lunes, 30 de enero de 2023

Anoxia

 


Resulta imposible estipular de qué modo se cancela más eficazmente un período de dolor, de qué estrategias hay que valerse para superar la angustia, la soledad, el arrepentimiento. Es evidente que cada ser humano lo consigue de una manera distinta y a distinta velocidad. A veces, resulta suficiente con que transcurra un cierto lapso de días; a veces, el desgarro es más profundo y se requiere, ay, un tiempo mayor. No hay calendarios que sirvan para regular el vacío. Dolores Ayala, una de las grandes protagonistas de Anoxia, la última entrega novelística de Miguel Ángel Hernández (Anagrama, 2023), siente esa fractura íntima desde que su esposo Luis, una década antes, perdió la vida en un accidente de moto. Por circunstancias que el lector descubre gradualmente durante la lectura, ella no pudo cerrar el luto de un modo adecuado; y en su interior continúan habitando el desierto, la tristeza, la nada. Mente y cuerpo prosiguen con la tarea mecánica de existir, pero sin que ilusión alguna alborote su ánimo. Está desolada. Está hueca. Sobrevive. Y, de forma inopinada, una llamada de teléfono la pone en contacto con Clemente Artés, un anciano que ha vuelto de Francia para vivir en Murcia sus últimos años y que, con su peculiar forma de entender la fotografía (sobre todo, la fotografía mortuoria) y sus implicaciones emocionales, pronto se convertirá en un personaje clave para la recuperación de su espíritu y de su corazón.

Habilísimo a la hora de trazar la constelación de personajes que giran alrededor de Dolores (nombre altamente simbólico), Miguel Ángel Hernández construye un universo narrativo donde el hijo de la fotógrafa (Iván), su cuñada Teresa, el servicial Vasil, el intrigante Alfonso (director del Archivo Fotográfico regional) o la presencia poderosa y fantasmal del marido fallecido establecen una red muy poderosa de conexiones, que nos permitirán entender los vínculos entre las fotos mortuorias, los desastres medioambientales que han destrozado el Mar Menor y los huracanes íntimos que no permiten a la protagonista, zarandeada por la culpa, la oxigenación de su alma. Mientras no logre desprenderse de esa ciénaga íntima, seguirá siendo un ser vacío, errante y desconectado de la luz. El problema será descubrir cómo hacerlo.

Todos tenemos algún remordimiento o algún duelo (no necesariamente funeral) que nos sigue torturando, pese a que los años continúen su avance. Todos nos encontramos aquejados por algún trauma cuya extirpación se nos antoja punto menos que imposible. Anoxia se convierte, en ese sentido, en un canto de esperanza: la llave que nos permita cerrar la puerta puede llegarnos por los más inesperados conductos, siempre que seamos receptivos a su aparición.

Dejaré que cada persona que se acerque hasta la novela descubra por sí misma el delicado y sobrecogedor tema de los inquietos, sobre el que no quiero dejar aquí ninguna pista. Y dejaré, también, que cada persona reflexione sobre los matices riquísimos con los que MAHN construye la figura de Dolores, geoda que esconde un inmenso dolor invisible. En pocas novelas encontrará un análisis tan abisal sobre el sentir y el desgarro derivados de la ausencia.

Nos encontramos ante una novela madura, aplomada, mesetaria, llena de páginas inteligentes y de agudas sugerencias, donde las frases cortas actúan como alfileres sobre el lector, aguijoneándolo y desazonándolo. No se la pierdan.

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