martes, 24 de marzo de 2026

La estrella robada

 


Después de haber paseado mis ojos cien veces por el nombre de Mary Higgins Clark en varias librerías de segunda mano, he decidido adquirir (y leer esa misma tarde, sin pausa) su novela La estrella robada, que traduce Matuca Fernández de Villavicencio. Y estoy seguro de que no será mi última aproximación a la autora norteamericana, porque ha conseguido que el ritmo de su prosa me lleve de la mano con un argumento que, quizá, abusa de las casualidades y el ternurismo, pero que engancha y convence. Bien por ella.

Imaginen que estamos en una iglesia de Manhattan, de la que cuida monseñor Ferris. Es de noche. Y, mientras está cerrándola, no advierte que un delincuente llamado Lenny se ha escondido en el confesionario, para proceder después al robo de un valioso cáliz de plata, que perteneció al obispo Santori. Mientras, en el exterior de la iglesia, una chica llamada Sondra, que acaba de ser madre y no puede asumir el cuidado de la niña que ha traído al mundo, abandona al bebé en un carrito, esperando que monseñor Ferris le consiga una familia de adopción. Por desgracia, lo que ocurre es que Lenny comprende que llevarse ese carrito le puede servir como herramienta de despiste, en caso de que lo persiga la policía. Resulta fácil comprender el drama que se inicia en ese punto. Y la continuación del mismo, siete años después, se enrarece más todavía con un testamento que ha sido falsificado, con una concertista de violín que acude para tocar en el Carnegie Hall, con un policía perspicaz y, sobre todo, con una mujer llamada Alvirah que se obstina en descubrir la solución de todo el enredo.

Elegante y clara a la hora de exponer su historia, Mary Higgins Clark consigue un relato convincente y que sirve para amenizar un par de tardes de lectura sosegada. No es mal negocio.

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