miércoles, 26 de agosto de 2026

Cuerpo perseguido

 


“Quisiera estar por donde anduve”. Con esas cinco palabras (con ese verso dulce, melancólico, impregnado de añoranza) comienza el volumen Cuerpo perseguido, del malagueño Emilio Prados, que se construye con poemas por lo general breves, de vuelo airoso, en los que las asonancias y una cierta frialdad apolínea constituyen, en mi opinión, sus mejores armas. El poeta, con una voz que se nos figura humilde, añade que querría sentirse “igual que un vaso limpio / de agua pura, / como un ángel de vidrio / en un espejo”; y después completa la imagen afirmando que “Hay un niño que cuelga de mis ojos”. Quizá todo esté ahí, en esas tres pinceladas llenas de recato y lirismo, en esas tres aseveraciones de enorme belleza contenida.

Después, nos hablará de vientos y de sangres, de cuerpos amados y de la luz del amanecer, de párpados que se cierran en silencio, de flechas que cruzan por el aire, de crepúsculos y oraciones, de manos que aletean como pájaros, de rostros que flotan en la luz. A ratos, creemos estar leyendo a Jorge Guillén; a ratos, a Pedro Salinas. Es una curiosa mezcla. Pero, sobre todo, ya digo, son ejercicios de contención expresiva, en los cuales las palabras no buscan brillar, sino iluminar. Son conceptos distintos: no quieren ser ellas las protagonistas, sino insinuarnos un sendero por el que llegar al mensaje lírico, a la almendra poética, que Prados camufla con pudor. No gustará a quien busque una poesía pirotécnica, pero sí a todo lector al que le guste respirar la pureza de lo medido, de lo escueto, de lo insinuado. Y, sobre todo, a los lectores que disfrutan y se emocionan cuando encuentran estrofas como esta (sección “Nuevos vínculos”, poema XIII): “Yo sé que soy romántico de huidas; / que sueño porque un sueño es mi figura, / pero si persiguiera yo a mi ausencia / y a descansar saliera de otra hechura / inmóvil me hallaría en pie en mi cuerpo, / como un fantasma mío de mi fuga”.

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