Dispongámonos
a escuchar, a ver, a sentir el diálogo que se desarrolla entre dos
mujeres en medio de las cuales fluye una electricidad poderosa y secreta: la
que emana del amor. UNA tiene unos años más que OTRA (comenzó sus estudios en
la universidad cinco años antes) y es más decidida y más enérgica: ya hace
tiempo que ha optado por la escritura y, sobre todo, por la vigorosa decisión
de elegirse libre. OTRA, menos aguerrida, se camufla tras pudores y tras
convencionalismos, que la instalan en un territorio confortable y la exoneran
de culpas (aunque también la alejan de la felicidad). Ahora, ambas se
encuentran de visita en la vieja casa de la poeta Emily Dickinson y curiosean
su universo: los muebles, la calidad de la luz, la disposición de los papeles,
los viejos zapatos. UNA siente en su alma la volcánica presencia del amor, pero
se enfrenta al espíritu refractario o hermético de OTRA, que parece negarse a
entenderlo. Le recita poemas, le recuerda canciones, le refresca cartas… y
finalmente le confiesa (de un modo paulatino) que todo lo ha compuesto para
ella, porque siente “un amor más puro, más alto… y más intenso y más libre”,
como el que sintió la propia Emily Dickinson por su cuñada Susan Gilbert.
Instalado
con ellas en el reducido espacio escénico, el lector va notando la vibración
que esas emociones provocan en las dos mujeres, quienes resucitan la ceremonia
del amor siglo y medio después de una forma gradual, cautelosa, esperanzada.
Las escuchamos, como digo, declamar poemas y entonar canciones, quizá porque el
amor (ese amor que no se atreve a decir su nombre, según lo definió Oscar
Wilde) tiene que hablar con vuelo de música y no le es posible desnudarse sino
con las llamaradas enigmáticas del verso.
El lector, si es sagaz y permanece en silencio, pronto descubre que esa melodía nació a finales del siglo XIX y que, acunando el corazón de dos mujeres, continúa resonando en el corazón de otras dos, que tal vez son las mismas, porque el secreto, el fuego y el éxtasis siempre son idénticos. Se ama y el amor no se extingue; se desea y el deseo adquiere condición de inmortalidad; se acaricia con los ojos y con las palabras y esa seda no se deteriora con el paso de los años. Todos los fuegos el fuego, como hubiera dicho el argentino Julio Cortázar. Marino González Montero, sensible y poeta, alma y palabras, logra condensar ese arcoíris, ese océano de fragancias, ese cosmos de dulzura, en unas páginas sin duda memorables, que piden a gritos ser escuchadas desde el escenario.

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