miércoles, 15 de junio de 2022

Tierra y agua

 


Me concedo la alegría de leer una obra que fue galardonada en el XXX premio de novela Ciudad de Jumilla y de la que es autor el magnífico Paco Rabadán Aroca.

En esta ocasión, el novelista nos sitúa en los primeros años del siglo XVI, en la localidad de Santarén (muy cerca de Qantarat Asqaba), junto al río Blanco (o, por decirlo con toponimias actuales, la Alcantarilla que duerme junto al río Segura). Allí conocemos a los componentes de la familia mudéjar donde se ha criado el niño Ayman, entre vecinos pacíficos (Imad) o malévolos (Kadar), que tienen que sobrevivir en un mundo donde la religiosidad católica dominante los oprime y mira con desdeñosa altanería. Se dedican a cultivar unas tahúllas de tierra fértil, de las que obtienen todo lo que necesitan para tirar adelante… hasta que un día se produce un espantoso crimen, del que se acusa al padre de Ayman, quien es inmediatamente detenido y conducido a prisión.

A partir de ese momento, el niño se obstinará en descubrir quién ha podido ser el auténtico autor del crimen y cuáles han sido sus motivaciones. Además, logrará desenterrar (con la ayuda del viejo Faris) un antiguo cofre, cuyo enigma logrará sorprender a los lectores de la obra.

Con un dominio notable de los resortes novelescos, Paco Rabadán nos lleva de la mano por un mundo cerril y primario, donde los odios, las venganzas, la codicia o el desprecio dominan a los personajes, que sobreviven luchando a brazo partido en un mundo agrícola dominado por la tierra y el agua.

Sin duda, una obra que merece la pena leer. Búsquenla.

lunes, 13 de junio de 2022

El 53 de Gilmore Place

 


De vez en cuando, el azar ha puesto delante de mis ojos la obra literaria de algún autor que al principio me gusta, después me convence y finalmente termina convirtiéndose en adictivo. El caso de Jesús Zomeño es una buena muestra. Lo conocí por sus cuentos sobre la Iª Guerra Mundial, que me fascinaron, y desde entonces he procurado leer sus páginas, que siempre me embriagan con su alta calidad y con su solidez de mármol. Recientemente, la generosidad de la editorial Contrabando y la del propio autor han hecho que llegue a mis manos una novela que lleva por título El 53 de Gilmore Place y que es la segunda que publica el autor albaceteño.

Es un texto rico, ambicioso y poliédrico, que tiene como protagonista central al mismo personaje que ya conocíamos desde El cielo de Kaunas y que se desarrolla en mi opinión en tres planos fundamentales: el primer plano lo constituye la vida profesional del protagonista, un policía incómodo para sus compañeros y al que todos están sometiendo a una presión laboral casi insoportable (una oficina mal iluminada, atención a ciudadanos locoides, presencia de bichos en los cajones), que culminará con atentados personales de mayor crudeza y peligrosidad; el segundo plano se centraría en el vínculo que establece con Adam, un escocés que vive en Edimburgo y que ha descubierto en el patio de su casa los restos de un antiguo cadáver, cuya identidad querría esclarecer; el tercero, la novela que el policía está escribiendo y que, ambientándose en la casa de Adam (el número 53 de Gilmore Place), fantasea con un novelista que se instala allí para resolver un viejo asunto. Ese triple juego (mobbing, investigación, escritura) obliga a Jesús Zomeño a orquestar y mantener un delicado equilibrio narrativo que no sofoque ni aturda a los lectores, mientras les va ofreciendo los distintos ingredientes de la historia; y a fe que lo consigue con una elegancia, una calidad y un magnetismo insuperables.

El lector que fije su mirada en el libro observará que una bomba SC 250 aparece en su cubierta. No es ilustración caprichosa, sino bien significativa, porque es la protagonista de uno de los planos novelescos. Alrededor de ella construye nuestro novelista un espacio metafórico de alta intensidad, que les invito a descubrir. Si quieren conocer a Mateo, a Agus, a Devdan, a la señora Bridges, a Albert Ginestà, a Cadence Hewitt o a Wade Crane, no duden en adentrarse en esta novela densa y sugerente. Piérdanse en sus laberintos. Saldrán deslumbrados.

sábado, 11 de junio de 2022

El candelabro enterrado

 


Es solamente un niño judío de 7 años, que se llama Benjamín y está durmiendo. Pero su vida se verá alterada cuando las manos de su abuelo lo despierten y le indiquen que se levante sin hacer ruido: el anciano rabino Eleazar, que acaba de organizar una comitiva de ancianos, necesita que los siga en plena madrugada camino del puerto, donde los vándalos están a punto de partir con todos aquellos tesoros que han saqueado en Roma. Incluido el candelabro sagrado de Moisés, el único símbolo que a los hebreos les queda: la menorá. Corre el año 455.

Así empieza esta novela, magnífica, redonda, emocionante, de Stefan Zweig, que traduce Joan Fontcuberta para el sello Acantilado. En ella nos encontramos con un relato subyugador, lleno de fe y ternura, de esperanza y sorpresas, que se inicia cuando el niño Benjamín, intentando que no embarquen la menorá, sufre una brutal fractura de brazo, que lo acompañará el resto de su vida. Por ello, todos los conocen desde ese momento como Benjamín Marnefesh, el sometido a amarga prueba.

Saltemos ahora hasta la ancianidad del protagonista, porque cuando bordea los 87 años le llega la noticia de que la menorá ha sido trasladada a Bizancio. Es la oportunidad de presentarse ante el basileo Justiniano y solicitar que devuelva al pueblo judío su símbolo sagrado, gracia a la que el emperador se niega, con tanta crueldad como regodeo. La desazón y la tristeza invaden a Benjamín, que pide a Dios la muerte, ya que no le quiere conceder la felicidad de recuperar el milenario candelabro de Moisés. No obstante, su petición no es atendida, porque el Señor tiene otros planes para el venerable anciano; y los descubrirá cuando aparezca ante sus ojos el orfebre Zacarías.

Dueño de una capacidad narrativa envidiable, Stefan Zweig deja en esta novela varios momentos de altísima calidad: la descripción del saqueo de Roma por los invasores vándalos; el discurso que Eleazar pronuncia ante el niño Benjamín, que lo guarda en su memoria, aunque no lo entiende bien; o el instante en que el anciano emisario judío se presenta ante el emperador de Bizancio, que se dibuja con elementos casi hollywoodienses. Y, por supuesto, el final de la novela, con el que reconozco haber llorado: tanta es su belleza.

Adoro a Stefan Zweig.

miércoles, 8 de junio de 2022

Los muertos de las guerras tienen los pies descalzos

 


Que el género negro es ahora mismo uno de los más frecuentados y leídos de España no es información que pueda sorprender a nadie: los escaparates de las librerías están repletos de títulos de esa temática, proliferan las Semanas donde se habla de ellos (Getafe, Gijón, Valencia, Cartagena, Córdoba), hay editoriales que publican mucho y bueno en el ámbito negro (estoy pensando en Erein) y los periódicos ofrecen continuas informaciones en sus páginas culturales sobre sus autores más significativos.

Precisamente ahora acabo de terminar una novela de ese tipo, que me ha gustado y que tiene la particularidad de que dos autores experimentados del género (Alfonso Gutiérrez Caro y Antonio Parra Sanz) unen sus plumas para redactarla. Y no sólo unen sus plumas, sino que unen (en un consorcio simpático y altamente eficaz) a sus criaturas narrativas, que suman fuerzas para resolver un complicado caso: Alfonso Gutiérrez aporta a Samuel Alonso, quien recibe el encargo de localizar a un chico llamado Cristian; y Antonio Parra añade a Sergio Gomes, que debe localizar a una chica llamada Carmen. Los hilos de sus largas investigaciones los llevan a confluir en Mister Witt, mítico local cartagenero; y deciden trabajar juntos después de descubrir que Carmen y Cristian son pareja.

Si quieren disfrutar este verano de una novela negra (o regalarla), pueden acudir a Los muertos de las guerras tienen los pies descalzos, editado por Cosecha Negra Ediciones. Quizá les guste.

lunes, 6 de junio de 2022

Algo pasa en el mundo

 


Hay dos autores a los que temo profundamente, porque cada uno de sus libros me gusta más que el anterior, pero también me hace más daño que el anterior: Emil Cioran y Miguel Sánchez Robles. No puedo (ni quiero, porque me fascinan) evitar nunca su lectura: me abren los ojos de tal manera, me abren la mente de tal manera, que la luz que procuran me hiere como un estilete, me perfora y me aniquila, como le ocurría a la rusa mala de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Y como Cioran está muerto, no tengo problemas en reconocer que el autor vivo que más me perturba, que más me afecta, es el caravaqueño Miguel Sánchez Robles. Incapaz de despegarme de sus páginas una vez que las he abierto, noto que su mirada sobre el mundo y sobre el ser humano me desgarran, porque me obligan a situarme en el punto de vista que él adopta. Y sufro. Y noto que me duele. Y no lo dejo.

Manu, el Magra, es un chico que ha ido atravesando experiencias traumáticas en su vida (incluida una estancia en la cárcel) y que mira su interior y su alrededor con la lucidez de quien se ha lavado los ojos de forma definitiva y contempla los horrores, desviaciones e insensateces del mundo. Tiene a su lado a Marta, una chica que ha pasado por la droga y por la enfermedad; tiene a su lado a los amigos bebedores del Mar Báltico, un bar periférico donde la rareza y la anormalidad son aceptadas como rasgos hermosos; y tiene a su madre, a quien le escribe de forma continua cartas, observaciones y poemas, explicándole que cada vez entiende y ama menos el mundo que lo rodea. Sufre (así se pregona desde el subtítulo de la novela y se explica con detalle en las páginas finales del volumen) el síndrome de Hybris, que le otorga una visión cristalina e hiriente de la pantanosa realidad del mundo.

Con esta obra, que es pura lucidez, pura poesía, pura belleza desgarrada, puro bisturí, puro puñetazo en la boca del estómago, puro colirio, puro trago de alcohol, pura luz, Miguel Sánchez Robles obtuvo el XXXI premio Torrente Ballester en el año 2019. Serían ustedes muy insensatos si no la leyeran.

viernes, 3 de junio de 2022

El ladrón del cementerio

 


A un narrador avezado le basta en ocasiones una pequeña anécdota para que la imaginación se lance a dibujar arabescos sobre los papeles y consolide una historia novelesca llena de meandros e interés. Es lo que ocurre con José María López Conesa, quien tuvo acceso a una de esas anécdotas (un chico que robaba huesos de un camposanto) y dejó que germinase durante largo tiempo hasta que ahora se ha convertido en El ladrón del cementerio, la novela que acaba de publicar el sello Tirano Banderas.

Partiendo de un grupo de tres personajes protagonistas (Antonio, un profesor que ya está jubilado, y su esposa Yaiza, a quienes se une su médico de cabecera, Jacinto Castillo) se nos invita a viajar hacia atrás en el tiempo, para conocer cómo el pasado del doctor es mucho más extraño y turbulento de lo que su situación actual nos permitiría deducir: una novia que le dejó profundísima huella y que se separó de él por motivos dramáticos; una hermana (la Nena) que decidió asumir todos los gastos de su enseñanza universitaria; unos hermanos más pusilánimes o desdibujados, pero que terminarán adquiriendo en la narración un papel crucial; y un inquietante profesor llamado don Diego, del que Javier recibe lecciones y del que terminará descubriendo una faceta sacrílega que lo llevará por el camino erróneo.

Cualquier lector que se sumerja en esta historia descubrirá, sobre todo, un sentimiento que late con poderosa fuerza en el volumen: el amor. Y ese amor, por vías diferentes, conducirá a los protagonistas hacia desvaríos asombrosos: a Jacinto lo llevará hasta los arrabales de la locura, hasta el borde del abismo, hasta la cárcel; a don Juan lo llevará hasta la confianza irracional, hasta el más absurdo despojamiento; a la Nena la conducirá hasta el rencor, hasta la venganza, hasta el crimen. Ese lector (que puedes ser tú) descubrirá también emociones de elevada intensidad en este libro, como la muerte, la ambición, la debilidad y el azar, que se mezclarán de explosivos modos para que su respiración se vea de continuo alterada.

El resultado es una novela (undécima publicación del autor) de aire elegante y gran soltura en los diálogos, que merece la pena leer.

miércoles, 1 de junio de 2022

Espinosa Pardo

 


Tendría yo unos diez u once años cuando, rebuscando en un armario del despacho de mi padre (la infancia y sus “tesoros”), encontré un grupo de ejemplares de la revista Cambio 16. Como no tenía nada mejor que hacer, les eché un vistazo, sin entender nada, pero se me quedaron dos titulares en la memoria, no sé por qué. El primero, “El abrazo de Europa”, donde aparecían Willy Brandt y Felipe González; el segundo, “Independencia elevada al Cubillo”, sobre un líder canario. No conocía a ninguno de los tres personajes, pero con el paso de los años fui obteniendo más informaciones de los dos primeros. Antonio Cubillo, en cambio, se diluyó en la memoria… hasta que Paco López Mengual ha vuelto a traerlo a mi memoria con la edición de su libro Espinosa Pardo (Historia de un confidente), bajo el sello La Fea Burguesía.

He descubierto así la figura misteriosa, trampantójica y sorprendente de José Luis Espinosa Pardo, un hombre que se relacionó (iba a decir que “perteneció”, pero el verbo no resulta exacto, porque una vez acabado el libro comprendes que Espinosa nunca perteneció a ningún sitio, persona o ideología) con el GRAPO, con el PSOE, con el independentismo canario y argelino, con el PCE, con los servicios de inteligencia, con el mundo de la carpintería, con la UGT y con mil ámbitos más. Nunca quieto. Nunca claro. Nunca rectilíneo. Un ser de nieblas y de meandros, que traicionó y fue traicionado, que participó en luchas y extrañas financiaciones ilegales, que viajó por varios países, fue abrazado por líderes de toda condición, y acabó muriendo pobre y solo en un lugar perdido de Murcia, casi nonagenario. Fue (y utilizo las palabras inmejorables de Paco López Mengual) “uno de los supervivientes de la parte más desconocida y mugrienta de la Transición” (pág.185). Y resultaba imposible no escribir una historia sobre él.

En este tomo, fruto de largas investigaciones, entrevistas y rastreos descubrimos esas partes invisibles que nos rodean y que nos empeñamos (por higiene mental) en no investigar: las mentiras y avaricias y traiciones y megalomanías de los políticos, las mezquindades del poder, la pestilencia que expelen las cloacas de todos los Estados. Y descubrimos cómo una persona intrépida, osada y dúctil pudo bracear en ese mar bravío durante años, sobreviviendo a naufragios y oleajes, para terminar llegando a la costa, como Odiseo, envejecido, cubierto de algas y desorientado.

Paco López Mengual elabora un libro que contiene una historia y también la construcción de una historia. Es decir, que vemos no solamente a Espinosa Pardo, sino también al propio Paco, su perseguidor (cortazariano), en capítulos alternos, para ofrecernos un valioso trabajo de documentación y de imaginación que participa de la novela, de la biografía y de la reconstrucción histórica. O, para decirlo con una fórmula contenida en el volumen, “una rocambolesca historia real con todos los ingredientes del género negro” (pág.25).

Desde el punto de vista literario, Espinosa Pardo (Historia de un confidente) es un libro tan entretenido y fascinante como todos los del autor. Desde el punto de vista técnico, creo que el mejor de los suyos.

Imprescindible.