Dos
sensaciones contradictorias me asaltan cuando llego a la última página del
drama Piensa mal… ¿y acertarás?, de José Echegaray. Por un lado,
reconozco la gracia y el aire agradable de algunos tramos de la obra (que está
en verso), los cuales se deslizan con una facilidad no exenta de mérito; por el
otro, me disgusta el ampuloso tono melodramático que en otras secuencias flota
en sus líneas. En general, creo que es más una obra “de oficio” que una pieza
“de talento”, pero sin desdeñar sus bondades. Por lo que no paso (ni muerto ni
vivo) es por las acotaciones absurdas que el escritor madrileño introduce de
vez en cuando, explicando lo que ocurre en la obra, por si uno es imbécil y no
se ha conseguido enterar. Qué poca fe en su capacidad para explicarse. Qué poca
fe (y esto es peor) en la inteligencia de sus lectores.
En pocas palabras, todo gira alrededor del matrimonio formado por Olvido y Benigno (el simbolismo de los nombres ni siquiera merece aclaraciones), que tienen acogida en casa a la pequeña Nieves. No es hija de Benigno, sino huérfana a la que tienen “adoptada”. Pero pronto descubrimos que Nieves, en realidad, es hija de una ingrata experiencia que tuvo Olvido con un misterioso personaje… quien terminará apareciendo por la obra, sin saber de su paternidad. Los enredos y los malentendidos, como es fácil calibrar, menudean en el segundo acto y llegan a su culmen en el tercero, donde se llega al clímax de aceptación, de tristeza y de perdón. Si vuelvo a Echegaray, no será con una obra en verso, lo tengo claro. Le pondremos un “bien”, como se dice en el colegio: ni aplausos ni abucheos.

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