sábado, 15 de agosto de 2026

Presencia

 


Recuerdo aquella antigua y maravillosa entrevista que Joaquín Soler Serrano le hizo a Julio Cortázar (y que he escuchado ocho o diez veces en mi vida, gracias al auxilio de Youtube) en la que el escritor argentino explicaba que su libro de poemas Presencia había salido en 1938 en una edición de 250 ejemplares, “destinados a los amigos”. Y añadía que lo escamoteaba de su bibliografía porque no estaba convencido de que reflejase el nivel literario que él pretendía alcanzar. Verdaderamente, quien lo lea (yo acabo de hacerlo) sentirá la extrañeza de que “eso” sea Julio. Y me apresuro a indicar que “eso” no implica desdén o burla, sino desajuste. Habituado a reconocer cierto estilo, cierta forma, cierta música en las líneas de Cortázar, aquí no lo percibo; pero tal evidencia no me ha impedido disfrutar con el desafío de estos sonetos contundentes, cincelados con exquisita meticulosidad, en los que aparecen referencias a Mallarmé, Baudelaire, Cocteau o Góngora; en los que se cita los apellidos de Ravel o de Bach (esa música clásica que, junto al jazz, tanto moduló la sensibilidad cortazariana); en los que brillan algunas paronomasias deliciosas (“El lago ya no es lago, sino halago”); y en los que he detectado y subrayado algunas rimas irónicas (sonidos/alaridos), culturales (refranes/Manes), pensativas (torbellino/Destino), arriesgadas (simbioica/heroica) o incluso sentenciosas (perdura/sepultura). El resultado son unos sonetos impecables, impregnados por esa fría belleza que tienen las mejores “casas de catorce tablas” (Neruda dixit).

Dice Julio Cortázar en uno de estos sonetos que “en el aire hay un mundo de caminos”. Sin duda, él estaba empezando a descubrir algunos de ellos, para gloria de quienes lo seguimos leyendo con indeclinable admiración.

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