martes, 23 de febrero de 2021

El blog del Inquisidor

 


Conforme avanzaba por las páginas de la novela El blog del Inquisidor, de Lorenzo Silva, iba experimentando una imagen visual de la misma que la volvía afín a ciertas erupciones volcánicas, pero revertidas. Y me explicaré, porque creo que la imagen es extraña o puede malinterpretarse. Al principio, su prosa me parecía admirable, pero el estatismo de las acciones narradas me hacía pensar en el basalto: una roca fría, oscura y con mucho hierro. Admirable pero impenetrable. Luego, cuando la historiadora escocesa consigue que su lejano y misterioso narrador internético dialogue con ella, esas rocas basálticas parecían adquirir temperatura y volver hacia atrás, hacia su origen fluido y cálido: hablaban de hechos históricos, pero también de metáforas, psicología, sociología; y, por fin, de la mano de Soren Kierkegaard, del amor. La roca se tornaba líquido. Y el líquido iba adquiriendo temperatura conforme se adentraban (sobre todo, por iniciativa de ella) en el terreno sexual. Pero quizá lo más sorprendente y lo más intenso de la novela ocurre entonces: cuando la lava remonta su curso de forma paulatina y de pronto nos encontramos en el interior del volcán: allí donde no estamos seguros de si todo es frío o hirviente; donde resulta muy complicado decidir si el decorado que nos rodea es sólido o líquido; donde lo que importa es la profundidad.

El viaje que nos propone el escritor madrileño es introspectivo; y en él se nos habla de culpas, de miedos, de reconstrucciones, aunque también de esperanzas. De un viaje durísimo de ida y vuelta, en el que las almas de sus dos protagonistas son analizadas con prodigiosa exactitud. Quizá por eso me haya gustado tanto este libro. Denso y exigente, sí; pero también gratificante.

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