Rosa
Novoa, la ayudante del doctor Roberto Nogueira (“El mayor cerebro que jamás
hubo en la Tierra, el nuevo mesías destinado a hacer feliz a la humanidad”),
está apuntando en su cuaderno todas las ideas y actuaciones de este, para que
no caigan en el olvido (“Supe con certeza que cualquier palabra que saliese de
su boca era sagrada, y como tal debía ser recogida para la posteridad, antes de
que sus ecos se perdiesen en el aire y acabasen muriendo”). Él la contrató hace
dos años, para ser su secretaria en la gran mansión que habita; y le terminó
revelando la misión secreta que alentaba desde hacía tiempo: erradicar la
infelicidad del planeta. Hijo de campesinos gallegos y heredero casual de la
gran fortuna de un tío de Brasil, ultimó sus estudios licenciándose “en Química
Esotérica en la Universidad de Melanesia, en Física Viviente en la de Tombuctú
y en Procesos de la Materia Orgánica en la no menos prestigiosa Universidad de
Antananarivo”, evitando los grandes centros oficiales y creándose una identidad
secreta (Alfredo da Silva). A partir de entonces, comenzó una dilatada y oculta
carrera de experimentos para mejorar la vida de sus coetáneos.
Un lector adulto, como es lógico, apenas puede evitar la sonrisa ante la petulancia del personaje, que se considera desdeñado y perseguido por la cultura oficial (palabras como “conjura”, “confabulación”, “boicot” o “conspiración” vertebran su vocabulario) y que aspira a ser el redentor de la humanidad (así de humilde es la criatura) gracias a ocurrencias tan disparatadas como las pastillas contra la calvicie, un líquido que enriquezca el lenguaje de sus semejantes, otro que solucione el racismo haciendo que todas las personas tengan la piel blanca o unas agujas que eliminan los malos recuerdos de las personas tristes. Pero un lector de pocos años, que no alcanzará a descubrir la parodia risible de esta novela (tan evidente y tan simpática), disfrutará mucho con esas egocéntricas exhibiciones de vanidad. Y también lo hará cuando Rosa, buscando a un voluntario para probar el último invento del doctor, encuentre en la calle a un hombre con gafas, bigote y poco pelo, del que descubre que se llama Agustín Fernández Paz. Pero lo que hablan durante ese encuentro, perdónenme, pertenece al secreto del sumario: descúbranlo ustedes, si gustan.

No hay comentarios:
Publicar un comentario