miércoles, 25 de febrero de 2026

Prosas profanas

 


Con Rubén Darío, las premisas están claras: sabes que sus versos van a estar henchidos de náyades, burbujeantes de cisnes, aromados de músicas sacras y brisas de oro, ahítos de princesas pálidas y altisonantes de púberes canéforas que ofrendan el acanto. O lo tomas o lo dejas. No hay posibilidad de pactar un término medio. Si consideras que es hermoso, pero te fatiga, léelo despacio y en dosis limitadas (puedes emplear una semana para acabar el libro). Si juzgas que es una pedantería insufrible, déjalo. El nicaragüense no te está engañando: muestra desde el principio sus cartas perfectamente nítidas (ebúrneas y esplendentes, diría él). Si decides entrar, te da la bienvenida; si decides ignorarlo, te ampara todo el derecho.

En estas Prosas profanas ocurre “tres cuarts de le prope”, como decía el gran Tip: Rubén se inventa vocablos (ese “pitagorizar” que alumbra el soneto ‘Ama tu ritmo’); reconoce sus admiraciones, introduciendo los nombres de poetas egregios en sus líneas (Verlaine, Heine, D’Annunzio, Horacio, Virgilio); ensaya rimas sorprendentes (lujurias / Asturias, extraterrestre / san Silvestre, Eulalia / Onfalia); construye aliteraciones de feliz recordación (“el ala aleve del leve abanico”, “la regia y pomposa rosa Pompadour”, “la libélula vaga de una vaga ilusión”); y, continua y fervorosamente, fragantiza (se me ha pegado) sus versos con templos, jardines, atardeceres, crisálidas, estrellas, tesoros, marfiles, abedules y labios orientales. Insisto: pueden ustedes tomarlo o dejarlo. Yo, desde luego, lo tomo.

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