Comencemos
por una confesión (no orgullosa ni avergonzada, pero sí explícita): nada sé de
flamenco. En general, nada sé de música, si me sacas de los Beatles, Kitaro o
REM. Como decía una profesora mía del instituto: no tengo oído, tengo orejas.
Así que acudo al manantial de Internet y me entero de que las alegrías son el
palo más festero del flamenco, que proceden de Cádiz, que Miguel Poveda las
borda y que “tienen una cadencia natural que parece mecerse como una ola. Sus
subidas son golpes de mar. Sus bajadas, barcas” (me ha gustado tanto esa
definición que la copio con aplauso de https://www.corraldelamoreria.com). Pero
he comprado el libro Alegrías, de Marino González Montero, y me gusta
aprender cosas. Y lo principal que me ha sido dado aprender en estas páginas es
que el autor extremeño, además de un prosista y un dramaturgo magnífico, no es
peor poeta (o “cantaor del verso”, como quizá resulte mejor). Sirven para
demostrarlo estas composiciones juguetonas, alígeras, que nos hablan de penas
(“Mañana parte un vapor / directo a Constantinopla / no encuentro sitio mejor /
pa’alejarme de este mundo / y poder llorar a solas”), de admiraciones musicales
(“Las cuerdas de la guitarra / quieren que venga la noche / pa soñar
entre tus manos / ande lo dulce se esconde”) o de erotismo (“Te vi
meterte en el agua / y supe que estaba fría / por tus labios de morao /
y porque el cuerpo me ardía”).
Y, por supuesto, no dejen de extasiarse con las fotografías, espectaculares, de Nazaret Nova, que nos muestran brumas al atardecer, barro cuarteado, palomas que aguardan para lanzarse al vuelo, chicas que contemplan el agua, paseantes de otoño o nocturnos con farolas. Una delicia visual que se va alternando con la delicia poética. Intenten no perdérsela.

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