Enfrentarse
a la muerte de la madre. Escribir para ordenar los sentimientos, los recuerdos,
las ideas. Annie Ernaux lo hace en Una mujer, un relato que no es una
biografía, ni tampoco una novela (ella misma se encarga de aclararlo en los
párrafos finales del volumen), sino un álbum de sellos emocionales, una revista
del corazón (en el puro y limpio sentido). Tras dos años de permanencia en
el centro asistencial donde tuvo que ingresarla a causa de su demencia, le
llega a la escritora la notificación de su muerte. Y se inician diez meses de
lágrimas, de silencio, de reconstrucción de la vida de su madre, aquella niña
que (nos lo ha explicado la autora francesa en otros libros suyos) se
enorgullecía de no haberse quedado en el campo; que montó un local de bebidas y
alimentación con su marido; que engordó hasta los 89 kilos; que hacía mucho
ruido al limpiar; que una vez, por culpa de la bebida, vomitó junto a la
narradora; que cuando era mirada con mucha intensidad por su hija le preguntaba
si tenía monos en la cara; que descorchaba las botellas metiéndoselas entre las
piernas; que terminó usando gafas bifocales; que ingresó en el Alzheimer tan
rápida como dolorosamente.
En estas páginas adivinamos el impulso terapéutico y nos estremecemos con el tono apolíneo con el que Ernaux trata de dibujar a la mujer que la trajo al mundo. Es hermoso, triste y conmovedor. Para leer en silencio.
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