viernes, 21 de agosto de 2026

Ni tiro, ni veneno, ni navaja


 

Dedico un par de horas (el tomo es breve) a leer Ni tiro, ni veneno, ni navaja, con el que Gloria Fuertes obtuvo en 1965 el premio Guipúzcoa de poesía. Y vuelvo a sentir la grata voz (honda en su fondo, sonriente en la forma) de una poeta capaz de enfrentarse con sencillez a los temas más arduos y espinosos (el desamor, la muerte, la tristeza, la soledad) y resolverlos con saltarina eficacia. Nos indica desde sus primeros versos que aspira a una obra “que consiga emocionar”, sin preocuparse de mediciones (“¡Nunca sílabas contar!”) y anhelando ser lo más clara posible. Con esas directrices, la escritora madrileña aplaude el arrojo de quienes se lanzan a conseguir lo que anhelan (“Date”); escupe su desprecio contra la muerte, “amiga de lo ajeno”, que suele hacer más daño a los que se quedan que a la propia víctima; escribe una carta a la Sociedad de Amigos y Protectores para que se lleven de su casa un fantasma impertinente que no la deja en paz; o aprieta los dientes para redondear la dura “Nana del niño muerto”, definiendo a su protagonista como pequeño criminal, porque con su muerte ha matado el corazón de su madre.

Versos cortos, alígeros, juguetones, llenos de estupendos juegos verbales (“Me arma de paz y ciencia”; “¿Qué pasa en este mundo donde me hundo?”) que adornan con sonrisas y música unos dolores que se presienten intensos y paralizantes, pero que quedan aliviados con el árnica de la poesía. Me ha gustado.

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