Podría
invocar la magdalena de Proust e incluso la fragancia de un jabón que, siendo
niño, usé de forma casual porque mi madre lo compraba y ahora, cuando he
recuperado su aroma medio siglo después, me hace cerrar los ojos y rememorar la
exacta decoración del cuarto de baño donde lo pasaba por mi piel. Ahora, con
cuatro décadas de distancia, abro las páginas del volumen El libro de arena
y recupero las sensaciones de 1986. Ni mejores ni peores: idénticas. Podría
hablar de fascinación, de embrujo, de deslumbramiento. También, sin hipérbole,
podría hablar de sorpresa, porque Borges sorprende siempre, aunque leamos cien
veces el mismo texto. Creo haberlo dicho alguna vez: yo no releo a Borges, lo leo.
Porque en cada ocasión sabe a la primera vez, como el beso de la persona a la
que amas con locura, como la sonrisa infinitamente igual e infinitamente
placentera de tu hijo o tu hija, como la arrugada plenitud de las manos
acariciadas de tu madre o tu padre.
Me habla de la reunión fascinante entre el viejo Borges y el joven Borges, de la enigmática Ulrica, de la urdimbre de un Congreso que repite el mundo, del horror obtuso e innombrable que sube por la escalera de una casa antigua, del poeta que consigue capturar la Belleza y la elude con la resignación del suicidio, del magnicida que se aísla antes de la consumación de su crimen para no manchar a nadie con sus actos, de la codicia que genera un disco invisible con un solo lado, del libro cuyas páginas se desdoblan sin fin. Y en todas sus fabulaciones atiendo más a la voz que al contenido de su parlamento. Subrayo frases (“Lo que decimos no siempre se parece a nosotros”; “Hay un misterioso placer en la destrucción”; “El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos”; “Todo viaje es espacial. Ir de un planeta a otro es como ir a la granja de enfrente”), me detengo ante adjetivos insospechados, abro los ojos ante verbos inauditos. Sé que estoy sentado en mi sillón, pero quizá debería estar de pie. O de rodillas. Es Jorge Luis Borges, por el amor de Dios. Qué regalo, sus libros.

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