martes, 12 de marzo de 2024

Una estrella

 


Es difícil saber cuántos dolores (y qué hondos) afligen a la persona que tenemos delante. Y esa dificultad puede conducirnos al error de etiquetarla, sin más base que la sospecha, la “lógica” o los prejuicios. Estrella Torres, una atractiva joven pelirroja, se encuentra en la barra de un bar bastante hediondo, casi al filo de la medianoche. Está tomando notas en un cuaderno y le formula varias preguntas al camarero quien, suspicaz, no sabe qué actitud mantener con ella. ¿Será una policía? ¿Una periodista? ¿Alguien que busca problemas? Para tranquilizarlo, la muchacha le explica que está escribiendo una novela y que quiere conocer a los jugadores de póker que se encuentran en la parte de atrás, como parte de su proceso de documentación. Es una demanda extraña, en verdad, pero al menos no incurre en lo inquietante.

Todo cambiará cuando entre en el local un borracho que responde al nombre de Juan Domínguez, quien la reconoce como la hija de su buen y fallecido amigo Rafael Torres, otro bebedor y jugador irredento. En ese punto, las máscaras caen al suelo y comprendemos que Estrella ha acudido a ese tugurio infecto para exorcizar los demonios que calcinaron su infancia y la de su madre, por culpa de un ludópata que jamás las trató de forma cariñosa, ni las protegió, ni les sirvió de ayuda. Todos los insultos, todas las recriminaciones, todos los gritos que no pudo lanzar su padre a la cara podrá ahora verterlos sobre Juan, quien padece a su vez el desprecio de una hija que no quiere verlo. Dos seres heridos que, de una forma cenagosa, se atraen y se repelen, se odian y se necesitan. Se complementan.

Otra fructífera excursión de Paloma Pedrero por las zonas más oscuras del alma humana, que a través del diálogo (sofocante, lleno de bilis y antiguas heridas) nos golpea con brutal eficacia.

domingo, 10 de marzo de 2024

El síndrome Frankenstein

 


Jorge Luis Borges, con la retranca meticulosa del que profiere una obviedad que los demás parecen no haber advertido, dictaminó hace años que el concepto de “viaje espacial” se le antojaba muy curioso, porque todo viaje es espacial. Con idéntica ironía podría haber recordado que todo viaje es también temporal, porque compromete un avance en los relojes o los calendarios. El reto narrativo que se plantea Elia Barceló en El síndrome Frankenstein (y que comenzó a fraguarse en su aplaudido y premiado volumen El efecto Frankenstein) se vertebra sobre un prodigioso conjunto de viajes, espaciales y temporales, en los que sus protagonistas se verán inmersos.

Pongámonos, aunque sea levemente, en situación. Y para eso nada más útil que colocar sobre el tablero los naipes fundamentales de esta arriesgada e irresistible partida de cartas: el monstruo al que el doctor Frankenstein le restableció la vida en el siglo XVIII, que después de haber sido bautizado como Michl, ahora es conocido como Viktor Frank, un multimillonario al que la cirugía estética ha dado nueva imagen; los condes Maximilian y Eleonora Von Kürsinger, habitantes del castillo de Hohenfels (Salzburgo), que permanecen también incólumes ante la muerte, tras haber recibido una dosis de las misteriosas gotas de Frankenstein; un extraño ser intersexual que responde a varios nombres distintos, aunque se maneja mejor con los de Erin y Mystery Stranger; una empresa farmacéutica todopoderosa que se ha empeñado en conseguir el líquido azul con el que, quienes puedan pagarlo, adquirirán la condición de inmortales; unos laboratorios avanzadísimos, donde se está ultimando un modelo de ginoide (un robot femenino) que resulta casi imposible distinguir de una persona; trampillas secretas que conducen a habitaciones selladas durante siglos; traiciones inesperadas; lealtades que superan todo tipo de pruebas; venenos que son administrados a las personas menos esperadas…

Sé que estarían ustedes encantados de que siguiera y les contara cómo se unen de forma novelesca todos esos caudales (y muchos otros, que prefiero omitir), pero lamento decepcionarles: no lo haré. ¿Cómo iba a ser tan canalla? ¿Cómo iba a arrebatarles el placer de avanzar por estas magníficas páginas de Elia Barceló y sucumbir al encanto irresistible de su talento narrativo? En modo alguno. Lo que sí les aconsejaré es que, venciendo cualquier tipo de pudor que pudieran tener ante las historias “adolescentes” (espero que no sea así), disfracen su corazón de entusiasmo juvenil y se sumerjan sin tardanza en esta historia. Van a pasar unas horas increíbles.

jueves, 7 de marzo de 2024

Anasté

 


Dos ríos llenan con sus aguas el profundo lago llamado Anasté, la pieza dramática que Marino González Montero publica en el sello De la luna libros: el primero adopta forma prosística y se encuentra en la contracubierta. Allí se nos explica que Anasté es una mujer que ha decidido colarse en un recinto religioso tartésico que, en el siglo V a.C., va a ser sellado para que sucumba al olvido. Junto a esa mujer reposarán los cadáveres de medio centenar de caballos que han sido sacrificados para calmar la furia de los dioses, que llevan años castigando a la población con sequías y calamidades continuas. Es (así se nos anuncia) el final de una civilización que continúa erigiéndose en misterio para los estudiosos actuales. El segundo río hay que buscarlo en el interior del volumen, en el diálogo febril, telúrico y desgarrado que mantienen esa mujer que ha decidido inmolarse y la diosa Nortia, quien ha sido convocada por las oraciones de la primera. ¿Cuál es el sentido de esta reunión? ¿Por qué motivo Anasté ha reclamado la presencia de Nortia, si desde el principio le declara con firmeza que no cree en los dioses y que, por tanto, “sois vosotros el claro reflejo de lo humano… Y que lo de la creación y todo eso es precisamente… al revés” (p.43)? A través de una tensa conversación, llena de brío verbal y de un espeso lirismo, vamos descubriendo los impulsos que mueven a Anasté. Y descubrimos igualmente sus doloridas reflexiones sobre la culpa, que impregnan la acción misma del drama (“La CULPA es… el más abominable e inteligente descubrimiento del cerebro humano para dominar a otros cerebros humanos más manejables”, p.80). Anasté se ha propuesto utilizar las veleidades subterráneas del río Anas (el actual Guadiana) para culminar el viaje más trascendente que imaginarse pueda: quiere entrar en el Averno, acceder a Lo Otro, iluminar las zonas oscuras del Enigma.

Mientras iba leyendo la obra sentía (creo que les ocurrirá a los demás lectores también) la palpitación de un abismo, el golpeteo del misterio, que no sólo me acompañó durante las horas de lectura (recomiendo que sea lenta), sino que continuó después a mi lado. Anasté representa el final de un mundo, pero de un mundo lleno de nieblas, que Marino González explora con una delicadeza y con una hondura tan admirables como inquietantes.

miércoles, 6 de marzo de 2024

La naranja

 


Después de haber leído su nombre en alguna historia minuciosa de la literatura hispanoamericana y de haber visto cómo lo citaban autores más célebres que él (Borges), decido adentrarme en una obra de Enrique Larreta, que se titula La naranja, y que he disfrutado en una edición antigua (el ejemplar estaba intonso: también he disfrutado cortándolo) de la editorial Espasa-Calpe. En sus páginas, el escritor argentino se adentra en interesantes reflexiones sobre la vejez (“Si no mediara la idea de lo poco que falta para llegar al final, […] la vejez, una vejez sin achaques, se entiende, sería la verdadera edad feliz, lo mejor de la existencia”), sobre el gozo de existir (“Demos francamente las gracias. Con todo, vivir es vivir”), sobre la esencia última del ser humano (“¿Será el hombre una casualidad zoológica, un acaso de la Naturaleza, un mero cuadrúmano evolucionado, con prodigiosa sensibilidad cerebral, o el objeto supremo de Dios, como lo considera la Escritura?”), sobre la luz que debe guiar a la persona que acomete la tarea de coger la pluma (“Escribe como si todos tus lectores fueran hombres de genio”), sobre la verbosidad (“La excesiva riqueza de vocabulario suele encubrir pobreza de pensamiento. Alarde de joyas en el pecho de la escuálida”), sobre los enigmas de nuestro destino (“Nadie puede saber nunca cuándo aprovecha su tiempo y cuándo lo desperdicia”), sobre los viajes (“El hombre inteligente viaja para después; para enriquecer su vida en los días sedentarios, que son los más numerosos; para formar ese álbum interior cuyas páginas mueve luego el capricho de un delicioso viento que nadie puede explicar”), sobre el ejercicio de la crítica literaria (“Ciertos críticos: perros que orinan en la reja del monumento”), sobre el Martín Fierro o sobre El Quijote, obras a las que dedica páginas lúcidas y fervorosas.

En suma, un volumen variado, lleno de reflexiones inteligentes y que se sigue leyendo con facilidad y provecho.

martes, 5 de marzo de 2024

Las Tablas de la Ley

 


Prácticamente todos hemos conocido, a través del cine o de la lectura, la historia de Moisés, el bebé rescatado de las aguas del Nilo que, al fin, se convirtió en el guía que consiguió liberar al pueblo hebreo de la dominación egipcia y llevárselo hacia la Tierra Prometida. Así que el “argumento” de Las Tablas de la Ley, que Thomas Mann firma y que ahora leo en la traducción de Raúl Schiaffino (Planeta), pocas sorpresas depara. Qué importa. No se acude a una historia así en busca de “historia”, sino de matices, de tratamiento literario, de desviaciones del canon, de reflexiones. Y está claro que esta novela contiene un buen número de todos esos ingredientes suculentos.

Recordemos, por si alguien no guarda memoria fresca del relato bíblico, la línea básica de la trama, con los adornos espléndidos que graba Thomas Mann sobre ella: Moisés, después de ser encontrado en una cestita que flota en el borde del Nilo, es acogido por la hija del faraón (quien es su verdadera madre) y comienza a ser educado en un ambiente selecto. Ya adulto, recibe de Yahvé la encomienda de encabezar a su pueblo para que salga de los dominios egipcios. Consciente de que las palabras no bastarán para esa liberación, se apoya en Josué, dadas sus virtudes como líder militar (“Ninguna tierra, prometida o no, habría de serles otorgada de no mediar la conquista”); y se presenta ante el faraón, dispuesto a encandilarlo con algunos recursos efectistas (“Sabía, por ejemplo, apretar el cuello de una cobra hasta verla rígida como una vara, para arrojarla luego al suelo, donde volvía a enroscarse y transformarse nuevamente en serpiente”). Tras una larga negociación, en la que Yahvé colabora enviando sobre los egipcios la pesada losa de sus plagas (las cuales son interpretadas por Mann como sucesos más habituales que milagrosos), se inicia el éxodo, que los conduce fatigosamente a través del desierto, donde los van erosionando “los riesgos de la libertad”: el calor, el hambre, el arrepentimiento, la duda.

Quizá en esos momentos se inicia la parte más interesante de la novela, porque se nos resume cómo Moisés, improvisando, se erige en líder político, social y religioso, dictando al pueblo normas higiénicas, gastronómicas, sexuales y hasta jurídicas (“Moisés no sólo debía impartir la Ley, sino enseñarla”), a la vez que se escuda en el respaldo de Dios para mostrarse más laxo cuando es él quien infringe las normas (por ejemplo, cohabita con su esposa Séfora y con una sensual chica etíope, pese al escándalo que se genera en su entorno).

Recomiendo a la persona que lea este libro que se fije de manera especial en dos detalles: el modo en que Moisés personaliza los mensajes de Yahvé, emitiéndolos en una ambigua primera persona; y la parafernalia (que Mann dibuja con perfecto respeto y con magnífica ironía) que rodea la elaboración de las Tablas con los diez mandamientos en lo alto de la montaña.

Resultaría ocioso insistir en la estatura estilística del novelista alemán: ahí están sus libros para hablar por él. Esta obra puede servir como aperitivo para personas que aún no se hayan adentrado en sus relatos mayores. Un estupendo volumen.

domingo, 3 de marzo de 2024

La llamada

 


Mientras estaba leyendo La llamada, de Leila Guerriero (Anagrama, 2024), me iba acordando de aquella afirmación que recuerdo haber leído (quizá me falle la memoria) en el murciano Miguel Espinosa: que a veces no se escriben novelas, sino “libros”. Es decir, tomos que no admiten con facilidad (ni la requieren) una “etiqueta” que los defina. Porque este volumen, resulta evidente para cualquiera que bucee en sus líneas, no es una novela, ni una biografía, ni un ensayo, ni un tomo político, ni un rastreo psicológico; pero, a la vez y de forma gloriosa, es todo eso y mucho más. Sus más de cuatrocientas páginas giran en torno a Silvia Labayru, una mujer real, argentina, que vivió en su juventud una experiencia traumática. Pertenecía a la organización peronista Montoneros y, a punto de terminar el año 1976, estando embarazada, sufrió un brutal secuestro por parte de militares golpistas de su país y fue retenida en la tristemente célebre ESMA, la Escuela de Mecánica de la Armada. Dos años después, ya liberada, comenzó la segunda parte de su tormento: tener que “justificar” que había sobrevivido, sin que nadie se creyera con derecho a tildarla de puta o de traidora. La periodista Leila Guerriero lo resume con tanta contundencia como gravedad en la página 249 del libro: “Secuestrada. Torturada. Encerrada. Puesta a parir sobre una mesa. Violada. Forzada a fingir. Al fin liberada. Y, entonces, repudiada, rechazada, sospechosa”. Con esas imágenes girando en su cabeza, Leila Guerriero se embarcó en una investigación que la ha ocupado durante muchísimo tiempo y que elaboró entrevistándose mil veces con Silvia Labayru y con todas las personas que durante décadas han formado parte de su entorno: familiares, amigos, compañeros de militancia… Ese océano de detalles, como todos los océanos, estaba lleno de agua y sal, pero también de tiburones, soledad, naufragios, lágrimas, traiciones ciertas o sentidas, ambigüedades, matices contradictorios, pliegues oscuros e incluso algún maelstrom. “¿Cómo saber cuál es la versión correcta?”, se pregunta la autora en la página 337.

En principio, se trataba de reunir y conectar todas las informaciones parciales sobre Silvia (vinieran de su boca o de la boca de quienes la han tratado durante su niñez, su juventud, su madurez); pero tras esa fatigosa recopilación había que ensayar un vínculo, un ensamblaje que vertebrara los datos (recordemos: nunca hay que confundir la realidad con los datos) y que nos ofreciera una imagen lo más rigurosa posible sobre la protagonista y su circunstancia. No una hagiografía, no una caricatura, no un juicio: un retrato, como bien reza el subtítulo de la obra. Un espacio narrativo donde todos los vectores (el fervor, la admiración, la duda, el cariño, los viajes, las suspicacias, la ternura, el rencor, las equivocaciones, las melancolías, las carcajadas, los despistes) equilibran sus fuerzas y se convierten en tinta, para vergüenza de quienes se permitieron la vileza de juzgar y condenar, para alegría de quienes recibimos este regalo prosístico de primera magnitud, que nos hace conocer, recordar y pensar.

Es muy notable también el modo en que Leila Guerriero combina cercanía y distancia en su construcción narrativa. Durante mucho tiempo compartió charlas y comidas con Silvia Labayru, compartió paseos, compartió confidencias y dudas, compartió espacios, tiempos y emociones. Pero ha logrado el gran prodigio de que el relato y el retrato esquiven las tentaciones de la parcialidad, pensando siempre en ofrecer a los lectores todos los ángulos, todos los matices, todos los enfoques, y que luego cada persona decida su postura.

Utilizando un mecanismo narrativo muy ágil, lleno de analepsis y prolepsis, de giros, de bucles, de paréntesis, donde se aventuran hipótesis y se cotejan indicios, donde inteligencia y emoción se alían, donde periodista y persona alternan sus miradas, Leila Guerriero construye un tomo absolutamente fascinante, cordial, intenso, que se erige en pieza maestra del género investigador.

viernes, 1 de marzo de 2024

La sueñera

 


El océano de los sueños ha nutrido muchos millones de páginas en la historia de la literatura: ni siquiera resultará necesario enumerar (ocuparía varios folios) los títulos de libros y los nombres de autores y autoras que han recurrido a ese gran espacio temático para enriquecer el teatro, la novela, el ensayo o la poesía. Ahora acabo de terminar La sueñera, de Ana María Shua, donde se agrupan doscientos cincuenta microrrelatos que utilizan el mundo onírico como fuente de inspiración o como telón de fondo. Y vive Dios que la autora argentina nos deja anonadados con el bombardeo de imágenes que nos suministra: gritos que entran por la ventana, enumeraciones que no sólo contienen ovejas, pesadillas salpicadas de monstruos, 328 maneras para combatir eficazmente el insomnio, problemas con las sábanas de poliéster, lombrices de tierra que piden música de los Beatles, dos fósforos que se comen una pizza, tazas de café que devienen invaciables, burlas irónicas sobre el lenguaje marinero, partos asombrosos… También llevaría varios folios la simple enumeración de todos estos fogonazos.

¿Quieren saber por qué me ha gustado tanto este libro? Les copio el relato 25: “Mi papá no está contento conmigo. Me mira más triste que enojado porque sabe que le oculto un secreto. Estás muerto, quisiera decirle. Pero tengo miedo de que no venga más”. ¿Quieren otra explicación? Les copio el relato 48: “Los calamares no me atemorizan. En señal de amistad, trenzo y destrenzo sus tentáculos. Después de todo, soy casi una de ellos: yo también sé jugar a esconderme con nubes de tinta”. ¿Necesitan más detalles? Les copio el relato 77: “De los vegetales de hojas perennes, ninguno se reproduce tan rápidamente como mi biblioteca”. ¿Prefieren algo más humorístico? Les copio el relato 186: “Esperaba encontrarte, pero no así, cómo decirte, no con esos ojos, no con esa corbata, no con ese nombre, no con ese tenedor, no con esos dientes, no yo así, tan emperejilada, tan tentadora, tan en mitad del plato, tan tostada”. ¿O acaso prefieren…? No, no insistan: vayan al libro y disfrútenlo de principio a fin, como mandan los cánones.

La editorial Páginas de espuma lo reunió con otros trabajos de la autora en el grueso tomo Cazadores de letras. Prepárense a disfrutar.