Me
sorprendió (no habré de ocultarlo) uno de los primeros versos de este libro,
que Jorge Luis Borges tituló Cuaderno San Martín y que está fechado en
1929. El poema que lo abre se titula “Fundación mítica de Buenos Aires”
(después de que el argentino rectificase el adjetivo mitológica, con el
que prefirió rotularlo en la primera edición); y en él me asaltó una pella de
barro: “Pensando bien la cosa”. ¿Pensando bien la cosa? Qué raro
coloquialismo, en el escrupuloso y exquisito poeta. Pero intuyo que fue un
desliz, porque a partir de ahí, como no podía ser de otro modo, los versos
vuelan con alas de mármol y nos hablan de atardeceres en los baldíos, de muchachas
“comentadas por un vals de organito”, de patios con arriates, de almacenes por
donde merodean malevos, del jardín de su infancia, de rostros antiguos “que se
estarán desvaneciendo en daguerrotipos” y de orilleros que tañen guitarras. Es
decir, ese universo inicial que el poeta rememora para convertirlo en tinta,
con sus fórmulas inconfundibles, llenas de encanto, ritmo y majestad (“La
gravitación del amor, que nos justifica”, “El redoble, endiosador de pechos, de
los tambores / en los entierros militares”).
¿Estamos ya ante Borges? Yo diría que casi, aunque aún no. Pienso en un niño silencioso que, mientras pasea a solas por la playa, encuentra un vidrio verde, redondeado por el mar. Lo coge con unción. Sabe que es hermoso y lo acaricia con las yemas de los dedos. Nota un escalofrío bajando por su espalda. Lo coloca en la palma de la mano y deja que el sol lo acaricie. Lo mira desde distintos ángulos. Hay belleza en él, mucha belleza, pero todavía no es esmeralda. Su inteligencia se lo insinúa y su vanidad no lo aturde. Decide darle el nombre de Cuaderno San Martín y lo guarda en el bolsillo, antes de seguir caminando.

No hay comentarios:
Publicar un comentario