Cuando
Antón organiza una caminata de senderismo por la sierra de la Pila con algunos
adolescentes (entre ellos, su sobrina María, que necesita perder algunos kilos)
no puede ni imaginarse el terremoto que van a sufrir. Al principio, todo
transcurre con normalidad (bromas, sudor, algún chubasco leve, conversaciones
intrascendentes); pero, de pronto, el panorama se enturbia cuando Pablo, uno de
los chicos, desaparece. Como es revoltoso e inquieto como un rabo de lagartija,
nadie se altera durante los primeros minutos, porque suponen que anda saltando
por las peñas o recolectando hierbajos curiosos (su gran afición). Pero
conforme transcurre el tiempo, la inquietud los va ganando. ¿Por qué no vuelve
a reunirse con el grupo? ¿Por qué no responde a los gritos de reclamo?
Finalmente, logran dar con él: está herido tras un resbalón y, con mucho
esfuerzo, logran trasladarlo al hospital de Molina. Hasta ahí, como se puede
observar, nada que escape a la relativa normalidad de una excursión
adolescente. El problema surge cuando el chico, delirando, habla de la persona
muerta que, según él, ha visto en una cueva de la montaña. Activadas las
fuerzas de seguridad, se comprueba que en efecto hay un cadáver en la gruta, y
todo conduce a deducir que se trata de Bernardo, un antiguo empleado de banca
que lleva un tiempo viviendo como anacoreta en el monte.
A
partir de ese instante, y gracias a los papeles que dejó escritos el anciano,
vamos reconstruyendo su historia, que comienza en un seminario, continúa con su
matrimonio y termina con sus trabajos: primero, en una oficina bancaria; más
tarde, creando un colegio privado; por fin, eligiendo la vía ermitaña para
intentar encontrarse a sí mismo, en un mundo triste, caótico e hipócrita, donde
parecen haberse perdido los valores más importantes. Así, Bernardo se ve como “un
viejo que abomina de la sociedad, que no tiene cabida en ella y que ha elegido,
aunque un poco tarde, el retiro para encontrarse con la naturaleza en estado
virginal” (p.61); y que, aficionado a formularse grandes preguntas, se juzga a
sí mismo “un Unamuno contemporáneo, una mezcolanza de Camus y de Nietzsche”
(p.100).
En
este punto, cualquier lector se estará preguntando qué sentido tiene hablar en
el título de “misterio”, cuando los hechos resultan tan cristalinos. Y la
respuesta es contundente: pronto se descubrirá que el muerto no es Bernardo,
porque este aparece vivo a las pocas semanas, quejándose de que le han robado
sus papeles. ¿Quién es, entonces, la persona que ha sido enterrada, tras
confundirla con él? Y, sobre todo, ¿quién tiene los escritos del anacoreta y
por qué no los ha entregado a la policía o la familia?
Una novela que esconde muchas sorpresas argumentales y, también, muchas y valiosas reflexiones sobre el sentido de la vida.
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