martes, 17 de marzo de 2026

Diario político y sentimental

 


Hace muchos años, Arturo Pérez-Reverte le explicaba a Jesús Quintero que había contestado a Paco Umbral mediante un artículo dándole “un sartenazo” (sic). No recuerdo qué asunto los enzarzó, ni recuerdo (como es lógico) de parte de quién pude estar en aquel rifirrafe. Pero hilvano ambos nombres en el inicio de esta reseña porque, habiéndolos leído mucho (sobre todo a Umbral), hay un detalle del autor de Cartagena que me lo hace más amable y más cercano, a día de hoy: su insistencia en las lealtades. Es decir, la convicción (que comparto) de que debemos mantenernos fieles a una, dos, tres, equis personas, que el curso de los años ha mantenido cercanas, luminosas y necesarias en nuestro corazón. Yo, por más que me esfuerzo, no consigo localizar un solo nombre que para Paco Umbral haya sido inalteradamente respetable, ni siquiera el de Camilo José Cela. Las personas a quienes retrató (da igual que sea Pilar Miró o Pedro Almodóvar, Concha Velasco o Adolfo Suárez, Pío Baroja o Plácido Domingo) pasan, de ser bendecidos o reverenciados, al papel de despojos. A veces, antes; a veces, después. Nadie se libra en un momento u otro de sus atrabiliarios y envenenados dardos verbales. Nadie se encuentra a salvo de sus malignidades y denuestos. Eso me lo hace cada vez más personalmente antipático.

Pero, claro, está su prosa, que es un prodigio de burbujeos y de hallazgos, un océano de luces, un festín inagotable de manjares deliciosos, que parece desatarse con el simple acto de situarse ante las teclas y sentirse rodeado por el silencio de la dacha; y uno tiene que ser honesto y decir que Umbral no le cae bien (no me cae, coño, para qué voy a decir otra cosa), pero que es un jodido genio, capaz de definiciones criminalmente seductoras (define a Manuel Fraga Iribarne como “el último hombre de la Atapuerca galaica”), de reflexiones sutiles y llenas de silencio (“Ha mejorado la calidad de la vida y se ha deteriorado escandalosamente la calidad del vivir, que es otra cosa”), de análisis sobre la actualidad nacional (“España, dictadura de espejos donde se ha confundido la transparencia con el fisgue y la libertad se ha convertido en la bandera paradójica de los carcelarios”), de confesiones personales, en las que el verbo está elegido con dura lucidez (“Soy solo como siempre quise serlo, desde niño, soy malignamente solo”), de máximas que te obligan a pensar (“El infierno no es dejar de creer en Dios, sino dejar de creer en uno mismo”), de provocaciones culturales (“Las óperas no suelen ser otra cosa que una antología de gritos, una bronca”), de exaltaciones encomiásticas que en otros libros rectificaría con similar vehemencia (“Pablo Neruda, sin duda el más grande poeta en castellano, con Quevedo”), de fervores animalistas que no se restringen a sus siempre reverenciados gatos (“Uno de los pocos y buenos amigos que el hombre puede encontrar en sociedad. El galgo es así como el violín en perro”) e incluso de coqueteos con la greguería (“El smoking es vestirse de luto para la alegría”). Siempre admitiré, pese a mis discrepancias con el tipo de persona que fue Paco Umbral, lo muchísimo que disfruto su prosa. Y este volumen me ha servido para recordarlo una vez más.

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