domingo, 30 de diciembre de 2018

Entre bahías




Lorena, sobreponiéndose al amor absorbente y algo egoísta de su madre, decide abandonar su Cartagena natal y emprender una nueva vida como profesora en los Estados Unidos, donde se va a incorporar a la joven plantilla de un colegio de San Francisco. El salto no puede ser más abrupto (de Cartagena a California), pero ella dispone de un coraje y una determinación muy notables, que le permitirán sobrevivir airosamente en su lejano destino. Allí se encontrará a la pizpireta Debbie, compañera de trabajo, y a la estricta Hillary, directora del centro, cuyos corazones se ganará de inmediato con su simpatía, su profesionalidad y su carácter abierto. Pero lo que se presumía como una simple aventura laboral va a teñirse con otros colores cuando aparezca en su vida el prestigioso cirujano Michael Loogan, quien está a punto de casarse con la adinerada (y bastante casquivana) Bárbara Scott. 
Con una sabiduría narrativa muy bien templada, Lola Gutiérrez va consiguiendo que las dos líneas vitales se crucen, se entrelacen, se rocen y finalmente se enreden de un modo arrebatadoramente seductor, que sería inoportuno resumir (ni el editor ni la autora me lo perdonarían), hasta lograr que tejan una historia inolvidable.
Entre bahías es un texto que enamorará a los lectores más románticos y que, sin dudarlo, convencerá también a los lectores más exigentes, porque juega de forma muy habilidosa con los resortes narrativos que tan sabiamente maneja nuestra escritora: el tempo de la acción, la psicología de los personajes, la graduación de las emociones, la estratégica colocación de giros argumentales… Lola Gutiérrez, una vez más, consigue una novela espléndida, que MurciaLibro recupera con inteligencia y sensibilidad para su catálogo.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Lecturas pendientes



Encontrarse con un libro que esté muy bien escrito no es demasiado complejo. Tampoco lo es descubrir una obra que sea inteligente y profunda. Pero detectar un tomo donde se conjunten armoniosamente ambas virtudes ya no es tarea tan sencilla. Hoy traigo a esta página una propuesta de Pedro Ugarte que, en mi opinión, pertenece a esa categoría de volúmenes exquisitos en fondo y forma: Lecturas pendientes, la obra con la que el autor bilbaíno consiguió ser finalista en el premio internacional de ensayo Jovellanos del año 2017 y que ahora publica con elegancia Ediciones Nobel.
En ella nos encontramos con elogios inequívocos (define a Franz Kafka como “el mejor escritor de todos los tiempos”), con observaciones menos entusiastas (de Jon Juaristi lamenta su evolución “del timbre doliente y majestuoso al ripio lamentable”), con reflexiones sobre la modestia de los escritores (“nada más artificioso, ni menos natural”) o con ironías sobre los vínculos de algunos de ellos con las redes sociales (“no hablan más que de sus libros, de la buena marcha de sus libros, escritores que no tienen opiniones sobre absolutamente nada y cuya única tarea es vender libros, libros y más libros”).
Pero en este volumen no sólo hay, pese a lo que pueda deducirse del título, notas sobre literatura, sino también confesionales personales (el autor se declara liberal y católico, con tanta naturalidad como nitidez), juicios sobre el capitalismo (“la máquina más asombrosa de provisión de bienes y servicios que ha creado la humanidad”), humoradas más serias de lo que parece (“Muchas cosas cambian cuando envejeces: por ejemplo, el modo de no mirarme que tenían antes las mujeres es totalmente distinto al modo de no mirarme que tienen ahora”), análisis políticos (“Para saber la verdadera opinión que cualquier persona tiene sobre el pueblo no hay que preguntarle nada: espera a que su partido pierda unas elecciones y siéntate a escuchar”) o análisis lúcidos sobre el mundo que nos rodea (“Hoy la masiva información se disfraza de cultura, la mala educación se disfraza de sinceridad”).
En suma, un volumen inteligente, polémico, sagaz y lleno de esa sabiduría que los años y los libros, uniéndose, depositan en el alma de algunas personas.

jueves, 27 de diciembre de 2018

El poder y la gloria




Otra relectura que me ha gustado: El poder y la gloria, de Graham Greene, que traduce Guillermo Villalonga (Plaza & Janés, Barcelona, 1985), que me traslada la bronca y ríspida historia de un cura imperfecto, tan “fieramente humano”, que se envilece y envilece a los otros en una persecución sudorosa, mosquitada y febril. He de confesar que, durante muchas páginas, no he sabido si compadecer u odiar a este religioso, pero la balanza se inclinó del lado más negativo cuando, tras salvar el pellejo y llegar a un pueblo donde lo acogen y le piden confesiones y bautismos, él pone precio (un alto precio) a todos sus “servicios”. Otro momento digno de recordación acontece cuando pelea con una perra por un hueso. En general, un relato muy noble, muy tenso y complicado desde el punto de vista psicológico (y pienso no sólo en el cura, sino también en Mr. Tench o en el teniente).
Subrayo en el tomo varias frases, que copio aquí: “Las mujeres son asombrosamente prácticas construyendo en el acto planes nuevos sobre las ruinas de los viejos”. “Es condición general de la vida inclinarse a la sospecha”. “Un poeta es el alma de un país”. “Le preocupó siempre el destino de las mujeres devotas: tanto como el de los políticos. Se alimentan de ilusiones”.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Las lanzas coloradas




Muy hermosa me ha parecido, otra vez (la leí hace unos veinte años), Las lanzas coloradas, de Arturo Uslar Pietri, que recorro ahora en la espléndida edición de Domingo Miliani (Cátedra, 2000). Sigue siendo una novela que consigue captar mi atención desde sus primeras páginas con la delicadeza y creatividad de sus imágenes.
Si tuviera que elegir algo dentro de ella, excluyendo lo demás (absurda blasfemia en la que resultaría triste incurrir), me decantaría por el retrato psicológico de Presentación Campos, por el crudísimo y magistral capítulo 12 y por ese final agónico, pendular, intenso y lleno de adrenalina que Uslar Pietri le regala a su protagonista.
Y, por supuesto, siempre flotando la pregunta inevitable: ¿qué fue de doña Inés, tras seguir la bifurcación equivocada del camino? (Magnífico argumento para un cuento breve). A veces me lo he dicho a mí mismo, pero debo cumplirlo: he de leer más novelas de este escritor venezolano, capaz de escribir frases como ésta: “Ya nadie es un hombre; cada cual es tan sólo una cosa fatal que sabe destruir”.

lunes, 24 de diciembre de 2018

Prosas (en verso)




Me regaló este libro, allá por el verano de 2002, mi amigo Pepe Colomer, y lo leí con agrado. Ahora, dieciséis años después, lo releo; y anoto algunos detalles sobre el volumen, que me permitirán constatar (si vuelvo a sus páginas en una tercera ocasión) cómo se mantiene o cómo varía mi opinión sobre la obra con el paso del tiempo.
Diré en primer lugar que hay poemas que, por su radical personalismo, no he llegado a entenderlos del todo (coloqué un signo de interrogación en el margen en la primera lectura, y continúo sin saber desentrañarlos). Pero creo que el resto atesoran las más aquilatadas virtudes líricas de su autor: fino humor sardónico, dulzuras culturalistas, logrados sonetos, descreencia del nacionalismo más chato y montaraz, etc. Me ha impactado sobremanera la crispada emotividad de su “Veinticinco pluvioso” (dedicado al crimen que acabó con la vida de Tomás y Valiente) y me ha galvanizado el erotismo elegante del poema “De profundis”. Por atreverse, Juaristi se atreve hasta con los poemas en versos acrósticos, como en “Shermot”; o en acrósticos juguetones, como en “El festón de Baltasar”.
Muy buen libro de este poeta vasco, látigo de nacionalistas tontucios, que no tiene problemas en referirse al “tren blindado de la medianía” y que sostiene con una indesmayable firmeza que “todo saber se ha de abrir paso siempre hacia arriba”.

sábado, 22 de diciembre de 2018

El caballero del león




Un gran salto hacia atrás en el tiempo, para leer la novelita El caballero del león, de Chrétien de Troyes, que vierte al castellano la traductora Isabel de Riquer (Alianza Editorial, Madrid, 1995). La pieza tiene todo el encanto de los relatos de aventuras, con un héroe legendario llamado Yvain que, bien respaldado por un león agradecido (reminiscencias de Androcles), atraviesa las provincias del reino cosechando triunfos, matando gigantes, penetrando en castillos tenebrosos, haciéndose invisible con un anillo mágico, casándose con Laudine, volviéndose loco, luchando contra su mejor amigo y, al fin, logrando la reconciliación con su esposa e ingresando en la muelle estabilidad conyugal.
Como resulta obvio, nos encontramos ante un cúmulo muy bien surtido de entretenimientos, que consiguen que el lector quede prendado a sus páginas y no desee sino más y más aventuras, a cada paso que avanza. Muy agradable de leer, incluso después de tantos siglos.
Es ingenioso que defina el amor diciendo que es un golpe “más duradero que el golpe de la lanza o de la espada porque el de la espada cura y sana rápidamente cuando el médico lo cuida pero la herida del Amor empeora cuando más cerca está de su médico”, y también es perspicaz que asegure que “reposando nadie se hace famoso” o que “las palabras que no escucha el corazón se olvidan”.
Una buena obra, sin duda.

viernes, 21 de diciembre de 2018

Lampedusa




Hablaré hoy de la obra Lampedusa, de Maylis de Kerangal, que traduce Javier Albiñana para el sello Anagrama y que queda definida en la parte posterior del volumen como “novela”, para después recibir también las variopintas etiquetas de “intrincada constelación de formas”, “canto”, “pirueta literaria” o “canción hipnótica”. Y uno, que comienza a ser perro viejo en la afición al mundo de los libros, tiende a pensar con cierto fundamento que cuando se alinean muchas (y estrafalarias) nomenclaturas para designar una narración conviene acercarse a ella con ciertas sospechas preventivas.
En literatura todo resulta más o menos admisible, con tal de que quede escrito con elegancia, con profundidad y con belleza. Novelas teatrales, poesía en prosa, teatro narrativo y otra docena de formulaciones similares son tan legítimas como fértiles, siempre que no constituyan en realidad una mentira enarbolada con fines comerciales. Porque eso, me temo, es lo que sucede con estas páginas, que no son una novela, ni siquiera considerándolas con el más flexible y generoso de los criterios. Entiendo que dicha denominación activa unos resortes de ventas que no se pondrían en marcha si se dijese que éste es un texto (porque lo es) lleno de lirismo filosófico, de reflexión o de ambigüedades lectoras. Pero también entiendo que a la persona que acude de buena fe a la librería para adquirir un título no se le puede deslizar un embuste de este calibre.
Sería mucho más razonable y mucho más exacto decirle que va a adentrarse en un relato poliédrico y mezclado (cine, filosofía, antropología) que se activa a raíz de un accidente marítimo en el que murieron un buen número de inmigrantes. Pero que nadie busque en sus apenas sesenta páginas de generosa tipografía (sobre esa variante del timo tampoco será necesario insistir) ni argumento, ni personajes, ni elemento novelístico alguno, porque no lo hay. Al pan, pan; y al vino, vino.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Eloídes




Me he leído una obra de teatro que me ha dejado igual que estaba. Se trata de la pieza Eloídes, de Jerónimo López Mozo (Visor, Madrid, 1996). ¿Brillantez que presentan sus páginas? Cero. ¿Aportaciones psicológicas o argumentales que nos trasladan? Ninguna. Así que, a riesgo de parecer cruel o sarcástico, pregunto: ¿éste es el maravilloso legado de los autores que iban a sustituir o suceder a Antonio Buero Vallejo?
Un tipo que se queda sin trabajo, es expulsado de casa por su mujer y cae (tópico infumable) en una espiral de degradación que incluye la mendicidad, el rastreo por las papeleras, el robo a un compañero, el manejo insensato de la navaja y hasta la cárcel. Incluso la última frase de la obra, que se pretende honda y conmovedora (“¡Me da miedo la calle!”), queda falsa en labios del protagonista, porque suena a melodrama de plastilina.
Una pérdida de tiempo.

martes, 18 de diciembre de 2018

La camarera




Lynn Zapatek ha permanecido durante varios meses ingresada en una clínica y, al salir, encuentra su mundo tan desbaratado y tan solitario y tan gris como cuando ingresó: apenas mantiene trato personal con su madre (aunque procura llamarla por teléfono una vez a la semana), su casa ha sido asaltada por el polvo (que ella se ocupará de exterminar a partir de ahora) y su cuenta bancaria parpadea en rojo, lo que la obligará a recurrir a Heinz, quien le consigue un trabajo como limpiadora en el hotel Eden. En esa ocupación, Lynn desarrolla una actividad tan minuciosa como maniática: el polvo, la mugre, las imperfecciones, han de ser atendidas en cualquier lugar que se encuentren, tanto en la parte visible de los muebles como en las zonas que quedan ocultas a la mirada. No importa el número de horas extra (no pagadas) que esa tarea le exija.
Pero el gran punto de inflexión sobrevendrá cuando Lynn comience a meterse, la noche de los martes, bajo la cama de uno de los huéspedes y permanezca allí hasta el amanecer. Cada vez lo hace con un huésped distinto, y se limita a escuchar lo que hacen: charlar con su pareja, ver la tele, roncar, hablar solos… Un día, uno de los espiados recibe la visita de Chiara, una ardiente señorita de compañía. Y Lynn queda tan excitada con lo que escucha e imagina que toma una decisión que cambiará su existencia.
Novela sobre la soledad, sobre la introspección, sobre las personas que necesitan comunicarse y no saben cómo hacerlo, sobre la necesidad que todos tenemos de ser amados, La camarera, de Markus Orths, está traducida por Mª José Díez Pérez para el sello Seix Barral, y nos ofrece una historia tan anómala como tierna, tan excepcional como seductora.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Rúa




Vuelvo hoy a las páginas del lusitano Miguel Torga. En concreto, al volumen que lleva por título Rúa, que traduce Eloísa Álvarez para el sello Alfaguara. Es una hermosa (pero quizá algo desigual) colección de relatos de melancólico atractivo, como diapositivas tristes que se fuesen desarrollando ante nuestros ojos.
Textos como “Una lucha”, “Vuélvase ya” o “El señor Estrela y su mujer” se me antojan cuentos malogrados, donde Torga no ha sabido perfilar sus historias de un modo completamente atractivo. Les falta algo, un brillo, un enfoque, unas pinceladas más. En cambio, me han dejado mucho más feliz “La carta” (donde un cartero compasivo se apiada de una chica moribunda que padece mal de amores), “Dolor” (el delincuente que expía junto a su esposa las culpas del pasado, sin confesarle que tuvo una hija –a la que añora hasta la muerte– en el extranjero) y algunos más, de parecida brillantez.
Una frase para enmarcar, contenida en el tomo: “La vida es así, va mintiendo, mintiendo, y cuando ya no podemos más, pone sus cartas boca arriba”.

sábado, 15 de diciembre de 2018

Las tribulaciones del Hermano Jero




Realizo mi primera aproximación a la obra del nigeriano Wole Soyinka, premio Nobel de Literatura en 1986. Se trata de la pieza teatral Las tribulaciones del Hermano Jero (Alfaguara, Madrid, 1987), que tiene la amabilidad de traducirme Fernando Santos Fontenla.
Es, por resumirlo a su trazo esencial, la historia de un predicador religioso bastante carota, que vive de la impostura y que utiliza su facilidad de palabra y una razonable destreza para la manipulación psicológica para mantener su status de “profeta” ante los demás. Pudiera ser (y así lo sugiere quizá con torpeza la contraportada) una obra picaresca, pero a mí me ha dado más bien la sensación de aproximarse a las líneas básicas de un entremés moderno.
O sea, y por decirlo con cortesía: que la obra es graciosa… y nada más.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Velocidad de los jardines




Acuarelas. Es la palabra que acude a la imaginación cuando depositas los dedos en el teclado y tratas de condensar lo que piensas de la lectura de Velocidad de los jardines, de Eloy Tizón, que aparece con el sello Páginas de Espuma. Tratas después de ser menos evanescente (habrá lectores al otro lado de tu página, que necesiten “saber” algo más sobre esta colección de relatos), pero comprendes que resulta imposible: no puedes hablar de argumentos, no puedes hablar de personajes, no puedes hablar de estructuras o de finales. Estarías falseando el espíritu del volumen, que es lírico y no narrativo. Tienes que decir a esos lectores curiosos que se arrellanen en un sillón y se dispongan a convertirse en pequeñas barcas que serán mecidas por el oleaje. Ésa es la auténtica verdad. Porque Eloy Tizón ha dibujado para ellos un vértigo emocional y sensual donde los colores, la melancolía, el paso del tiempo, la cultura, el extrarradio de las ciudades, las flores, las casas antiguas o los ahogados les harán subir, bajar, tambalearse, sufrir y sonreír.
Eso es todo. Eso es Todo.
Y como Pórtico de la Gloria un texto inigualable llamado “Zoótropo” en el que Eloy nos dibuja su propia acuarela íntima, su autobiografía pudorosa y bella: “Casi siempre estabas solo”, “No estás orgulloso de nada de lo que escribes (lo rompes todo), pero sí de la fe con que lo escribes”, “Es mejor tener fiebre que tener bibliografía”, “Toda la literatura es epistolar: necesita del otro para existir”, “Escribir es entrecomillar la vida”… Acompañémosle en ese viaje. No hay muchos tan hermosos.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Céfiro agreste de olímpicos embates




Me leo en una tarde la divertida pieza Céfiro agreste de olímpicos embates, de Alberto Miralles (ATT, Madrid, 2004), en la que puede observarse cómo un grupo de actores ensayan un texto del madrileño Calderón de la Barca, y lo modernizan, o lo arcaízan, o se lo inventan directamente… en función de que lo que desee el dispensador de subvenciones del Ministerio de Cultura. Y por debajo de esa línea argumental, latiendo, asistimos a las graves o pequeñas rencillas, trifulcas, envidias, amores y odios que se generan siempre en los grupos humanos cerrados.
Hay instantes de comicidad memorable, como cuando se despachan insultando a un crítico que siempre se les muestra adverso y beligerante (páginas 245-247). En el decurso de esta diatriba no hay más remedio que detener los ojos en vocablos como “jorrochero” (que se inventa Juanjo) o “Pijomuerto”, que no precisa de más aclaración.
No entrará en la historia del teatro español, pero a mí me ha divertido.

martes, 11 de diciembre de 2018

En directo del Gólgota




Me acabo una novela de Gore Vidal, titulada En directo del Gólgota (Anaya-Mario Muchnik, Barcelona, 1995) y, sin haberme defraudado, me ha dejado más bien frío. Es una historia donde las constantes referencias al mundo mediático norteamericano se me antojan (a mí, que pertenezco al extrarradio de ese mundo) bastante lejanas: chistes que me pierdo, descripciones cuyo posible valor irónico no alcanzo a calibrar, etc. En ese ámbito no puedo pronunciarme porque, si he de ser sincero, tampoco me apetece documentar sobre la cuestión para emitir un juicio.
La historia que Vidal plantea no deja de tener su originalidad (la lucha de una serie de cadenas televisivas para hacerse con los derechos de la crucifixión de Jesús, que ahora puede ser filmada gracias a un adelanto científico que permite desplazar cámaras y personas hacia atrás en el tiempo), pero su formulación es un poco embarullada: personajes que vuelve al pasado en dos estadios diferentes de su vida, rectificaciones del pretérito, etc. Ese tipo de juegos, que en otros libros han servido para componer páginas deliciosas, aquí sólo deparan una antología de situaciones discretamente atractivas.
Dejaremos al autor neoyorquino entre paréntesis, mientras espero a ver si la vida me pone algún otro volumen suyo en las manos y puedo juzgarlo de una forma más contundente.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Mundo artificial




Termino el ensayo Mundo artificial, de Antonio Dyaz (Temas de Hoy, Madrid, 1998), quien era aún muy joven en el momento en que la obra fue publicada. Y se nota. El autor trata de dar en sus páginas una panorámica del previsible futuro tecnológico que se nos venía (y que, en buena medida, ya se nos ha venido) encima: casas inteligentes, internet a velocidad vertiginosa, etc.
La idea es sin duda atinada, pero lo triste es que el desarrollo formal de la obra se encuentre ulcerado por demasiadas jactancias de “jovencito que lo sabe todo”. Si alguien opina lo contrario que el autor, o se atreve a alzar el dedo con alguna matización, es de inmediato estigmatizado con la etiqueta de retrógrado y se lo crucifica con saña (“Los tecnófobos deberán alfabetizarse, o sucumbirán ahogados por su ignorancia”, p.184). Eso hace que el tono general del libro (no su contenido, con el que no resulta difícil mostrarse conforme) se torne fastidioso, por esa especie de chulería risible, petulante y catecumenal de quien se cree señalado para transmitir a los demás una Buena Nueva.
A mí, que nunca me han gustado los profetas (y menos todavía los afiebrados y los desdeñosos), la resolución literaria de la obra se me ha atragantado.

domingo, 9 de diciembre de 2018

La vida




Ignoro cuántas veces he leído este libro (unas veces, para explicarlo en clase; otras, por puro placer), pero sí que recuerdo perfectamente la sensación nítida que he tenido al acabar cada lectura: no sé qué decir de estos poemas. Aludir a la melancolía, al paso del tiempo, a la perfección de su música, a su elegancia léxica, a sus encabalgamientos, a su perfil clásico, incurre en la fatiga: mil veces ha sido dicho, por voces más autorizadas que la mía. Deslizarse hacia terrenos algo más tangenciales (sus homenajes a Donizetti, Homero o Leopardi) tampoco aportaría gran cosa a la intelección del volumen. Buscar un ángulo inexplorado se me figura maniobra más centrada en el lucimiento crítico que en el éxtasis lector.
¿Callarse, entonces?
Bien, callarse entonces. Por qué no. Decir que me siento atravesado por el soplo lírico de este autor; que las composiciones “Desde aquí”, “En mitad de la noche” o “Sobre la experiencia” podría aprendérmelas de memoria; o que siento la íntima verdad profunda de lo dicho en estos poemas. Y ya está. Nada más es necesario, porque cualquier juicio sería menos valioso que las palabras mismas de Eloy.
La humildad de permanecer en silencio, sentir los ojos húmedos y saber que las volveré a leer muchas más veces, hasta que llegue la Sombra.

sábado, 8 de diciembre de 2018

Debajo de los días




Lo he intentado varias veces y reconozco, con humildad y también con forzosa resignación, que me ha resultado imposible. Quería redactar una reseña donde quedasen reflejadas las líneas maestras de este asombroso, lúcido, memorable poemario que Ángel Paniagua acaba de ver publicado en la editorial Raspabook; y fui observando las palabras y frases que anoté con lápiz en los márgenes del volumen, al hilo entusiasmado de la lectura. Allí encontré “balance”, “cómputo de decepciones”, “contaduría de fracasos”, “melancolía”, “amores perdidos” o “mirada lánguida”; allí encontré paisajes al otro lado de la ventana, música de Bruckner o Scarlatti, rayas en el cuarto de baño, cicatrices que se acarician con tristeza, barro acercándose a la boca, vanas esperanzas erosionadas por el viento; encontré un torrente ígneo de citas en francés, en inglés, en alemán, en latín, en italiano, que no eran en realidad una exhibición culturalista del autor, sino astillas clavadas durante años en su corazón; y también encontré amor, esperanza, sonrisas, ilusiones.
Todos esos ingredientes estaban ahí, burbujeando, mezclándose, diciéndome en clave su verdad profunda. Eran como piezas de un puzle emocional que no podía quedar convertido (que no puede quedar convertido, ahora lo sé) en una reseña al uso, llena de palabras, lugares comunes y elogios banales. Eran como teselas de un mosaico majestuoso y lleno de luces, capaz de embriagar pero también de intimidar a algunos lectores, incapaces de enfrentarse a pecho descubierto al espectáculo de la franqueza.
Al fin, este volumen lleno de sinceridades, este libro de aliento crepuscular, este catálogo de amores febriles o dulces, prolongados o súbitos, termina imponiendo sus leyes y te obliga como crítico a rendirte: no puedes “decir” en una reseña de trescientas cincuenta palabras lo que el poeta ya dice con más plenitud, con más desgarro, con ritmo más trabajado a lo largo de sus generosas páginas. Sólo te queda permanecer en silencio, conmovido, convulso, sabiendo que volverás a sus versos varias veces en los próximos años, porque este paño de la Verónica que ha sido bautizado como Debajo de los días cumple y supera con amplitud todas las expectativas líricas que había generado. Y porque, quizá, sea un libro destinado más a la relectura (sosegada, intensa, proteica) que a la lectura misma.
El Ángel ha vuelto.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Cantos de vida y esperanza




Lo diré en pocas palabras: pensaba que el reencuentro con la poesía de Rubén Darío sería menos gratificante. Cuando lo leí en mi juventud fui consciente de su musicalidad casi wagneriana, de su léxico histriónico, de su infulosa pedantería apenas enmascarada; y aunque acepté esos ingredientes como parte del encanto de su lírica (hablo del año 1988, más o menos), al retomarla tres décadas después imaginaba que esas mismas características podrían atragantárseme.
Por fortuna, no ha sido así: me ha distraído en muchas páginas la polimetría juguetona del nicaragüense, he tenido la cautela de protegerme de su martilleo rítmico (si te dejas llevar por él te zumban los oídos y no logras atravesar la epidermis del poema), he deslizado mis ojos por sus pirotecnias léxicas (obsede, oriflama, triptolémica, áptera, egipán) sin dejarme impresionar… y hasta he tenido el humor de contar las palabras esdrújulas que burbujean en algunas de sus composiciones (casi 40 en “Salutación del optimista”).
Y de este ejercicio de relectura he vuelto a extraer placeres no sólo sensoriales (el poema “Lo fatal” podría ser grabado en mármol) que me confirman la excelencia inmortal de este vate cuyo aliño indumentario no debe confundido con su valor lírico: el primero caducará, o resultará sofocante, o provocará incomodidad en algunos lectores; el segundo me parece indiscutible.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Filek




Hay millones de personas que atraviesan la existencia sin dejar más huella  en el mundo que alguna foto borrosa o una anécdota que sus sucesores recordarán durante dos o tres generaciones, para luego dejar que sea engullida por el sumidero de la nada. Personas sin significado colectivo y sin trascendencia social, cuya única virtud (o cuyo imperdonable error) ha sido la transmisión de su material genético a las generaciones posteriores. Pero que tal destino aguarde a algunos seres especiales, únicos, llamativos, se antoja tan sorprendente como digno de análisis.
Albert von Filek Wittinghausen fue una de esas singularidades. Y, como tal, provocó la curiosidad investigadora de Ignacio Martínez de Pisón, uno de los mejores novelistas de España. ¿Cómo era posible que una persona que había engañado al general Franco, haciéndole creer que estaba en condiciones de fabricar una gasolina nueva, a base de agua y destilados frutales, se mantuviese en la grisura del anonimato? ¿Cómo era posible que apenas hubiera merecido diez líneas en un libro de Paul Preston, sin que otros intelectuales se interesasen por sus peripecias?
Recorriendo archivos, solicitando documentos, devorando la prensa de la época, analizando expedientes y frecuentando dependencias oficiales, el escritor de Zaragoza fue reuniendo con larga paciencia todos los hilos que le permitieran reconstruir las andanzas de aquel estafador que buscó la financiación de la República y del franquismo, que se codeó con Ramón Serrano Suñer (el Cuñadísimo), que fingió ser militar y periodista, que se hospedó en mil sitios (abandonándolos sin pagar o tras ultimar alguna de sus tropelías), que pasó de la celebridad periodística a la mugre de las prisiones y que acabaría muriendo en Hamburgo, tras haberse casado con una misteriosa mujer granadina.
Reconstrucción e investigación que conforman, junto a algunas conjeturas del novelista, un relato magnético, lleno de intriga y claroscuros, que la mano poderosa de Martínez de Pisón sostiene sin altibajos. Deslumbrante.

lunes, 3 de diciembre de 2018

El arqueólogo




Claudio Bersani, el protagonista absoluto de esta novela (todos los demás personajes y todas las acciones que se narran en sus páginas se encuentran salpicados por su magnética influencia), es un setentón muy peculiar: continúa ejerciendo como profesor de arqueología en la universidad (acaban de nombrarlo emérito), sigue desplegando su encanto con las numerosas mujeres que a su alrededor pululan, no renuncia a los gestos huraños o paradójicos que le permitan mantener su independencia y su aura intelectual y, desde su casa a las afueras de Nápoles, colabora en la prensa y documenta sus libros. Es la suya, por tanto, una existencia pletórica en la que incluso se relaciona con notables políticos (Romano Prodi actúa como presentador de una de sus obras), miembros de la realeza (se olvida de un encuentro con Carlos de Inglaterra, porque lleva a sus nietos a ver la película Los cuatro fantásticos) o mafiosos de siniestra trayectoria. Presuntuoso, altanero, encantador, displicente, tierno, ególatra, son adjetivos que lo definen con exactitud en diferentes momentos de su vida.
En esa vida está rodeado de muchas figuras importantes, sobre las que ejerce más influencias de las que recibe: su esposa Melina, sus hijos, sus nietos, su sirviente Todor, sus colegas docentes, algunos vecinos. Y uno de los grandes aciertos del mallorquín Román Piña consiste en la inteligencia con la que dibuja los nexos familiares y la telaraña de anécdotas que, como las cerezas en una canastilla de mimbre, se unen entre sí para enriquecer los perfiles de don Claudio. En los últimos años de su existencia, un capricho del azar convertirá al venerable arqueólogo en aclamado triunfador en otro ámbito distinto al que siempre ha dedicado sus esfuerzos… Pero a los lectores, por obra y gracia de una estratagema narrativa que el autor nos tiene avariciosa y secretamente camuflada hasta el final, nos esperará aún una sorpresa de gran magnitud, que imprimirá un sesgo inesperado a la novela.
Solvente en todo momento, lírico cuando la ocasión lo requiere y abrupto cuando así se lo demanda la psicología de su personaje, Román Piña Valls sale victorioso de un texto que, en otras manos, no habría mostrado ni la mitad del esplendor que éste muestra. Notable.

domingo, 2 de diciembre de 2018

En ausencia de Blanca




En un melancólico artículo de prensa que el autor jienense publicó en el año 1988 bajo el título de “El ladrón de libros” se nos hablaba con delicada exactitud de “esos amantes que no piden ni desean otra cosa que el privilegio estático de la contemplación”; idéntico sentimiento al que experimentaba aquel monarca que, tras ser concebido por Rabindranath Tagore, pasaba sus días encandilado con la belleza y las gratas perfecciones de su esposa, llegando a mostrarse dispuesto a desatender las tareas del gobierno con tal de permanecer siempre a su lado para alimentarse con su visión… 
Mario pertenece a esa estirpe de personas. Su trabajo como delineante en la Diputación Provincial de Jaén no comporta ningún tipo de brillo, pero a él le resulta suficiente: obtiene unos ingresos menguados pero seguros, no soporta sobre sus hombros ningún tipo de exigencia administrativa y dispone de tiempo libre para estar en su casa y dedicarse a la actividad que le depara la única felicidad de su vida: gozar de la cercanía de Blanca, su esposa. “Qué pérdida de tiempo, no estar siempre con ella, tenerla cerca y poder mirarla”, nos confiesa el protagonista en una de las primeras páginas de su relato. Pero ella no comparte esa reducida visión del mundo, sino que nota bullir en su interior otras pulsiones: adora la pintura de Frida Kahlo (le pide a su esposo que vayan a Madrid para deleitarse con una exposición antológica suya que se ha instalado en la capital), el cosmopolitismo, la sofisticación, la modernidad. El equilibrio entre ambos temperamentos disímiles comenzará a erosionarse cuando aparezca en su mundo el artista conceptual Lluís Onésimo, que fascina a la impresionable Blanca y que generará desconfianza y celos en el pusilánime Mario… Lluís se convierte de sospecha en amenaza, y de amenaza en termita, lo cual despierta en Mario el recuerdo de Jaime Naranjo, el pintor con el que Blanca mantenía unas relaciones muy tóxicas antes de irse con el modesto delineante, que no dudó en someterse a situaciones vejatorias, bochornosas, casi lacayunas, para merecer la atención de la hermosa muchacha…
Una novela sobre la timidez, sobre el amor acomplejado y absoluto, sobre las parejas que se mantienen con los alfileres que uno de los miembros se obstina en colocar.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Cuaderno de Ibiza




Deambulamos por la vida buscando todo tipo de tesoros, anhelando descubrir el escondrijo donde Ben Gunn ocultó los cofres rebosantes de joyas del capitán Flint, persiguiendo el oro de los nibelungos, sin advertir que las más cercanas e íntimas riquezas, las más auténticas y satisfactorias (la familia, el amor, la amistad) las tenemos a una distancia pequeñísima, casi al alcance de la mano. Es probable que la sabiduría consista en descubrir ese diminuto secreto insuperable y no olvidarlo ya nunca.
El poeta José Cantabella nos demuestra en el volumen Cuaderno de Ibiza y otros poemas, publicado por MurciaLibro, que esa lección la tiene perfectamente clara desde que entró en su alma la artista Carmen Molina Cantabella, compañera, esposa, luz, sendero y horizonte que le ha llenado el corazón de ventanas y los dedos de versos. Con ella, a cuatro manos, ha construido una espléndida Casa del Amor; y ambos la han llenado de colores, músicas, libros, besos y futuro. Porque cuando se tiene la suerte de encontrar en la vida a esa persona especial, que parecía estarnos predestinada y que ensancha nuestra sonrisa, todo adquiere la densidad del gozo y nos inunda de dicha.
Adentrarse en las páginas de este libro es caminar junto al poeta y junto a su musa, compartir su esplendor de amantes y saborear las palabras como quien cierra los ojos y siente en los párpados la caricia de un tibio sol otoñal. “Me fui ovillando, es decir, me marché a la isla”, nos indica el poeta como arranque del volumen. Pero estas palabras no constituyen una etiqueta de misantropía o una declaración huraña, porque desde ese espacio puro el escritor nos tiende la mano y nos invita a contemplar con él, a escuchar con él, a sentir con él. Nos sentimos invitados a esa Región donde la felicidad canta y es bella (imposible sustraerse al juego de palabras).
Meseta de hermosura, isla de amor y sencillez, Cuaderno de Ibiza y otros poemas es un espléndido poemario al que debemos acercarnos con aplauso y con gratitud.

viernes, 30 de noviembre de 2018

Satán en los suburbios




Acabo un libro de relatos de Bertrand Russell, que me traduce Luis Conde Vélez y que me ha entretenido durante unas horas: Satán en los suburbios (Luis de Caralt, Barcelona, 1964). La obra no es un prodigio narrativo (al gran pensador y gran ensayista que era Russell no tenía por qué dársele igual de bien la confección de cuentos), pero lo he leído con agrado.
Encuentro que en este volumen están muy bien la amenidad de “El beneficio de la clerecía”, el oscurantismo infantil de “Las ordalías corsas de la señorita X” o la brillantemente descrita conjura de silencio en “Los guardianes del Parnaso”. Pero sin duda lo que más me ha gustado ha sido “Satán en los suburbios”, que da título al tomo, por la inquietante personalidad del doctor Mallako, sugestionador e inductor de acciones que los más ejecutan libremente. Es verdad que el Diablo es el Tentador, pero nunca he tenido muy claro que eso fuera una culpabilidad: más bien se me antoja el desvío comodón de las ajenas.
Después de haber leído algunas obras que pertenecen a la “parte intelectual” de Russell quería conocer también las otras, como la puramente literaria. Y creo que la exploración no ha sido decepcionante.

jueves, 29 de noviembre de 2018

La engañada




Rosalie von Tümmler, viuda de un militar no demasiado fiel, acaba de cumplir los cincuenta años, atraviesa el período ingrato de la menopausia y vive instalada en la parte selecta de la sociedad alemana. Su hija Anna es pintora inteligente y sensible, con una leve deformidad en el pie, que la hace caminar de manera defectuosa; su hijo Eduard, más joven, sueña con ser algún día ingeniero. Un día, para perfeccionar en este último los conocimientos de la lengua inglesa, es contratado el joven norteamericano Ken Keaton, que se vuelve asiduo visitante de la casa. La vida, para todos ellos, es educada, apacible y circula sin sobresaltos.
El único elemento que viene a perturbar la tranquilidad es que Rosalie, sin poder evitarlo, comienza a sentir por Ken algo más que gratitud: su corazón palpita con estruendo en su presencia, la contemplación de sus brazos la perturba y siente, de un modo inefable, que el amor ha vuelto a florecer en su alma. Ni siquiera su hija, cuando comparta con ella estas pulsiones, lo encontrará admisible. Por sorpresa, la naturaleza parece aliarse con la bella Rosalie von Tümmler, puesto que un día descubre que su menstruación ha vuelto, como un milagro que el buen Dios le reserva para que sus esperanzas vuelen libres.
A partir de entonces, el maquillaje, la coquetería y una cierta dosis de intrepidez la irán acercando a Keaton, quien no podrá por menos que darse cuenta de las claras intenciones de la dama (una dama que, cierto resulta, podría ser su madre). ¿Será posible, entonces, que una pareja tan disímil lleve a formarse?
Con una prosa lenta, seductora y de gran finura psicológica, Thomas Mann nos coloca ante los ojos a unos personajes inolvidables y una acción que, cubriendo todos los tonos y todos los matices del alma humana (ilusión, análisis emocional, esperanza, fatalidad, desengaño, fe, crueldad, realismo, amor), deja honda huella en el lector.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

El libro de las visiones y las apariciones




Volvemos a encontrarnos en esta novela de José Luis Castillo-Puche, como en otras suyas donde el caudal autobiográfico es igualmente potente, con Pepico, que tuvo que criarse en el ambiente violento, absurdo, fanático, montaraz y cazurro de Hécula, y que vivió una niñez acongojada con religiosidades atosigantes, a la que define como “débil, enfermiza, atormentada” (pág. 164); y nos encontramos con su hermana Rosa, quien una vez lo disfrazó de golfillo vendedor de periódicos (la referencia está en las primeras líneas de Conocerás el poso de la nada); y nos topamos sobre todo con sus egoístas y mezquinos tíos Cirilo y Cayetano, a quienes etiqueta sin ambages de “energúmenos de lo eterno” (pág. 28), de “dúo macabro con apariencia beatífica” (pág. 33) y de “administradores de la devoción y del miedo” (pág. 206). Ellos fueron quienes llenaron de acíbar sus años infantiles, quienes no dejaron que la madre de Pepico se casara en segundas nupcias con el viudo don Rosendo, quienes lo obligaban a salir con los auroros.
En ese retrato familiar lleno de tonos negros, ríspidos, que lo inundó todo con su vinagre (“Qué difícil es librarse de los fantasmas que acompañaron tu niñez”, pág. 194) presenta un único elemento simbólico que le aporta luz al protagonista: el mar. Sus aguas coloreadas y frescas representan para el muchacho “la mayor obsesión, una fiebre, una necesidad que yo creo que por aquellos días iba unida para mí al ansia de liberación de todo, a la necesidad de olvido, de lejanía, oh, zambullirme en el mar…” (págs. 129-130); y, cuando la imagen se perfecciona en su interior, llega a sentirlo como “un comienzo de vida nueva y para siempre donde los demonios de mi infancia, todos los demonios, los interiores y los externos, se iban a meter y ahogar en la corriente”.
Una novela dura, sincera, atormentada y sofocante, que el yeclano José Luis Castillo-Puche tuvo la generosidad de compartir con sus lectores con el título de El libro de las visiones y las apariciones.

martes, 27 de noviembre de 2018

Una mente prodigiosa




Durante varias semanas he ido entrando y saliendo del extenso libro Una mente prodigiosa, de Sylvia Nasar, en la traducción de Ricard Martínez i Muntada (Random House Mondadori, Barcelona, 2002). Es la historia de John Forbes Nash, el famoso premio Nobel cuya vida quedó popularizada (y desvirtuada) por la famosa película de Hollywood. Tengo que reconocer que acudí a biografía tras conocer la interpretación de Russell Crowe, pero luego he descubierto que la vida auténtica de Nash se parece al largometraje como una cebolla a un transistor. De todos modos, me ha encantado la experiencia, porque el volumen de Nasar es una maravilla: documentado hasta la paranoia, redactado con solvencia, acompañado por atinadas imágenes…
Me alegro mucho de haberlo leído y de haberme enterado de detalles tan llamativos como que la tesis doctoral de Nash (de donde arranca la Teoría de Juegos) tenía apenas 27 páginas, que el lenguaje Basic fue inventado por John Kemeny (ayudante de Einstein) o que en la existencia de John Nash hubo más desarreglos sexuales y creencias extraterrestres de las que sugiere la edulcorada versión hollywoodiense.
Una frase de la autora, que podría colocarse en los tablones de avisos de las aulas universitarias: “La época de los estudios universitarios es un período en el cual muchos patitos feos descubren que son cisnes”.

lunes, 26 de noviembre de 2018

Las mil noches y una noche (2)




En este segundo tomo de Las mil noches y una noche se reducen de forma muy considerable los episodios sexuales, que tanto proliferan en el volumen inicial de la serie; pero esa reducción temática no supone una merma del interés narrativo, porque accedemos a un buen número de relatos en los que el humor, la crueldad, las reflexiones sobre la muerte o los resortes retóricos asaltan al lector con gran eficacia.
Sorprende, por ejemplo, la habilidad mostrada en la noche 25, en la cual se nos informa sobre la hilarante historia del jorobado al que se mata por accidente y cuyo crimen se atribuyen varias personas por diferentes motivos, todos ellos erróneos. O la espantosa falta de humanidad que manifiesta aquella dama que, al ver que las manos del hombre con quien se acaba de desposar huelen a ajos, le hace cortar los pulgares, ofendida (noche 27).
Para los amantes de la literatura comparada también resulta chocante descubrir la temprana aparición literaria de una “celestina”, a quien se entrega una bolsa de dinares por actuar de eficaz intermediaria entre el narrador y la hija del cadí de Bagdad (noche 28). O advertir cómo El-Aschar protagoniza una versión oriental del cuento de doña Truhana, pero encarnándolo en un vendedor de cristalería (noche 32).
En el orden filosófico, creo que resulta muy llamativa la forma en que define a la muerte, con mayúsculas menos fervorosas que asqueadas (“Arrebatadora de todo goce, la Dislocadora de toda intimidad, la Separadora de los amigos, la Sepultadora, la Invencible, la Inevitable”, noche 32).
Apuntaré también una fenomenal hipérbole, que he subrayado con admiración en la noche 35: nos habla de la ropa mísera de un pescador y nos dice que está “llena de chinches y de pulgas en número suficiente para cubrir la superficie de la Tierra”.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Aniversario en París




¿Qué queda del amor, cuando su brillo se desdibuja, cuando sus colores se diluyen, cuando caduca su eternidad? ¿Tal vez ceniza, tal vez frustración, tal vez tristeza, tal vez traiciones, tal vez desengaño? Pascual García nos invita en su último poemario a contemplar de cerca los instantes agónicos de una experiencia amorosa, esa zona lánguida donde el fulgor y la nada se dan la mano.
Sin quizá haber hecho nada para merecer ese privilegio (tan sólo motivado por la sinceridad generosa del poeta) acompañamos al escritor y a su esposa a un viaje de aniversario que tiene por destino la capital del Sena. Y allí, entre besos dulces, copas de champán, paseos por los bulevares y visitas a museos, vamos recibiendo luces ambiguas y sospechas erizadas. Acaso porque toda felicidad esconde su recodo de insatisfacción; acaso porque escondemos siempre amarguras a las que difícilmente concedemos salida al exterior. “París nos ha ofrecido un armisticio / y hemos hecho las paces”, nos indica en la página 45. Pero muy poco después leeremos otros dos versos donde los verbos en pasado nos descubren el filo terrible del adiós: “Debo decirte que eras muy hermosa / y que yo estaba muy enamorado”. Y la línea con la que acaba el libro no puede ser más contundente, al hablar de “un último abrazo de despedida”.
Asistimos, pues, como lectores del poeta de Moratalla, al relato inequívoco de una clausura, al balance de un viaje que termina (o que quizá empieza) al abrir la puerta del hogar, cuando ya los platillos de la balanza se encuentran demasiado distantes y resulta imposible pensar en volver al equilibrio.
Belleza, sí. Poesía, también. Lágrimas, muchas.

sábado, 24 de noviembre de 2018

El cielo de Kaunas




Cuando las convicciones se desmoronan, cuando las certezas son erosionadas sin compasión por el viento de la realidad, el ser humano ingresa en el desconcierto: mira a su alrededor y no encuentra sitio donde poner los ojos que no sea, como indicó el clásico, reflejo de la muerte: pobreza, ruinas, sordidez, paraísos artificiales, rabia, violencia, decepción… Los protagonistas de la novela “El cielo de Kaunas”, de Jesús Zomeño (Contrabando, 2018), experimentan de un modo angustioso esas sensaciones en la Lituania postsoviética, y conforman una trama pegajosa, incómoda, de hilos sucios y hedor fétido.
En un lado del triángulo argumental tenemos a un anciano viudo que, después de haber sido francotirador de elite en la campaña represiva de Checoslovaquia de 1968, languidece como vigilante en el Museo Militar de Kaunas. El mundo que lo rodea se le antoja tan insatisfactorio, tan burdo, tan infiel a los sacrosantos principios del comunismo que decide comenzar una oleada de asesinatos para llamar la atención de sus congéneres sobre la decadencia que los acongoja. En el segundo lado nos encontramos con Yuri y Vladik, dos jóvenes delincuentes que fuman marihuana, delinquen, practican sexo brutal en sitios inverosímiles y, en una acción que tiene mucho de suicidio, roban un abultado alijo de cocaína que los convertirá en objetivo de una implacable persecución. Y en el tercer lado, para cerrar la figura, nos encontramos con un policía español que acude a la ciudad en busca de la imagen fantasmal de una mujer que lo tiene atormentado y que lo conducirá hasta un quiosco de prensa regentado por Pilypas, padre de la muchacha.
Con un manejo envidiable de los ritmos narrativos y del retrato ambiental, Jesús Zomeño nos va llevando de la sorpresa a la irritación, del desasosiego a la zozobra, y nos introduce en un mundo cuyas líneas torcidas y escabrosas no llegamos a entender cabalmente, por encontrarnos inmersos en una sociedad muy distinta a la que en estas páginas se dibuja. Pero esos cuadros descriptivos y esos personajes muestran tanto vigor que resulta imposible apartarse de ellos, hasta descubrir el delta en que sus historias desembocan.
Sumergirse en ciertos lodazales y salir literariamente victorioso es privilegio de los grandes narradores, como lo es sin duda Jesús Zomeño.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Ronda del Guinardó




Cada vez que alguien abomina de la autoficción, del realismo sucio, de la poesía de la experiencia o de cualquier otra franja de la literatura, más o menos situada en el centro de la moda, me viene a la mente la frase de Fernando Lázaro Carreter que tanto le gustaba repetir a Francisco Umbral: “La literatura está en el cómo”. Es decir, que quien no centra su atención lectora en el cómo de los libros está incurriendo en un lamentable error.
Si tratamos de resumir Ronda del Guinardó, del maestro Juan Marsé, desde el punto de argumental nos resultará tan fácil como inútil: en mayo de 1945, un policía español que está a punto de jubilarse tiene que llevar a una adolescente huérfana llamada Rosita hasta el Clínico, donde le espera el cadáver del hombre que, presuntamente, la violó dos años atrás, para ver si lo reconoce. Punto final. Nada más. Y todo el transcurso novelístico consiste en observar cómo el inspector y la muchacha van caminando por las calles de Barcelona, camino del Depósito.
Ese análisis superficial nos llevaría a una interpretación errónea: confundir los hechos con la narración (y con la simbología) de los hechos. Porque lo que Marsé nos está mostrando con este viaje walseriano por la Ciudad Condal son los cascotes de la aún humeante postguerra: la miseria unánime, los miedos terribles, el estraperlo, la sexualidad sórdida, la impune violencia policial… Y va dejando que esas imágenes poderosas, agrias, incómodas, rezumen en cada párrafo y se introduzcan en la mente de los lectores, para crearles un dibujo imborrable de aquel tiempo de pesadilla: la vieja que tuesta café a escondidas para venderlo en el mercado negro y sacarse unos céntimos, el obrero al que la simple voz de un agente de la ley le provoca escalofríos, un cojín con los colores de la bandera catalana que el comerciante tiene que retirar del escaparate so pena de ver su negocio clausurado, las quemaduras de cigarrillos en el cuerpo de un presunto suicida (que nos hacen comprender la auténtica razón de su muerte)…
Con un viaje lleno de símbolos y de guiños históricos, psicológicos y políticos, Juan Marsé construye una novela en la que no ocurre nada pero en la que se dice todo. Es el triunfo de la inteligencia literaria. Es el rubí tallado por un maestro.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Conocerás el poso de la nada




Pepico es un seminarista que, desde hace tiempo, ya no siente la fe correr por sus venas. Toda la presión familiar que soportó y que lo terminó encaminando hacia el seminario se ha ido diluyendo paulatinamente cuando ha comprobado “la falta de caridad, la mezquindad y la superchería” (p.77) que imperan dentro de sus muros. Pero, por encima de todo, le horroriza la idea de desilusionar a su madre, que anhela tener un hijo sacerdote. Ésas son las terribles pulsiones que laceran el alma del muchacho, a quien no hay ningún problema en identificar con el propio José Luis Castillo-Puche, a tenor de las anécdotas que sobre él conocemos por lecturas anteriores.
Este chico, que siente a su alrededor el latido de la inminente guerra civil del año 1936, tendrá que cuidar de su madre en una casita de El Algarrobo cuando en ella se agraven los síntomas de la tuberculosis; y cuando esté atravesando sus peores momentos anímicos verá que llega a sus manos la orden para que se incorpore al combate, a la vez que escucha al capitán Castañeda definirlo como “recuperado del copón” o “recuperado de la hostia” (p.13), con tan mal gusto como crudeza.
Historia de torturas interiores (aquella vez en la que el padre Crisanto lo asió por el sexo, en un bochornoso desahogo sexual; aquellas letanías repetidas sin fe y sin convicción profunda; aquella falta de libertad que constreñía su corazón), pero también de torturas exteriores (las miradas acusadoras de ciertos familiares, el rencor que burbujea en las primeras semanas de la guerra civil, la brutalidad que el muchacho encontrará de pronto abofeteándolo), que nos retrata un mundo de trazos bruscos e inmisericordes, tan cercano en el tiempo como inquietante.

lunes, 19 de noviembre de 2018

Que se mueran los feos




Leo una novela del francés Boris Vian, que me traduce T. P. Lugones: Que se mueran los feos (Tusquets, Barcelona, 1996). Una fabulación que mezcla el humor, el futurismo y enormes dosis de simplicidad narrativa, al servicio de una trama increíble: un estudiante universitario norteamericano, guapo y pagado de sí mismo, idolatrado por las chicas, que ha decidido mantenerse virgen hasta que cumpla 20 años, se ve envuelto en un experimento genético en el que le extraen semen para formar una raza de seres humanos perfectos. Luego, se meterá en tareas de detective aficionado para descubrir a sus humilladores, y acaba por asaltar aparatosamente una isla (la del doctor Schutz, fautor del experimento) en plan marine.
En fin.
Una cosa paródica y de lección fácil, que incluso pretende ponerse moralizante al final, determinando que las mujeres “de rompe y rasga” (ay, Dios mío, cuánto mal han hecho los clichés en la narrativa y en la vida) prefieren a los hombres físicamente mediocres.
Una nota curiosa: el protagonista (Rock Bailey) parece en ocasiones un poco imbécil, como cuando excreta frases de esta índole: “No conté el número de zancadas que dimos, pero debió oscilar entre tres mil cuatrocientas siete y tres mil cuatrocientas nueve” (p.160). Otra nota curiosa: la hipérbole sexual que le atribuye a su descerebrado héroe, quien en su día de “estreno” declara: “Aquello era más agradable todavía que comer piña helada” (p.142). Quizá por eso repite el proceso hasta 12 veces. Ni más ni menos. Parece que humor no le faltaba a Boris Vian. Sobre su calidad literaria prefiero mantener un prudente silencio.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Guillermo Tell




El cine nos ha procurado, desde hace décadas, una imagen muy definida del mito de Guillermo Tell, así que intentar eludir ese condicionante a la hora de acercarnos hasta su formulación literaria por parte de Friedrich von Schiller (1804) resultaría de todo punto absurdo: el arquero suizo al que el abominable gobernador Gessler obliga a ensartar con una flecha la manzana que reposa sobre la cabeza de su hijo… y las consecuencias que esta cruel acción comporta.
Puestos a ser honestos, y juzgando esta obra dramática desde la óptica lectora de 2018, la verdad es que todo se resume en eso, porque las circunstancias históricas y ambientales de la pieza, la enumeración de los personajes reales que aparecen (y que son descritos en notas a pie de página) y las consecuencias políticas de los sucesos narrados nos resultan tan lejanas, tan desdibujadas, que las llegamos a conocer pero no a sentir, con lo cual queda invalidado en buena medida el poder revolucionario de su argumento. O, dicho de un modo más sintético: la anécdota del disparo con la ballesta es lo único que se salva de este drama, dos siglos después.
Es bonito, desde luego, que Gertrudis le hable a su marido y le diga: “Soy tu fiel esposa y exijo la mitad que me corresponde en tu tristeza” (acto I, escena II); es bonita la bendición que el barón Von Attinghausen dispensa sobre el hijo de Tell (“De esta cabeza, sobre la que estuvo la manzana, os florecerá una libertad nueva y mejor; lo viejo cae, los tiempos cambian, y una nueva vida se alza de las ruinas y crece”, acto IV, escena II); es bonita la fórmula que el arquero pronuncia para explicar que ha sido la decisión ignominiosa de Gessler la culpable de su ira (“En efervescente veneno de dragón me has transformado la leche de mis piadosos pensamientos”, acto IV, escena III)… Pero, a la postre, sólo esa secuencia intensa y famosísima reclama todavía nuestra atención y nos embriaga: el hijo mostrando su gallardía y su confianza en el pulso del padre; éste, temblando y pidiendo al inflexible gobernador que modere su saña; la saeta volando hacia su objetivo. El resto es charcutería histórica, tan aburrida para el lector actual que ni las notas bienintencionadas del traductor (Justo Molina, profesor de la universidad de Innsbruck) consiguen activar su interés.

viernes, 16 de noviembre de 2018

La palabra inflamada




Decepción. Es la palabra primera que me viene a la mente tras acabar el volumen La palabra inflamada, de José Luis Calvo Carilla (Península, Barcelona, 2000), que prometía ofrecernos una interesante “Historia y metafísica del piropo literario en el siglo XX” (es el subtítulo de la obra). Pensé que podría tratarse de un libro ágil, fresco, divertido, rebosante de chispa, anécdotas y sonrisas. Bueno, pues no. El autor, por un ejercicio de prestidigitación cuya esencia no llego a alcanzar, resulta que odia profundamente los piropos, porque le parecen unas “arcaicas muestras de fogosidad” (p.34) y unos “vergonzantes tics verbales” (p.125). Total, que esto es como si un abstemio dictaminara los valores en un catálogo enológico: una absoluta memez.
Para más irritación, este profesor de Literatura en la universidad de Zaragoza no tiene empacho en escribir equivocadamente algunas palabras de su propio idioma. Véase para demostrarlo (y no es el único ejemplo) ese “espúrea”, que no sólo inserta en la página 167, sino también en la 239, para que no podamos atribuirlo a descuido ocasional.
En resumen, que he bostezado con sus melindres, me he irritado con muchas páginas pedantes y que no venían al caso (salvo para exhibir la presunta cultura de su autor), y he descubierto un único piropo gracioso, que está en la página 28: “Chiquiya, eres tan alta que, para subir a darte un beso, hay que hacer noche en el ombligo”. Un bagaje cortísimo para una obra tan ambiciosa.

jueves, 15 de noviembre de 2018

El cantar de Roldán




Releo El cantar de Roldán, gran epopeya carolingia que versionó Benjamín Jarnés para la Revista de Occidente en 1926 y que ahora recorro en la edición de Alianza Editorial. Y, con ese placer que obtenemos de las lecturas sosegadas, me absorbe y me cautiva como quizá no lo hizo cuando lo estudié durante mi etapa universitaria.
Aquel Carlomagno que, impasible a sus doscientos años y exhibiendo una noble barba florida, se yergue sobre el caudal narrativo; aquel arzobispo Turpín que, belicoso y tremebundo, confiesa los pecados a los miembros de la tropa y “por penitencia les manda herir sin tregua” (secuencia LXXXIX); ese Roldán lleno de inconsciencia que pone en peligro a sus hombres y que ocasiona finalmente su desgracia; esa pobre Alda que, conocida la muerte de su prometido, se resigna a ingresar en el mismo territorio (“A Dios no le place, ni a sus santos, ni a sus ángeles, que, muerto Roldán, quede yo viva”, secuencia CCLXVIII); esos terribles espadazos que suelta Oliveros (“Hiere a un infiel, Justino de Valdeherrero. Le parte por mitad la cabeza y le raja el cuerpo y la loriga recamada, y la preciosa silla de oro y piedras engastadas; y al caballo le parte el espinazo”, secuencia CVII); esas reflexiones que se deslizan de vez en cuando en el texto medieval (“Mucho aprendió el que conoce el sufrimiento”, secuencia CLXXXIV)… Y hasta una curiosidad hípica, que quizá algún experto pueda dilucidar con más tino que yo: el caballo que tiene “largos los flancos, ancha la grupa y alto el espinazo. Su cola es blanca y amarilla la crin” (secuencia CXIV), ¿podría ser un ejemplar Herrenhausen, capa Isabela?
El placer de las relecturas.