El
punto de arranque de esta novela de Santa Cruz García Piqueras llamará sin duda
la atención de sus lectores desde la primera página. ¿Por qué? Permítanme que
les resuma el inicio, para que lo entiendan: Teresa es una profesora que acaba
de jubilarse y que, con el objeto de conmemorar ese feliz día, decide reunir a
los seis componentes de la Peña, las seis personas (tres hombres y tres
mujeres) que desde la infancia han sido como los mosqueteros de Dumas: Todos
para uno y uno para todos. Entre ellos se formaron vínculos de amistad, de
compañerismo e incluso de amor, que prometían consolidar tres futuros
matrimonios. Pero la muerte de don Julián, un profesor interino de matemáticas
que les dio clase en bachillerato, marcó un punto de inflexión en la
trayectoria del grupo: a partir de esa jornada se inició el alejamiento. Uno de
ellos se dedicó, como aficionado, a la escritura (Félix); otra, que pensaba
estudiar medicina, se convirtió al fin en ATS (Ángela); otro se decantó por el
mundo del ladrillo, y llegó a ser un constructor famoso (Aurelio); otro optó
por montar una clínica veterinaria (Alberto); y la última trabaja en el
Servicio de Ayuda a Domicilio (Gloria).
Ahora,
ustedes me preguntarán que dónde está la extrañeza o el asombro de este
planteamiento, tan habitual en cualquier grupo de amigos de la infancia, al que
la vida va conduciendo por derroteros divergentes. Les responderé: cuando acaba
la comida de jubilación, Teresa se aclara la voz y, mirándolos seria, formula
una pregunta terrible: “¿Quién mató a don Julián la noche que intentó
violarme?”. Ya tienen ahí la semilla del relato, sobre todo porque cuando Félix
está a punto de confesar que fue él quien empujó el coche del profesor (con él
dentro) al río, se alzan las voces de Ángela, Aurelio, Alberto y Gloria,
quienes de forma individual manifiestan ser los autores del crimen.
De
ese modo se inicia una narración que, como es comprensible, tiene por objeto
descubrir qué pasó en verdad. En esa catarsis colectiva, todos tienen algo que
decir, todos arrastran culpas, todo cobijan remordimientos; y consideran que es
la ocasión perfecta para sincerarse y descubrir lo que realmente ocurrió
aquella noche que, aunque quieran, no pueden olvidar. Avanzando por el pantano
de las confesiones (pasadas y presentes), los seis amigos van dejando sobre la
mesa sus frustraciones, sus miedos, sus amarguras, sus lágrimas.
Como
detalle gracioso (para quitarle un poco de negrura a este panorama), les
aconsejo que acudan a la página 168, en la que Félix, mientras habla por
teléfono con Ángela, le dice: “Tengo ganas de veros, de darte un brazo”. Pocas
veces un error tipográfico fomentó con tanta energía la automutilación.
El sabor de los sueños insiste (quizá demasiado, en mi opinión, para tratarse de una novela y no de un ensayo) en los conceptos básicos del feminismo, el cambio climático, el respeto a la naturaleza, el lenguaje inclusivo, la fe en la Madre Creadora, la lucha contra el androcentrismo y el patriarcado testosterónico, los recortes sanitarios o la crítica a la educación judeocristiana, que impregnan el texto en sus líneas argumental y verbal de un modo, a veces, sofocante. Pero la almendra del misterio te va llegando por sus páginas de manera eficaz, así que yo les aconsejo que prueben.
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