miércoles, 13 de diciembre de 2023

Murillo

 


Entre mis recuerdos de infancia se encuentra el delantal negro que siempre llevaba mi abuela, y en cuyo bolsillo guardaba un trozo de pan (esas previsiones tristes de quien ha pasado mucha hambre en la guerra) y una estampa con un Niño Jesús y un cordero. Esa imagen, que a mí me parecía muy hermosa y cuya paternidad artística ignoraba, era “El Buen Pastor”, de Bartolomé Esteban Murillo. Así que imagínense con qué orgullo y con qué ternura he leído la obra divulgativa que le tributa Enrique Valdivieso y que ahora traigo a mi Librario.

Para empezar a situarnos ante el panorama de la época, el profesor vallisoletano nos cuenta que la ciudad de Sevilla se encontraba, durante el reinado de Felipe II, en un período de decadencia económica, que se vio endurecida en 1649, cuando se extendió por ella una epidemia de peste que redujo a la mitad su población y sumió a los supervivientes en unos años de hambre y religiosidad. En ese ambiente surge la figura de nuestro pintor, que rellenó con sus imágenes sacras el corazón y los ojos de quienes necesitaban consuelo divino y esperanza para el porvenir. Casado en 1645 con Beatriz de Cabrera y padre de, al menos, diez hijos, Murillo desarrolló una enorme capacidad de trabajo, que permitió a los suyos llevar una vida desahogada. Viudo desde 1663, jamás consintió volver a casarse. En la actualidad, se ignora donde reposan sus restos.

Durante todos los años en que se mantuvo activo, el pintor sevillano recibió un elevado número de peticiones para pintar lienzos, aunque probablemente el contrato más espectacular fue el que recibió por parte de la iglesia de los Capuchinos, que le encargó no solamente el retablo del altar mayor, sino también los que adornaban las capillas laterales del templo. Otra de las egregias personas que requirieron sus servicios fue el famoso Miguel de Mañara (seguro que recuerdan los versos de Antonio Machado: “Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido”), que le encomendó la realización de seis pinturas alegóricas.

Igualmente nos informa Valdivieso con puntualidad de las dimensiones que llegó a adquirir la rapiña del mariscal napoleónico Jean-de-Dieu Soult, que arrambló avariciosamente con todo lo que pudo durante su paso por España, para mayor gloria de su enriquecimiento personal, bajo socorridas excusas bélicas.

Una obra útil y entretenida, en la que el profesor Enrique Valdivieso nos ofrece un admirable recorrido por la biografía y las obras del pintor andaluz.

Muy recomendable.

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