jueves, 19 de julio de 2018

Rudens




Plauto, el viejo Plauto, de quien leí admirativamente su Anfitrión hace más de treinta años, vuelve a mis ojos en las páginas de su celebrada comedia Rudens, traducida y anotada por Antonio López Fonseca y me encuentro, como no podía ser menos, con diálogos bien trabados, muletillas jocosas, coqueterías picantes, juegos de palabras de notable cuño, cómicas amenazas de palizas, bravucones escarmentados, falsos juramentos que se resuelven de manera ingeniosa, chicas desamparadas que deben ser protegidas y una espectacular anagnórisis que tiene como protagonista a Palestra.
En suma, los recursos que tan magníficamente manejaba aquel escritor que, antes de alcanzar la fama, trabajó moviendo la piedra de un molino.
Detalle cultural: he aprendido (nota 15) lo que era un calator, es decir, un esclavo que acompañaba al amo para recordarle el nombre de las personas con las que se cruzaba.
Detalle optimista: Esceparnión, viendo que una tempestad ha volado el techo de una vivienda, dice que al menos “ha hecho la casa más luminosa y la ha llenado de ventanas”.
Detalle kenningar: Ptolemocracia pregunta a dos mujeres a quienes ve totalmente empapadas si han venido en barco, es decir, “en un caballo de madera por los azulados caminos”.
Detalle intemporal: La frase que figura en la escena III del segundo acto y que me parece de una gran perspicacia psicológica: “Entre tanta gente, el ladrón sí que ve fácilmente al que vigila, pero el que vigila no sabe quién es el ladrón”.

martes, 17 de julio de 2018

Usos amorosos de la postguerra española




Todos tenemos una madre o una abuela que crecieron en los años posteriores a la guerra civil de 1936; o hemos visto películas ambientadas en aquel mundo; o hemos leído obras de Carmen Laforet, Miguel Delibes o Camilo José Cela, que nos contaron aquel mundo de mojigatería, religiosidad superficial, militarismo casposo e hipocresía de cretona. Así que este ensayo lúcido, documentadísimo y de enorme amenidad, firmado por Carmen Martín Gaite y que obtuvo el XV Premio Anagrama en la modalidad de ensayo, constituye un repaso impagable con el que refrescar nuestras nociones sobre aquellos años cuarenta y cincuenta, que tan cercanos están y tan lejanos se nos antojan.
Todos los elementos que burbujearon en aquella España son aquí analizados con rigor, buena memoria y objetividad: la ambivalencia que se mantenía frente a los Estados Unidos, a quienes se juzgaba inmorales mientras se les envidiaba en secreto; la visión de la soltería femenina como un fracaso digno de conmiseración o burla (“La solterona era un tipo rancio, anticuado, cursi”); la Sección Femenina como plataforma de deporte y bailes regionales, que instruía a la mujer en la esencia de la sumisión, el recato y el españolismo; el humor de La Codorniz como subversión y aire fresco, que pasaba de mano en mano y de ojos en ojos; la niña Topolino, ejemplo de modernidad y snobismo, crudamente vista por quienes intuían el riesgo de su subversión; el interés que se desplegaba para que las niñas fueran educadas en colegios de monjas, de donde salían “doctoradas en vainica y letanías”; la exaltación de la virginidad y la gazmoñería; la conveniencia de que las mujeres aceptasen de buena gana que sus novios ya estuvieran “vividos” o “corridos” antes de acceder hasta ellas, porque la sexualidad masculina tenía urgencias que debían ser comprendidas; o la reglamentación estricta que regía ceremonias tan inanes como la presentación en sociedad de las chicas, la petición de mano o la forma en que se podía saludar a los chicos en la calle.
Una amplia batería de citas recogidas de publicaciones de la época nos permite conocer, con el léxico de entonces, el modo en que se adoctrinaba a varones y mujeres en aquel mundo grisáceo, nacionalcatólico y antiguo.

domingo, 15 de julio de 2018

El verano del Endocrino



No se trata, desde luego, de un personaje convencional. Un buen día, sin que nadie tenga noticia previa de él, aparece en la pequeña localidad de Labriegos un hombre poco hablador, amable y amante de los libros al que, de forma casi azarosa, comienza a conocerse como El Endocrino. Al principio, todos lo miran con curiosidad pero con cierta distancia, hasta que el intruso se va ganando el favor de los lugareños: primero, interesándose por todas las labores agrícolas de la población; después, ayudándolos con su inteligencia detectivesca a resolver pequeños misterios locales (qué animal está devorando las gallinas de un vecino, dónde está el coche que desapareció hace días de forma inopinada, quién ha robado una talla de la Virgen de la ermita).
Poco a poco, el Endocrino se convierte en un tipo curioso… y con curiosidad, que canaliza (al estilo de los Bouvard y Pécuchet flaubertianos) hacia mundos tan distintos como la botánica, la sociología o la historia. En todos esos ámbitos se verá sometido a experiencias de lo más llamativas, que sorprenden al lector y lo llevan de la mano a través de una narración amena y divertida, con instantes de humor, de reflexión y de aprendizaje. Para contarnos esas peripecias, el novelista recurre a la voz de un maestro de Primaria, que conoce durante ese largo verano al Endocrino y que tiene acceso posteriormente a sus cuadernos de apuntes. Él nos va a ir desgranando la evolución de sus intereses y peripecias con gracia y minucia casi entomológicas.
El extremeño Juan Ramón Santos (Plasencia, 1975), quien ya nos tiene acostumbrados a obras excelentes dentro del territorio del relato corto (Cuaderno escolar, Perder el tiempo), la poesía (Aire de familia) y la novela (El tesoro de la isla), nos entrega una vez más un volumen exquisito. En este último trabajo yo destacaría de forma especial la impronta cervantina que el escritor ha tatuado en su prosa, elegantemente juguetona y de voluntad clásica, con oraciones largas y musicales. El resultado es una novela fluida, delicada, densa y de una sonoridad muy brillante. Si andan buscando para este verano un texto de tanta perfección formal como atractivo argumento yo les recomiendo esta novela publicada por Baile del Sol. Creo que puede gustarles.

viernes, 13 de julio de 2018

Un árbol, un adiós



Termino una pequeña novela de Marina Mayoral a la que puso como título Un árbol, un adiós (Acento Editorial, Madrid, 1996). Es la historia de una mujer llamada Laura que, ya casada y con hijos, vuelve al lugar de su infancia con el objetivo de plantar un magnolio. Allí reencuentra a Paco, el primer amor de su vida (magnífico capítulo VIII, donde cuenta cómo se despidió de él haciendo el amor junto a un hórreo, aunque en Madrid la estaba esperando el novio con el que se acabaría casando), y comprende que la melancolía y la memoria son parte imprescindible de la existencia.
Me ha gustado mucho este texto, y creo que está bien conseguido. A veces, inevitablemente, el monólogo se vuelve un poco forzado; pero en líneas generales está resuelto con elegancia y con oficio narrativo.
“A la belleza no hay que exigirle nada” (31). “La vida es un juego cruel en el que todos somos perdedores” (72). “Sentirse indispensable llena mucho” (78).

miércoles, 11 de julio de 2018

El camino de los Ingleses




Espléndida novela de Antonio Soler, que obtuvo el Nadal en el año 2004 y que me he releído en estos primeros días de julio: El camino de los Ingleses (Destino, Barcelona, 2005). Es un relato lleno de melancolía donde se nos van contando las vidas de Amadeo Nunni el Babirusa (que cree que su padre desapareció raptado por una nube), de Paco Frontón (hijo de un delincuente de alto nivel), de Miguel Dávila (al que extirparon un riñón), de Rafi Ayala (un desequilibrado que termina metido en los paracaidistas), de Ruborosa (un representante de lencería femenina), de la Señorita del Casco Cartaginés (una mujer que ha naufragado en el tiempo y en el amor), de Luli Gigante (novia de Dávila, aspirante a bailarina, y que termina siendo acosada por Ruborosa), del enano Martínez (un ser rencoroso y quizá homosexual), etc.
Es una novela magnífica, trenzada con muchas historias, con infinidad de matices que se van cruzando, tejiendo y destejiendo, hasta lograr una trama llena de primores lánguidos, agridulces, tibiamente amargos. Novela que tengo que releer en el futuro, una vez más.
“Esto no es un libro, es una religión” (p.91). “Pediste que te engañaran porque pediste que te lo contaran todo. Si lo haces estás obligando a esa persona a que te mienta” (p.197). “Yo te quiero para ti, no para mí” (p.230). “¿Alguno de vosotros sabe el tiempo que vive una nube?” (p.253). “Somos el paisaje por el que transcurren nuestras vidas, poco más” (p.323).

lunes, 9 de julio de 2018

Hicieron historia



En ocasiones, la ignorancia sobre el pasado comporta matices de ingratitud que conviene solventar, porque nos abalanzan hacia el talud de la injusticia. Y una de las formas más inteligentes de hacerlo es escuchar con atención a las personas que saben. Es lo que debemos hacer en el caso del profesor Francisco Javier Díez de Revenga, quien ha vuelto a publicar una obra de valioso contenido. Se titula Hicieron historia, la ha publicado la Real Academia Alfonso X el Sabio y en sus páginas se aborda la vida y obra de cuatro murcianos insignes, a quienes quizá tributamos menos reconocimiento del que merecerían.
Comienza el recorrido con la figura de Diego Clemencín, celebrado comentarista del Quijote, cuya lírica no juzgó con demasiada benevolencia (“los versos me parecen, como generalmente los de Cervantes, mal”) pero que fue el primero en abordar el análisis de la inmortal novela con rigor académico. Tras él se detiene en Gerónimo Torres, deán de la catedral, copresidente de la Junta Revolucionaria (1868) y diputado a Cortes en dos legislaturas, además de Rector de la Universidad Libre de Murcia, ilusionante proyecto intelectual que se mantuvo solamente durante un lustro, por las dificultades económicas y el escaso número de alumnos.
A continuación se sumerge en las dos semblanzas más extensas, dedicadas a Enrique Fuster y a Emilio Díez de Revenga Vicente. Del primero se nos explica que fue conde de Roche, bibliófilo y estudioso de Saavedra Fajardo, así como presidente del Casino de Murcia. Apoyándose en numerosos recortes de prensa, el autor del libro nos detalla episodios tan curiosos como su participación en un banquete ofrecido al dramaturgo José Zorrilla o la invitación que cursó al polígrafo Marcelino Menéndez Pelayo para que visitase Murcia y pudiera conocer, durante la procesión de Viernes Santo, las tallas inmortales de Salzillo. Y al segundo le ofrece cien páginas de fotografías, detalles biográficos y curiosidades (su amistad con Azorín, su trabajo legislativo en apoyo de los registradores de la propiedad o la publicación de su inteligente libro Artículos adocenados), que nos resumen la figura de quien siempre mostró (lo leemos en la página 276 de este trabajo) “inquebrantable y permanente amor por Murcia, por sus tradiciones, por su cultura y por su literatura”.

sábado, 7 de julio de 2018

Bebop Café




Pongámonos en situación enumerando algunos de los hilos de este tapiz: tenemos por un lado a Fran, que trabaja en una academia y vive en un piso de soltero donde las fotografías en las paredes, los discos de jazz, las cervezas en el frigorífico y la penumbra son los rasgos principales; tenemos también a Jorge, un amigo suyo que entra y sale de allí a su libre arbitrio y que gorronea su alcohol y su sofá; luego está Esther, amiga de Fran y que dispone de un local (el que da título a la novela) donde trabaja el ruso Boris; tenemos también a Genaro, un vagabundo más bien zumbado que vigila el coche de Fran; y tenemos a la Gran Ausente, Ana Valdivia, antigua novia de Fran quien, viendo el panorama de su inmadurez y su falta de empatía, optó por romper la relación y marcharse bien lejos.
Ahora introduzcamos un chirrido en la maquinaria: en el parabrisas del coche de Fran empiezan a aparecer misteriosas notitas que lo terminan conduciendo hasta Granada, donde al parecer estuvo con Ana y donde, también al parecer, se hundió su noviazgo. Y he insistido en la fórmula “al parecer” porque Fran no recuerda haber estado jamás, ni con Ana ni sin ella, en la ciudad andaluza. No obstante, cuando llega allí sí que comienzan a aflorar algunas imágenes que tenía hundidas en el fango del olvido.
No explicaré quién es el enano libidinoso que se acerca hasta él, ni por qué un travelo rondará su habitación, ni quién es el muerto que aparece a pocos metros de Fran, ni qué busca el inspector de policía cartagenero que lleva años dando vueltas alrededor de Fran… Es tarea del lector descubrir, paso a paso, los trepidantes entresijos de esta novela, cuyo final hará tambalearse todas las ideas que haya ido atesorando durante su desarrollo.
Tahúr habilidoso, prestidigitador de la trama, Luis Sánchez Martín plantea en estas páginas una ficción llena de sorpresas, con más vueltas de tuerca que una novela de Onetti.

jueves, 5 de julio de 2018

El espejo de la diosa




Otra relectura de verano: El espejo de la diosa, de Francisco Giménez Gracia (Biblioteca Nueva, Madrid, 2005), un volumen hecho de inteligencia, nervio, enormes dosis de gracia expresiva, tino filosófico y trallazos verbales. El autor sabe ser sublime y chabacano, irónico y mordaz, delicado y bruto. Pero jamás abandona la buena prosa, ni decepciona con un párrafo endeble. Me encanta. Y para intentar transmitir una pequeña muestra de esa fascinación reproduciré algunos fragmentos de la obra.
“Todo empieza por una putada (el nacimiento) y termina en otra mayor (la muerte). Entre medias aún hay gentuza que pretende que nos pongamos a dieta” (p.12). “Cualquier persona sensata termina por darse cuenta de lo poquísimo que le une al resto de sus semejantes” (p.12). “Que los Evangelios son obra de unos individuos de lo más siniestros es algo que se desvela desde el mismo título. En efecto, el que se califique de “buena nueva” el anuncio de que el fin de los tiempos está próximo; que muchos serán los llamados, pero muy pocos los elegidos, y que para esos muchos será el fuego eterno, el llanto y el crujir de dientes, que se tenga todo esto por una grata noticia, digo, es algo que sobrepasa todos los límites del resentimiento” (p.29). “Me gustaría saber de qué podrida región del cerebro puede nacer la vocación de predicar” (p.34). “El bajo índice de suicidios demuestra que el hombre padece un síndrome de Estocolmo con la vida” (p.45). “¿Cómo no desconfiar de todos esos que gustan de hablar en nombre de los demás?” (p.60).

martes, 3 de julio de 2018

Poeta en Nueva York




Me releo, para abrir el verano de 2018, los versos de Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, que vuelvo a encontrar llenos de imágenes sorprendentes, poderosas construcciones verbales y delirante magia onírica. Qué manera de sentirme traspasado por las palabras del granadino. Sería muy presuntuoso si dijera que lo he entendido totalmente. No ha sido así. Ni ocurrió en la primera lectura, ni en la segunda, ni en ésta (me he negado a leer todo tipo de notas a pie de página o explicaciones eruditas sobre el poemario). Pero añadiré que sí lo he sentido. Sus adjetivos y sus insólitas metáforas se me colaban por los ojos, reptaban por el interior de mi cabeza y dibujaban luces en mis oídos. Hay poemas que me ha gustado releer tres o cuatro veces (“Paisaje con dos tumbas y un perro asirio”) y otros donde me entusiasman las claves psicológicas que contiene (“Oda a Walt Whitman”). Todo el poemario es como el fruto de una borrachera de sensaciones, una embriaguez furiosa de sustantivos y adjetivos que copulan en una atmósfera de aceite y LSD. Quizá se antoje sacrílego, pero yo creo que el poeta no quería “decir” nada con estas páginas: quería “transmitir” un estado de ánimo. No hay racionalidad ni cálculo en estos versos. No hay premeditación ni estrategia. Hay tumultos interiores de lava que no sabe por dónde salir y excava pasadizos. Federico sólo le puso las palabras a ese vulcanismo telúrico. Palabras maravillosas, por cierto. Palabras que no quiero que nadie me explique, para que no reduzca su magia.
“Mi rostro distinto de cada día”. “Hay un dolor de huecos por el aire sin gente”. “A veces las monedas en enjambres furiosos / taladran y devoran abandonados niños”. “Te dejaré pacer en mis mejillas”. “El que teme la muerte la llevará sobre los hombros”. “Quiero llorar porque me da la gana, / como lloran los niños del último banco, / porque no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, / pero sí un pulso herido que ronda las cosas del otro lado”. “Yo no pregunto, yo deseo”. “La verdad de las cosas equivocadas”. “Hay barcos que buscan ser mirados para poder hundirse tranquilos”. “Yo denuncio a toda la gente / que ignora la otra mitad”.

domingo, 1 de julio de 2018

Las cuevas y sus misterios



¿Por qué nos producen tanta fascinación las grietas, las cavernas, los espacios oscuros que se esconden en las montañas, en los desiertos, en el fondo de los mares? ¿Por qué tantas personas se han sentido impulsadas a penetrar en ellas, poniendo incluso en peligro sus vidas? El investigador Juan Gómez, ganador del III Premio Enigmas con este libro que ahora publica el sello Luciérnaga, trata de explicarnos sus ideas al respecto. Y lo hace con un recorrido francamente espectacular por las cuevas de todo el mundo y por los mil usos y misterios que las mismas esconden, que nos llenan de asombro por su variedad.
Este paseo comienza, como es lógico, en las cuevas del Paleolítico, decoradas con dibujos cuyo significado aún no ha sido resuelto por la ciencia, y que a veces esconden imágenes pintadas en zonas de acceso casi imposible. Nos lleva también hasta cuevas relacionadas con el pensamiento religioso en todas las culturas del mundo, incluidas Lourdes o Fátima; pero igualmente a aquellos sitios que se erigen en portales de acceso a lo demoníaco, como el volcán Masaya, las cavernas que conducían al Xibalba de los mayas, la cueva del Diablo en Salamanca o la entrada del Averno que descubrió el arqueólogo norteamericano Robert Paget cerca de Nápoles en 1960.
Igualmente nos conducirá hasta Islandia, para contarnos con todo detalle la tenebrosa vida de Axlar-Björn, único asesino en serie en la historia de su país, cuya hacha (considerada maldita por los lugareños) anda oculta en una cueva, sin que nadie haya sido capaz de encontrarla desde el siglo XVI. O nos aproxima hasta lugares donde se celebraron ritos iniciáticos de estirpe masónica o incluso horrendos sacrificios humanos. O nos lleva hasta las cuevas sumergidas de Orda (Rusia) o los fascinantes agujeros azules que se localizan en los mares de China, entre otros lugares del mundo. O nos refiere leyendas sobre tesoros que, desde Granada a Las Hurdes, se encuentran escondidos en cuevas, según rezan las creencias populares.
Alejándose en todo momento de las exageraciones y de la afectación mistérica, Juan Gómez se preocupa de aducir siempre opiniones de expertos académicos, datos numéricos contrastados e interpretaciones lo más sensatas posibles, esquivando la tentación de lo fantástico. Eso convierte este volumen en una obra realmente memorable, que merece ser leída por su rigor y por sus sorprendentes informaciones.

jueves, 28 de junio de 2018

Desorganización




Durante mi etapa como estudiante universitario de Filología Hispánica recuerdo con especial angustia el nombre de Alonso Zamora Vicente, autor del sacrosanto volumen Dialectología española. que debíamos empollarnos de pe a pa, como si fuera el cuerpo de Cristo. Jamás he vuelto a acercarme a la obra, por el odio africano que desarrollé hacia la asignatura. Eso, desde luego, no me ha impedido leer después otras producciones del autor, como este libro de relatos, que se titula Desorganización (Espasa-Calpe, Madrid, 1975).
En él despuntan algunas ingeniosidades, como cuando habla de una persona que tiene “toda la dentadura a la intemperie” (p.78), o de aquella que tiene “una cenefa de melancolía en la voz” (p.88), o de esa chica que era “rubia momentánea” (p.153). Pero no hay un solo cuento (ni uno, de verdad; y no me mueve el desdén) donde el brillo fulja o el primor asalte a los lectores. No hay más que diálogos de pobres gentes, situaciones de lo más chato y muletillas por un tubo.
En resumen, un trabajo donde hay fragmentos geniales para ilustrar en un libro de lengua el “lenguaje coloquial”, pero poco más. Probaremos más adelante con otra obra suya.

lunes, 25 de junio de 2018

Cifra y aroma




Acabo Cifra y aroma, de Isabel Escudero, delgado volumen enmarcado por un auténtico batallón de comentaristas, prologuistas y epiloguistas, siendo un libro que, francamente, no precisa tantos valedores, pues se sostiene por sí mismo con solvencia manifiesta. Qué bonito, leve y profundo poemario. Tiene toda la fuerza de la oralidad, la fragancia de lo lírico y el espesor de un tratado de filosofía.
Me lo indicó mi amigo Pepe Colomer cuando me prestó el libro, y veo que tenía razón. Es alígero y profundo, serio y jocoso, grave y agudo, trascendente y lúdico. Me quedo, eso también es verdad, con las ganas de copiar un centenar largo de sus composiciones, pero me ceñiré a unas pocas, para que los lectores se sientan impulsados de acudir al tomo y devorar por ellos mismos las demás: “No hay quien lo entienda:/ tengo los pasos contados,/ y perdí la cuenta”. “¡Con qué gozo / hoza en la moza / el mozo!”. “Dice el alcalde / que puede la gente / hablar de balde”. “No le hace falta / al sol que te despiertes / por la mañana”. “Hablando de amor / o diciendo verdad,/ conviene exagerar”. “Caracol baboso,/ ¿a quién le vale / tu brillante pasado?”. “Contigo hasta la muerte,/ pero ni un paso más”. “Esa niña de las paletas,/ los labios muerden,/ los dientes besan”. “Mas el que avisa / dos veces es traidor:/ Piénsalo”. “¡Cómo se cobra Dios / los derechos de Autor!”. “Es propio del muerto / ser tan perfecto”.
Dense el placer de recorrer sus páginas y saldrán encantados.

sábado, 23 de junio de 2018

El caso Newton



Probablemente muchos de los lectores conozcan detalles acerca del Priorato de Sion gracias a la novela El código Da Vinci, de Dan Brown, o a la película del mismo título, protagonizada por Tom Hanks, Audrey Tautou y Jean Reno: la existencia de una asombrosa estirpe de descendientes de Jesús de Nazaret y María Magdalena, que desde hace siglos son protegidos por fuerzas poderosas y que preservan la sangre, la herencia, el ADN, de aquel a quien los católicos llaman el Hijo de Dios. Multitud de indicios iconográficos (entre ellos, el célebre cuadro “La última cena”, de Leonardo) son aportados como pruebas que corroboran esta sorprendente hipótesis.
En su reciente publicación El caso Newton (Erein, 2018), el durangués Anton Arriola retoma esta interesante línea narrativa y la funde con otros elementos no menos vistosos: de un lado, un manuscrito encriptado por el padre de la Ley de la Gravedad, que ha sido sustraído del Trinity College de Cambridge por un catedrático de la universidad de Deusto y que vuelve a ser sustraído en Bilbao por manos desconocidas; del otro, un ejemplar del Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam, que se suma a la lista de valiosos libros robados. ¿Quién se encuentra detrás de estas sustracciones y por qué las está perpetrando? Y, sobre todo, ¿por qué están produciéndose en el País Vasco una serie de actos vandálicos que se rubrican con la posterior publicación de frases de Erasmo, en latín, en la prensa local?
El antiguo sacerdote Ander Azurmendi, que ahora trabaja como profesor en las aulas de Deusto y que comparte su vida con la dulce Ane, se verá arrebatado por un espectacular torbellino de acontecimientos donde no faltarán atropellos nocturnos, agresiones sexuales, accidentes que luego resultan ser premeditados, fotografías borrosas, prelados inquietantes, matones sin escrúpulos, policías ambiguos, allanamientos de morada, perros eviscerados y otros ingredientes de alto voltaje argumental, que Arriola resuelve con buen pulso y sin dejar que el ritmo de la narración se le descarríe o enrede.
Además, las reflexiones que se vierten al final de la obra sobre la condición de nuestro mundo y nuestra época añaden un tinte filosófico que enriquece estas páginas. Un experimento novelesco (mezclar esoterismo, género negro y análisis del nihilismo que preside el arranque del siglo XXI) de muy notable factura.

viernes, 22 de junio de 2018

Dios está lejos




Una obra de teatro puede ser excelente por varios motivos: por la capacidad que tenga el autor para mover a sus criaturas en escena, haciendo que bailen una danza ágil, tensa o intensa; por las ideas que sea capaz de trasladarnos acerca de un determinado tema; por su revisión de sucesos históricos, a través de algunos entes ficcionales; por la lección simbólica que podamos extraer de los hechos que se representan ante nosotros… En ese ámbito, voces como las de Shakespeare, Strindberg, Buero Vallejo o Molière resultan paradigmáticas.
A ese elenco no conviene añadir a Marcial Suárez, al menos por lo que demuestra en su obra Dios está lejos, por más que le concedieran el premio Lope de Vega en 1979. Si tuviéramos que sintetizar su argumento en pocas líneas, diríamos que se nos muestra a Rosario, una mujer casada pero que ejerce la prostitución para sacar un dinero extra, se encuentra en un tren con Julio, que ha sido destinado como juez a la localidad. Cuando está con él en casa se entera de que su marido ha muerto tras caer de un andamio. Estaba acompañado por Daniel, hermano de Rosario… A partir de ese instante, todo son vueltas y revueltas alrededor de una serie de preguntas que nadie sabe resolver con seguridad: ¿mató Daniel a su cuñado por algún odio que surgió entre ellos? ¿Se suicidó el marido para librarse de la ignominia de saberse cornudo? ¿Cayó por accidente? ¿Actuó Daniel como asesino, tras haber pactado el crimen con su hermana?
Esa insistencia en los cauces de la niebla, de la vacilación, de la duda, que podría haber quedado maravillosa en las manos de un genio como Buero Vallejo, se convierte aquí en un pestiño insufrible que provoca bostezos.

miércoles, 20 de junio de 2018

De ratones y hombres




En ocasiones asumimos tareas que terminan por desbordarnos y volverse contra nosotros. Es lo que le ocurre a George, un vagabundo que se desplaza de rancho en rancho buscando trabajos eventuales con la única compañía estable de Lennie, un enorme retrasado mental que le fue encomendado por su tía Clara. En Weed ya tuvieron algún que otro problema, derivado de la manía que tiene Lennie de acariciar las cosas que le parecen suaves: lo intentó con el vestido de una niña y sus reacciones de pánico convencieron a todos de que estaba intentando abusar de ella. Posteriormente, Lennie se ha acostumbrado a llevar ratones, a los que acaricia hasta que los mata sin querer con sus grandes y fuertes manazas.
Ahora, en el rancho al que llegan, intentan que las cosas sean diferentes: George y Lennie trabajarán duro sin meterse en líos, ahorrarán hasta el último céntimo y se comprarán una granja con chimenea y con conejos, para que el ingenuo grandullón los vaya alimentando con alfalfa. Es un sueño pequeñito, tierno, razonable… y también utópico, sobre todo porque el carácter fanfarrón de Curley (el hijo del patrón) y la condición casquivana de su esposa no van a plantearles más que problemas.
La escena final, con George teniendo que encargarse por última vez de Lennie, es una de las más impresionantes que redactó John Steinbeck, premio Nobel de Literatura en 1962. A mí se me han manteniendo los brazos erizados por la pena y por la ansiedad durante varios minutos. Espectacular novela del californiano e inmejorable colofón para un relato donde la amistad, la compasión, la pobreza y la fatalidad caminan juntos.

lunes, 18 de junio de 2018

La Ciudad del Sol




Un libro utópico de Tomás Campanella, que se titula La ciudad del Sol, y que traduce Emilio G. Estébanez (Mondadori, Madrid, 1988). Se lee en una tarde, dada su brevedad, y contiene risibles y abundantes extravagancias sobre una presunta ciudad ideal. Quizá debería mostrarme más mesurado y circunspecto, habida cuenta del prestigio que en ocasiones otorga el paso de los siglos, pero es lo que hay: este proyecto de Campanella sólo es una tontuna más, en el largo ciclo de tontunas dirigistas que ha salpicado la historia de la cultura. Me chocan todos estos intentos “intelectuales” por dibujar una sociedad perfecta, pues todos incurren en el mecanicismo (todo-siempre-igual), en el feroz ordenancismo libremente asumido, en la falta de excepciones, de albures y de voliciones, etc. Una chapucilla de laboratorio, vaya.
Campanella nos habla de una ciudad sin propiedad privada, con niños que van descalzos para fortalecerse, que se dedican a aprender todas las artes y oficios, donde los médicos dicen qué se debe comer, donde hasta la edad mínima para el sexo o la ingestión de vino está regulada, donde la guerra es terapéutica, donde no hay catarros ni flato (y está muy mal visto escupir) y donde se incinera todos los cuerpos para evitar idolatrías. O sea, un texto que resulta imposible leer hoy en día sin una risa de conmiseración, probablemente justa.
Queda interesante cuando dice que “quien sabe una sola ciencia, no sabe bien ni ésa ni las otras” y resulta una metáfora ordinaria cuando afirma que “el mar es el sudor de la tierra”.
Altamente prescindible.

sábado, 16 de junio de 2018

No levantes la voz



Una mujer recibe mensajes de un hombre que afirma ser la persona que aparece desnuda en sus sueños. Un señor sufre unos terribles dolores estomacales que los médicos no aciertan a sanar y no le queda más opción que acudir a un curandero. Un divorciado lee y fuma tranquilamente mientras espera la llamada telefónica de una divorciada, dudando sobre la forma en que debe responder. Una nueva especie, utilizando un mecanismo extremadamente inteligente, se adueña del planeta y extermina de raíz a los seres humanos. Un ídolo musical, que se ha cuidado durante años para mantenerse en forma de cara a su público, nos lanza su particular queja.
El espectro de emociones, sensaciones y sucesos que quedan registrados en las páginas de No levantes la voz, de Juan José Lara Peñaranda, es tan variado que los lectores no corren peligro de verse abocados al aburrimiento. Y conviene apuntar que se trata de un logro muy meritorio, porque el autor maneja (y maneja bien) estrategias muy variadas para lograr sus propósitos: el humor, la sorpresa, la melancolía, la reflexión, lo onírico… Todas las armas están sobre la mesa y todas están afiladas, pero la destreza consiste en elegir la más adecuada en cada recinto narrativo. No es fácil, sobre todo porque la tentación de ajustarse a una pauta y repetir el molde acecha siempre; pero el autor cartagenero consigue en esta obra (su primer volumen de relatos publicados, no lo olvidemos) convertirse en un niño y en un bailarín, como pedía Nietzsche al hombre superior: alguien que juega y alguien que se mantiene en un continuo ejercicio de piruetas e innovaciones.
El resultado es un tomo en el que casi treinta pequeñas historias repletas de pactos satánicos, misteriosas habitaciones de hotel, psicópatas peculiares, accidentes aéreos, un hombre elefante, neandertales, sexo y flamboyanes nos esperan para entregarnos su deliciosa propuesta.

miércoles, 13 de junio de 2018

La ruta de don Quijote



Leí La ruta de don Quijote cuando apenas tenía veinte años y se me antojó un libro vacío y de prosa insufrible, una roñosa exaltación de la caspa. Ahora, treinta años más tarde, lo releo con el poso que da la madurez y sigo pensando lo mismo. A Azorín se le puede tolerar en pequeñas dosis (dos o tres páginas), pero intentar dedicarle más de media hora de lectura seguida a este volumen se erige en tarea de Hércules. El no decir nada y, lo que resulta peor, decirlo con un infinito aporte de adjetivos, vuelve empalagosamente inaguantable su prosa. “Ya el cronista se siente abrumado, anonadado, exasperado, enervado, desesperado, alucinado por la visión continua, intensa, monótona de los llanos de barbecho, de los llanos de eriazo, de los llanos cubiertos de un verde imperceptible, tenue”. Es el comienzo de un capítulo. “Las calles son anchas, espaciosas, desmesuradas; las casas son bajas, de un olor grisáceo, terroso, cárdeno; mientras escribo estas líneas, el cielo está anubarrado, plomizo; sopla, ruge, brama un vendaval furioso, helado; por las anchas vías desiertas vuelan impetuosas polvaredas; oigo que unas campanas tocan con toques desgarrados, plañideros, a lo lejos”, se lee en el arranque de otro. Y así durante cien páginas.
José Ortega y Gasset habló de los “primores de lo vulgar” que se advertían en su prosa, pero tampoco hubiera sido disparate afearle este estilo hablando de la “vulgaridad del primor”. Azorín arroja adjetivos como quien esturrea semillas. A voleo, a manotazos, a ver si alguno cuadra. ¿Constituye esto una obra excelente? Yo creo que no. En ningún sentido. Temáticamente, porque supone un elogio de la pobreza, de la pana, del polvo, de la precariedad (a la que quiere aureolarse, de forma incomprensible, de misticismo). Estilísticamente, porque es una prosa de bombardeo y ñoñería, basada en la hipertrofia de adjetivos, quizá el resultado más burdo, menos elegante y menos trabajado.
Puedo disculparle la petulancia de considerarse una especie de Elegido para dejar constancia de aquellos paisajes y aquellas personas (“Yo tengo que realizar una misión sobre la Tierra […] con estas cuartillas que he de llenar hasta el fin de mis días”, cap.I), pero no la impericia de utilizar medio kilo de azúcar para elaborar una magdalena.
O sea, que no, don José. Esta vez no.

lunes, 11 de junio de 2018

Fernando Savater: El arte de vivir




La figura de Fernando Savater siempre me ha llamado la atención, tanto por sus valientes actitudes cívicas como por la elegancia de su prosa, que he disfrutado en media docena de libros. Así que cuando cayó en mis manos este volumen de entrevistas con Juan Arias sospeché que podría interesarme. Y así ha sido. En sus páginas, Savater va respondiendo con inteligencia, con referencias cultas y con análisis lúcidos a las diversas cuestiones que el periodista va poniendo ante él. No estoy de acuerdo con todo lo que dice (faltaría más), pero me quito el sombrero ante una persona que no se arredra a la hora de defender con honestidad y con rigor sus ideas.
Así, y por ofrecer un esquemático florilegio de sus intervenciones, Savater explica que en su opinión “se está formando a gente que va a tener serios problemas para soportar su ocio” (p.25); que la educación tiene que permitir a los ciudadanos comprender que “el mundo interior tiene que ir acumulando su propia riqueza” (p.27); que probablemente el mito del más allá proviene en buena medida del mundo del sueño (“Si no soñásemos, a lo mejor no se nos hubiese ocurrido jamás. La idea de que al caer dormidos empieza otra vida en sueños nos hace pensar que cuando vemos a un muerto, que parece de algún modo un hombre dormido, está también soñando algo”, p.78); que la repugnancia por la violencia física no está reñida con la estima por los cuerpos policiales (“A mí no me gustan las armas pero precisamente por eso agradezco que el Estado tenga un cuerpo de policía para que yo no tenga que llevar pistola”, p.95); que la cultura constituye una coraza contra la muerte (“El hombre ha montado una negación de la muerte porque sabe que va a morir. Insisto, los animales no tienen cultura porque no saben que van a morir y no la necesitan. La cultura es nuestra prótesis de inmortalidad”, p.121); o que la soledad puede ser un oasis de dicha (“Una persona que se encierra en su casa rodeada de libros escritos por otros o escuchando música, pensando cosas en diálogo con otros no está sola. Está sola de la vecina que no viene a darle la lata, pero está en compañía”, p.146).
Y no me resisto a copiar dos de las citas que Savater utiliza en sus respuestas. Ambas son de Schopenhauer: “El dilema humano es que hay que elegir entre la soledad y la ordinariez” / “La capacidad mental de una persona es inversamente proporcional a la capacidad de ruido que soporta”.
Feliz de haber leído este libro.

sábado, 9 de junio de 2018

Corazones negros




Tiene magia. Es así de simple y así de hermosamente indefinible. Noelia Lorenzo Pino (Irún, 1978) tiene magia para construir historias, para esculpir personajes, para narrar. Ese tipo de don es tan impactante como arbitrario. O se tiene o no se tiene. Y la irundarra lo tiene, ya lo creo que sí. Lo que parecía bastante evidente en sus primeras novelas se ha convertido en certeza absoluta en Corazones negros, editada por el sello Erein.
Primero, porque ha sido capaz de concebir durante años unos personajes sólidos, creíbles, densos, memorables: Juncal Baraibar, Eider Chassereau, John Ander Macua, Koldo Mayo, Peio, Eneko, el subcomisario Padura... Segundo, porque ha sabido construir con ellos unas historias tan magnéticas como convincentes, donde realidad y fantasía se entrecruzan de un modo eficaz para mantener hechizados a quienes se sumergen en ellas. Y tercero, porque ha logrado la proeza más difícil: que de cada novela a la siguiente los lectores no pierdan el contacto con sus personajes, no se aparten mentalmente de ellos, no los abalancen al olvido.
En La sirena roja nos acercaba hasta la comisaría de la Ertzaintza en Oiartzun con un caso sorprendente: un misterioso asesino que estaba acabando con la vida de personas tatuadas, para después cortarles la zona de piel donde tenían grabado el dibujo. Y en La chica olvidada nos situaba ante un teórico asesino múltiple, que había actuado de forma brutal en 1999 y que volvía a hacerlo en 2013. En ambos volúmenes nos sedujo con los protagonistas que arriba quedan apuntados y los fue perfilando como criaturas novelescas de primera magnitud. Pero ahora, en las páginas de Corazones negros, Noelia Lorenzo Pino se atreve a ir más allá y nos instala en mundos cenagosos, perturbadores, inquietantes hasta la náusea: la trata de blancas, la esclavitud sexual, el tráfico de drogas, las traiciones entre compañeros. Bastará añadir que uno de los protagonistas claves de este ciclo de novelas encuentra la muerte y que otro de ellos es el culpable directo de la misma. ¿Se le puede añadir más tensión y más morbo a un resumen?
Si Friedrich Dürrenmatt escribió sobre el retorno de una vieja dama, nosotros celebramos hoy la alegría de que la joven dama de la novela negra más reciente vuelva a nuestro lado. Y más aún cuando cierto asunto relacionado con unos huesos nos permite sospechar que la siguiente entrega ya bulle en la mente de la autora. Noelia Lorenzo Pino ha venido al género negro para quedarse. Y qué alegría que así sea.

jueves, 7 de junio de 2018

La isla de las ratas



Un jurado presidido por José Jorquera, y que contaba con miembros como Salvador Jiménez o Juan Bravo, concedió en octubre de 1983 el premio Ateneo de Albacete a la novela La isla de las ratas, que fue publicada al año siguiente en la Editora Regional de Murcia, con portada de Mariano Ballester y varios dibujos de Manuel Frutos Llamazares; y ahora, felizmente, el texto vuelve a estar en las manos de los lectores gracias al editor Diego Marín.
Santiago Delgado, utilizando la primera persona narrativa, nos entrega aquí una historia ágil, excelentemente ambientada, donde según propia confesión incluyó elementos autobiográficos, y donde retorna a los paisajes y vivencias de la infancia, sabedor de que “quien olvida lo pasado se olvida a sí mismo”, como se lee en Tirante el Blanco; o tal vez dándole la razón a Alemán Sainz, quien en su día nos dejó explicado que “hay cosas que parecen olvidadas cuando estamos lejos del lugar donde ocurrieron, pero al regresar a él nos damos cuenta de que podemos recordarlas hasta con los menores detalles” (Regreso al futuro). Santiago se asoma al brocal de un pozo (un pozo que es su propio ayer) y mira dentro: recuerda anécdotas, aventuras, rostros, formas de hablar, pequeñas vergüenzas, complejos, rebeldías, soles de mayo, descubrimientos y felicidades. Y elabora con ese arduo caudal anímico una novela deliciosa donde el humor y la tragedia se trenzan y se contagian.
Cuando el lector termina de recorrer la historia se da cuenta de que ha tenido ante los ojos un relato donde la ternura y la crueldad caminan al unísono; donde las mieles se combinan con los acíbares; y donde se demuestra por la vía narrativa que no siempre es cierto aquello que escribió una vez Juan Manuel de Prada acerca de que “los adultos se dedican a negar y traicionar al niño que fueron” (Animales de compañía). Hay adultos que, como Santiago Delgado, desmienten con fervor ese dictamen y tratan de mantener firmes en la memoria los territorios de la infancia. Lo hacen, desde luego, para entenderse mejor a sí mismos (sólo se entiende quien se recuerda), pero también para reflejar una época, unas costumbres, un lenguaje, un modo de estar en el mundo, que otros coetáneos suyos compartirían sin apenas vacilaciones.
Quien alcanza a condensar, en una novela de apenas cien páginas, el sentir de toda una generación de murcianos no ha escrito tan sólo una obra literaria: ha ingresado en la eternidad de los constructores de metáforas.

martes, 5 de junio de 2018

Perros en el camino




No sé el tiempo que he estado leyendo esta novela de Pedro Ugarte. Semanas. En todo caso, mucho más de lo habitual en mí, que soy lector de avance rotundo. Pero en las páginas de Perros en el camino he preferido caminar con lentitud, saboreando cada capítulo, cada párrafo, cada frase. Y ahora, enfrentándome a la pantalla del ordenador y con los dedos acariciando el teclado, siento que no puedo hacer una reseña como la que sería esperable de un profesor de literatura (oh) y de un crítico que lleva veinticinco años elaborándolas en prensa (oh, de nuevo). No puedo. No me va a salir. Así que desisto antes de adentrarme en ese manglar aséptico y elijo una ruta más pasional: decir, con tanta rotundidad como sencillez, que la novela es magnífica. Y es magnífica por lo que tienen que ser magníficos los libros: por el modo en que están escritos, no por la filigrana de sus argumentos, la arrogancia airosa de su construcción o el final explosivo que las corona.
Perros en el camino me ha mostrado a un prosista superlativo, indesmayable, áureo, que atiende a la sintaxis y a la semántica con igual vigor, esforzándose por localizar los sustantivos más elegantes, los adjetivos más oportunos, el ritmo más envolvente. Y lo consigue cervantinamente: esto es, como si se tratase de una emanación natural de su espíritu, en lugar de fruto de un trabajo tenaz y lleno de esfuerzo. A Pedro Ugarte, maravilla absoluta, no se le ve sudar; y esa virtud es privilegio que pocos narradores alcanzan. Pongo un ejemplo (uno entre docenas posibles) de la página 374: “La tarde experimentó un modo particularmente gentil de anochecer”. A mí me resulta imposible transitar por encima de esa frase sin detenerme a admirar su belleza y su precisión: su verbo, su adverbio, su adjetivo. Por eso he querido pasear, más que correr, por el laberinto narrativo de esta obra.
¿Es una novela sobre la amistad y las traiciones? Sin duda. ¿Es un trabajo donde se reflexiona sobre el mundillo literario actual, tan mercantilizado y lleno de estrategias comerciales? También, claro que sí. ¿Constituye una profundización sobre la culpa, el remordimiento y las cuentas pendientes? Evidentemente. ¿Es un largo poema de amor, que se prolonga en el tiempo y que se aquilata con el paso de los años? Por supuesto… Perros en el camino es mil cosas, pero sobre todo una: un espléndido monumento narrativo, que aconsejo con la mayor y más sincera de las vivezas. Emociona, convence, embriaga, seduce, inunda. Una novela, sin adornos sea dicho, inolvidable.

domingo, 3 de junio de 2018

El dueño del secreto




No concibo mejor reclamo para los lectores que reproducir la frase con la que el escritor de Úbeda comienza esta espléndida novela: “En 1974, en Madrid, durante un par de semanas del mes de mayo, formé parte de una conspiración encaminada a derribar el régimen franquista”. ¿Cómo no sentirse seducido con un arranque tan prometedor? El narrador de la obra es un estudiante no muy desenvuelto, al que el abogado Ataúlfo Ramiro contrata ocasionalmente como mecanógrafo para que lo ayude en sus pleitos. Su interés por la política es más bien relativo (carece del feroz extremismo de su amigo Ramón, junto al que vive en una pensión de medio pelo), pero cuando le llega la noticia de que han ejecutado ignominiosamente “al anarquista catalán Salvador Puig y a un confuso delincuente húngaro o polaco que se llamaba Heinz Chez” termina de perfilarse su animadversión hacia la anacrónica dictadura que estaba padeciendo España.
Un día, de forma más bien inesperada, recibe la invitación para unirse al complot que, con la estrecha colaboración de fuerzas económicas y militares, pondrá fin al poder de Francisco Franco, al que define como “el enano mineral, el galápago eterno”. Durante los días que faltan para el pronunciamiento que restituya la normalidad e instaure la Tercera República, el protagonista tendrá que morderse los labios y no compartir la información de la que dispone con nadie. Ni siquiera con su compañero de vivienda. Ni siquiera con su novia, que aguarda en el pueblo la terminación exitosa de sus estudios en la capital. Pero los secretos (todos somos conscientes) no resultan fáciles de mantener, y menos cuando tienen el calibre del que él cobija dentro de su corazón.
Nada se antoja necesario añadir para quienes conozcan el talento y el talante de Antonio Muñoz Molina porque, con una engañosa facilidad y con una solidez constructiva fuera de toda duda, alcanza en esta novela un nivel de perfección casi gracianesco: pocas páginas le bastan para sumergirnos en una historia magnética, tan imaginativa como sencilla, en la que la insinuación obra con más eficacia que los alardes documentales. Tiene, además, un final melancólico de primer orden, que pone el corazón en un puño. Ternura, nostalgia, civismo y honestidad, servidos en la mejor bandeja literaria posible. Imposible pedir más.

viernes, 1 de junio de 2018

Versos envenenados



Leamos unas palabras que aparecen en la página 101 de esta novela: “Me llamo Isco Vivas, tengo veinticinco años, vivo en La Alcayna, Molina de Segura, Murcia, y soy Policía Nacional”. Es uno de los protagonistas principales de estos Versos envenenados que merecieron ser finalistas en el VII Premio Wilkie Collins de novela negra y que ahora publica el editor Miguel Ángel de Rus. Pero no se trata del único actor en esta interesante obra: también tenemos a Carmen, que trabaja como telefonista para una gran compañía y que mantiene una relación con Carlos, que se terminará por convertir en subdirector gracias a su astucia, carácter frío y despiadado… y el consumo de cocaína, que le permite un brutal ritmo de trabajo; y tenemos a Marta, compañera de Carmen y vinculada emocionalmente a Isco Vivas; y tenemos a Juan Valdeolivas, vigilante en la empresa, enfermo de esclerosis múltiple y protosuicida.
Todos ellos conforman una tela de araña en la que no tardarán en ir produciéndose misteriosas muertes: alguien que cae fulminado a la salida de su despacho, mientras una mujer lo observa impertérrita (y lasciva); otra persona que ingiere un veneno en el momento menos esperable, cuando la felicidad ha llegado a colorear una parte de su vida… El único nexo que parece vincular todas las muertes es que las víctimas tienen en sus bolsillos unos versos de Luis Alberto de Cuenca. El policía Isco Vivas, sabiendo que Carmen es lectora entusiasta del poeta madrileño, comienza a estrechar su cerco sobre ella. Pero no todo parece cerrado cuando ordena su detención.

La narración que nos propone Francisco Javier Illán es, sí, una novela negra; aunque también contiene muchas más cosas: versos de José Zorrilla, Pablo Neruda o Gabriela Mistral; estrofas musicales de Los Panchos o King Crimson; reflexiones sobre el mundo de la cultura y sobre psicología… Esa amalgama enriquece el texto y lo mantiene a salvo de cualquier etiqueta genérica que le queramos adjudicar, porque las asume y a la vez las niega, gracias a la creatividad lúdica de su compositor. En suma, un trabajo libre, innovador y pulposo, donde el novelista murciano abre veredas sorprendentes para los lectores, quienes sin duda quedarán sorprendidos con sus experimentaciones.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Poesía




Como no me gusta alejarme de ningún género durante demasiado tiempo (creo en la higiene cultural que supone abrirse a formatos cambiantes), termino el mes de mayo leyendo la Poesía de François Villon, que traduce y anota Juan Victorio (Altaya, Barcelona, 1996).
En general, me ha parecido una obra demasiado aherrojada por sus coyunturalismos (nombres propios, alusión a burdeles, etc), que hacen que su lectura actual pueda llegar a ser bostezante. Y en cuanto a los contenidos “ideológicos”, no salen demasiado de los tópicos conocidos del carpe diem, del ubi sunt y por ahí. Es decir, que pocas maravillas he podido degustar.
Me ha hecho sonreír con algunas comparaciones (“piensa menos que un armario”, “vale menos que el asa de un cubo”, etc); pero, en general, no me deja una huella imborrable.
“Aquel que se crea que los que murieron eran semidioses tiene mucho mérito”. “Sea en público o bien en privado, o en cualquier lugar, no se debe hablar de gentes capaces de vengarse de uno”. “Es triste vivir en los sueños que atan a los jóvenes a su juventud”. “Aquel que cree dañarme me ayuda eficazmente”. “Inimicum putes qui te presentem laudabit (Debes considerar como enemigo a quien te alaba en tu presencia)” (esta última sentencia dice haberla extraído del Seudo Catón).

lunes, 28 de mayo de 2018

Contra Unamuno y los demás




Acabo Contra Unamuno y los demás, un delicado libro de artículos y ensayos del valenciano Joan Fuster (Península, Barcelona, 1975), que me ha parecido muy interesante. Algunos de los textos, lo diré con franqueza, no me transmiten nada, porque no he leído a sus protagonistas (el filósofo Jaime Balmes, el historiador Claudio Sánchez Albornoz); pero no hay ninguno, eso también hay que admitirlo con franqueza, “mal escrito”, de ahí que la obra se lea con agrado.
Creo descubrir, además, a una persona inteligente y a un buen polemista en las líneas de Fuster, un hombre con una cultura solemne (aunque no “solemnizada”) y con fino humor. Me ha gustado, y no creo que me desagradase descubrir otro libro suyo.
“Nunca he pretendido tener razón, ni en estos asuntos ni en ningún otro: esta gloriosa imbecilidad la dejo a quienes se dedican profesionalmente a estar en posesión de la verdad”. “Proust (...) es una lata”. “La admiración no está reñida con la discrepancia, y a mí, por lo menos, me ocurre que admiro con más objetividad a aquellos de quienes discrepo”.

sábado, 26 de mayo de 2018

El orden de la vida




Onofre no es un hombre resuelto, ni atractivo, ni bien dotado para las relaciones sociales. Así que cuando abandonó Los Olmos y se fue hacia el sur, en dirección a Las Arenas, su equipaje emocional era tan precario como modestas sus esperanzas: encontrar un trabajo que le permitiese volver a su lugar de origen con algo de dinero y una cierta aureola de triunfo y, si fuera posible, encontrar también a una mujer con la que compartir su existencia. Un día, en el almacén donde trabajaba, alzó la vista y pudo ver a Irene, una chica de pasado tumultuoso por la que de inmediato se sintió atraído. Onofre, que a su timidez le añade un notorio exceso de kilos y un carácter pusilánime, imaginó que alguien como Irene jamás le prestaría atención. Para su sorpresa la muchacha le autorizó una cierta proximidad amistosa, que él maquilló con los afeites de la esperanza.
La relación, sí, se consolidó en forma de matrimonio. Onofre, sí, creyó que el arco iris comenzaba a brillar a su alrededor. Y la felicidad, sí, pareció durante un tiempo posible. Pero los paraísos no admiten en su seno más que a unos pocos afortunados, y el muchacho irá enfangándose en el barro de muchos errores y de muchas tristezas: primero, cuando acepta llevar en su furgoneta unos transportes irregulares, que lo colocan al margen de la ley (todo el dinero se le antoja poco para construir su sueño, que ahora contiene a Irene); segundo, cuando comprueba que la chica lo desdeña carnalmente (“El sexo no lo es todo, créeme. En ocasiones destruye a las parejas y emponzoña la amistad”); tercero, cuando comprende que haber tenido una hija no es suficiente anclaje para su mujer, quien, pasados unos años, opta por buscar fuera del hogar la pasión que en él no obtiene. Sometido a la injuria de la lástima y golpeado por la inmisericordia del desdén, además de asustado con las dimensiones que alcanza su compromiso con los narcotraficantes de la zona, Onofre toma una decisión durísima, que termina afectando a todas las personas de su entorno.
Pascual García nos traslada en estas páginas no sólo un argumento novelístico maravillosamente trenzado (con saltos hacia atrás y hacia adelante, con hilos de diferentes grosores y colores que se van combinando para formar el dibujo de la obra) sino también y sobre todo un sobrecogedor viaje por la mente de unos seres a quienes el Destino o el Azar ha arrojado a existencias infelices, bien porque no consiguen sentirse amados (Onofre), bien porque no consiguen amar (Irene), bien porque se quedan sin posibilidad de amar (Antonia). En ese viaje, la pluma de Pascual García se nos antoja a veces un microscopio y a veces un bisturí, pero siempre advertimos en ella una indesmayable brillantez, que aletea en todos sus libros y que en éste alcanza niveles de clásico.

viernes, 25 de mayo de 2018

Arte



En cuestión de una horita, me zampo la obra teatral de la francesa Yasmina Reza titulada Arte, en la versión de Josep María Flotats (Anagrama, Barcelona, 1999). Trata de tres amigos entre los que comienzan a surgir fricciones (y a destaparse trapos sucios) como consecuencia de que uno de ellos se ha gastado cinco millones de pesetas en un cuadro vanguardista del presuntamente genial Atrios: un cuadro blanco, con rayas blancas encima. En el trasfondo de las discusiones advertimos que el cuadro es una mera excusa para “ponerse en limpio” como amigos (de ahí el nítido color blanco de la tela, altamente simbólico); y que bajo las personalidades de los tres burbujean un sinfín de conflictos, de traumas, de tics.
Bien, vale. Todo eso lo entiendo, y soy capaz de justificarlo como “crítico”, como “lector curtido”, como “lector culto”. Lo que ya no me queda tan claro es si el trasfondo exegético que yo (y otros más preparados que yo) ayunten al texto dota a éste de calidad literaria. El enorme conflicto que a mí me producen las obras “sugeridoras” es que hacen depender la “calidad de la obra” de la presunta capacidad del lector. Y ese es un peligroso derrotero, porque un tontucio podría entonces estar legitimado para decir que el Quijote (pongo por caso) es obra esquemática —pues él no ha sabido entrar en sus abisales niveles de complejidad—. Quiero pensar que una obra debe tener unos niveles “objetivos” (?) de “literariedad” (perdón por el palabro), y que no puede sustentarse en la arbitraria y voluble actitud del lector.
Esta pieza teatral, en concreto, a mí me ha parecido floja desde el punto de vista estilístico, pero genial desde el punto de vista de lo que yo podría extraer analítica, ideológica y reflexivamente sobre ella. ¿Se trata entonces de un buen libro? No lo sé. Y no tener claro algo que tan claro debería resultarme me produce inquietud y desasosiego.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Diario de Adán y Eva




Por primera vez en mi vida, me leo una obra completa de Mark Twain (creo que leí alguna siendo niño, pero no podría jurarlo, ni dejar constancia de que la acabase. El recuerdo es vago). Su título es Diario de Adán y Eva, y lo traduce Cristina García Ohlrich (Trama Editorial, Madrid, 1986). Me ha parecido un tomo agradable y simpático, aunque un poco simploncete en su moraleja final, que me parece que estropea la obra. Adán se queja desde el comienzo de que Eva “siempre está hablando”, y de que se empeña en bautizar sin su consentimiento las cosas del Edén. Buena humorada la que Twain introduce cuando dice que “la serpiente le aseguró (a Eva) que la fruta prohibida no era la manzana, sino las castañas”. Simpático el gesto de Adán quien, convencido de que su recién nacido hijo Caín es un pez, lo lanza al agua para ver si nada; y luego, ignorando su filiación humana, decide bautizarlo como “Canguro adamiensis”, y llega a creer que es un nuevo tipo de oso. También nos indica Twain que Eva es zurda. Y muchas más cosas, todas ellas divertidas.
Vale, vale. Está bien que Mark Twain juegue a desacralizar, y también me parece atinado que haga del humor un recurso narrativo de primer orden. Pero lo que no logro entender es por qué se pone tan blandengue en las páginas últimas, cuando la “tensión novelesca” no pide eso. Una sátira amable de los pecados del Edén no se puede cerrar con un cántico solemne en pro de la pareja (me parece). Por lo demás, sonrisas a pleno rostro.

lunes, 21 de mayo de 2018

Una pena en observación




Me detengo hoy en la obra Una pena en observación, de C.S. Lewis, traducida por Carmen Martín Gaite (Anagrama, Barcelona, 1997). Son las anotaciones que este escritor realizó tras la muerte de su esposa, víctima de un cáncer. Son meditaciones donde se nos obliga a pensar sobre el sentido de la vida, la fuerza o las resquebrajaduras de la fe, el poder del recuerdo y el vacío que nos queda cuando perdemos a una persona fundamental en nuestra existencia. Un libro bello y terrible, en el que he encontrado una consideración interesante: Dios no nos envía pruebas para medir las dimensiones de nuestra fe (que él conoce de antemano), sino para que nosotros seamos conscientes de ellas.
“Hay una especie de manta invisible entre el mundo y yo” (p.9). “Me pregunto si los afligidos no tendrían que ser confinados, como los leprosos, a reductos especiales” (p.19). “Es muy fácil decir que confías en la solidez y fuerza de una cuerda cuando la estás usando simplemente para atar una caja. Pero imagínate que te ves obligado a agarrarte a esa cuerda suspendido sobre un precipicio” (p.36). “Si los muertos no están en el tiempo, o por lo menos en nuestra clase de tiempo, ¿hay alguna diferencia notoria, cuando hablamos de ellos, entre era, es y será?” (p.37). “El tiempo en sí mismo no es ya más que otro nombre de la muerte” (p.39). “Creía que podría describir una comarca, elaborar un mapa de la tristeza” (p.83). “Los muertos puede que sean eso: puro intelecto” (pp.100-101).

sábado, 19 de mayo de 2018

Cómo me convertí en un estúpido




Leo la simpática novela Cómo me convertí en un estúpido, de Martin Page, traducida por Javier Albiñana (Tusquets, Barcelona, 2002). Tiene desparpajo, desenvoltura y talento narrador, pese a que de vez en cuando da la sensación de estar “demasiado de vuelta” para ser tan joven. Un poco pasado de rosca, pero bien. Me he sonreído no pocas veces con su originalidad y con su peculiar sentido del humor. Tampoco creo que se puedan extraer más conclusiones o enseñanzas de un volumen concebido, tan sólo, para entretener.
“Las palabras de nuestra mente gustan de aliviarnos y reconfortarnos al tiempo que nos engañan”. “La inteligencia es un mal por partida doble: hace sufrir y a nadie se le ocurre considerarla una enfermedad”. “No existe una cura de desintoxicación para la inteligencia”. “Como nunca había tenido de verdad la impresión de vivir, no temía la muerte”. “(Un escritor fallecido) Dejando una obra que influiría en generaciones de termitas”. “El intelectual es como un pianista que, por el hecho de utilizar con virtuosismo sus manos, creyera poseer aptitudes para ser, al mismo tiempo, jugador de póquer, boxeador, neurocirujano y pintor”. “No existe mayor suplicio que ser un ángel en el infierno, cuando un demonio se siente en su casa dondequiera que esté”.