Al
poco de salir el libro de poemas Los días prometidos, de Pedro Marín,
allá por el año 2002, mi hermano Jose Cantabella me dijo que lo leyera, que
seguro que iba a gustarme. Y lo hice. Y lo hizo. Ahora, casi un cuarto de siglo
después (cómo pasa el tiempo, silencioso e implacable), vuelvo a sus páginas. Y
encuentro de nuevo aquel ritmo bien pautado de endecasílabos, aquella música
excelente y aquellas elegantes asonancias, que envuelven sus reflexiones sobre
el paso del tiempo, sobre el afán de huir de la rutina cotidiana, en la que el
tedio del trabajo impulsa a salir por las noches a deambular por la ciudad
(“Canción de un lunes de octubre”) o genera un insomnio aterrador (en el poema
“Otra noche” se leen estos dos versos tristes, de amanecer agobiante: “Comienza
la jornada, y estás muerto / de cansancio. Y estás vivo”).
Desde entonces, salvo que mis búsquedas a través del ciberespacio hayan sido torpes, ningún otro libro ha publicado el autor (que la solapa de Los días prometidos identifica como nacido en Alcantarilla). Me parece una pena, vista la brillantez de esta obra. Aunque quizá quien nos ha regalado una rosa no precise regalarnos después un ramo de ellas, porque el aroma ya nos ha sido comunicado.

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