Recuerdo
aquella antigua y maravillosa entrevista que Joaquín Soler Serrano le hizo a
Julio Cortázar (y que he escuchado ocho o diez veces en mi vida, gracias al
auxilio de Youtube) en la que el escritor argentino explicaba que su libro de
poemas Presencia había salido en 1938 en una edición de 250 ejemplares,
“destinados a los amigos”. Y añadía que lo escamoteaba de su bibliografía
porque no estaba convencido de que reflejase el nivel literario que él
pretendía alcanzar. Verdaderamente, quien lo lea (yo acabo de hacerlo) sentirá
la extrañeza de que “eso” sea Julio. Y me apresuro a indicar que “eso” no
implica desdén o burla, sino desajuste. Habituado a reconocer cierto estilo,
cierta forma, cierta música en las líneas de Cortázar, aquí no lo percibo; pero
tal evidencia no me ha impedido disfrutar con el desafío de estos sonetos
contundentes, cincelados con exquisita meticulosidad, en los que aparecen
referencias a Mallarmé, Baudelaire, Cocteau o Góngora; en los que se cita los apellidos
de Ravel o de Bach (esa música clásica que, junto al jazz, tanto moduló la
sensibilidad cortazariana); en los que brillan algunas paronomasias deliciosas
(“El lago ya no es lago, sino halago”); y en los que he detectado y subrayado algunas
rimas irónicas (sonidos/alaridos), culturales (refranes/Manes), pensativas
(torbellino/Destino), arriesgadas (simbioica/heroica) o incluso sentenciosas
(perdura/sepultura). El resultado son unos sonetos impecables, impregnados por esa
fría belleza que tienen las mejores “casas de catorce tablas” (Neruda dixit).
Dice Julio Cortázar en uno de estos sonetos que “en el aire hay un mundo de caminos”. Sin duda, él estaba empezando a descubrir algunos de ellos, para gloria de quienes lo seguimos leyendo con indeclinable admiración.

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