Existen
(soy consciente de estar emitiendo una perogrullada) muchos tipos de
narradores. Los hay que construyen historias, y se centran sobre todo en los
pormenores del argumento: se me ocurren muchos ejemplos magníficos, que seguro
que ustedes también conocen y han disfrutado. Los hay que prefieren dibujar
personajes, porque su vena psicológica se les antoja la más interesante. Y los
hay que diseñan atmósferas. El libro que acabo de terminar de Alejandro
Amelivia (que obtuvo el premio Ciudad de Coria en 2022) creo que lo inscribe en
este último bloque. Con una pericia versátil, el escritor logroñés nos instala
desde los primeros párrafos de cada cuento en burbujas de enigma y sofoco,
dentro de las cuales los lectores flotamos intentando descubrir algún asidero
al que poder aferrarnos: a veces, se tratará de un pueblo al que se acude para
cambiar el aceite de un coche que ya ha superado el kilometraje aconsejado por
los fabricantes (“Tres cuartos de vuelta en sentido horario”); otras veces, nos
dejará asistir como horrorizados espectadores al macabro lanzamiento de una
moneda para decidir cuál de los ocupantes de una embarcación se somete a una
cirugía bárbara (“Cebar los anzuelos”); y otras nos pedirá que nos acerquemos
con sigilo a una isla en la cual un hombre armado está dispuesto a disparar
para no dejarnos que desembarquemos (“Lobo negro”).
En
esos ámbitos, el aire adquiere una densidad única y tendremos que conseguir que
nuestros pulmones se habitúen. Relájense y déjense llevar. Les aseguro que
termina mereciendo la pena, porque accedemos a universos sorprendentes: un
hombre que rescata en la carretera a un animal salvaje; el marido huraño que
adquiere un catamarán para intentar reparar la deteriorada relación con su
esposa; el chico adolescente que se adentra en el territorio de los shawnees
para conectar con el espíritu de su madre fallecida; el alcohólico que acepta
un trabajo para rehacer su vida (aunque su nuevo patrón no sea el más afable
del mundo).
Alejandro Amelivia me ha vuelto a convencer, como me ocurrió con mi primera aproximación a su narrativa (https://rubencastillo.blogspot.com/2026/02/como-meteoritos.html). Inténtenlo ustedes: es un consejo de amigo.

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