miércoles, 18 de marzo de 2026

Emily Dickinson. Amor como los árboles

 


Dispongámonos a escuchar, a ver, a sentir el diálogo que se desarrolla entre dos mujeres en medio de las cuales fluye una electricidad poderosa y secreta: la que emana del amor. UNA tiene unos años más que OTRA (comenzó sus estudios en la universidad cinco años antes) y es más decidida y más enérgica: ya hace tiempo que ha optado por la escritura y, sobre todo, por la vigorosa decisión de elegirse libre. OTRA, menos aguerrida, se camufla tras pudores y tras convencionalismos, que la instalan en un territorio confortable y la exoneran de culpas (aunque también la alejan de la felicidad). Ahora, ambas se encuentran de visita en la vieja casa de la poeta Emily Dickinson y curiosean su universo: los muebles, la calidad de la luz, la disposición de los papeles, los viejos zapatos. UNA siente en su alma la volcánica presencia del amor, pero se enfrenta al espíritu refractario o hermético de OTRA, que parece negarse a entenderlo. Le recita poemas, le recuerda canciones, le refresca cartas… y finalmente le confiesa (de un modo paulatino) que todo lo ha compuesto para ella, porque siente “un amor más puro, más alto… y más intenso y más libre”, como el que sintió la propia Emily Dickinson por su cuñada Susan Gilbert.

Instalado con ellas en el reducido espacio escénico, el lector va notando la vibración que esas emociones provocan en las dos mujeres, quienes resucitan la ceremonia del amor siglo y medio después de una forma gradual, cautelosa, esperanzada. Las escuchamos, como digo, declamar poemas y entonar canciones, quizá porque el amor (ese amor que no se atreve a decir su nombre, según lo definió Oscar Wilde) tiene que hablar con vuelo de música y no le es posible desnudarse sino con las llamaradas enigmáticas del verso.

El lector, si es sagaz y permanece en silencio, pronto descubre que esa melodía nació a finales del siglo XIX y que, acunando el corazón de dos mujeres, continúa resonando en el corazón de otras dos, que tal vez son las mismas, porque el secreto, el fuego y el éxtasis siempre son idénticos. Se ama y el amor no se extingue; se desea y el deseo adquiere condición de inmortalidad; se acaricia con los ojos y con las palabras y esa seda no se deteriora con el paso de los años. Todos los fuegos el fuego, como hubiera dicho el argentino Julio Cortázar. Marino González Montero, sensible y poeta, alma y palabras, logra condensar ese arcoíris, ese océano de fragancias, ese cosmos de dulzura, en unas páginas sin duda memorables, que piden a gritos ser escuchadas desde el escenario.

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