Acabo
hoy la trilogía de obras que el valenciano Santiago Posteguillo dedica a la
historia de la literatura a través de anécdotas, episodios poco conocidos e
incluso secretos que aún permanecen sin desvelar. Todas ellas me han gustado,
porque me han hecho disfrutar y me han permitido aprender. ¿Es concebible no
aplaudir en estos casos? La sangre de los libros vuelve a aportarme un
buen número de instantes sorprendentes o enigmáticos, relacionados con el mundo
de los libros: la manera azarosa y providencial con la que Francesco Petrarca
rescató de ser quemado (en 1333) un manuscrito que contenía el original de la
defensa de Archia, obra de Cicerón; el modo casi detectivesco con el que los
hijos de Dante Alighieri descubrieron los últimos cantos (hasta entonces perdidos)
que completaban la Divina comedia; la tristeza desolada e infinita de
Charlotte Brontë, viendo cómo todos sus seres queridos morían, le rechazaban su
primera novela y el hombre (casado) del que estaba enamorada no le prestaba
atención; la terrible agorafobia de Emily Dickinson, dentro de la cual escribió
su íntima y genial poesía; el oportunísimo eclipse de sol que se produjo a los
pocos minutos de la muerte de Gustavo Adolfo Bécquer; el sangriento modo que
eligió para suicidarse el italiano Emilio Salgari, creador de personajes como
Sandokán; el asombroso encargo que un presidente francés le realizó a un
novelista español; o los orígenes conquenses de Elias Canetti (cuya familia,
sefardí, fue expulsada de Cañete y tuvo que cambiar de país y de idioma).
Quizá
lo más atractivo del volumen (siendo muchas las bondades que exhibe) sea la
manera en que Santiago Posteguillo novela sus anécdotas, convirtiéndolas en
hermosas minipelículas (y que conste que no utilizo la palabra con
ironía, sino con aplauso) que recorremos con la ilusión de desentrañar su
enigma. “¿De quién nos está hablando esta vez?”. En ocasiones, resulta fácil
deducirlo desde las primeras líneas (porque reconocemos algún nombre o alguna
fecha); pero en otras el misterio queda protegido casi hasta el fin, y eso impregna
la lectura de un placer adolescente que me ha encantado recuperar. Además,
redondea el tomo de una manera magnífica: “Y, por lo que más quieran, no se
detengan, no dejen de leer ahora simplemente porque se nos hayan terminado las
páginas”. Tiene toda la razón: sigamos leyendo más libros. Muy notable.

No hay comentarios:
Publicar un comentario