martes, 31 de enero de 2023

Desde el Asilo

 


De Mariano Sanz Navarro, el tuareg de la prosa murciana, me faltaba un libro por incorporar a mi Librario (su volumen Desde el Asilo, publicado en el año 2000). Hoy, gozosamente, relleno ese hueco. Y lo hago con una enorme felicidad, porque su lectura me ha encantado, con su equilibrada mezcla de humor, melancolía, costumbrismo, seriedad y crítica. Y esa diversidad tonal es la que facilita que los lectores nos mantengamos adheridos a las páginas del tomo, de principio a fin.

En unas ocasiones, nos hablará de las mutaciones urbanas (algunas de ellas, feístas) que los políticos activan sin solicitar ni considerar la opinión de los vecinos (“Aquellas plazas…”); en otras, nos dejará sus impresiones sobre el falso refinamiento tontucio de quienes fuerzan la -s final sin ser tal pronunciación natural en ellos e incurriendo de esa forma en el ridículo vergonzante (“Las seses”); en otras, nos resumirá un refinado y sorprendente juego erótico, trufado de picardía (“El impasible”); y en otras alzará su voz contra la impertinencia de quienes, juzgándose en posesión de la verdad, tratan con ademanes dictatoriales de imponerla a otros (“La intolerancia religiosa”). Mariano, versátil y chispeante, nos habla de los calvos, de personas que viajan en coche con perros demasiado proclives a la evacuación gaseosa, de accidentes acaecidos en Tetuán, de bonsáis, de los disparates continuos de Gabino, de don Obdulio (un médico que murió por un síncope de felicidad), de Ginés el Correo y su burro rijoso o de una educada conversación imposible con el escultor don José Planes.

Siempre ojo avizor, el prosista de San Antolín cartografía su entorno y lo plasma en páginas indelebles, de las cuales sería punto menos que imposible elegir la que más me ha gustado. Les recomendaría de forma especial la hermosa semblanza del lañaor, silencioso, solemne y eficaz (pp.103-106); la historia atribulada de un mariquita de pueblo, al que hicieron sufrir desde la infancia (pp. 137-139); y, por encima de todas, el escrito titulado “El hombre”, que cierra esta obra: uno de los mejores retratos literarios y emocionales que he leído en mi vida.

lunes, 30 de enero de 2023

Anoxia

 


Resulta imposible estipular de qué modo se cancela más eficazmente un período de dolor, de qué estrategias hay que valerse para superar la angustia, la soledad, el arrepentimiento. Es evidente que cada ser humano lo consigue de una manera distinta y a distinta velocidad. A veces, resulta suficiente con que transcurra un cierto lapso de días; a veces, el desgarro es más profundo y se requiere, ay, un tiempo mayor. No hay calendarios que sirvan para regular el vacío. Dolores Ayala, una de las grandes protagonistas de Anoxia, la última entrega novelística de Miguel Ángel Hernández (Anagrama, 2023), siente esa fractura íntima desde que su esposo Luis, una década antes, perdió la vida en un accidente de moto. Por circunstancias que el lector descubre gradualmente durante la lectura, ella no pudo cerrar el luto de un modo adecuado; y en su interior continúan habitando el desierto, la tristeza, la nada. Mente y cuerpo prosiguen con la tarea mecánica de existir, pero sin que ilusión alguna alborote su ánimo. Está desolada. Está hueca. Sobrevive. Y, de forma inopinada, una llamada de teléfono la pone en contacto con Clemente Artés, un anciano que ha vuelto de Francia para vivir en Murcia sus últimos años y que, con su peculiar forma de entender la fotografía (sobre todo, la fotografía mortuoria) y sus implicaciones emocionales, pronto se convertirá en un personaje clave para la recuperación de su espíritu y de su corazón.

Habilísimo a la hora de trazar la constelación de personajes que giran alrededor de Dolores (nombre altamente simbólico), Miguel Ángel Hernández construye un universo narrativo donde el hijo de la fotógrafa (Iván), su cuñada Teresa, el servicial Vasil, el intrigante Alfonso (director del Archivo Fotográfico regional) o la presencia poderosa y fantasmal del marido fallecido establecen una red muy poderosa de conexiones, que nos permitirán entender los vínculos entre las fotos mortuorias, los desastres medioambientales que han destrozado el Mar Menor y los huracanes íntimos que no permiten a la protagonista, zarandeada por la culpa, la oxigenación de su alma. Mientras no logre desprenderse de esa ciénaga íntima, seguirá siendo un ser vacío, errante y desconectado de la luz. El problema será descubrir cómo hacerlo.

Todos tenemos algún remordimiento o algún duelo (no necesariamente funeral) que nos sigue torturando, pese a que los años continúen su avance. Todos nos encontramos aquejados por algún trauma cuya extirpación se nos antoja punto menos que imposible. Anoxia se convierte, en ese sentido, en un canto de esperanza: la llave que nos permita cerrar la puerta puede llegarnos por los más inesperados conductos, siempre que seamos receptivos a su aparición.

Dejaré que cada persona que se acerque hasta la novela descubra por sí misma el delicado y sobrecogedor tema de los inquietos, sobre el que no quiero dejar aquí ninguna pista. Y dejaré, también, que cada persona reflexione sobre los matices riquísimos con los que MAHN construye la figura de Dolores, geoda que esconde un inmenso dolor invisible. En pocas novelas encontrará un análisis tan abisal sobre el sentir y el desgarro derivados de la ausencia.

Nos encontramos ante una novela madura, aplomada, mesetaria, llena de páginas inteligentes y de agudas sugerencias, donde las frases cortas actúan como alfileres sobre el lector, aguijoneándolo y desazonándolo. No se la pierdan.

miércoles, 25 de enero de 2023

Ahora tan lejos

 


Me acerco hoy hasta un volumen de relatos de un autor nuevo para mí: Javier Sagarna. La obra se titula Ahora tan lejos y apareció con el sello Menoscuarto en el año 2012. Salvo un par de relatos que quizá me han llamado menos la atención, el libro me ha parecido realmente bueno.

Convincente y sutil en la construcción de sus historias, Sagarna nos habla de la dureza con la que un niño maltratado por su padre calcina un grupo de hormigas, un alacrán y una culebra (“Bichos”); de la tristeza silenciosa de un hombre separado, cuya madre lo visita con la excusa de que su lavadora está rota (“Colada”); de los miedos de una niña, martirizada por el sadismo de su hermano mayor (“El vampiro en la baldosa”); de los jóvenes ilusionados que ocupan un descampado usado por drogadictos, el cual pretenden reconvertir en un oasis de árboles y sosiego (“Esto es un parke”); del padre miedoso que termina propinando un puñetazo a la persona equivocada en el lugar equivocado (“Bala de plata”); del recuerdo de aquella moneda que le daba el abuelo cuando, lleno de vergüenza, lo acompañaba a pasear por la orilla de la playa (“Oro robado”); del frutero pusilánime y abatido, que termina siendo abandonado por su esposa (“El tren”); o de los náufragos Olsson y Laplace, que sobreviven sobre un iceberg, que poco a poco se va derritiendo conforme la masa de hielo avanza por aguas cada vez menos frías (“El Ártico”).

Son relatos sólidos y bien construidos, con los que he gozado de unas horas muy agradables de lectura. Repetiría con el autor.

lunes, 23 de enero de 2023

Primer amor

 


Son varios los amigos que se reúnen para pasar una agradable velada y surge, de forma súbita, un tema de conversación con el cual amenizar esas horas: que cada uno explique cómo fue la historia de su primer amor. Y será Vladímir Petróvich quien, poniéndola por escrito, se convierta en la base de esta novela del ruso Iván S. Turguéniev, que leo después de habérmelo propuesto al menos media docena de veces en los últimos veinte años.

El chico protagonista es apenas un adolescente cuando, veraneando con la familia en una dacha, conoce a Zinaida, una muchacha cinco años mayor que él y que, de gran belleza, pero también de gran frivolidad mundana, coquetea con él… y con varios pretendientes más, que parecen pugnar entre sí por alcanzar sus favores. Incapaz de resistirse a los juegos de aproximación y distanciamiento de la chica (“Hacía conmigo lo que quería”, es la frase con la que termina el capítulo XVIII), Vladímir Petróvich siente que su alma se convulsiona cuando le llegan rumores de que Zinaida tiene un amante con el que se ve a escondidas por la noche. Y más aún se convulsionará cuando descubra la identidad de su rival.

Esta novela corta, deliciosamente conducida por la mano de Turguéniev, nos habla de pasiones juveniles, de arrebatos del corazón y de furias tremebundas (el joven siempre es, porque tiene que serlo, excesivo y desaforado), con una prosa muy agradable y nítida, en la que costumbres, paisajes, tipos humanos y análisis de sentimientos van llenando las páginas con prodigiosa belleza.

A pesar de mi escasa afición a la literatura rusa, reconozco que este libro me ha embriagado.

sábado, 21 de enero de 2023

El pelo de la dehesa

 


Es probable que este libro lleve cuarenta años en las estanterías de mis sucesivas casas, sin ningún tipo de exageración. Y jamás, hasta ahora, me había animado a abrirlo y comenzar su lectura. ¿Por qué? Es difícil responder a ese tipo de preguntas. El nombre de su autor (Manuel Bretón de los Herreros, un bastante olvidado dramaturgo de Logroño) y el título mismo de la obra (para qué nos vamos a engañar) me decían poco. Pero la semana pasada, pasando el plumero por las estanterías y descubriendo el lomo del volumen, lo extraje, leí la primera página y, satisfecho con la sonoridad del verso, decidí llevármelo a mi despacho. Ahora, terminada la experiencia, concluyo que el libro es bastante potable. No se trata, claro, de un prodigio; pero sí de una obra que se lee con agrado.

Resumido en pocas líneas, el drama nos presenta a Elisa, una muchacha de rancio abolengo, quien es cortejada por el militar don Miguel. Pero, tras comprobar que el pretendiente no se anima a pedir su mano, acepta que su madre (una marquesa en bancarrota, con más aires que monedas) apalabre su boda con don Frutos, un aragonés de Belchite, rico y honorable, pero con modales de patán. Cuando el futuro esposo se presenta en la casa de su prometida, todos se hacen cruces con la vestimenta (ajena a toda modernidad), con sus modales gastronómicos (frente a los caldos franceses, prefiere el Cariñena), con sus zapatos (se obstina en llevar su número, en lugar de unos que le aprieten, como dicta el buen gusto lechuguino de la capital) y hasta con su acento (áspero y poco melodioso). No creo que sea necesario adentrarse en más pormenores, porque ya habrá quedado clara la intención del dramaturgo: mostrarnos la fricción que estos temperamentos tan incompatibles provocan, con sus gotitas de estupidez, sus gotitas de hipocresía y sus gotitas de humor.

En este último ámbito, el humor, alcanza Bretón de los Herreros unos instantes de feliz brillantez, sobre todo porque los dosifica con buen tino, sin abusar de ellos. Y también porque los aplica a situaciones que, pudiendo alcanzar un grado desagradable de crudeza, quedan así suavizadas. Sirva de ejemplo la escena X del acto IV cuando, tras plantear don Miguel a don Frutos la necesidad de batirse en duelo, este último elige arma: un garrote. Si recordamos que el propio Manuel Bretón de los Herreros perdió un ojo en un duelo (1818) advertiremos lo notable (y también lo difícil) de la humorada.

En suma, una pieza de enredo, melindres y fingimientos que, con su final feliz (no podía ser de otra manera), aún se lee con una sonrisa.

jueves, 19 de enero de 2023

Deuda de sangre

 


Cada pocas páginas, mientras leía la novela Deuda de sangre, he experimentado el impulso de cerrar el libro y mirar con más detalle el nombre del autor, porque estaba convencido de que, por un despiste inaudito, estaba leyendo en realidad una narración escrita por Juan Rulfo, y no por Ismael Orcero Marín. Tanta es la sugestión que la obra ha provocado en mi ánimo. Lento, implacable, ferruginoso, con una prosa asfixiante llena de calor y sequedad, el cartagenero ha ido creando con inusual solidez una atmósfera opresiva a la altura del maestro mexicano (o del mozambiqueño Mia Couto), vertebrada alrededor de una búsqueda, una persecución y una venganza: después del asesinato inicuo de una niña, su padre (Andrés) y su hermano (Juan) se ponen en marcha para localizar al causante del crimen, un ser diabólico (de oscuros orígenes y raigambre brujeril), al que desean ejecutar. Arácnido y extremadamente habilidoso, el autor nos va enfrentando a gitanos malencarados, médicos trémulos y amigos traidores, que componen al final una espesa orgía de sol, sangre, matojos, perros famélicos, conjuros y ritos ancestrales, seres deformes, tierras baldías y abominación, que atosiga e impresiona. No hay tregua en estas páginas. No hay zona de sombra en la que resguardarse. No hay sosiego. Desde que comienzas hasta que termines, la sed de los protagonistas es tu sed, su miedo es tu miedo, su angustia es la tuya. Jamás se te permite bajar la guardia, porque cuando lo haces descubres que se produce un navajazo, o que los buitres vuelan en círculos a tu alrededor, o que el brillo de una mirada esconde fulgores tenebrosos en los que anida la amenaza.

Este libro hay que leérselo varias veces, con una pausa de meses entre una y otra, porque contiene una profundidad de ambientes y personajes que no resulta posible agotar en una sola aproximación. Este verano (en mi caso), volverá a pasar por mis ojos, lo tengo muy claro.

No cometan la torpeza de ignorarla. Es un consejo de amigo.

martes, 17 de enero de 2023

Una historia ridícula

 


Es fascinante lo que un espléndido narrador (Landero lo es) puede conseguir con unos materiales, en principio, medianos. Porque la historia de Marcial, forzoso resulta reconocerlo, sería una bazofia en manos menos competentes y luminosas que las del novelista extremeño: un personaje extravagante, deforme en lo psicológico, increíble en lo intelectual, disperso, irritante, vacuo, receloso, agazapado, atrabiliario, ciclotímico y que, para redondear la mezcla, se encuentra “redactando” un informe para que podamos leerlo y valorarlo los lectores, además de un misterioso doctor Gómez, que analiza su caso (un “caso”, por cierto, que hasta las dos o tres páginas finales no alcanzamos a entender en su integridad).

Marcial Pérez Armel, matarife y actual jefe de planta de un matadero, conoce en una degustación de productos extremeños a Pepita Núñez de Ayala, una chica de buena familia y hábitos refinados a la que desde el principio intenta impresionar. El lector, consciente de la normalidad de su pretensión, comienza sin embargo a darse cuenta de que el personaje no es alguien equilibrado: se reconoce como un odiador y un rencoroso visceral; abomina de forma abrupta de todo el arte moderno; considera la cocina actual una estafa; crucifica mentalmente a quienes lo ofenden o a quienes, simplemente, coge manía (“Los tengo apuntados en un cuaderno, y cuando muere o cae en desgracia uno de ellos, lo tacho”, p.161); cree disponer del don sobrenatural de causar desgracia a quien se le meta entre ojos. Y a veces, para sorpresa del lector, Marcial se atreve a conjeturar incluso que, si Pepita “no existiera, yo quedaría libre del insoportable dolor que sentía por adelantado ante la amenaza aterradora de perderla” (p.97). En ocasiones, esa vocación homicida alcanza cotas de auténtico delirio exterminador (cuando piensa en las reuniones sociales que se producen en la casa de la muchacha, con asistencia de amigos, “otra vez sentí, y de qué forma, el deseo de matarla, a ella, a su familia y a los pretendientes. A todos”, p.168).

¿Nos encontramos ante una obra psicológicamente inquietante? Sin duda. ¿Quizá se trata de una historia con toques de humor? Indudable. El gran prodigio, como indico en las líneas anteriores, consiste en mantener firme este edificio narrativo, que en tan singulares pilares se asienta. Y eso solamente lo puede conseguir un maestro del lenguaje, de la ironía, del análisis espiritual y de la arquitectura novelesca. O sea, Luis Landero.