas sobre el mundo de la escritura (“A cada momento suceden cosas terribles en el mundo. La desgracia de que a un escritor o un artista no le hagan caso es irrisoria”, p.473).
Que los lectores no busquen una novela en este libro, porque no la hallarán. Pero sí un experimento lúcido, moderno, líquido sobre los cauces y fragores del mundo en que habitamos, donde también nos desliza algunas interesantes confesiones personales, literarias o amorosas. Antonio Muñoz Molina, como siempre, nos entrega un trabajo excepcional.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Amores imperfectos




He vuelto (sabía que era cuestión de tiempo) a los relatos de Hiromi Kawakami, de quien ya leí y reseñé en este espacio su delicado volumen Abandonarse a la pasión, publicado por Acantilado. El mismo sello se encarga, gracias a la labor traductora de Marina Bornas Montaña, se poner en nuestras manos Amores imperfectos, donde volvemos a encontrarnos con escenas cotidianas, líricas y dulces; con eficaces segmentos que Kawakami recorta en las existencias de sus protagonistas y que nos permiten aproximarnos a su interior.
Chicas que coleccionan botones de los exnovios que las abandonan. Muchachas que se muestran refractarias a confiar en las bondades de los hombres. Empleadas de supermercado que se enamoran de una compañera y que, sin osar decírselo, se despiden preparándole un sandwich de rodajas de melocotón. Seres que preparan el té con lentitud y silencio. Ventanas que muestran paisajes tan serenos como inalcanzables. Una cesta de la que emerge la voz de una anciana, que ayuda a soportar mejor la soledad a su joven propietaria.
Todo es tan aparentemente fácil que se experimenta durante la lectura la fluidez de los hechos, la tibieza triste de las emociones, las amarguras irrestañables. Y se siente que uno mismo podría convertirse en el redactor de esas líneas, porque la narradora tokiota (como muchas veces Neruda, como muchas veces Benedetti) consigue un estilo tan aparentemente natural que nos impregna con su magia.
Puedo afirmarlo ahora con rotundidad: volveré a Kawakami. Lo tengo clarísimo.

martes, 30 de octubre de 2018

El árbol de mejor fruto




Miguel de Unamuno jamás se mordió la lengua cuando tuvo que enjuiciar a Pedro Calderón de la Barca, a quien llegó a motejar de “gongorino inaguantable”, “inflador de gaita” y otras lindezas energúmenas, tan propias del bilbaíno. Y aunque es verdad que, en ocasiones, el dramaturgo madrileño somete al lector a algunas páginas difícilmente inteligibles, tales excesos no nos autorizan a denostar el conjunto de su obra.
Sirva como ejemplo el auto sacramental El árbol de mejor fruto. En él hallamos al rey Salomón, quien decide construir un magnífico templo en Jerusalén y encarga a los monarcas Irán y Candaces que busquen materias primas de valor exquisito para emplearlas en él. El primero de ellos recalará en las tierras de la reina de Saba, la cual queda impresionada con las noticias que recibe sobre el sin par Salomón y decide visitarlo; el segundo encontrará un misterioso árbol que, prodigiosamente, presenta características de tres árboles diferentes: cedro, palma y ciprés… Cuando todos los ingredientes de la trama (Salomón, Sabá, el tronco enigmático) convergen en Jerusalén se produce la súbita conversión de la reina extranjera, que tiene una visión sobre los padecimientos de Jesús y sobre su incuestionable divinidad.
¿Hay secuencias de intelección compleja? Sí. ¿Resulta algo forzado el final, con una reina de Saba que en apenas unos minutos decide cambiar de religión, para abrazar el cristianismo? También. Pero, por encima de todo, queda una obra ágil, musicalmente bien trenzada, donde las alternancias de voces y los juegos polimétricos impiden el aburrimiento del lector, incluso cuando las páginas se adentran en teologías más bien abstrusas. Calderón de la Barca consigue en El árbol de mejor fruto una pieza teatral de indudable vigor y de notable vitalidad, que aún puede ser leída sin fastidio.

lunes, 29 de octubre de 2018

Ocaso de un corazón




¿Qué siente un padre cuando descubre que su hija está comenzando a tener relaciones sexuales con un joven a escondidas y que, por tanto, se quiebra la condición pura y virginal que él le atribuía confiadamente hasta entonces? El acaudalado empresario Salomonsohn lo descubrirá cuando disfrute de unos días de descanso en un hotel, con su esposa y su hija Erna, de 19 años. Y el maravilloso narrador austríaco Stefan Zweig será el encargado de resumirnos los detalles de esa historia.
En ella descubriremos a un hombre que ha empleado buena parte de su vida (se encuentra ahora en los 65 años) en ganar dinero para satisfacer todos los caprichos de las dos mujeres que constituyen su universo. Y ahora, de una forma abrupta, acaba de descubrir que ambas viven en un universo paralelo al suyo: su esposa, pendiente de las fiestas, del lujo, del buen vestir, de las relaciones sociales llenas de glamour; su hija, dejándose llevar por la pasión y entregándose de noche a un muchacho cuya identidad Salomonsohn desconoce, pero al que odia de un modo profundo. Su tristeza crece conforme reflexiona sobre el asunto (“Ahora tendré que estar pensándolo siempre, en casa, en mi despacho, y a la noche en la cama. ¿Dónde está ahora? ¿Dónde ha estado? ¿Qué ha hecho?... Jamás podré volver a casa tranquilo, y hallarla sentada, y ver que salta a mi encuentro, y sentir que mi corazón se ensancha viéndola joven y bella. Ahora, cuando me bese, me preguntaré quién poseyó ayer aquellos labios… Tendré que vivir atemorizado cuando esté lejos de mí, y avergonzarme cuando vea sus ojos. No, así no se puede vivir”, páginas 168-169).
El empresario se siente abrumado por estas revelaciones e inquietudes, que lo abaten y que desmenuzan su sosiego: ni gusta de participar en la atrafagada vida social de su mujer, ni (sobre todo) puede digerir sin acidez el despertar sexual de su hija. El único recurso que contempla para aliviar sus dolores es recluirse dentro de sí mismo, tornarse silencioso y huraño, refugiarse en los cuarteles de invierno de la soledad.
Ocaso de un corazón es otra pieza magistral de Stefan Zweig, que ni siquiera los brutales errores ortográficos de la edición (“despaviló”, en la p.178; “absorver”, en la p.198; etc) pueden mancillar.

sábado, 27 de octubre de 2018

El castillo de los Cárpatos




Unas veces será por ignorancia; otras, por un mercantilismo mal entendido; otras, por pura idiocia. Sea como fuere, resulta siempre sorprendente descubrir que la contraportada del libro que acabas de leer te miente; y lo hace, además, con descaro y desvergüenza. A mí me ha vuelto a pasar con El castillo de los Cárpatos, de Julio Verne, que traduce Luisa Elorriaga para la editorial Eneida.
Se afirma en la parte de atrás del volumen que esta obra “introduce al lector, con maestría, en el universo del vampiro” y que fue publicada cinco años antes que el Drácula de Stoker. Animado por ambas notas, el candoroso lector se sumerge en la trama argumental y, cuando llega a la página 234 y se encuentra con el punto final, descubre con estupor que no se ha producido ninguna succión de sangre, ni se mencionan las ristras de ajos, ni se enarbolan crucifijos, ni los murciélagos atraviesan los capítulos, con su revoloteo ciego. Entre otras cosas porque, vaya por Dios, en este volumen no aparece ni un solo vampiro.
La acción transcurre en una zona de Transilvania, sí; y todo gira alrededor de un castillo misterioso, también; y los habitantes de la zona son terriblemente supersticiosos y consideran que dentro del mismo habitan presencias maléficas, qué duda cabe. Pero ya está. Punto redondo. Ni vampiros, ni vampiresas, ni ningún ser de ultratumba llegan a intervenir en esta novela, donde todo el sutil e inquietante aparato sobrenatural queda debidamente explicado por el ingenioso Julio Verne en las páginas finales, que se permite incluso la osadía de aventurar la existencia de un rudimentario sistema de hologramas (es increíble la cantidad de adelantos científicos que insinuó en sus obras).
En conclusión, y para no extenderme demasiado: los paisajes que se describen en la obra se merecen un diez; el dibujo de los personajes, también un diez. Pero para la persona que indujo, compuso o autorizó el texto de contraportada, sugiero fusilamiento al alba.

viernes, 26 de octubre de 2018

Una soledad demasiado ruidosa




El viejo Hant’a trabaja desde hace treinta y cinco años prensando papel viejo en un local donde no goza de más compañía que moscas y ratones (y alguna visita esporádica humana, que apenas perturba su soledad). En ese espacio insalubre y subterráneo ha ido adquiriendo una buena cultura, porque abre y lee muchos de los libros que le toca destruir. Los roedores que pululan bajo los millares de hojas “se alimentan de letras, preferentemente de Goethe y de Schiller” (p.19); y él, fruto de sus abundantes ingestas de cerveza, del silencio que lo rodea y de su falta de compañeros, tiene visiones en las que cree contemplar a Jesús y Lao-Tse, sobre los que elabora juicios realmente interesantes (“Jesús es un romántico, Lao-Tse un clásico, Jesús la marea alta, Lao-Tse la marea baja, Jesús la primavera, Lao-Tse el invierno, Jesús el amor contundente al prójimo, Lao-Tse el súmmum del vacío, Jesús es el progressus ad futurum, Lao-Tse el regressus ad originem”, pp.44-45).
Estoy refiriéndome hoy a la bella y triste novela Una soledad muy ruidosa, que escribió Bohumil Hrabal, tradujo Monika Zgustova y publicó Galaxia Gutenberg en el año 2015. Un ejemplo perfecto de narración que construye una atmósfera inconfundible, dibuja entre sus nieblas a un protagonista inolvidable y, luego, nos regala su desasosiego. Difícilmente podría resumirse el contenido de esta obra, así que ni siquiera lo voy a intentar: la gitana a quien Hant’a amó en el pasado y cuyo nombre no consigue recordar; la vieja máquina que querría llevarse a su casa tras la jubilación; los desdenes de su jefe, que lo considera un vago y un borrachín; las calles y cervecerías de una ciudad oscura y polvorienta, que parece instalada en el mundo del sueño… Todo, absolutamente todo se reviste en estas páginas de un aroma extraño, a mitad de camino entre lo repelente y lo seductor, que atrapa el interés y no te deja abandonar el relato.
Qué maravilla de escritor, Bohumil Hrabal. Inmenso.

jueves, 25 de octubre de 2018

El primer trago de cerveza




Cuando cayó en mis manos esta obra de Philippe Delerm (El primer trago de cerveza), que traduce Javier Albiñana para el sello Tusquets, me sentí atraído de inmediato por su contenido. En la contraportada se hablaba de un volumen en el que se glosaban los pequeños placeres de la vida cotidiana: circular de noche por una autopista, madrugar para comprar churros recién hechos, saborear la gelidez inicial de una copa de cerveza, colocarse el primer jersey del otoño… Y tal cúmulo de seducciones pudieron conmigo y me animaron a sumergirme en la lectura.
Acabadas las páginas, diré que el libro me ha decepcionado. Para Delerm resultan sumamente placenteras experiencias como llevar una pequeña navaja en el bolsillo, ayudar a mondar guisantes, el olor intenso de las manzanas, el ruido que hace la dinamo de la bicicleta, los vahos calientes, salir con amigos a coger moras silvestres, deleitarse con la contemplación del Tour de Francia, pedir al camarero un banana-split, leer tumbado en la arena de la playa o caminar con los zapatos mojados. Y a mí, francamente, ninguna de dichas actividades me provoca sino indiferencia, estupor o bostezos. A la postre, creo que la raíz de mi decepción lectora se encuentra ahí, en el hecho de que considero que cada persona atesora en su corazón sus propios placeres inmarcesibles, y que los ajenos le resultan sosos. Por consiguiente, la narración de dichos gustos íntimos no logra suscitar mi interés; y, manteniéndome ajeno a la sustancia del libro, difícil se me antoja entusiasmarme con su formulación literaria.
Quizá pruebe con otra obra de Delerm dentro de un tiempo.

martes, 23 de octubre de 2018

Oscura noticia




Fue (él mismo popularizó la frase) “poeta a rachas”, pero las ocasiones en que dio sus versos a la imprenta pueden señalarse como hermosos hitos en la lírica del 27. No es el mejor poeta de su promoción (sería absurdo sostener tal extremo), aunque sí un acertado orfebre guadiánico.
En Oscura noticia, publicado originalmente en 1944, nos encontramos con unos versos de arte mayor que circulan por varios caminos: el amor extasiado a la mujer (“Yo no sé si eres muerte o si eres vida, / si toco rosa en ti, si toco estrella, / si llamo a Dios o a ti cuando te llamo”), la ternura ante la fragilidad inocente de los seres que empiezan a vivir (“Sonrisillas de Dios, niños dormidos”), la reflexión ante su propio cuerpo (el soneto “Manos” es simplemente magnífico), los hondos homenajes literarios (el que dedica a Miguel de Unamuno es hermoso, pero el que tributa “a un poeta muerto” innominado provoca escalofríos), etc. Leer el texto “La fuente grande o de las lágrimas”, dedicado a la memoria de Federico García Lorca, supone un estremecimiento, que se repite en cada relectura.
Dámaso Alonso, hablándonos de su amor por la mujer, de su miopía, de su idea de Dios, de los paisajes que le gusta contemplar o de la muerte que vislumbra a lo lejos, nos traza aquí, casi secretamente, un autorretrato púdico que conviene paladear con la lentitud con la que bebemos un licor macerado.

lunes, 22 de octubre de 2018

La casa de Aizgorri




Pío Baroja, con el vigor acostumbrado en sus libros (y también, por qué no decirlo, con la leve rudeza estilística que en tantas de sus páginas se puede sobradamente documentar), nos plantea en la pieza dramática La casa de Aizgorri un panorama familiar, ambiental y económico lleno de aristas y de zonas inquietantes.
Estamos en el País Vasco, en un pequeño pueblecito cuya existencia gira en torno a la destilería de don Lucio Aizgorri, empresario de noble alcurnia pero venido a menos y que tiene la salud quebrantada por el alcoholismo. Su hija Águeda, enérgica y laboriosa, lucha para sostener firme la arquitectura doméstica, pero de nada parecen servir sus esfuerzos ante la indolencia feble de su hermano Luis (vago, borrachín y enamorado de la hija del tabernero) y ante la laxitud del patriarca quien, rendido a la fatalidad, deja que los días fluyan sin oponer resistencia ni arbitrar soluciones. Mariano, fielmente enamorado de Águeda e invulnerable ante sus desdenes constantes, trata de ayudar también, con escaso éxito.
Al fin, una cadena de infortunios terminará por desbaratar el inestable equilibrio de la casa de Aizgorri: una huelga de los obreros, que desean cobrar sin tardanza lo que se les adeuda; un contrato salvador, que se convierte en una pesada losa sobre el futuro de la empresa; unos disparos imprecisos, que emergen del grupo de alborotadores…
Sólo el amor (paradójica salida, en las manos del huraño Baroja) conseguirá que el final de la pieza adquiera tintes ilusionantes para algunos de los protagonistas.

sábado, 20 de octubre de 2018

Vino para los náufragos




La poeta Julia Otxoa, en su breve volumen Taxus baccata, nos dejó escrito que “el secreto de la poesía pertenece más al náufrago que al navegante”. Es decir, que quien permite que las olas lo cubran y lo conduzcan hacia el fondo del mar es quien accede a aquellas revelaciones y descubrimientos que le estarían vedados si mantuviera la cordura estable de la tierra firme o de la cubierta del navío. Y el sin par Ramón Gómez de la Serna, en una de las páginas de su Diario póstumo, afirma que el mar dispone de un álbum donde atesora las fotografías de todas las personas que en su seno se han ahogado.
José Alcaraz, poeta que vive junto a la orilla del mar en Cartagena, acaba de dar a los lectores su trabajo lírico Vino para los náufragos (Alhulia, 2018), con el que obtuvo el XI premio de poesía Antonio Gala que se convoca en la localidad de Alhaurín el Grande. Y en los poemas de este libro nos encontramos con gran número de naufragios, con gran número de zozobras, con no pocas melancolías: aquella clase de música de la infancia, aquel juego de agarrar el pañuelo (que no era sino la vida), aquella mata de tomillo que provoca envidia con su sencillez, aquella Pepsi en botella de cristal que se bebió con una pajita, aquel ruido de lluvia en la ventana, aquellos que se desnudan a la hora de viajar… Avanzando por la existencia, el escritor ha descubierto que suicidarse es “dar la vida por uno mismo”, que “decir la verdad, y solamente la verdad, es pura afectación”, que se parece tanto a sí mismo que no se reconoce, que la tristeza y el abandono son las grandes constantes de la existencia (“El mundo, nos decían, es un pañuelo, pero / qué pronto lo empleamos para decir adiós”), o que “da mayor sed hablarse a uno mismo / que gritar a la multitud”).
Que no vacilen quienes busquen un libro sabio, decantado, lleno de reposo y de reflexión, de hondas meditaciones y de aliento maduro: Vino para los náufragos el volumen que estabas buscando. O que los estaba buscando a ellos.

viernes, 19 de octubre de 2018

Cal y canto




Me recorro las páginas de Cal y canto, de Rafael Alberti, que me sorprenden con sus juegos, experimentos y audacias. Cada vez más consciente de sus poderes líricos, el poeta gaditano fantasea en este volumen con versos cortos y largos, con asonancias y consonancias, con rimas infrecuentes (chaqueta-motocicleta), con imágenes de notable vigor (designa las espadas de los toreros con la fórmula “rayos rectos en curva”), con temas modernos (Platko, la aviación, los inodoros) y con todo tipo de malabarismos verbales y numéricos. Se le nota suelto, seguro, convencido de su ruta. A los ritmos sencillos de sus primeras publicaciones le une sin estridencias un buen carrusel de novedades; y el resultado es poderoso.
Un paso firme hacia territorios que luego circularían hacia el surrealismo (nos olvidaremos del poema que escribió a sueldo de la casa Domecq, por ser tan sólo una cuestión crematística) y que produciría Sobre los ángeles.
Sí, definitivamente tengo que seguir leyendo y releyendo las producciones de Rafael Alberti: es mi 27 menos frecuentado.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Historia en el crepúsculo




Sensualidad. No se me ocurre mejor palabra para condensar las mil emociones que asaltan durante la lectura de Historia en el crepúsculo, de Stefan Zweig, que traduce J. Ferrán y Mayoral para Ediciones Ulises. Y digo bien: sensualidad. Que no es erotismo, ni sexualidad, ni ñoñería. Sólo un talento como el del escritor austríaco podía alcanzar y mantener durante toda la narración un equilibrio tan delicado, tan exquisito, tan tenue, tan seductor.
El argumento es fácil de resumir: Bob, un chico de 15 años que está invitado en el castillo de su hermana, es asaltado en la oscuridad de las noches por una dama cuya identidad no acierta a descubrir, que lo abraza y lo cubre de ardientes besos. ¿Quién es la misteriosa mujer? Tras observar detenidamente a las tres candidatas más cercanas, las hermanas Margot, Kitty e Isabel, llega a la conclusión de que se trata de la primera; y busca la forma de encontrarse con ella a solas, para lograr que lo ame también a la luz del día. Pero Margot no abandona ni un solo instante su frialdad y su actitud desdeñosa, ni siquiera cuando el muchacho, presa de un ardiente frenesí, suba hasta la rama de un árbol para aproximarse a su ventana y caiga de la misma, fracturándose un hueso. La convalecencia le servirá para descubrir cuán equivocado estaba en sus suposiciones.
Pero Stefan Zweig, lejos de limitarse a la composición de una historia romántica, costumbrista o jocosa, adorna los senderos novelísticos con un exuberante abanico de matices, donde tienen cabida el pudor, el sufrimiento, la soberbia, la ingenuidad, el desengaño, las lágrimas o la melancolía, hasta conformar una propuesta de elevado interés literario. Lástima que la editorial no haya cuidado un poquito más, tipográficamente, el volumen.

martes, 16 de octubre de 2018

La Puente del Mundo




A Lope de Vega, por ser quien es y por haber demostrado con miles y miles de versos su talento inigualable, se le pueden perdonar muchas osadías. Al fin y al cabo, su teatro intenta sobre todo entretener al público, servirle historias llenas de amor, fe, aventuras, sorpresas, sonrisas, heroísmos y emociones. Y para lograr semejante objetivo recurrió a todos los mecanismos que su imaginación fue capaz de concebir, que no fueron precisamente escasos.
En el auto sacramental La puente del Mundo nos encontramos frente a una obra de ingeniería bastante singular: la que construye el Señor de las Tinieblas para que los seres humanos, intimidados por la presencia del gigante Leviatán (armado con una descomunal maza), deban declararse sus esclavos si quieren cruzar. Los primeros que lo hacen son Adán y Eva (a quienes Lope presenta con vestiduras francesas y viniendo de París), y luego la cabalgata se extiende a todos los demás, salvo a una jovencita llamada María, para quien Dios tiene reservado el alto honor de convertirse en madre de su Hijo… Finalmente, será Jesús quien, transformado en caballero andante (“El Caballero de la Cruz”), acabe con esta servidumbre bochornosa planeada por el Diablo y libere a las almas humanas del pecado.
Ingenuidad, desde luego que sí. Atrevimientos argumentales, muchos. Teología rebajada hasta el nivel intelectivo del vulgo, por supuesto. Pero, ante todo, Lope demuestra una vez más que no tiene rivales a la hora de meterse al público en el bolsillo… incluso cuando les ofrece una obra de cierta aspereza argumental.

lunes, 15 de octubre de 2018

Las brujas de Salem




La historia de las brujas de Salem nos ha llegado a casi todos, bien a través del cine, bien a través de la televisión, más de una vez. Así que el proyecto teatral que se planteó el norteamericano Arthur Miller en esta pieza de 1952 no podía centrarse sin bostezo en los ángulos más planamente argumentales: aquellos que nos hablan de una pequeña población puritana de Massachusetts que, a finales del siglo XVII, pareció enloquecer con un brote de acusaciones generalizadas de brujería.
Las informaciones históricas son muy claras: desde que comenzaron a circular los rumores a través de Betty y Abigail (hija y sobrina, respectivamente, del oscuro reverendo Parris) todo se fue llenando de fango en aquel entorno rural: vecinos que se acusaban entre sí por cuestiones personales (envidias, avaricias o rencores), tribunales poco preparados y propensos a la credulidad, sensación generalizada de pánico, supersticiones, intransigencias religiosas… Al fin, hubo diecinueve personas ahorcadas, una que murió mientras era torturada para que confesase y otros varios que fallecieron en calabozos inmundos. Un balance sin duda aterrador.
Miller nos retrata con su habitual maestría aquel ambiente enrarecido, en el que la hipocresía, las delaciones, el histerismo, la astucia rencorosa y las venganzas solapadas se van superponiendo para asfixiar a los lectores, quienes notan cómo los hilos de la trama se enredan de forma inextricable hasta formar una malla tan tupida como pegajosa.
“La ley que lleva al sacrificio es una ley equivocada”, indica con amargura uno de los personajes, justo antes de que la soga oprima su cuello. Y ésa es la conclusión que se nos instala en la mente, mientras avanzamos por las páginas del libro: las atrocidades que se cometen en nombre de la religión cuando ésta, inflexible y bárbara, se convierte en dueña e intérprete de Dios y en juez inmisericorde de los seres humanos.

domingo, 14 de octubre de 2018

Bicicletas blancas




Roberto acaba de cumplir 13 años y recibe de sus padres, como regalo, la noticia de que pasará el verano en Holanda para perfeccionar su inglés. Tal decisión, que no le hace ni chispa de gracia, lo hace refugiarse en su diario, donde muestra su desacuerdo y su rabia. Pero, como resulta obvio, no dispondrá de argumentos bastantes para contradecirles y tendrá que instalarse en Ámsterdam.
Allí, a través de su profesora de inglés, llamada Shanti, descubrirá los horrores del racismo, sea cual sea su forma o su color, y entrará en contacto con el mundo de la niña judía Ana Frank, que fue asesinada en el campo de exterminio de Bergen-Belsen por los nazis. Hasta tal punto empatizará con ella que terminará refiriéndose a la Segunda Guerra Mundial como “la guerra de Ana” (p.97). También descubrirá la pintura de Rembrandt e innumerables detalles sobre gastronomía holandesa, sobre el uso de las bicicletas en la ciudad, sobre el consumo de marihuana o sobre sus extensas calles y jardines.
Entretanto, en su localidad de origen, los padres de Roberto están viviendo su particular infierno: una relación cada vez más deteriorada e insatisfactoria.
Ambas pulsiones (lo que tiene ante sus ojos y lo que chirría a sus espaldas) hacen que Roberto deba enfrentarse a “esas cosas que le ocurren a la gente cuando viaja y se le desordenan las hojas de la vida” (p.130).
Un libro espléndido de una autora espléndida, que puede ponerse en manos de cualquier adolescente con la convicción de que le encantará.

sábado, 13 de octubre de 2018

El callejero maldito



Demasiado numerosas son en España las localidades que siguen ostentando en sus calles los nombres de inveterados asesinos, cuyas placas parecen vigilarnos o advertirnos desde la altura. Los apellidos Queipo de Llano, Moscadó, Franco o Mola continúan, oxidados pero inamovibles (o brillantes pero inamovibles, lo cual resulta casi más inquietante), en sus atalayas anacrónicas, sin que resulten demasiado operativas las intenciones de desalojarlos de ese inmerecido lugar de privilegio, que debería reservarse para nombres más dignos o provechosos. Javier Ruiz Martín (Madrid, 1964) se ha adentrado en ese incómodo lodazal para construir su libro “El callejero maldito”, en el que plantea un recorrido por varias rutas del Madrid actual, donde Varela, Eduardo Aunós o el general Cabanillas presiden la vida capitalina de forma tan férrea como aparentemente invisible. Y el modo en que lo hace consiste en mantener entrevistas con estos personajes, que salen de sus tumbas para responder a las preguntas del escritor. Hasta ahí, perfecto.
El desajuste “interno” del volumen viene, a mi entender, más tarde; porque el autor arranca su recorrido diciendo que está en su ánimo otorgar a los entrevistados “la posibilidad de justificar su barbarie” (p.32). Y resulta fácil constatar no lo hace. Cuando alguno lo intenta, de inmediato se modula su intervención con una apostilla del estilo “No voy a dejar que me convenza”, lo que desbarata el presunto equilibrio de la conversación o el intercambio de versiones. Entiéndaseme. Estoy de acuerdo con Javier Ruiz Martín en que todos los forajidos que asoman en estas hojas fueron unos engendros sangrientos, unos energúmenos fanáticos y unos criminales. Pero si asegura que el juego consistía en darles alguna opción para explicarse, quebrantado queda el propósito en cada página, porque los maneja como muñecos de guiñol a quienes apenas deja balbucir explicaciones o justificaciones entrecortadas.
Con todo, la obra nos aporta un asombroso caudal de datos históricos, de atroces salvajadas y de episodios innobles que Javier Ruiz recopila y ordena con espíritu de historiador, para salvarlos de la amnesia y del maquillaje interesado de los intereses políticos actuales. En ese sentido sí que la obra merece, y mucho, las horas que se dedican a leerla.

jueves, 11 de octubre de 2018

Aspiraciones de la clase media




Siento una especial predilección –no habré de negarlo– por la poesía que, tras nacer en lo hondo, circula por el brazo de quien escribe y llega hasta el papel o la pantalla sin más adherencias esenciales que la autenticidad y la emoción. Quizá por eso siempre he sentido a Salinas, Benedetti o Neruda, mientras que sólo he entendido a Pound o Rilke.
La mexicana Brenda Ríos nos entrega en su reciente Aspiraciones de la clase media (Ediciones Liliputienses, 2018) unas páginas que, sin dudarlo, adscribiría al primer bloque. En ellas nos deja un retrato tan riguroso como emotivo de las sístoles y diástoles de un corazón que palpita con lucidez y que nos habla de monotonías, de rutinas laborales envilecedoras (pero asumidas con gozo tibio), de seres que se uncen al engranaje tras pulsar en sus nucas el botón de Off, de repeticiones y cegueras voluntarias, de trabajos vacíos, de amores lánguidos, de incendios íntimos que te convierten en ceniza, de familias que parecen bodegones. Y todos esos paisajes (exteriores o entrañables) quedan consignados gracias a las pupilas poéticas de una escritora excepcional, que separa la mena de la ganga y que nos descubre todo aquello que nosotros –usted, yo, el vecino– sentíamos desde hace mucho pero no atinábamos a expresar con las fórmulas adecuadas: la soledad que a veces nos aqueja (“Grité por días pero no hubo nadie”), la fatiga cotidiana que nos impregna (“Solía estar todo el día cansada”) o la voluntad testimonial que en ciertas ocasiones tiene la labor creativa (“Otros sonríen, pagan cuentas. Yo hago casas”).
Ediciones Liliputienses, impagable, nos deposita en los ojos la voz delicada, firme, dulce, enérgica y lúcida de Brenda Ríos. Háganse el regalo de pedir a su librero esta obra, léanla en el silencio de la noche y reflexionen al final de cada poema. Quedarán seducidos.

miércoles, 10 de octubre de 2018

En los límites de la realidad



Cuatro relatos de Robert Bloch, traducidos por Edith Zilli, se nos ofrecen en este volumen que editó Bruguera hace ya bastantes años y que me he leído el fin de semana en una casa rural de Inazares. En todos ellos se juega, como el título general sugiere, con personajes e historias que, partiendo de la realidad más inmediata, terminan asomándose a los acantilados de lo desconocido.
“Bill” nos presenta a un empleado norteamericano que, sumamente enojado por la proliferación de judíos, negros y chinos en su país, terminará abocado a una pesadilla espacio-temporal en la que nazis, encapuchados del Ku-Klux-Klan y soldados furibundos lo convertirán en objeto de una atroz persecución.
“Valentine” se ambienta en un avión en el que viaja un analista de computación al que aterroriza volar, y que sentirá mucha más angustia cuando a través de la ventanilla descubra una figura demoníaca aferrada al ala del aparato.
“Helen” es una profesora de larga experiencia que, después de la muerte de su madre, emprende un viaje de liberación en el que conocerá a un niño tan peculiar como inquietante, que se enredará en su vida.
Y “Bloom” sitúa como protagonista a un enigmático anciano que se desplaza de residencia en residencia llevando un mensaje mágico para sus ocupantes.

Al finalizar el volumen ocurre (es justo avisarlo) lo que ocurre siempre con los buenos libros: que uno querría que Robert Bloch hubiera recopilado diez, doce, veinte relatos más. Se disfruta mucho con ellos y el lector, agradecido, querría continuar disfrutando durante cien páginas más. Memorable.

martes, 9 de octubre de 2018

Europa



Leí hace tiempo (hacia 2009 o 2010, si la memoria no me engaña) un libro de versos de Julio Martínez Mesanza y me causó una estupenda impresión. Después, por la misma causa por la que recalé en él (la casualidad), no volví a acercarme a otro de sus libros.
Hoy lo hago con el delicado y delgado volumen Europa, editado por la sevillana firma Renacimiento, y me agrada decir que sus páginas vuelven a cautivarme, desde el primero hasta el último de los poemas. Qué espléndida sonoridad en los endecasílabos, qué encabalgamientos magistrales, qué ritmo sublime, qué plenitud literaria. Podría explicarlo con tecnicismos filológicos o respaldarlo con erudiciones que lo emparentasen a otros grandes autores, pero lo que me sale es simplemente estar feliz. Feliz por haber redescubierto una voz exquisita, elegante y magnética, de la que procuraré no apartarme mucho en los próximos años.
Caballos moribundos, batallas perdidas, miradas vidriosas, sensación de fracaso, césares cegados, flechas que atraviesan la niebla o dioses vengativos o silentes pueblan estas páginas de serenísima belleza.
Anotaré tres secuencias mínimas del volumen: “La noche es larga, y hombres en la noche, / que nunca han combatido, inventan armas”. “Poder arroja infamia sobre el tibio / y no acepta en su guardia a los neutrales”. “No soy feliz, ni lo seré venciendo. / Ya no quiero vencer”.

domingo, 7 de octubre de 2018

Ejecutar a Otto Maier




Advertir que los sueños de juventud “pels carres s´han perdut” (como indicaba Joan Manuel Serrat en una de sus canciones más emblemáticas) implica siempre una elevada dosis de amargura, porque nos obliga a inclinar la frente con la sensación tristísima de que hemos malgastado esfuerzos, ilusiones y esperanzas. Les ocurre, en la última novela de Paco López Mengual, a dos de sus principales protagonistas, Leandro y Carola. Él es un joven librero que mantiene unas ideas revolucionarias muy vigorosas y acendradas, que lo llevan a frecuentar reuniones políticas clandestinas, participar en manifestaciones y adentrarse en lecturas comunistas que le sirven como savia y como esqueleto ideológico. Ella es una estudiante burguesa que, refractaria al pensamiento tradicional de su familia, se va interesando cada vez más por las ideas izquierdistas que circulan por la España de mediados de los setenta.
Y entre ambos, como una bisagra enérgica, se instalará pronto Luchino, al que Leandro conoció durante su permanencia en la Prisión Provincial de Murcia en el año 1974 y que, nada más salir, confiesa a los dos muchachos su proyecto más ambicioso y más impactante: acabar con la vida de Otto Maier, que vive su vejez en la zona del Campo de San Juan (en el límite entre Murcia y Albacete) y que, en realidad, es un importante jerarca nazi. Leandro, enardecido tras conocer la identidad secreta del anciano alemán, solicita ser quien empuñe el arma que ponga fin a su vida. Pero pronto descubrirá que casi nada es tan sencillo como nos lo pintan las personas que pretenden utilizarnos para sus fines; y tendrá que vivir el resto de su vida con esa amargura contaminando su corazón.
Afirmar que esta novela trata sobre la muerte de las ilusiones se me antoja inexacto: más bien me parece una reflexión sobre el asesinato (premeditado y cruel) de las ilusiones, sobre el poder que tienen algunas personas e instituciones para pisotear los sueños ajenos o para manipularlos a su antojo, transformándolos de arco iris en ceniza. De tal modo que se sale de sus páginas con una tristeza y con una impotencia irreparables, que nos encharcan el estómago.
Paco López Mengual, mirando hacia atrás, nos previene sobre las frustraciones que podríamos estar alimentando para el futuro.