domingo, 30 de junio de 2019

Genio y figura




Doy fin con un placer más que notable a la novela que el cordobés Juan Valera tituló Genio y figura y que Cyrus DeCoster editó con gran aparato crítico en el sello Cátedra.
Aunque probablemente no se encuentre a la altura de otras producciones del narrador andaluz, la verdad es que me ha resultado atractiva y sugerente. Escrita sin unas intenciones didácticas muy marcadas (Valera insiste en que no pretende “adoctrinar ni enseñar nada, sino divertir algunos momentos o interesar a quien me lea”), sus capítulos se dejan leer con amenidad y con agrado, y hasta contienen metáforas de exquisita confección. Un ejemplo de esto último puede hallarse en el capítulo VII, cuando el autor, para referirse al doble beneficio que la unión entre ambos reportó a don Joaquín y a Rafaela, nos dirá que “no eran en esto dos nulidades o ceros, cuya suma es siempre cero, sino dos cantidades negativas que se convierten en positivas al multiplicarse”.
Desde que leí Pepita Jiménez durante mi adolescencia no me había acercado a más obras del ilustre académico. Quizá no sería mala idea repetir la visita.

sábado, 29 de junio de 2019

Caimán




Leí Caimán, si la memoria no me falla, allá por 1995 o 1996, en la edición de Iglesias Feijoo y Mariano de Paco (Espasa-Calpe, Madrid, 1994); y vuelvo a ella veinticinco años después, para reencontrarme con el estremecedor testimonio de un trío atormentado cuyos integrantes son el cojo Néstor y el matrimonio formado por Dionisio y Rosa, que perdieron a su hija en circunstancias bastante traumáticas.
Sigue maravillándome cómo Buero Vallejo es capaz de sumergirse en los crudos territorios del dolor, el conformismo y la amargura para construir muchas de sus piezas teatrales, llenas de heridas secretas, de golpes hondos, de lágrimas calladas.
Y rescato los tres fragmentos que subrayé en rojo en mi primera lectura: “Los niños son los animales más feroces de la zoología”. “No te recrimines. No hay culpas. El mundo está mal hecho”. “Somos una especie sin porvenir”.
Muy enriquecedor, sumergirse en las páginas de don Antonio.

viernes, 28 de junio de 2019

La vida literaria




Vaya bobada de recopilación que acabo de leerme. Lleva por título La vida literaria, su autor es Miguel de Unamuno y la pone en circulación el sello Espasa-Calpe (Madrid, 1981). Está bien (o, al menos, resulta tolerable) que alguien de la talla intelectual de Unamuno publique artículos remunerados, donde aprovecha los flecos de su sabiduría o el serrín de su taller para pergeñar cosicas en las hojas caducas de la prensa. Hasta ahí, nada que objetar, porque lo han hecho miles de escritores, incluso superiores a él. Pero que los herederos hayan decidido montar un libro con ellos resulta un bochornoso snobismo, mitómano y monetizado, que no merece sino desprecio.
Pocas cosas aprovechables en el volumen. Poquísimas. He sonreído con la frase que Luis Veuillot le esclafó a un noble: “Yo asciendo de un tonelero, y usted, ¿de quién desciende?”. Y he cabeceado aprobatoriamente con esa consideración de que, frente a tantos requiebros inverosímiles como se le dedican a la amada (mi sol, mi estrella, mi cielo, mi vida), a nadie se le haya ocurrido llamarla “mi libro”. Es una simpática apreciación. Todo lo demás puede ser olvidado sin perjuicio de la fama y la calidad de don Miguel.
Frases que he subrayado en el libro: “La objetividad es una mentira tan grande como la actualidad”. “La primera cualidad que debe tener un buen médico es la de saber mentir”. “O se vive en el mar o se vive en su oleaje”. “La sonrisa interior es el triunfo de la ironía”.

jueves, 27 de junio de 2019

El desafortunado intento




Muchas cosas me ha regalado este libro de la joven María Marín, aunque quizá la principal haya sido recordarme que no sólo las voces “consagradas” saben comunicar emociones con belleza y tino. Veintiocho años tiene la puñetera y qué contundencia de voz, qué promesas de obra, qué susurro de ramas en sus versos. A veces, adopta un asunto de necrofilia irónica o simbólica, donde el humor macabro adquiere brillos de metáfora; a veces vocifera contra la ruda pedantería castradora de quienes pretenden convertirse en dictadores del gusto; a veces, nos regala perlas reflexivas como “Reunión”; a veces, se burla de los manuales, por considerarlos (comparto su desdén) caduca hojarasca; a veces, nos hablará de Virginia Woolf, o de ella misma, o de nosotros; a veces, se mirará al espejo para hablarnos de nosotros.
María Marín tiene belleza dentro y la deja escapar a borbotones por las rendijas de sus palabras, de ahí que El desafortunado intento (la obra lírica que le publica el sello Boria) constituya un catálogo de ventanas: unas sirven para mirar el exterior y otras el interior. Y sus páginas están llenas de amor, de tristeza, de paz, de decepciones de lucidez y de ojos recién inaugurados.
Les dejo un ejemplo: “¿Habrá algo más triste /que querer que pase / el tiempo?”.
Les dejo otro ejemplo: “Y es que arrancarse / el corazón / es de las pocas maneras /que existen / de hacer que deje / de doler. / Aunque sea / por un momento”.
Acudan al libro y busquen ustedes sus propios ejemplos. Saldrán asombrados.

martes, 25 de junio de 2019

Las horas equivocadas




El libro ha caído en mis manos de manera azarosa, pero el nombre de su autor (Santiago Casero González) quedará en mi blog y en mi memoria de un modo permanente, porque Las horas equivocadas (La Discreta, 2019) es un magnífico volumen de relatos, de los que aparecen pocos al cabo del año. Desde el primero (“La vigilia de los precipitados”, que obtuvo el premio Elena Soriano) hasta el último (“Pudridero de poetas”, galardonado con el premio Max Aub) se desarrolla un tomo intachable, de extraordinaria calidad, muy variado en sus argumentos y absolutamente exquisito en su formulación literaria.
Paseando por sus páginas, el lector encuentra a filólogos que buscan trabajo en un edificio en construcción; a concertistas que provocan igniciones gracias a la intensidad con la que interpretan sus piezas; a escritores primerizos que se encuentran una pistola en su buzón de correos; a maridos que se desasosiegan con el desajuste de los relojes digitales de su casa; a padres que se refugian en un ardid cronológico para soportar la consunción de su hijo hospitalizado; a dos jóvenes que se buscan afanosa y ciegamente por el mundo, como Horacio y La Maga se buscaban por París; a adolescentes tristes que sufren penas de amor y leen a Goethe; o, en fin, a poetas que se arraciman en un tren y que, tras un viaje agotador, se enfrentarán a un destino turbulento e inopinado.
Como profesor de instituto, permítanme que anote aquí una cita del relato “Consuelo”, quizá el mejor de cuantos aquí se alinean. Un padre observa el colegio donde sus hijos permanecen estudiando y reflexiona sobre “el zumbido de la coacción social, gracias a la cual cientos de niños permanecen sentados y encerrados en las aulas, y piensa en los años que sus hijos tienen por delante, en las humillaciones que soportarán o que contemplarán, en el sordo apaciguamiento en que consiste la educación, una gota malaya que cae sobre una roca hasta que la horada, hasta que acaben aceptando que el conocimiento los hace mejores sin saber que no, que se puede poner en pie un majestuoso monumento de erudición y de sabiduría y ser al mismo tiempo un miserable”.
Todo funciona en estos cuentos con la exactitud (formal y argumental) de un reloj atómico, lo que no resulta escasa maravilla; y el libro se hace acreedor del más agradecido de los aplausos. Se lo dedico puesto en pie.

lunes, 24 de junio de 2019

Diario de Ithaca




He experimentado una sensación diferente con este Diario de Ithaca, de Miguel Ángel Hernández (Newcastle Ediciones), frente a lo que he sentido con otros diarios (Trapiello, Márai, Pániker, Kafka, Sánchez-Ostiz…): la convicción de que el protagonista me estaba invitando a caminar a su lado sin exigirme etiqueta o sin establecer condiciones. No lo veo fraguando literatura, ni dibujando frases para la galería, ni expeliendo introspecciones de manual. No advierto que quiera deslumbrarme o epatarme. Me parece que, mucho más sencillo, el autor se abre un botón de la camisa a la altura del pecho y me dice: “Mira”. Nada más. Nada menos.
Veo en estas páginas al joven que desembarca en un centro universitario de los Estados Unidos, que tiene problemas con el idioma, que trata de encajar en un modelo muy diferente al que constituía su hábitat murciano y que, sin tapujos, nos dice que se emborracha, que se masturba, que se prepara clases en el último momento, que experimenta un estupor casi martinezsoriano mientras conduce por Nueva York con un coche alquilado, que cuenta chistes sobre diarreas en el momento menos oportuno, que dialoga con pensadores a quienes no conocía en persona pero admira en profundidad o que incluso un día se mea encima por no llegar a tiempo al baño, después de una ingesta etílica bastante aparatosa.
Y también me encuentro a María Luisa (Castejón) y Diego (Sánchez Aguilar), las constantes referencias a Leo (Cano), las melancolías murcianas, las escapadas al Yeguas, los elogios tributados a Mieke Bal, la compañía indispensable de Raquel, el disgusto por una crítica negativa en la que Antonio Orejudo le reprochaba cierta ligereza en la utilización de la figura de Walter Benjamin (menudo ojo el del madrileño). Y mucha cerveza. Y el hastío de rellenar papeles burocráticos. Y la tesis de Tatiana Abellán. Y más cerveza. Y la admiración por Enrique Vila-Matas. Y las botellas de vino. Y las conversaciones con Sergio Chejfec. Y la nieve. Y alguna cena vegana, que matiza la pantagruélica celebración del Día de Acción de Gracias.
Nunca he estado en la Universidad de Cornell, ni en la ciudad de Ithaca, pero las anotaciones de Miguel Ángel Hernández me han hecho estar allí, conocer sus calles y oler sus barbacoas. Es la magia de los buenos diarios. En julio me pondré con Aquí y ahora, que para eso me lo ha regalado mi hermano Luis García Mondéjar.

sábado, 22 de junio de 2019

Las ratas




El tío Ratero, pese a la insistencia de Justo, el alcalde, no está dispuesto a dejar la cueva donde vive junto al Nini. Las autoridades regionales desean modernizar la zona y para ello presionan al munícipe con la pretensión de que lo desaloje, pero el asilvestrado personaje tiene muy claro que la cueva es suya, y que suya es la decisión sobre la forma en que quiere vivir. En ese universo rural, casi ancestral, el vallisoletano Miguel Delibes nos coloca a don Antero, el Poderoso; al Rabino Chico, que sólo les habla a las vacas, porque “los hombres sólo dicen mentiras”; a Matías Celemín, el Furtivo (con quien el Ratero mantiene una agria y constante confrontación, por considerar que le quita su medio de subsistencia, que no es otro que la caza de roedores); al Centenario, que tiene un cáncer que le roe el cráneo y que se lo explica al Nini de forma muy gráfica (“A todos cuando muertos nos comen los bichos. Pero es igual, hijo. Yo soy ya tan viejo que los bichos no han tenido paciencia para aguardar”); a doña Resu, que vive obsesionada con la idea de que el Nini debería acudir al colegio (donde aprendería, por ejemplo, lo que significa la palabra “longanimidad”); y a otros curiosos habitantes de la zona.
Con este retrato colectivo descubrimos un mundo cerrado, regido por leyes tan acrisoladas como extrañas (extrañas para quienes vivimos en el mundo moderno, urbano y plastificado), donde la figura del Nini, niño sabio y de pocas palabras, se erige en columna o piedra angular. Los ciclos naturales, las variaciones del clima, la acomodación al paisaje, el contacto con los pájaros, se convierten en los ejes de un modo de vida que quizá respetamos pero ya no entendemos: la de quienes cazan ratas para comer; la de quienes miran las nubes esperando el milagro o el desastre; la de quienes se odian y se respetan.
Y Miguel Delibes, con su mirada silenciosa de párpados caídos, la inmortaliza en estas páginas.