sábado, 23 de junio de 2018

El caso Newton



Probablemente muchos de los lectores conozcan detalles acerca del Priorato de Sion gracias a la novela El código Da Vinci, de Dan Brown, o a la película del mismo título, protagonizada por Tom Hanks, Audrey Tautou y Jean Reno: la existencia de una asombrosa estirpe de descendientes de Jesús de Nazaret y María Magdalena, que desde hace siglos son protegidos por fuerzas poderosas y que preservan la sangre, la herencia, el ADN, de aquel a quien los católicos llaman el Hijo de Dios. Multitud de indicios iconográficos (entre ellos, el célebre cuadro “La última cena”, de Leonardo) son aportados como pruebas que corroboran esta sorprendente hipótesis.
En su reciente publicación El caso Newton (Erein, 2018), el durangués Anton Arriola retoma esta interesante línea narrativa y la funde con otros elementos no menos vistosos: de un lado, un manuscrito encriptado por el padre de la Ley de la Gravedad, que ha sido sustraído del Trinity College de Cambridge por un catedrático de la universidad de Deusto y que vuelve a ser sustraído en Bilbao por manos desconocidas; del otro, un ejemplar del Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam, que se suma a la lista de valiosos libros robados. ¿Quién se encuentra detrás de estas sustracciones y por qué las está perpetrando? Y, sobre todo, ¿por qué están produciéndose en el País Vasco una serie de actos vandálicos que se rubrican con la posterior publicación de frases de Erasmo, en latín, en la prensa local?
El antiguo sacerdote Ander Azurmendi, que ahora trabaja como profesor en las aulas de Deusto y que comparte su vida con la dulce Ane, se verá arrebatado por un espectacular torbellino de acontecimientos donde no faltarán atropellos nocturnos, agresiones sexuales, accidentes que luego resultan ser premeditados, fotografías borrosas, prelados inquietantes, matones sin escrúpulos, policías ambiguos, allanamientos de morada, perros eviscerados y otros ingredientes de alto voltaje argumental, que Arriola resuelve con buen pulso y sin dejar que el ritmo de la narración se le descarríe o enrede.
Además, las reflexiones que se vierten al final de la obra sobre la condición de nuestro mundo y nuestra época añaden un tinte filosófico que enriquece estas páginas. Un experimento novelesco (mezclar esoterismo, género negro y análisis del nihilismo que preside el arranque del siglo XXI) de muy notable factura.

viernes, 22 de junio de 2018

Dios está lejos




Una obra de teatro puede ser excelente por varios motivos: por la capacidad que tenga el autor para mover a sus criaturas en escena, haciendo que bailen una danza ágil, tensa o intensa; por las ideas que sea capaz de trasladarnos acerca de un determinado tema; por su revisión de sucesos históricos, a través de algunos entes ficcionales; por la lección simbólica que podamos extraer de los hechos que se representan ante nosotros… En ese ámbito, voces como las de Shakespeare, Strindberg, Buero Vallejo o Molière resultan paradigmáticas.
A ese elenco no conviene añadir a Marcial Suárez, al menos por lo que demuestra en su obra Dios está lejos, por más que le concedieran el premio Lope de Vega en 1979. Si tuviéramos que sintetizar su argumento en pocas líneas, diríamos que se nos muestra a Rosario, una mujer casada pero que ejerce la prostitución para sacar un dinero extra, se encuentra en un tren con Julio, que ha sido destinado como juez a la localidad. Cuando está con él en casa se entera de que su marido ha muerto tras caer de un andamio. Estaba acompañado por Daniel, hermano de Rosario… A partir de ese instante, todo son vueltas y revueltas alrededor de una serie de preguntas que nadie sabe resolver con seguridad: ¿mató Daniel a su cuñado por algún odio que surgió entre ellos? ¿Se suicidó el marido para librarse de la ignominia de saberse cornudo? ¿Cayó por accidente? ¿Actuó Daniel como asesino, tras haber pactado el crimen con su hermana?
Esa insistencia en los cauces de la niebla, de la vacilación, de la duda, que podría haber quedado maravillosa en las manos de un genio como Buero Vallejo, se convierte aquí en un pestiño insufrible que provoca bostezos.

miércoles, 20 de junio de 2018

De ratones y hombres




En ocasiones asumimos tareas que terminan por desbordarnos y volverse contra nosotros. Es lo que le ocurre a George, un vagabundo que se desplaza de rancho en rancho buscando trabajos eventuales con la única compañía estable de Lennie, un enorme retrasado mental que le fue encomendado por su tía Clara. En Weed ya tuvieron algún que otro problema, derivado de la manía que tiene Lennie de acariciar las cosas que le parecen suaves: lo intentó con el vestido de una niña y sus reacciones de pánico convencieron a todos de que estaba intentando abusar de ella. Posteriormente, Lennie se ha acostumbrado a llevar ratones, a los que acaricia hasta que los mata sin querer con sus grandes y fuertes manazas.
Ahora, en el rancho al que llegan, intentan que las cosas sean diferentes: George y Lennie trabajarán duro sin meterse en líos, ahorrarán hasta el último céntimo y se comprarán una granja con chimenea y con conejos, para que el ingenuo grandullón los vaya alimentando con alfalfa. Es un sueño pequeñito, tierno, razonable… y también utópico, sobre todo porque el carácter fanfarrón de Curley (el hijo del patrón) y la condición casquivana de su esposa no van a plantearles más que problemas.
La escena final, con George teniendo que encargarse por última vez de Lennie, es una de las más impresionantes que redactó John Steinbeck, premio Nobel de Literatura en 1962. A mí se me han manteniendo los brazos erizados por la pena y por la ansiedad durante varios minutos. Espectacular novela del californiano e inmejorable colofón para un relato donde la amistad, la compasión, la pobreza y la fatalidad caminan juntos.

lunes, 18 de junio de 2018

La Ciudad del Sol




Un libro utópico de Tomás Campanella, que se titula La ciudad del Sol, y que traduce Emilio G. Estébanez (Mondadori, Madrid, 1988). Se lee en una tarde, dada su brevedad, y contiene risibles y abundantes extravagancias sobre una presunta ciudad ideal. Quizá debería mostrarme más mesurado y circunspecto, habida cuenta del prestigio que en ocasiones otorga el paso de los siglos, pero es lo que hay: este proyecto de Campanella sólo es una tontuna más, en el largo ciclo de tontunas dirigistas que ha salpicado la historia de la cultura. Me chocan todos estos intentos “intelectuales” por dibujar una sociedad perfecta, pues todos incurren en el mecanicismo (todo-siempre-igual), en el feroz ordenancismo libremente asumido, en la falta de excepciones, de albures y de voliciones, etc. Una chapucilla de laboratorio, vaya.
Campanella nos habla de una ciudad sin propiedad privada, con niños que van descalzos para fortalecerse, que se dedican a aprender todas las artes y oficios, donde los médicos dicen qué se debe comer, donde hasta la edad mínima para el sexo o la ingestión de vino está regulada, donde la guerra es terapéutica, donde no hay catarros ni flato (y está muy mal visto escupir) y donde se incinera todos los cuerpos para evitar idolatrías. O sea, un texto que resulta imposible leer hoy en día sin una risa de conmiseración, probablemente justa.
Queda interesante cuando dice que “quien sabe una sola ciencia, no sabe bien ni ésa ni las otras” y resulta una metáfora ordinaria cuando afirma que “el mar es el sudor de la tierra”.
Altamente prescindible.

sábado, 16 de junio de 2018

No levantes la voz



Una mujer recibe mensajes de un hombre que afirma ser la persona que aparece desnuda en sus sueños. Un señor sufre unos terribles dolores estomacales que los médicos no aciertan a sanar y no le queda más opción que acudir a un curandero. Un divorciado lee y fuma tranquilamente mientras espera la llamada telefónica de una divorciada, dudando sobre la forma en que debe responder. Una nueva especie, utilizando un mecanismo extremadamente inteligente, se adueña del planeta y extermina de raíz a los seres humanos. Un ídolo musical, que se ha cuidado durante años para mantenerse en forma de cara a su público, nos lanza su particular queja.
El espectro de emociones, sensaciones y sucesos que quedan registrados en las páginas de No levantes la voz, de Juan José Lara Peñaranda, es tan variado que los lectores no corren peligro de verse abocados al aburrimiento. Y conviene apuntar que se trata de un logro muy meritorio, porque el autor maneja (y maneja bien) estrategias muy variadas para lograr sus propósitos: el humor, la sorpresa, la melancolía, la reflexión, lo onírico… Todas las armas están sobre la mesa y todas están afiladas, pero la destreza consiste en elegir la más adecuada en cada recinto narrativo. No es fácil, sobre todo porque la tentación de ajustarse a una pauta y repetir el molde acecha siempre; pero el autor cartagenero consigue en esta obra (su primer volumen de relatos publicados, no lo olvidemos) convertirse en un niño y en un bailarín, como pedía Nietzsche al hombre superior: alguien que juega y alguien que se mantiene en un continuo ejercicio de piruetas e innovaciones.
El resultado es un tomo en el que casi treinta pequeñas historias repletas de pactos satánicos, misteriosas habitaciones de hotel, psicópatas peculiares, accidentes aéreos, un hombre elefante, neandertales, sexo y flamboyanes nos esperan para entregarnos su deliciosa propuesta.

miércoles, 13 de junio de 2018

La ruta de don Quijote



Leí La ruta de don Quijote cuando apenas tenía veinte años y se me antojó un libro vacío y de prosa insufrible, una roñosa exaltación de la caspa. Ahora, treinta años más tarde, lo releo con el poso que da la madurez y sigo pensando lo mismo. A Azorín se le puede tolerar en pequeñas dosis (dos o tres páginas), pero intentar dedicarle más de media hora de lectura seguida a este volumen se erige en tarea de Hércules. El no decir nada y, lo que resulta peor, decirlo con un infinito aporte de adjetivos, vuelve empalagosamente inaguantable su prosa. “Ya el cronista se siente abrumado, anonadado, exasperado, enervado, desesperado, alucinado por la visión continua, intensa, monótona de los llanos de barbecho, de los llanos de eriazo, de los llanos cubiertos de un verde imperceptible, tenue”. Es el comienzo de un capítulo. “Las calles son anchas, espaciosas, desmesuradas; las casas son bajas, de un olor grisáceo, terroso, cárdeno; mientras escribo estas líneas, el cielo está anubarrado, plomizo; sopla, ruge, brama un vendaval furioso, helado; por las anchas vías desiertas vuelan impetuosas polvaredas; oigo que unas campanas tocan con toques desgarrados, plañideros, a lo lejos”, se lee en el arranque de otro. Y así durante cien páginas.
José Ortega y Gasset habló de los “primores de lo vulgar” que se advertían en su prosa, pero tampoco hubiera sido disparate afearle este estilo hablando de la “vulgaridad del primor”. Azorín arroja adjetivos como quien esturrea semillas. A voleo, a manotazos, a ver si alguno cuadra. ¿Constituye esto una obra excelente? Yo creo que no. En ningún sentido. Temáticamente, porque supone un elogio de la pobreza, de la pana, del polvo, de la precariedad (a la que quiere aureolarse, de forma incomprensible, de misticismo). Estilísticamente, porque es una prosa de bombardeo y ñoñería, basada en la hipertrofia de adjetivos, quizá el resultado más burdo, menos elegante y menos trabajado.
Puedo disculparle la petulancia de considerarse una especie de Elegido para dejar constancia de aquellos paisajes y aquellas personas (“Yo tengo que realizar una misión sobre la Tierra […] con estas cuartillas que he de llenar hasta el fin de mis días”, cap.I), pero no la impericia de utilizar medio kilo de azúcar para elaborar una magdalena.
O sea, que no, don José. Esta vez no.

lunes, 11 de junio de 2018

Fernando Savater: El arte de vivir




La figura de Fernando Savater siempre me ha llamado la atención, tanto por sus valientes actitudes cívicas como por la elegancia de su prosa, que he disfrutado en media docena de libros. Así que cuando cayó en mis manos este volumen de entrevistas con Juan Arias sospeché que podría interesarme. Y así ha sido. En sus páginas, Savater va respondiendo con inteligencia, con referencias cultas y con análisis lúcidos a las diversas cuestiones que el periodista va poniendo ante él. No estoy de acuerdo con todo lo que dice (faltaría más), pero me quito el sombrero ante una persona que no se arredra a la hora de defender con honestidad y con rigor sus ideas.
Así, y por ofrecer un esquemático florilegio de sus intervenciones, Savater explica que en su opinión “se está formando a gente que va a tener serios problemas para soportar su ocio” (p.25); que la educación tiene que permitir a los ciudadanos comprender que “el mundo interior tiene que ir acumulando su propia riqueza” (p.27); que probablemente el mito del más allá proviene en buena medida del mundo del sueño (“Si no soñásemos, a lo mejor no se nos hubiese ocurrido jamás. La idea de que al caer dormidos empieza otra vida en sueños nos hace pensar que cuando vemos a un muerto, que parece de algún modo un hombre dormido, está también soñando algo”, p.78); que la repugnancia por la violencia física no está reñida con la estima por los cuerpos policiales (“A mí no me gustan las armas pero precisamente por eso agradezco que el Estado tenga un cuerpo de policía para que yo no tenga que llevar pistola”, p.95); que la cultura constituye una coraza contra la muerte (“El hombre ha montado una negación de la muerte porque sabe que va a morir. Insisto, los animales no tienen cultura porque no saben que van a morir y no la necesitan. La cultura es nuestra prótesis de inmortalidad”, p.121); o que la soledad puede ser un oasis de dicha (“Una persona que se encierra en su casa rodeada de libros escritos por otros o escuchando música, pensando cosas en diálogo con otros no está sola. Está sola de la vecina que no viene a darle la lata, pero está en compañía”, p.146).
Y no me resisto a copiar dos de las citas que Savater utiliza en sus respuestas. Ambas son de Schopenhauer: “El dilema humano es que hay que elegir entre la soledad y la ordinariez” / “La capacidad mental de una persona es inversamente proporcional a la capacidad de ruido que soporta”.
Feliz de haber leído este libro.

sábado, 9 de junio de 2018

Corazones negros




Tiene magia. Es así de simple y así de hermosamente indefinible. Noelia Lorenzo Pino (Irún, 1978) tiene magia para construir historias, para esculpir personajes, para narrar. Ese tipo de don es tan impactante como arbitrario. O se tiene o no se tiene. Y la irundarra lo tiene, ya lo creo que sí. Lo que parecía bastante evidente en sus primeras novelas se ha convertido en certeza absoluta en Corazones negros, editada por el sello Erein.
Primero, porque ha sido capaz de concebir durante años unos personajes sólidos, creíbles, densos, memorables: Juncal Baraibar, Eider Chassereau, John Ander Macua, Koldo Mayo, Peio, Eneko, el subcomisario Padura... Segundo, porque ha sabido construir con ellos unas historias tan magnéticas como convincentes, donde realidad y fantasía se entrecruzan de un modo eficaz para mantener hechizados a quienes se sumergen en ellas. Y tercero, porque ha logrado la proeza más difícil: que de cada novela a la siguiente los lectores no pierdan el contacto con sus personajes, no se aparten mentalmente de ellos, no los abalancen al olvido.
En La sirena roja nos acercaba hasta la comisaría de la Ertzaintza en Oiartzun con un caso sorprendente: un misterioso asesino que estaba acabando con la vida de personas tatuadas, para después cortarles la zona de piel donde tenían grabado el dibujo. Y en La chica olvidada nos situaba ante un teórico asesino múltiple, que había actuado de forma brutal en 1999 y que volvía a hacerlo en 2013. En ambos volúmenes nos sedujo con los protagonistas que arriba quedan apuntados y los fue perfilando como criaturas novelescas de primera magnitud. Pero ahora, en las páginas de Corazones negros, Noelia Lorenzo Pino se atreve a ir más allá y nos instala en mundos cenagosos, perturbadores, inquietantes hasta la náusea: la trata de blancas, la esclavitud sexual, el tráfico de drogas, las traiciones entre compañeros. Bastará añadir que uno de los protagonistas claves de este ciclo de novelas encuentra la muerte y que otro de ellos es el culpable directo de la misma. ¿Se le puede añadir más tensión y más morbo a un resumen?
Si Friedrich Dürrenmatt escribió sobre el retorno de una vieja dama, nosotros celebramos hoy la alegría de que la joven dama de la novela negra más reciente vuelva a nuestro lado. Y más aún cuando cierto asunto relacionado con unos huesos nos permite sospechar que la siguiente entrega ya bulle en la mente de la autora. Noelia Lorenzo Pino ha venido al género negro para quedarse. Y qué alegría que así sea.

jueves, 7 de junio de 2018

La isla de las ratas



Un jurado presidido por José Jorquera, y que contaba con miembros como Salvador Jiménez o Juan Bravo, concedió en octubre de 1983 el premio Ateneo de Albacete a la novela La isla de las ratas, que fue publicada al año siguiente en la Editora Regional de Murcia, con portada de Mariano Ballester y varios dibujos de Manuel Frutos Llamazares; y ahora, felizmente, el texto vuelve a estar en las manos de los lectores gracias al editor Diego Marín.
Santiago Delgado, utilizando la primera persona narrativa, nos entrega aquí una historia ágil, excelentemente ambientada, donde según propia confesión incluyó elementos autobiográficos, y donde retorna a los paisajes y vivencias de la infancia, sabedor de que “quien olvida lo pasado se olvida a sí mismo”, como se lee en Tirante el Blanco; o tal vez dándole la razón a Alemán Sainz, quien en su día nos dejó explicado que “hay cosas que parecen olvidadas cuando estamos lejos del lugar donde ocurrieron, pero al regresar a él nos damos cuenta de que podemos recordarlas hasta con los menores detalles” (Regreso al futuro). Santiago se asoma al brocal de un pozo (un pozo que es su propio ayer) y mira dentro: recuerda anécdotas, aventuras, rostros, formas de hablar, pequeñas vergüenzas, complejos, rebeldías, soles de mayo, descubrimientos y felicidades. Y elabora con ese arduo caudal anímico una novela deliciosa donde el humor y la tragedia se trenzan y se contagian.
Cuando el lector termina de recorrer la historia se da cuenta de que ha tenido ante los ojos un relato donde la ternura y la crueldad caminan al unísono; donde las mieles se combinan con los acíbares; y donde se demuestra por la vía narrativa que no siempre es cierto aquello que escribió una vez Juan Manuel de Prada acerca de que “los adultos se dedican a negar y traicionar al niño que fueron” (Animales de compañía). Hay adultos que, como Santiago Delgado, desmienten con fervor ese dictamen y tratan de mantener firmes en la memoria los territorios de la infancia. Lo hacen, desde luego, para entenderse mejor a sí mismos (sólo se entiende quien se recuerda), pero también para reflejar una época, unas costumbres, un lenguaje, un modo de estar en el mundo, que otros coetáneos suyos compartirían sin apenas vacilaciones.
Quien alcanza a condensar, en una novela de apenas cien páginas, el sentir de toda una generación de murcianos no ha escrito tan sólo una obra literaria: ha ingresado en la eternidad de los constructores de metáforas.

martes, 5 de junio de 2018

Perros en el camino




No sé el tiempo que he estado leyendo esta novela de Pedro Ugarte. Semanas. En todo caso, mucho más de lo habitual en mí, que soy lector de avance rotundo. Pero en las páginas de Perros en el camino he preferido caminar con lentitud, saboreando cada capítulo, cada párrafo, cada frase. Y ahora, enfrentándome a la pantalla del ordenador y con los dedos acariciando el teclado, siento que no puedo hacer una reseña como la que sería esperable de un profesor de literatura (oh) y de un crítico que lleva veinticinco años elaborándolas en prensa (oh, de nuevo). No puedo. No me va a salir. Así que desisto antes de adentrarme en ese manglar aséptico y elijo una ruta más pasional: decir, con tanta rotundidad como sencillez, que la novela es magnífica. Y es magnífica por lo que tienen que ser magníficos los libros: por el modo en que están escritos, no por la filigrana de sus argumentos, la arrogancia airosa de su construcción o el final explosivo que las corona.
Perros en el camino me ha mostrado a un prosista superlativo, indesmayable, áureo, que atiende a la sintaxis y a la semántica con igual vigor, esforzándose por localizar los sustantivos más elegantes, los adjetivos más oportunos, el ritmo más envolvente. Y lo consigue cervantinamente: esto es, como si se tratase de una emanación natural de su espíritu, en lugar de fruto de un trabajo tenaz y lleno de esfuerzo. A Pedro Ugarte, maravilla absoluta, no se le ve sudar; y esa virtud es privilegio que pocos narradores alcanzan. Pongo un ejemplo (uno entre docenas posibles) de la página 374: “La tarde experimentó un modo particularmente gentil de anochecer”. A mí me resulta imposible transitar por encima de esa frase sin detenerme a admirar su belleza y su precisión: su verbo, su adverbio, su adjetivo. Por eso he querido pasear, más que correr, por el laberinto narrativo de esta obra.
¿Es una novela sobre la amistad y las traiciones? Sin duda. ¿Es un trabajo donde se reflexiona sobre el mundillo literario actual, tan mercantilizado y lleno de estrategias comerciales? También, claro que sí. ¿Constituye una profundización sobre la culpa, el remordimiento y las cuentas pendientes? Evidentemente. ¿Es un largo poema de amor, que se prolonga en el tiempo y que se aquilata con el paso de los años? Por supuesto… Perros en el camino es mil cosas, pero sobre todo una: un espléndido monumento narrativo, que aconsejo con la mayor y más sincera de las vivezas. Emociona, convence, embriaga, seduce, inunda. Una novela, sin adornos sea dicho, inolvidable.

domingo, 3 de junio de 2018

El dueño del secreto




No concibo mejor reclamo para los lectores que reproducir la frase con la que el escritor de Úbeda comienza esta espléndida novela: “En 1974, en Madrid, durante un par de semanas del mes de mayo, formé parte de una conspiración encaminada a derribar el régimen franquista”. ¿Cómo no sentirse seducido con un arranque tan prometedor? El narrador de la obra es un estudiante no muy desenvuelto, al que el abogado Ataúlfo Ramiro contrata ocasionalmente como mecanógrafo para que lo ayude en sus pleitos. Su interés por la política es más bien relativo (carece del feroz extremismo de su amigo Ramón, junto al que vive en una pensión de medio pelo), pero cuando le llega la noticia de que han ejecutado ignominiosamente “al anarquista catalán Salvador Puig y a un confuso delincuente húngaro o polaco que se llamaba Heinz Chez” termina de perfilarse su animadversión hacia la anacrónica dictadura que estaba padeciendo España.
Un día, de forma más bien inesperada, recibe la invitación para unirse al complot que, con la estrecha colaboración de fuerzas económicas y militares, pondrá fin al poder de Francisco Franco, al que define como “el enano mineral, el galápago eterno”. Durante los días que faltan para el pronunciamiento que restituya la normalidad e instaure la Tercera República, el protagonista tendrá que morderse los labios y no compartir la información de la que dispone con nadie. Ni siquiera con su compañero de vivienda. Ni siquiera con su novia, que aguarda en el pueblo la terminación exitosa de sus estudios en la capital. Pero los secretos (todos somos conscientes) no resultan fáciles de mantener, y menos cuando tienen el calibre del que él cobija dentro de su corazón.
Nada se antoja necesario añadir para quienes conozcan el talento y el talante de Antonio Muñoz Molina porque, con una engañosa facilidad y con una solidez constructiva fuera de toda duda, alcanza en esta novela un nivel de perfección casi gracianesco: pocas páginas le bastan para sumergirnos en una historia magnética, tan imaginativa como sencilla, en la que la insinuación obra con más eficacia que los alardes documentales. Tiene, además, un final melancólico de primer orden, que pone el corazón en un puño. Ternura, nostalgia, civismo y honestidad, servidos en la mejor bandeja literaria posible. Imposible pedir más.

viernes, 1 de junio de 2018

Versos envenenados



Leamos unas palabras que aparecen en la página 101 de esta novela: “Me llamo Isco Vivas, tengo veinticinco años, vivo en La Alcayna, Molina de Segura, Murcia, y soy Policía Nacional”. Es uno de los protagonistas principales de estos Versos envenenados que merecieron ser finalistas en el VII Premio Wilkie Collins de novela negra y que ahora publica el editor Miguel Ángel de Rus. Pero no se trata del único actor en esta interesante obra: también tenemos a Carmen, que trabaja como telefonista para una gran compañía y que mantiene una relación con Carlos, que se terminará por convertir en subdirector gracias a su astucia, carácter frío y despiadado… y el consumo de cocaína, que le permite un brutal ritmo de trabajo; y tenemos a Marta, compañera de Carmen y vinculada emocionalmente a Isco Vivas; y tenemos a Juan Valdeolivas, vigilante en la empresa, enfermo de esclerosis múltiple y protosuicida.
Todos ellos conforman una tela de araña en la que no tardarán en ir produciéndose misteriosas muertes: alguien que cae fulminado a la salida de su despacho, mientras una mujer lo observa impertérrita (y lasciva); otra persona que ingiere un veneno en el momento menos esperable, cuando la felicidad ha llegado a colorear una parte de su vida… El único nexo que parece vincular todas las muertes es que las víctimas tienen en sus bolsillos unos versos de Luis Alberto de Cuenca. El policía Isco Vivas, sabiendo que Carmen es lectora entusiasta del poeta madrileño, comienza a estrechar su cerco sobre ella. Pero no todo parece cerrado cuando ordena su detención.

La narración que nos propone Francisco Javier Illán es, sí, una novela negra; aunque también contiene muchas más cosas: versos de José Zorrilla, Pablo Neruda o Gabriela Mistral; estrofas musicales de Los Panchos o King Crimson; reflexiones sobre el mundo de la cultura y sobre psicología… Esa amalgama enriquece el texto y lo mantiene a salvo de cualquier etiqueta genérica que le queramos adjudicar, porque las asume y a la vez las niega, gracias a la creatividad lúdica de su compositor. En suma, un trabajo libre, innovador y pulposo, donde el novelista murciano abre veredas sorprendentes para los lectores, quienes sin duda quedarán sorprendidos con sus experimentaciones.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Poesía




Como no me gusta alejarme de ningún género durante demasiado tiempo (creo en la higiene cultural que supone abrirse a formatos cambiantes), termino el mes de mayo leyendo la Poesía de François Villon, que traduce y anota Juan Victorio (Altaya, Barcelona, 1996).
En general, me ha parecido una obra demasiado aherrojada por sus coyunturalismos (nombres propios, alusión a burdeles, etc), que hacen que su lectura actual pueda llegar a ser bostezante. Y en cuanto a los contenidos “ideológicos”, no salen demasiado de los tópicos conocidos del carpe diem, del ubi sunt y por ahí. Es decir, que pocas maravillas he podido degustar.
Me ha hecho sonreír con algunas comparaciones (“piensa menos que un armario”, “vale menos que el asa de un cubo”, etc); pero, en general, no me deja una huella imborrable.
“Aquel que se crea que los que murieron eran semidioses tiene mucho mérito”. “Sea en público o bien en privado, o en cualquier lugar, no se debe hablar de gentes capaces de vengarse de uno”. “Es triste vivir en los sueños que atan a los jóvenes a su juventud”. “Aquel que cree dañarme me ayuda eficazmente”. “Inimicum putes qui te presentem laudabit (Debes considerar como enemigo a quien te alaba en tu presencia)” (esta última sentencia dice haberla extraído del Seudo Catón).

lunes, 28 de mayo de 2018

Contra Unamuno y los demás




Acabo Contra Unamuno y los demás, un delicado libro de artículos y ensayos del valenciano Joan Fuster (Península, Barcelona, 1975), que me ha parecido muy interesante. Algunos de los textos, lo diré con franqueza, no me transmiten nada, porque no he leído a sus protagonistas (el filósofo Jaime Balmes, el historiador Claudio Sánchez Albornoz); pero no hay ninguno, eso también hay que admitirlo con franqueza, “mal escrito”, de ahí que la obra se lea con agrado.
Creo descubrir, además, a una persona inteligente y a un buen polemista en las líneas de Fuster, un hombre con una cultura solemne (aunque no “solemnizada”) y con fino humor. Me ha gustado, y no creo que me desagradase descubrir otro libro suyo.
“Nunca he pretendido tener razón, ni en estos asuntos ni en ningún otro: esta gloriosa imbecilidad la dejo a quienes se dedican profesionalmente a estar en posesión de la verdad”. “Proust (...) es una lata”. “La admiración no está reñida con la discrepancia, y a mí, por lo menos, me ocurre que admiro con más objetividad a aquellos de quienes discrepo”.

sábado, 26 de mayo de 2018

El orden de la vida




Onofre no es un hombre resuelto, ni atractivo, ni bien dotado para las relaciones sociales. Así que cuando abandonó Los Olmos y se fue hacia el sur, en dirección a Las Arenas, su equipaje emocional era tan precario como modestas sus esperanzas: encontrar un trabajo que le permitiese volver a su lugar de origen con algo de dinero y una cierta aureola de triunfo y, si fuera posible, encontrar también a una mujer con la que compartir su existencia. Un día, en el almacén donde trabajaba, alzó la vista y pudo ver a Irene, una chica de pasado tumultuoso por la que de inmediato se sintió atraído. Onofre, que a su timidez le añade un notorio exceso de kilos y un carácter pusilánime, imaginó que alguien como Irene jamás le prestaría atención. Para su sorpresa la muchacha le autorizó una cierta proximidad amistosa, que él maquilló con los afeites de la esperanza.
La relación, sí, se consolidó en forma de matrimonio. Onofre, sí, creyó que el arco iris comenzaba a brillar a su alrededor. Y la felicidad, sí, pareció durante un tiempo posible. Pero los paraísos no admiten en su seno más que a unos pocos afortunados, y el muchacho irá enfangándose en el barro de muchos errores y de muchas tristezas: primero, cuando acepta llevar en su furgoneta unos transportes irregulares, que lo colocan al margen de la ley (todo el dinero se le antoja poco para construir su sueño, que ahora contiene a Irene); segundo, cuando comprueba que la chica lo desdeña carnalmente (“El sexo no lo es todo, créeme. En ocasiones destruye a las parejas y emponzoña la amistad”); tercero, cuando comprende que haber tenido una hija no es suficiente anclaje para su mujer, quien, pasados unos años, opta por buscar fuera del hogar la pasión que en él no obtiene. Sometido a la injuria de la lástima y golpeado por la inmisericordia del desdén, además de asustado con las dimensiones que alcanza su compromiso con los narcotraficantes de la zona, Onofre toma una decisión durísima, que termina afectando a todas las personas de su entorno.
Pascual García nos traslada en estas páginas no sólo un argumento novelístico maravillosamente trenzado (con saltos hacia atrás y hacia adelante, con hilos de diferentes grosores y colores que se van combinando para formar el dibujo de la obra) sino también y sobre todo un sobrecogedor viaje por la mente de unos seres a quienes el Destino o el Azar ha arrojado a existencias infelices, bien porque no consiguen sentirse amados (Onofre), bien porque no consiguen amar (Irene), bien porque se quedan sin posibilidad de amar (Antonia). En ese viaje, la pluma de Pascual García se nos antoja a veces un microscopio y a veces un bisturí, pero siempre advertimos en ella una indesmayable brillantez, que aletea en todos sus libros y que en éste alcanza niveles de clásico.

viernes, 25 de mayo de 2018

Arte



En cuestión de una horita, me zampo la obra teatral de la francesa Yasmina Reza titulada Arte, en la versión de Josep María Flotats (Anagrama, Barcelona, 1999). Trata de tres amigos entre los que comienzan a surgir fricciones (y a destaparse trapos sucios) como consecuencia de que uno de ellos se ha gastado cinco millones de pesetas en un cuadro vanguardista del presuntamente genial Atrios: un cuadro blanco, con rayas blancas encima. En el trasfondo de las discusiones advertimos que el cuadro es una mera excusa para “ponerse en limpio” como amigos (de ahí el nítido color blanco de la tela, altamente simbólico); y que bajo las personalidades de los tres burbujean un sinfín de conflictos, de traumas, de tics.
Bien, vale. Todo eso lo entiendo, y soy capaz de justificarlo como “crítico”, como “lector curtido”, como “lector culto”. Lo que ya no me queda tan claro es si el trasfondo exegético que yo (y otros más preparados que yo) ayunten al texto dota a éste de calidad literaria. El enorme conflicto que a mí me producen las obras “sugeridoras” es que hacen depender la “calidad de la obra” de la presunta capacidad del lector. Y ese es un peligroso derrotero, porque un tontucio podría entonces estar legitimado para decir que el Quijote (pongo por caso) es obra esquemática —pues él no ha sabido entrar en sus abisales niveles de complejidad—. Quiero pensar que una obra debe tener unos niveles “objetivos” (?) de “literariedad” (perdón por el palabro), y que no puede sustentarse en la arbitraria y voluble actitud del lector.
Esta pieza teatral, en concreto, a mí me ha parecido floja desde el punto de vista estilístico, pero genial desde el punto de vista de lo que yo podría extraer analítica, ideológica y reflexivamente sobre ella. ¿Se trata entonces de un buen libro? No lo sé. Y no tener claro algo que tan claro debería resultarme me produce inquietud y desasosiego.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Diario de Adán y Eva




Por primera vez en mi vida, me leo una obra completa de Mark Twain (creo que leí alguna siendo niño, pero no podría jurarlo, ni dejar constancia de que la acabase. El recuerdo es vago). Su título es Diario de Adán y Eva, y lo traduce Cristina García Ohlrich (Trama Editorial, Madrid, 1986). Me ha parecido un tomo agradable y simpático, aunque un poco simploncete en su moraleja final, que me parece que estropea la obra. Adán se queja desde el comienzo de que Eva “siempre está hablando”, y de que se empeña en bautizar sin su consentimiento las cosas del Edén. Buena humorada la que Twain introduce cuando dice que “la serpiente le aseguró (a Eva) que la fruta prohibida no era la manzana, sino las castañas”. Simpático el gesto de Adán quien, convencido de que su recién nacido hijo Caín es un pez, lo lanza al agua para ver si nada; y luego, ignorando su filiación humana, decide bautizarlo como “Canguro adamiensis”, y llega a creer que es un nuevo tipo de oso. También nos indica Twain que Eva es zurda. Y muchas más cosas, todas ellas divertidas.
Vale, vale. Está bien que Mark Twain juegue a desacralizar, y también me parece atinado que haga del humor un recurso narrativo de primer orden. Pero lo que no logro entender es por qué se pone tan blandengue en las páginas últimas, cuando la “tensión novelesca” no pide eso. Una sátira amable de los pecados del Edén no se puede cerrar con un cántico solemne en pro de la pareja (me parece). Por lo demás, sonrisas a pleno rostro.

lunes, 21 de mayo de 2018

Una pena en observación




Me detengo hoy en la obra Una pena en observación, de C.S. Lewis, traducida por Carmen Martín Gaite (Anagrama, Barcelona, 1997). Son las anotaciones que este escritor realizó tras la muerte de su esposa, víctima de un cáncer. Son meditaciones donde se nos obliga a pensar sobre el sentido de la vida, la fuerza o las resquebrajaduras de la fe, el poder del recuerdo y el vacío que nos queda cuando perdemos a una persona fundamental en nuestra existencia. Un libro bello y terrible, en el que he encontrado una consideración interesante: Dios no nos envía pruebas para medir las dimensiones de nuestra fe (que él conoce de antemano), sino para que nosotros seamos conscientes de ellas.
“Hay una especie de manta invisible entre el mundo y yo” (p.9). “Me pregunto si los afligidos no tendrían que ser confinados, como los leprosos, a reductos especiales” (p.19). “Es muy fácil decir que confías en la solidez y fuerza de una cuerda cuando la estás usando simplemente para atar una caja. Pero imagínate que te ves obligado a agarrarte a esa cuerda suspendido sobre un precipicio” (p.36). “Si los muertos no están en el tiempo, o por lo menos en nuestra clase de tiempo, ¿hay alguna diferencia notoria, cuando hablamos de ellos, entre era, es y será?” (p.37). “El tiempo en sí mismo no es ya más que otro nombre de la muerte” (p.39). “Creía que podría describir una comarca, elaborar un mapa de la tristeza” (p.83). “Los muertos puede que sean eso: puro intelecto” (pp.100-101).

sábado, 19 de mayo de 2018

Cómo me convertí en un estúpido




Leo la simpática novela Cómo me convertí en un estúpido, de Martin Page, traducida por Javier Albiñana (Tusquets, Barcelona, 2002). Tiene desparpajo, desenvoltura y talento narrador, pese a que de vez en cuando da la sensación de estar “demasiado de vuelta” para ser tan joven. Un poco pasado de rosca, pero bien. Me he sonreído no pocas veces con su originalidad y con su peculiar sentido del humor. Tampoco creo que se puedan extraer más conclusiones o enseñanzas de un volumen concebido, tan sólo, para entretener.
“Las palabras de nuestra mente gustan de aliviarnos y reconfortarnos al tiempo que nos engañan”. “La inteligencia es un mal por partida doble: hace sufrir y a nadie se le ocurre considerarla una enfermedad”. “No existe una cura de desintoxicación para la inteligencia”. “Como nunca había tenido de verdad la impresión de vivir, no temía la muerte”. “(Un escritor fallecido) Dejando una obra que influiría en generaciones de termitas”. “El intelectual es como un pianista que, por el hecho de utilizar con virtuosismo sus manos, creyera poseer aptitudes para ser, al mismo tiempo, jugador de póquer, boxeador, neurocirujano y pintor”. “No existe mayor suplicio que ser un ángel en el infierno, cuando un demonio se siente en su casa dondequiera que esté”.

viernes, 18 de mayo de 2018

Los nietos del Cid




Decido pasearme por un antiguo libro de Andrés Trapiello, al que hace bastantes meses que no visito. Se trata de Los nietos del Cid (Planeta, Barcelona, 1997), un fértil recorrido personal por la literatura escrita en España entre 1898 y 1914. Se abordan, claro está, las figuras más egregias y consagradas (Unamuno, Azorín, Baroja), pero también las desasistidas y tragadas por la incuria del olvido (Zamacois, Noel, Fortún). Es un libro documentado, sólido y febril, en el que descubro datos sorprendentes (por ejemplo, que todas las obras de Gregorio Martínez Sierra las escribió su mujer, María de la O Lejárraga), curiosos (que Eugenio Noel murió un 23 de abril) o inaprehensibles (centenares de opiniones sobre obras que no he leído, y de las que no puedo opinar). Hay en el volumen, también, sanas dosis de humor, análisis desprejuiciados y, sobre todo, la confianza que produce en el lector saber que las obras de las que está hablando se las ha leído (aserto que no puede propalarse de todos aquellos que se titulan como “historiadores de la literatura”).
Trapiello podrá resultar más o menos simpático, más o menos seductor, pero es innegable que buceando en sus páginas siempre se encuentran informaciones enriquecedoras, escritas con elegancia y magnetismo. A mí, desde que me aficionó a su lectura mi amigo Pepe Colomer, me gusta revisitarlo de vez en cuando. Es una costumbre que no pienso perder.
“Todos los salvapatrias tienen algo de curas”. “Contarle al mundo las caridades de uno no deja de ser una pequeña canallada”. “Lo cuenta todo con una gran seriedad precisamente porque está completamente loco”. “La verdadera progresión se lleva a cabo efectuando sumas, no restas”.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Tartessos y otros enigmas de la historia




En este día de mediados de mayo acabo un libro del jienense Juan Eslava Galán titulado Tartessos y otros enigmas de la Historia (Planeta, Barcelona, 1999), que me decidí a leer después de haber paseado durante unos días por una novela de Manuel Pimentel que me hizo recordar la existencia de este volumen.
Ha habido algún segmento de la obra que se me ha hecho un poco más tedioso (por ejemplo, la crónica de los almorávides); pero, en general, la mezcla de historia, datos empíricos, sugerencia y fantasía siempre me ha resultado fascinante. La Atlántida, la arquitectura de Stonehenge, las leyendas sobre la presencia española en Australia en época tempranísima, etc, me han llevado de la mano durante una serie de noches, y eso tengo que agradecérselo al autor. Ha sabido poner un estilo elegante y eficaz a unos temas que eran atractivos, pero que podían haberse malogrado en manos de un tontorrón o un prosista ampuloso.
“Dios creó el mundo exactamente a las nueve de la mañana del veintitrés de octubre del año 4004 a.C., si admitimos las conclusiones del arzobispo Ussher y otros sabios ingleses del siglo XVII”.

lunes, 14 de mayo de 2018

Diálogos y otros escritos




Me voy cinco siglos para atrás y me leo los Diálogos y otros escritos de Juan Luis Vives, en la traducción de Juan Francisco Alcina (Planeta, Barcelona, 1988), que me han resultado interesantes y amenos, aunque lastrados de coyunturalismos gastronómicos, indumentarios e ideológicos. Siguen brillando en el estilo del humanista algunas perlas; pero pocas. He sonreído con la maldición de las 50 hijas de Danao, condenadas a rellenar de líquido unos vasos agujereados (una buena metáfora de la enseñanza). Me ha sorprendido que Vives ya se refiera al “Vuelva usted mañana”, normalmente atribuido a Larra. He cabeceado conforme cuando define la escuela como “taller de fabricación de hombres”. Y he esbozado una sonrisa cuando Grajo, después de escuchar que Nugo solamente bebe agua, le espeta: “Nunca harás un buen poema”. En suma, diríamos que he aprendido más que disfrutado. Para eso se acude a este tipo de obras.
“Saludable y gustoso todo es uno, como el dormir la siesta”. “(Sócrates, en un mercado) ¡Oh, dioses inmortales, cuántas cosas hay que yo no necesito!”. “Los tontos, al evitar unos vicios, corren hacia los vicios contrarios”. “Resulta inaguantable el adolescente inclinado a hacer pronunciamientos y afirmaciones”. “Los hombres, al no hacer nada, aprenden a hacer el mal”. 

sábado, 12 de mayo de 2018

La decadencia de la mentira




Abro el sábado subiendo la reseña de La decadencia de la mentira, de Oscar Wilde, en la traducción de Mª Luisa Balseiro (Siruela, Madrid, 2000), un centón de aforismos disfrazado de discurso estético. Me ha parecido hermoso, chocante y atrabiliario. O sea, Wilde. Si existen el aforismo beato (Blaise Pascal), el aforismo angustiado (E. Cioran) o el aforismo intelectual (Elias Canetti), también está el aforismo estético. Y Oscar Wilde es uno de sus monarcas indiscutibles.
“Pensar es la cosa más insana del mundo, y hay gente que se muere de eso”. “Los periódicos han degenerado. Ahora son absolutamente de fiar”. “Habla tan alto que no se oye lo que dice”. “Las únicas personas de verdad son las que nunca existieron”. “El objeto del Arte no es la verdad sencilla sino la belleza compleja”. “Cuando el Arte abdica de su medio imaginativo abdica de todo”. “La Verdad es entera y absolutamente cuestión de estilo”. “El Arte obra milagros a su antojo”. “Ningún gran artista ve jamás las cosas como son. Si lo hiciera dejaría de ser artista”. “Es una gran suerte que el arte no nos haya dicho la verdad ni una sola vez”.

jueves, 10 de mayo de 2018

Cuentos para perros




Acabo los Cuentos para perros, de Miguel Mihura, en la edición de Julián Moreiro (Bruño, 1994), un libro que me ha parecido medianito. Es verdad que tiene instantes de chispa, y hasta de presunta genialidad surrealista. Pero lo malo de tantas chispas seguidas y amontonadas es que no producen, en mi opinión, la imagen de una hoguera, sino el raro fastidio de estar siendo burlado por un autor habilidoso que payasea conscientemente su propio estilo. Es un humor ganso y un pelín infantiloide, que fatiga (que a mí al menos me fatiga) por acumulación.
¿Destellos memorables? Varios, no lo negaré. Por ejemplo, cuando propone en el cuento “El mar” que la solución para las tormentas y naufragios es asfaltar todos los mares y océanos; o cuando habla en “La difícil profesión” de un fotógrafo que retrata cosas y le salen otras distintas (imposible no establecer lazos con el célebre “Apocalipsis de Solentiname”, de Julio Cortázar); o cuando dice en “El cielo” que las enfermedades, la muerte, la ceguera o la invalidez deberían durar 8 horas al día, como una jornada laboral. Y, algunas veces, su humor ingresa en una crueldad borde sin mucho sentido, que resulta difícil de disculpar (“Aumentaba el hambre. Miles de criaturas morían de inanición. Las mujeres daban aullidos de espanto. Era graciosísimo. Daba mucha risa aquello”). Pero vale. Está bien para pasar el rato. Ingeniosa la frase donde nos habla de una chica demasiado convencional (“Era tan cursi aquella señorita, que tenía un novio”, o aquella otra en la que nos cuenta cosas sobre un señor “feliz como un arroyuelo”.
Mihura es así. O lo tomas o lo dejas.

lunes, 7 de mayo de 2018

Después de todo




Explicaba Dámaso Alonso que él era un poeta “a rachas”. Es decir, un escritor al que el aliento lírico le llegaba irregularmente y que se limitaba a dejarse llevar por esos momentos y convertirlos en tinta. De esa manera se distanciaba de la noción de “poeta” como autor constante, febril, meticuloso y de producción continua.
La salmantina Carmen Martín Gaite (1925-2000) no tuvo dudas a la hora de publicar los versos de este volumen y de colocar bajo el título (Después de todo) una aclaración idéntica: “Poesía a rachas”.
En estos versos sencillos, huérfanos de casi todo aparato retórico, nos habla del amor y el desamor, de la férrea voluntad que todos debemos exhibir para optar por un camino en la vida (y mantenernos en su cauce pese a las advertencias o críticas de los derrotistas), del afán que debemos mostrar a la hora de defender la alegría, del modo a veces absurdo en que dilapidamos nuestra existencia.
Me apunto una copla que aparece en la página 79 y que contiene, simpáticamente, una dosis de humor y otra de maldición gitana:

“Escucha lo que te digo,
compañero, dulce amigo
de sinsabores y empeños:
No te dé Dios más castigo
que tener a otra contigo
cuando me llames en sueños”.

sábado, 5 de mayo de 2018

Si sale cara



Todos los personajes protagonistas de Si sale cara, el volumen de relatos que Boria Ediciones le publica a Rubén J. Triguero (Sevilla, 1985), presentan una característica común: son seres que caminan por el borde de un precipicio y que miran hacia abajo con más conformidad que miedo, quizá porque el viaje que los ha conducido hasta esa frontera vertiginosa venía dictado por su corazón o por su espíritu desde bastante tiempo atrás. La fatiga escalonada, el fracaso lento pero inexorable, la amargura íntima han ido erosionando sus existencias hasta convencerlos de que luchar carece de sentido y que una rendición abrupta y definitiva los liberará de la molesta sensación de derrota que los malhiere.
En “El viento que azota las copas de los árboles” nos encontramos a Julián, quien no logra escribir ninguna obra que merezca el beneplácito de un editor y cuya mujer le insinúa, con amor pero con firmeza, que aplace sus sueños y busque un trabajo que les permita pagar las facturas. En “Estación Lejano Paraíso” conocemos la vida (o mejor, la supervivencia) de un oficinista alienado, que ama la lectura y que se encuentra rodeado por compañeros obtusos, una esposa fría y una hija perennemente conectada a su móvil. “Migración de aves” nos remite a un mundo de abogados que conocen desde dentro las podredumbres del sistema y que las interiorizan de maneras diversas. “Una larga espera” es la que sufre Raúl, un niño de diez años que aguarda la visita reglamentaria de su padre tras el divorcio. “Ízar” nos lleva hasta la montaña Bauman, en cuya cima descubrirá el protagonista su destino…
Todos ellos han lanzado al aire su moneda y ha salido, inexorablemente, cruz. Entre otras cosas, porque Rubén J. Triguero parece tener bastante claro que los universos que conspiran para aportar plenitud y felicidad al ser humano sólo existen en la rentable literatura buenista de algunos seudoliteratos. La realidad, mucho más propensa a la acrimonia, suele decantarse por el gris o por el negro.

jueves, 3 de mayo de 2018

Con todo este ruido de fondo o El imperio de las luciérnagas



El viejo relojero, mientras rectifica las imperfecciones del mecanismo que yace abierto ante sus ojos, nos susurra: “No hace falta que te vayas. Allá fuera / no hay nadie esperándote. Sólo una enorme / cantidad de ruido de fondo. Aquí no”. Y con la atmósfera que sugiere ese preámbulo, con ese espacio de quietud, de lenta movilidad, de oxígeno intacto, el poeta cartagenero Vicente Velasco Montoya nos invita a acceder a su nuevo libro de versos, donde se observa la realidad del mundo, se constatan los chirridos y se llega a conclusiones tan amargas como lúcidamente expresadas: “No viviremos / lo suficiente porque somos vástagos del desencanto / y nuestra obra no será más que un grano de arena”. Adormecidos por el Sistema, martilleados por las consignas que nos repiten incesantemente para que olvidemos el ejercicio de la reflexión, los seres humanos caminamos hacia la Nada con una sonrisa mercantil instalada en el rostro y el corazón vendido en una almoneda, como ridículos robots programados por la voz grave del Gran Hermano: “Siga los pasos, siga este camino verdadero. / Aléjese de las dudas, rompa con las incógnitas, / consígalo en menos de dos meses / y despierte todos los días como un hombre / completamente nuevo”.
Así, este volumen delgado cual bisturí se revela desde el principio como un dietario de melancolías y destrucciones, de miradas cansadas hacia un sistema de vida que se desmorona casi con entusiasmo. Y qué hacer entonces. Quizá mirar con asombro, quizá temblar, quizá fumar un cigarrillo, quizá sonreír con amargura. En síntesis, constatar que las anestesias que nos inoculan están perfectamente planificadas y que su eficacia es demoníaca: “Nosotros pensamos por usted, / porque verá que el dique de la presa / quebró hace tiempo y el agua ya está aquí”. Como es natural, la visión crítica se extiende también al ser humano, sufridor pero al mismo tiempo artífice del desaguisado que nos cerca, merced a su pasividad (“No somos más que unos personajes de corto guion, / mal aprendido, y vestuario inapropiado. / Somos pésimos actores, culpables últimos / de la cancelación definitiva de esta función”),
A la postre, y como en su día percibió Blas de Otero, nos queda la palabra, escudo o trinchera o bengala o estandarte que Vicente Velasco convierte en carne sustancial (“Con todo este ruido de fondo / sólo queda convertirnos en poema”). Y si Dios estaba en la última playa, aquí aparece en la Coda del libro, con tal esplendor y tales estremecimientos que ni siquiera admite resumen. Vicente Velasco, chamán. Vicente Velasco, mistagogo. Harían ustedes muy bien en leerlo

martes, 1 de mayo de 2018

Ardor guerrero




Resulta difícil encontrar a un ciudadano español que, habiendo efectuado el servicio de armas durante su juventud, no sienta periódicamente la tentación de recordar aquella etapa de su vida y de contarla a otros. Pueden ser anécdotas, pueden ser vejaciones nunca del todo olvidadas, puede ser una amistad inquebrantable, puede ser un episodio cómico. Así que descubrir un volumen con el título de Ardor guerrero, que recupera el arranque del himno de la infantería, quizá lleve a algunos a pensar que nos encontramos ante un catálogo de “batallitas” o de ajustes de cuentas con el ayer. Pero Antonio Muñoz Molina no busca en estas páginas la mera enumeración de infortunios o de tristezas cuartelarias, sino que elabora el retrato de un mundo y de un tiempo atroces: los que conoció y padeció en el País Vasco durante los primeros años de la democracia recién recuperada, cuando en los despachos de los mandos militares seguía presente en lugar de privilegio la imagen de Franco (que él vio en San Sebastián en el otoño de 1979 igual que yo la vi en Lorca, Murcia, durante el invierno de 1993, cuando el deleznable dictador llevaba casi veinte años alimentando gusanos).
Fue un tiempo en el que las calles se veían perturbadas a diario por la violencia de los proetarras y por la respuesta de los no menos violentos integrantes del Batallón Vasco Español; en el que las órdenes castrenses eran ladradas y todo parecía dominado por la ignominia, la tristeza y el desarraigo que experimentaban unos jóvenes que, arrancados de sus lugares de residencia, eran obligados a permanecer durante más de un año bajo la férula militar. Aquel chico llamado Antonio Muñoz Molina venía de la provincia de Jaén y pronto iba a darse cuenta de que la mili “iba a parecerse mucho no a las historias embusteras que me habían contado mis tíos y mi padre, sino a aquella angustia, a aquella tristeza ilimitada y monótona de la cobardía infantil, a la vulnerabilidad de no atreverme a salir a la calle por miedo a que los más grandes me pegaran, a la conciencia humillada de no ser fuerte ni temerario ni ágil”. Lo vistieron con una ropa ridícula, más desangelada que imponente; aprendió con muchas dificultades a desfilar (“Los pasos humanos sometidos a un ritmo de maquinaria hidráulica”); se acostumbró al espectáculo cotidiano de las humillaciones (“Lo que yo quería no era acabar con los verdugos, sino merecer su benevolencia”); repitió las frases y los comportamientos de quienes lo rodeaban (“No era nada fácil resistir el embate obstinado de la tontería”); fue incapaz de manejar con un mínimo de destreza ningún arma de fuego (habla de su “récord inverso durante los ejercicios de tiro”); tuvo sus más y sus menos con el iracundo sargento Valdés (quien acostumbraba a moverse por el cuartel “con tumulto mular”); se acomodó como pudo a aquella atmósfera enrarecida en la que “todo era espeso e interminable, la mili y el invierno, el aburrimiento y la lluvia”; presenció vilezas, arbitrariedades y sadismos para las que se encontraría difícil justificación fuera del mundo militar (“Nada enciende más la crueldad de los canallas que la indefensión absoluta de sus víctimas”); y, sobre todo, observó con mucha atención para después contar, que es lo que hacen los escritores de raza.
Ardor guerrero se convierte así en un documento impagable sobre la naturaleza humana, sobre la forma en que todos podemos convertirnos en víctimas y en verdugos. Cualquiera que haya hecho la mili encontrará en este volumen un retrato fidedigno de lo que sintió en aquellos meses, de las melancolías de sus tardes de domingo, de las imaginarias atroces, de los abusos perpetrados por psicóticos o dipsómanos con galones, de la soledad en compañía, de la sensación de pérdida de tiempo, del sinsentido. Contadas, además, con la prosa excelente de Antonio Muñoz Molina, esas experiencias se convierten en un libro en el que merece la pena sumergirse.

lunes, 30 de abril de 2018

Buenos días, tristeza




Si hoy en día se publicara, por parte de una autora joven, una obra como Buenos días, tristeza, el nivel de polémica que se generaría entre lectores y críticos sería bastante reducido; quizá nulo. Pero cuando la intrépida Françoise Sagan ofreció a la imprenta estas singulares memorias de Cécile se produjeron reacciones de estupor, indignación, escándalo o condena bastante llamativas, por el perfume “inmoral” que sus páginas desprendían.
Aclarémoslo con una breve sinopsis, que no agota las virtudes de la obra: la adolescente Cécile, hija de un viudo atractivo y cuarentón, vive una vida desenfadada, en la que siente inclinación por los “amores rápidos, violentos y pasajeros”. El alcohol, las fiestas, los horarios relajados y el escaso interés por los estudios constituyen todo su universo. Pero cuando su padre decide casarse con la rica y seria Anne, Cécile siente peligrar su modo de vida; y trama con Elsa (joven examante de su padre) y con Cyril (un estudiante de Derecho con el que Cécile mantiene relaciones sexuales) un plan para poner celoso a su padre, incitarlo a la infidelidad y que Anne anule el proyecto de boda.
Durante el desarrollo de la narración advertimos la liviandad de Cécile y su condición inmadura, pese a que ella se juzgue inteligente, mundana y aplomada en sus actos, a la vez que nos percatamos de la riqueza de matices psicológicos que adornan a ella y a su padre, las dos grandes figuras protagonistas del tomo.
Pasado el tiempo, y reducido sensiblemente el caudal “escandaloso” de la pieza, sigue quedando lo más importante: una narración elegante (a ratos lírica, a ratos casquivana) donde se percibe el aliento de una buena escritora.

sábado, 28 de abril de 2018

Vistabella, mon amour



José Cubero Luna tiene muchas patrias dentro del corazón: desde su Cáceres natal hasta su actual residencia barcelonesa, pasando por sus etapas vitales en Melilla, Madrid, Córdoba o Badalona. Pero una parte muy significativa de su infancia la pasó aquí, en Murcia. El primer testimonio de esas raíces emocionales nos lo dejó en el exitoso volumen Memorias de un niño murciano (MurciaLibro, 2016), que ahora encuentra continuación con este Vistabella, mon amour, que publica en el mismo sello.
El autor recupera en estas páginas todos los mimbres con los que se forjaron sus años infantiles y adolescentes, narrados con precisión, elegancia, afecto y gran despliegue de descripciones costumbristas y paisajísticas: las sensaciones agridulces que siempre acompañan al primer amor; sus expediciones por la famosa Isla de las Ratas (a la que también dedicó un gran volumen recordatorio Santiago Delgado); el homenaje que se tributó a unos regresados de la División Azul, los cuales se le antojaron más atribulados que eufóricos; las sesiones de cine en los locales de Acción Católica; un desbordamiento del río Segura, que fue acompañado por las obras de canalización que actualmente conocemos; su leve condición de flecha dentro de la Falange, más por disfrutar de los campamentos que por afinidad ideológica; las procesiones religiosas que pudo contemplar (y a una de las cuales se sumó, trasladando a la Fuensanta durante varios kilómetros); o la escasa simpatía que le generaron los misioneros que durante aquellos años pudo conocer, mucho menos dados a la compasión cristiana que a la exaltación intransigente.
Pero yo destacaría especialmente de esta obra una secuencia que podría servir de argumento para una narración autónoma, novelística: las peripecias de la Tuerta y el Legionario, donde la pobreza, el amor, el lirismo, la fatalidad y la mezquindad se alían para inundar de emociones el ánimo del lector.
Por méritos propios, José Cubero Luna se ha convertido en uno de los autores de referencia de la editorial MurciaLibro, que seguramente continuará ofreciendo al público sus siguientes obras. Los lectores, desde luego, estamos encantados con esa perspectiva.

jueves, 26 de abril de 2018

La hermana pequeña




Laura se fue desde Huesca a Madrid por una causa (apartarse de la nueva mujer de su padre) y con un objetivo (convertirse en actriz). Pero en la capital sigue encontrándose con nuevos motivos de zozobra: un hombre al que ama, pero que prefiere abandonarla para irse a América a cumplir sus propios sueños; una pensión de medio pelo, en la que malvive rodeada de lo indispensable; un chico que la ronda (Gonzalo), pero con el que no transige en formalizar la relación… Y, por si todos esos ingredientes no resultaran lo suficientemente perturbadores o desasosegantes, recibe una carta de su hermana pequeña donde le anuncia que, fallecidos el padre y la madre, se desplaza a Madrid para empezar una nueva vida. Eso, como intuye Laura, la obligará a ejercer de madre, hermana, cuidadora, aclimatadora y consoladora. Demasiados compromisos para quien sólo anhela la libertad.
Con el paso del tiempo, las sorpresas se irán abatiendo sobre ambas hermanas: personas que retornan de un modo inesperado y que formulan propuestas más bien inaceptables; ambientes que sofocan y terminan por hartar; amores y desamores, que atraviesan sus almas con inusitada fiereza… Y, por fin, un final lánguido o esperanzador (según quiera interpretarse), donde ambas redescubren sus lazos y la fortaleza íntima que atesoraban, quizá sin saberlo.
Un texto que Carmen Martín Gaite redactó pensando en la actriz Lali Soldevila pero que durante años no pasó de ser un proyecto que almacenaba polvo en un cajón, hasta que Anagrama decidió ofrecerlo a los lectores españoles.