jueves, 13 de abril de 2023

Esos cielos

 


A veces, resulta difícil emprender el camino de vuelta a casa, porque intuimos que nada (y nadie) permanece igual que cuando nos fuimos de allí; y que, por tanto, cuando volvamos a poner el pie en dicho territorio ya no sentiremos su calor, su ternura envolvente, su hálito de cercanía y complicidad. Irene (no descubrimos su nombre hasta la página 115 de la novela) acaba de salir de la cárcel de Barcelona, tras una estancia de cuatro años entre sus muros, cumpliendo un delito relacionado con su pertenencia a cierta innominada organización radical vasca. En ese tiempo, ha tenido oportunidades para reflexionar y para entender que su futuro tiene que plantearse de un modo distinto. De momento, se sube a un autobús que la llevará de vuelta a Bilbao, pero todas las señales que parpadean a su alrededor le hacen intuir que no le espera la felicidad: su familia la recibirá con reticencias (le ha bastado telefonear a su padre para comprenderlo); sus antiguos amigos la consideran una traidora, por renunciar a la vía radical; su pareja, Andoni, ya no es la persona con la que quiere reconstruir su vida; y la policía (que sospecha que la están vigilando) tampoco parece muy interesada en permitirle olvidar y alejarse del mundo abertzale. Mientras el autobús se desplaza en horizontal por España (la metáfora del viaje es evidente y vigorosa), Irene se verá rodeada por varias personas que, dentro del vehículo, le ofrecerán un claro resumen de lo que será su vida a partir de ahora: presiones negativas, miradas desconfiadas… y también manos tendidas. Irene es una mujer fuerte y que ha sabido convertirse en independiente (“La soledad era preferible a las relaciones mediocres. En realidad, cualquier cosa era mejor que una relación mediocre”, se lee en la página 92). Ella será quien tenga que tomar la decisión final.

Despojado de todo ternurismo y dueño de una prosa recia y convincente, Bernardo Atxaga nos ofrece en esta novela una narración que nos invita a pensar a Irene, a comprender las líneas de fuerza que actúan sobre su pasado, su presente y su futuro, y a formarnos una idea desnuda y realista sobre sus vacilaciones y sus desgarros. Sin duda, un texto que merece la pena ser leído con atención.

martes, 11 de abril de 2023

Figuras de Bethlem

 


Decía el siempre extremado Francisco Umbral que Madrid no había entendido nunca la literatura de Gabriel Miró; y que, por tanto, que se jodiera Madrid (sic). En mi juventud, allá por los finales del siglo XX, me leí La novela de mi amigo, la única obra suya que callaba en mis estanterías; y lo cierto y verdad (me encanta esa fórmula que tanto repetía mi madre: “lo cierto y verdad”) es que no me impresionó demasiado. Ahora, de forma imprevista, encuentro en una librería de segunda mano un ajadísimo ejemplar de Figuras de Bethlem, que he comprado y he leído en el silencio de dos noches. El resultado sigue siendo igual de desalentador: entiendo perfectamente la propuesta literaria del alicantino de ojos lánguidos, su voluntad estética, sus palabras con raro aroma arcaizante, el ritmo pausado y sensual de sus oraciones… pero no consigo entusiasmarme con la obra. Y uno, ya, lo que desea es precisamente eso: entusiasmarse con los libros. Sin duda, hay una época para abalanzarse sobre páginas en las que aprender, sobre páginas en las que sorprenderse, sobre páginas con las que discutir; pero creo que me encuentro ya en otro territorio: el de pedir a los libros que me fascinen desde el principio. Y si no lo hacen, pues adiós. Y no repito.

Entiéndaseme: soy capaz de admitir que el esfuerzo léxico de Miró es enorme; que su documentación de espacios y colores produce pasmo; que su propuesta escénica es notable. Todo lo admito, puesto en pie y sin asomo de ironía. Pero sigue faltándome la chispa, el nervio, la sangre que palpita y ruge. Gabriel Miró escribe cuadros. Y a mí los cuadros (sean de Robert Walser, de Proust o de Miró) no me llaman, qué le vamos a hacer. No los desdeño, pero tampoco los aplaudo.

Imagino que, confesada esa incapacidad mía para emocionarme con el alicantino, esté provocando que, desde el otro lado de la muerte, Francisco Umbral carraspee y, con su voz de gruta, vocifere campanudamente que me joda. Nada que objetar: aceptaré el venablo con humildad franciscana. Y a otra cosa, mariposa.

domingo, 9 de abril de 2023

La depuración de maestros en Murcia

 


En mayo de 2001, mi admirado amigo Ramón Jiménez Madrid me dedicó el libro La depuración de maestros en Murcia (1939-1942), que él había publicado tres años antes en la Universidad de Murcia y que yo me apresuré a comprar en cuanto supe de su existencia. En esa dedicatoria (disculpadme la confidencia personal), el crítico de Águilas puso lo siguiente: “Para Rubén Castillo, por muchas cosas, entre las que no excluyo la principal: la amistad. Y en cuanto a este libro, que no pase por esta experiencia nunca”. A mí me parecen unas palabras auténticamente doradas y conmovedoras. Porque el doloroso tema que Ramón abordaba en estas páginas era (fácil resulta deducirlo, tras leer el título de la obra) el modo sañudo, agrio e inmisericorde con el que las autoridades de la dictadura franquista arremetieron contra los maestros que iniciaron su camino profesional con la II República y que, sospechosos siempre de rojez o de burdos pensamientos libertarios, fueron objeto de una depuración meticulosa y ajena a cualquier traza de compasión o espíritu conciliador.

Todos los documentos históricos que sirvieron de base para este estudio yacían en el archivo del instituto Alfonso X el Sabio, de Murcia; y en esos papeles (que el investigador añade al final como apéndice) figuran los nombres, las poblaciones, los cargos que se les imputaban y la resolución finalmente adoptada. Huelga decir que la misericordia o la liviandad no fueron la tónica dominante en las estiradas y prepotentes Comisiones de Depuración. Como detalle anecdótico, puede leerse que “las primeras propuestas de separación definitiva del servicio de Magisterio se pidieron en la sesión 9 (11 de octubre) y lo fueron para…” (p.53). ¿Desean por ventura conocer el nombre del primer objetivo? Pues sonrían con la broma del azar: un maestro de Mazarrón que se llamaba Francisco Franco.

En estas hojas queda patente el rencor de los depuradores, el fino escrúpulo con el que se aplicaron a la tarea de erosionar vidas y famas, la almidonada acrimonia con la que alinearon nombres y condenas, sin que les temblasen ni la mano ni el corazón. Y eso que, como bien señala Ramón Jiménez Madrid en la página 83, “la depuración afectó asimismo en el sector de la enseñanza media sin que, y no deja de ser paradoja, no quede ni un solo papel sobre dicha materia en el Instituto”. Es evidente que deben encontrarse en otro emplazamiento, quizá no tan recóndito como en un principio pudiera pensarse: lanzado queda el guante investigador para quienes deseen completar este necesario recordatorio de cómo la guerra (son palabras de un conocido escritor) no trajo la paz, sino la Victoria.

viernes, 7 de abril de 2023

Orden

 


La mayor parte de los seres humanos (no me atrevería a decir que todos, porque somos tan hermosamente diversos como variopintos) necesita un sistema de referencia en el que insertar su vida, un cosmos que le dé equilibrio y que fije los límites. Puede ser una familia, una religión, un sistema de gobierno, un trabajo, una rutina de vacaciones, un vecindario… o la combinación de varios de esos factores ambientales. Y dentro de ese sistema de coordenadas nos movemos con una cierta calma (o con una calma cierta: que cada cual elija el orden que prefiera de sustantivo y adjetivo). Pero, en ocasiones, irrumpe en ese cosmos un chirrido, un elemento extraño que lo enrarece o distorsiona, que lo fragmenta o anula: una persona inesperada, un suceso catastrófico, un vuelco traumático.

Las siete situaciones (las siete historias) que componen Orden, de la zamorana Victoria Pelayo Rapado, nos aproximan con talento indiscutible a esos estados anómalos, a ese cosmos convertido en caos; y nos deja que contemplemos la manera en que sus personajes reaccionan ante la disrupción. A veces, se tratará de una conversación incómoda, escuchada antes de que se produzca un accidente en la carretera; a veces, será una sospecha inquietante, que aumenta conforme pasan las horas de unas vacaciones en Cartagena de Indias; a veces, el desasosiego se manifestará en forma de inquilino maniático, que impone sus rarezas de forma tan gradual como imparable; a veces, se manifestará con el advenimiento de una moderna, ruidosa y maleducada vecina, que agita las calmadas aguas hogareñas de una mujer tranquila. Cada una de esas zozobras provoca (doy fe) un cenagoso desasosiego en el ánimo de la persona que está leyendo el relato, porque la autora no solamente sabe escribir (flaco elogio le tributaría, si me quedase en esas meras palabras), sino que sabe contar. Es decir, que imprime el ritmo, y las velocidades, y la densidad, y la textura, y el color que cada situación requiere, convirtiéndolas en diamantes narrativos.

Siempre he opinado que escribir bien no consiste en respetar la sintaxis militar del idioma o en someterse a las normas ortográficas y gramaticales, sino en ser capaz de construir textos cuya arquitectura y cuya música conmocionen a quien lee. Victoria Pelayo Rapado lo consigue, sin lugar a dudas. Magistral.

miércoles, 5 de abril de 2023

Polvo de glaciar

 


Lo sabe de sobra el lector de Antonio J. Ruiz Munuera: en sus libros siempre se encuentra, flotando, un espíritu de aventura, un hálito de viaje, de experiencias, de adrenalina, de amaneceres, de retos. Desde La luz de Yosemite (2015) hasta el recentísimo Polvo de glaciar (2023) puede advertirse un trenzado de nervios y músculos que, dispuestos siempre a activarse, mantienen en pie el alma de sus páginas. En las últimas que he podido leer suyas (esta magnífica edición de la madrileña Desnivel) hay humor, hay riesgo, hay experiencias vertiginosas, hay paisajes bellísimos; está el mundo. Quien decida adentrarse en este volumen se encontrará con Miriam, una escaladora muy especial; con Clint Eatswood, que rueda una película difícil; con accidentes que se intentan resolver a través de angustiosas llamadas telefónicas; con el pundonor de dos montañeros ancianos, que se niegan a la comodidad de una ruta sencilla; con motos de agua que rugen sobre el oleaje; con disparatados accidentes que desparraman un buen número de fardos de marihuana por un paisaje agreste; con los saltos imprudentes y casi suicidas de Skybum; con insensatos buceadores, que terminan flotando a la deriva durante quince horas en un mar gélido; con ciclistas que atraviesan duras rutas de montaña; e incluso (el guiño es tan divertido como inesperado) con esa escaladora que se entretiene leyendo La Troupe (“mi último descubrimiento literario: una historia sobre un circo ambulante en el Canadá del siglo XIX, perdido entre bosques interminables y manadas de carabúes”, p.124), a cuyo autor imagino sonriendo mientras escribe.

Si eres deportista, estás de enhorabuena: aquí dispones de una obra en la que te encontrarás con secuencias inolvidables y con aventuras tan galvánicas como (a veces) sofocantes, que el autor no ha necesitado documentar, porque las conoce desde dentro. No lo dudes: este puede ser tu libro.

lunes, 3 de abril de 2023

Creció espesa la yerba...

 


La historia que plantea Carmen Conde en Creció espesa la yerba… seguramente es tan vieja como la Humanidad, pero esa evidencia (incontestable, creo yo) no resta ni un gramo de interés a su desarrollo novelístico; y, sobre todo, a su finalización, porque la académica explora en sus últimas páginas un giro argumental lleno de interés y sorpresas. Acudamos a un pequeño resumen, que sirva para situarnos mejor: Laura es una mujer independiente, que ya rebasó los cuarenta años y que (no se dan más detalles) “estuvo casada”. Mientras se dirige en su coche hacia la costa murciana, recoge en la carretera a una muchacha jovencísima que dice llamarse María y que, fundamentalmente, huye. Ahora bien, ¿de quién lo hace? Cuando avanzamos en la lectura descubrimos el origen de su desasosiego: Santiago, marido de su hermana Isabel, se ha metido en su cama. Y María, que al principio recibió ese comportamiento aberrante con más estupefacción que deseo, acaba de constatar con asombro que se ha enamorado de él. Y para evitar el horror de esta situación, ha decidido alejarse de ambos (hermana y cuñado). ¿O quizá huye de sí misma? Entre Laura y María se establece un extraño vínculo que las une y relaciona. Descubrir cuáles son los matices y las causas profundas de esa conexión es una tarea que, por supuesto, queda encomendada a cada lector.

Elegante, honda y sutil, Carmen Conde nos lleva, apoyándose en referencias cultas a otros textos (Gabriel Miró, Santa Teresa de Jesús, Juan Ramón Jiménez, la Biblia), por un camino de introspección y análisis del alma femenina, que resulta difícil de resumir y, sobre todo, difícil de olvidar. Y, en algunos momentos, convirtiendo el habla de sus personajes en homenaje implícito a otros escritores amados: será suficiente con recordar el momento en que María, explicando lo que siente por Santiago y por su hermana Isabel, declama: “¡Yo quiero separarlos, con un cuchillo si es preciso! Separarlos y hundirlo a él en mi cuerpo hasta que se me muera dentro” (p.58). ¿No les parece estar escuchando a una mujer de Federico García Lorca?

Una maestra, ya les digo.

sábado, 1 de abril de 2023

La presa

 


Las experiencias que dejan su impronta en nuestra vida pueden surgir en los momentos y lugares más insospechados. Al niño que protagoniza esta novela de Kenzaburo Oé le sorprende cuando, mientras está durmiendo en su pequeñísima aldea, un avión enemigo (el país está en guerra) se estrella en medio del bosque. Todos los varones adultos se dirigen entonces hacia el lugar del siniestro y logran capturar al único superviviente: un soldado negro de gran altura, al que conducen hasta un pequeño calabozo improvisado en una bodega. Desde ese instante, la figura del prisionero se convierte en un imán hacia el que todos se sienten impelidos, sobre todo los más pequeños: primero, como anomalía (“¡Es un negro, un negro! ¡No un enemigo!”, grita Morro de Liebre en la página 40); después, como perplejidad (“Parece un ser humano”, murmura el mismo niño en la página 78); finalmente, como entidad que se integra en la aldea (le quitan las cadenas que lo mantienen inmovilizado, lo sacan a que tome el sol y se bañe, incluso le ofrecen una cabra para que tenga un desahogo sexual). La “presa”, advertida como cosa, evoluciona hasta la condición de ser humano.

Pero en ese punto, justo cuando un narrador más torpe o maniqueo incurriría en la sandez de dibujar para esta novela un final rosa, con música de violines y sonrisas unánimes, llega la orden desde la ciudad más cercana: el prisionero debe ser entregado a las autoridades capitalinas. Los niños quedan abrumados por la inminente separación; y el soldado, consciente de que sus privilegios han tocado a su fin, enloquece, toma como rehén al niño que nos está contando la historia y atranca la puerta de la bodega para que no puedan sacarlo de allí.

El giro es tan agrio que los lectores tendrán que disponerse a contemplar a partir de ese punto varias escenas desagradables (muy desagradables, de hecho), que incluyen una violencia espantosa y un par de muertes.

Sutil, brillante y sigiloso, Kenzaburo Oé nos conduce por varios pasillos terribles de la condición humana, en una novela memorable, que traducen Yoonah Kim y Joaquín Jordá y que prologa Justo Navarro.