Dedico un par de horas (el
tomo es breve) a leer Ni tiro, ni veneno, ni navaja, con el que Gloria
Fuertes obtuvo en 1965 el premio Guipúzcoa de poesía. Y vuelvo a sentir la
grata voz (honda en su fondo, sonriente en la forma) de una poeta capaz de
enfrentarse con sencillez a los temas más arduos y espinosos (el desamor, la
muerte, la tristeza, la soledad) y resolverlos con saltarina eficacia. Nos
indica desde sus primeros versos que aspira a una obra “que consiga emocionar”,
sin preocuparse de mediciones (“¡Nunca sílabas contar!”) y anhelando ser lo más
clara posible. Con esas directrices, la escritora madrileña aplaude el arrojo
de quienes se lanzan a conseguir lo que anhelan (“Date”); escupe su desprecio
contra la muerte, “amiga de lo ajeno”, que suele hacer más daño a los que se
quedan que a la propia víctima; escribe una carta a la Sociedad de Amigos y
Protectores para que se lleven de su casa un fantasma impertinente que no la
deja en paz; o aprieta los dientes para redondear la dura “Nana del niño
muerto”, definiendo a su protagonista como pequeño criminal, porque con
su muerte ha matado el corazón de su madre.
Versos cortos, alígeros, juguetones, llenos de estupendos juegos verbales (“Me arma de paz y ciencia”; “¿Qué pasa en este mundo donde me hundo?”) que adornan con sonrisas y música unos dolores que se presienten intensos y paralizantes, pero que quedan aliviados con el árnica de la poesía. Me ha gustado.

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