Sabía
de la afición y del amor de Carmen Granero por la poesía, pero aún no había
tenido la oportunidad de adentrarme en un libro suyo. Y ahora, gracias a la
feliz intermediación de su sobrino Antonio, he podido hacerlo. La obra,
publicada por el sello Tirano Banderas, se titula Antídoto contra la locura
y nos muestra la plenitud sensorial y emocional de un corazón que mira, piensa
y escribe; de un corazón que, sabio y reflexivo, contempla el mundo y absorbe
sus perfiles; de un corazón que, pese a ser consciente de que somos “pequeños
átomos”, también lo es de nuestra condición de seres “únicos e imprescindibles”
(p.13).
Entregada
al análisis de su entorno, Carmen (quien se reconoce “huérfana, aun teniendo
padres”, porque todos atesoramos soledades que humillan nuestros hombros)
construye poemas con delicadas asonancias (léase, por ejemplo, el titulado
“Niebla”); nos habla de refugios interiores, en los que resguardarse de las
asechanzas de la tristeza (“Ya no tengo lugar donde esconderme. El mundo está
llorando. Solloza amargamente. Miro dentro de mí. Voy buscando un rincón”); se
auxilia con versos entrañables de sus poetas favoritos (“Con ellos encontré el
horizonte”); consigue líneas que toda madre querría haber escrito, pensando en
sus hijos (“Los pasos que no vuelven”); se extasía con los acordes emanados de
la guitarra de Carlos Piñana (“Solo del viento”); nos pasea por diversos puntos
de Europa (Florencia, la Toscana, Burgos); nos regala preciosos textos
primaverales (bellísimo resulta el titulado “Renacimiento”); o alcanza
metáforas tan poderosas como la que puede encontrarse en la “Oda a la alegría”,
donde nos habla del sol y nos dice que es “un caballo henchido de luciérnagas”.
Ha sido una auténtica felicidad descubrir que la gran persona que es Carmen no se diferencia ni un ápice de la gran poeta que se descubre en estos versos. Les toca a ustedes descubrirlo.

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