domingo, 31 de agosto de 2025

El sabor de los sueños

 


El punto de arranque de esta novela de Santa Cruz García Piqueras llamará sin duda la atención de sus lectores desde la primera página. ¿Por qué? Permítanme que les resuma el inicio, para que lo entiendan: Teresa es una profesora que acaba de jubilarse y que, con el objeto de conmemorar ese feliz día, decide reunir a los seis componentes de la Peña, las seis personas (tres hombres y tres mujeres) que desde la infancia han sido como los mosqueteros de Dumas: Todos para uno y uno para todos. Entre ellos se formaron vínculos de amistad, de compañerismo e incluso de amor, que prometían consolidar tres futuros matrimonios. Pero la muerte de don Julián, un profesor interino de matemáticas que les dio clase en bachillerato, marcó un punto de inflexión en la trayectoria del grupo: a partir de esa jornada se inició el alejamiento. Uno de ellos se dedicó, como aficionado, a la escritura (Félix); otra, que pensaba estudiar medicina, se convirtió al fin en ATS (Ángela); otro se decantó por el mundo del ladrillo, y llegó a ser un constructor famoso (Aurelio); otro optó por montar una clínica veterinaria (Alberto); y la última trabaja en el Servicio de Ayuda a Domicilio (Gloria).

Ahora, ustedes me preguntarán que dónde está la extrañeza o el asombro de este planteamiento, tan habitual en cualquier grupo de amigos de la infancia, al que la vida va conduciendo por derroteros divergentes. Les responderé: cuando acaba la comida de jubilación, Teresa se aclara la voz y, mirándolos seria, formula una pregunta terrible: “¿Quién mató a don Julián la noche que intentó violarme?”. Ya tienen ahí la semilla del relato, sobre todo porque cuando Félix está a punto de confesar que fue él quien empujó el coche del profesor (con él dentro) al río, se alzan las voces de Ángela, Aurelio, Alberto y Gloria, quienes de forma individual manifiestan ser los autores del crimen.

De ese modo se inicia una narración que, como es comprensible, tiene por objeto descubrir qué pasó en verdad. En esa catarsis colectiva, todos tienen algo que decir, todos arrastran culpas, todo cobijan remordimientos; y consideran que es la ocasión perfecta para sincerarse y descubrir lo que realmente ocurrió aquella noche que, aunque quieran, no pueden olvidar. Avanzando por el pantano de las confesiones (pasadas y presentes), los seis amigos van dejando sobre la mesa sus frustraciones, sus miedos, sus amarguras, sus lágrimas.

Como detalle gracioso (para quitarle un poco de negrura a este panorama), les aconsejo que acudan a la página 168, en la que Félix, mientras habla por teléfono con Ángela, le dice: “Tengo ganas de veros, de darte un brazo”. Pocas veces un error tipográfico fomentó con tanta energía la automutilación.

El sabor de los sueños insiste (quizá demasiado, en mi opinión, para tratarse de una novela y no de un ensayo) en los conceptos básicos del feminismo, el cambio climático, el respeto a la naturaleza, el lenguaje inclusivo, la fe en la Madre Creadora, la lucha contra el androcentrismo y el patriarcado testosterónico, los recortes sanitarios o la crítica a la educación judeocristiana, que impregnan el texto en sus líneas argumental y verbal de un modo, a veces, sofocante. Pero la almendra del misterio te va llegando por sus páginas de manera eficaz, así que yo les aconsejo que prueben.

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