Realicé
en 2024 mi primera aproximación a la obra de Santiago Posteguillo, con el libro
El séptimo círculo del infierno ( https://rubencastillo.blogspot.com/2024/05/el-septimo-circulo-del-infierno.html). Y,
como me dejó una agradable impronta, renuevo mi interés con La noche en que
Frankenstein leyó el Quijote, que replica el procedimiento del anterior:
anécdotas literarias convertidas en pequeños relatos o diapositivas, muy bien
narradas y con su punto de misterio narrativo. A veces, el enigma no es tal,
porque identifico desde la primera línea de quién está hablando (por ejemplo,
cuando dice que un hombre llamado Max vuelve en junio de 1924 de un funeral);
pero en otras ha conseguido convertirme en ese lector infantil o juvenil que
está ansioso por descubrir la identidad del personaje protagonista.
Posteguillo, qué duda cabe, lo hace muy bien.
Con
agrado, con auténtico placer, los lectores vamos descubriendo que fue Zenódoto
de Éfeso quien aplicó el método alfabético para ordenar la biblioteca de
Alejandría; o asistimos fascinados al relato novelesco de cómo Diego Hurtado de
Mendoza entregó el original del Lazarillo de Tormes a un editor
inescrupuloso para que lo convirtiera en libro; o leemos sobre la posible
intriga de espionaje que convirtió a Shakespeare en una simple marioneta, que
puso su nombre para que se fueran publicando las obras de Marlowe; o nos
compadecemos del niño cojo y tímido que terminaría convirtiéndose en uno de los
autores de novela histórica más famosos del mundo; o sonreímos con la anomalía
vengativa (y algo soberbia y rencorosa) que utilizó José Zorrilla para ingresar
en la RAE, pronunciando su discurso en verso; o asistimos en silencio al
bautismo de una niña cuyo padre (un sacerdote) no pudo reconocerla; o sentimos
la congoja de Jane Austen cuando le fue rechazada su novela Orgullo y
prejuicio; o, en fin, nos enteramos de que la Gestapo robó en casa de Dora
Diamant un buen número de cartas y originales de Franza Kafka, sin que
actualmente sepamos si fueron destruidos o se conservan en algún lugar
ignorado.
En cada cuadro, Santiago Posteguillo nos descubre una pliegue poco iluminado de la historia literaria o nos invita a reflexionar sobre la sinrazón humana (tras contarnos cómo Raymond Chandler estuvo a punto de morir durante la Primera Guerra Mundial, antes de escribir sus fascinantes novelas negras, nos dice: “Nunca sabremos cuántas otras novelas, obras de arte, avances científicos, vacunas, descubrimientos o maravillas se nos quedan cada día en las interminables trincheras de este mundo, en un bando o en otro”, p.148). Sí, salgo convencido de esta segunda aproximación a la obra del autor valenciano. Habrá una tercera dentro de poco.

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