Paulette
Lestafier es una anciana que vive sola y que comienza a ser acosada por la
enfermedad de Alzheimer. Por suerte, dispone de la ayuda de su vecina Yvonne
Carminot, que vela por ella. También lo hace, a su modo bronco y esporádico, su
nieto Franck, que trabaja como cocinero y que alimenta solamente dos sueños:
las motos y la creación de un futuro restaurante. Camille Fauque es una chica
que, en el borde de la anorexia, vive en conflicto consigo misma y con su
madre, con la que no consigue reconciliarse. Es una magnífica pintora, pero por
alguna razón misteriosa no parece dispuesta a exponer o vender sus creaciones.
De hecho, vive en una buhardilla infecta (prestada), trabaja como limpiadora
nocturna (donde es amiga de una negra apodada Mamadou, que se niega a confesar
su nombre auténtico) y, en el colmo del autodesprecio, se ha rapado la cabeza.
Philibert, aunque de estirpe noble, sobrevive vendiendo postales en la tienda
de un museo, mientras habita una enorme vivienda de la familia. Es tímido hasta
la hipérbole y acumula en su hogar miles de libros, sobre todo de historia.
Vincent es un chico que, atrapado por el mundo de la droga y habiendo tomado la
decisión de desengancharse, es cobijado por Camille, quien pronuncia una frase
que quizá resume perfectamente la situación: “Formamos una buena panda de
lisiados”. Es verdad. Todos ellos han sido heridos en su niñez, de un modo u
otro (padres que abandonan o desprecian, madres que se desentienden); todos han
sido también heridos en la juventud (Camille tiene incluso una cicatriz en el
hombro, causada por un antiguo novio irascible). Hay quien suele permanecer en
silencio (Camille); hay quien tartamudea (Philibert); hay quien escupe
palabrotas cada cinco segundos (Franck); hay quien olvida palabras (Paulette);
hay quien no sabe qué palabras emplear (Vincent). Pero Anna Gavalda los reúne
en esta espléndida novela y todos descubren que, respetando y arropando a los
demás, quizá sean capaces de encontrar quien los respete y los arrope a ellos.
De nada sirven las corazas cuando el objetivo es quedar sanado. De nada sirven
los puñales cuando el deseo es recibir caricias. De nada sirve la soledad
cuando la meta es ser feliz.
Una obra con fascinantes diálogos, con bellísimas conexiones humanas y donde no se utiliza la ñoñería para provocar lágrimas fáciles. Se disfruta.

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