lunes, 30 de marzo de 2026

Criaturas no domésticas

 


La editorial Liliputienses, que anda de celebración (sus lectores andamos de celebración siempre), acaba de poner ante nuestros ojos el poemario Criaturas no domésticas, de la mexicana Zel Cabrera. Y ha sido curioso cómo, apenas leídas dos o tres páginas del volumen, me haya venido a la memoria una frase que Ramón Gómez de la Serna dejó consignada en su Diario póstumo: “Los repetidos sellos de “archívese” que nos quieren o nos van poniendo a la espalda no deben resistirse; hay que escapar apenas se les sienta”. Quizá de eso trata la rebeldía de Zel Cabrera: de ser poeta no doméstica, iluminadora de grutas. Ella lo dice de un modo más explícito: “Escribir me hace una criatura salvaje, exagera mis rasgos de animal, olfato, tacto, vista, alerta, no civilizada, sin horarios, sin rutinas, sin amor, sin más patria que las palabras, sin más patria que este poema”. Perteneciente a una dinastía (a un mundo, en realidad) de mujeres habilitadas para el ámbito doméstico o resignadas a él (su abuela, su madre), ella se confiesa incapaz de amoldarse a sus registros: odia fregar los platos, no dobla bien la ropa limpia, se aburre eligiendo productos en el supermercado, se le quema el arroz. Por eso busca su universo en la poesía. Pero no en cualquier tipo de poesía, sino en la concebida como alboroto de verdad y desgarro, en la que saca las uñas y deja surcos de sangre, en la que reivindica su decisión de no ser una muñeca bonita para agrado de los demás.

Y de pronto, cuando ese territorio ha quedado establecido y parece marcar los senderos del poemario, la voz comienza a hablarnos (y la saliva del lector se agría) de una relación tóxica que padeció: aquel hombre que desdeñaba sus versos (porque los sospechaba superiores a los suyos), que le pedía depilarse el pubis (para cumplir sus fantasías de pedófilo masturbador), que la pretendía boba y “femenina”. Zel Cabrera no fue feliz (¿cómo podría serlo?) en aquel tiempo de convencionalismos y renuncias, en el que todo, hasta los colores, estaban regulados (“Si tienes vulva te toca el rosa”) y en el que urgía plegarse a la vieja domesticación social de los roles impuestos por los varones (“Rejas que llamaron hogar, los hijos que Dios mande, y vivieron felices para siempre”).

Criaturas no domésticas es una maravilla de texto, de los que abren los ojos y te obligan a reorganizar la mente. Se agradece mucho que, de vez en cuando, nos llegue un soplo de aire fresco de este calibre para reflexionar.

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