miércoles, 13 de enero de 2016

La heredad



En ocasiones, la vida nos depara unos dones envenenados que, sin apenas reflexión, mordemos; y esos dones pudren nuestro interior. Lo descubrirá pronto Remigio que, tras un tiempo de malas relaciones con su padre, acaba por volver a la casa familiar para cuidarlo en sus últimos días. Lamido por la gangrena, la muerte no tardará en llegar; pero un exceso de cabezonería o de imprudencia le impide redactar testamento. Y por esa causa comienzan a encadenarse los problemas para su hijo, que se encuentra convertido en dueño de una heredad de la que no sabe encargarse.
A partir de ese instante, los enredos se van multiplicando para él, y las amarguras se amontonan sin tasa: su madrastra comienza a pleitear por la herencia; los abogados descubren el filón y se dedican a engañar a ambos con sus mil triquiñuelas legales, que no buscan sino enredar el proceso y engordar sus minutas; los jornaleros consideran que la inexperiencia del hijo es motivo bastante para hacer de su capa un sayo, descuidar sus obligaciones y robar en los descuidos todo lo que pueden; las gentes del pueblo murmuran de la presunta altanería de Remigio (que no es sino una mezcla de desconcierto y de candor); y hasta una joven querida de su difunto padre se incorporará al enredo exigiendo del muchacho una elevada cantidad que su progenitor, presuntamente, le adeudaba…
Por todas partes los abusos, las burlas y las estafas, en un bochornoso juego de insidias, malentendidos, rencores, cazurrería campesina, terquedad y maledicencias que terminará por destrozar el espíritu y esquilmar la paciencia del joven advenedizo. “La heredad misma se había convertido en enemiga suya”, se lee en la página 111, justo cuando otros percances (vacas que abortan y campos que arden) terminan por llevar a Remigio al límite de sus fuerzas.
Traducida por Miguel Ángel Cuevas y publicada por el sello Traspiés, esta desasosegante narración del italiano Federigo Tozzi (1883-1920) parece uno de los redescubrimientos literarios de la temporada. Ténganla en cuenta.

lunes, 11 de enero de 2016

Una cuna para Samir



Empezar el año descubriendo la obra de nuevos autores siempre es una alegría, que sirve para mantener fresca la ilusión de la literatura. En este caso, la joven editorial murciana Tirano Banderas apuesta por la primera novela de la doctora Teresa Soriano Oms, que se titula Una cuna para Samir y que presenta muchos atractivos desde el punto de vista argumental y también desde el punto de vista literario.
La narración se vertebra en dos planos temporales (el primero, situado en los años 80 del siglo XX, y el segundo ambientado en el año 2025), pero la distancia entre ellos, lejos de mantenerse férrea y artificial, como ocurre en otras fabulaciones, está continuamente reducida por la existencia de unos “puentes cronológicos” que la novelista concibe para vincular ambos períodos. Es decir, que la protagonista de la acción futura, Maira, escucha durante su proceso de investigación una serie de testimonios (o lee documentos) sobre lo que ocurrió cuatro décadas antes, y de esa manera se mantiene una especie de diálogo poroso entre los dos ámbitos. Esto le permite jugar con una rica alternancia de voces narrativas, en primera o tercera personas, que completa con un lenguaje sencillo y una selección de imágenes realmente eficaz.
La historia que nos traslada es, por otro lado, tan tierna como realista, tan dulce como agria: las penosas vivencias que tiene que padecer el niño Samir desde su infancia africana (con una pierna de menos por culpa de una mina antipersonas, huérfano, pobre y sin estudios) hasta su madurez en España (país al que emigra en busca de mejores oportunidades de vida). En este viaje desde la pobreza hacia la esperanza lo acompañará Mohamed, su mejor amigo, con el que establece unos lazos de auténtica hermandad. Durante su aventura tendrá que vérselas con personas racistas y con toda suerte de trabas burocráticas, aunque también con gentes de buena voluntad que intentarán ayudarle a conseguir el sueño de la integración, el amor y un futuro digno y estable para él y para sus herederos.
Lógicamente, el grave peligro que corría Teresa Soriano cuando decidió abordar esta exploración novelística era sucumbir al panfleto o a la narración ternurista, pecado en el que han incurrido muchos de quienes han elegido esta temática. Pero lo cierto es que ella esquiva con pericia esas tentativas espurias y se adentra en una fabulación llena de brío, musculosa y ágil, en la que los diversos escenarios están dibujados con elegancia y los personajes adquieren cuerpo gracias a un escrupuloso proceso de modelado por la parte de la autora, que nos entrega varias historias de amor y tenacidad en una sola novela.

Se suele ser indulgente con la primera producción de los nuevos autores (es casi un axioma que pocos se atreven a vulnerar), pero en este caso resulta muy sencillo hacerlo, porque la valenciana Teresa Soriano demuestra un buen pulso narrador, habilidades sólidas en el lenguaje y un certero dominio de la arquitectura novelística. Puede ser aplaudida sin ningún tipo de reserva.

sábado, 9 de enero de 2016

El camino de la oruga



Leí este libro de Javier Mije hace una década y he vuelto a releerlo con las mismas sensaciones que tuve entonces: con la certidumbre de que albergaba un altísimo contenido de belleza literaria.
Apenas se abre el tomo aparecen “Toda la vida” (donde encontramos como protagonista a un hombre abandonado por su pareja) y “La furtiva” (donde es ella la abandonada). Sería bastante con ese par de relatos para justificar el aplauso al libro, porque son dos insuperables ejemplos de excelencia narrativa y de sensibilidad. Pero es que después se despliegan ante los ojos “Derrumbamiento” (con Javier teniendo que acudir en medio de la noche a la casa familiar para levantar del suelo a su padre), “Un juego de espejos” (donde acompañamos a una pareja que se reinstala lejos de su hogar), “Sabio en esperas” (insuperable retrato del hombre que espera a una mujer en la estación de tren, y que por momentos parece dibujado por Antonio Muñoz Molina), “Palabras raras” (un muchacho que intenta consolarse de la muerte de su padre acudiendo al lado de su amigo Carlos) o “El color del mar” (relato de angustias, zozobras y autodestrucción).
Javier Mije cuenta historias en las que lo de menos es qué está pasando en ellas, porque la estructura, la psicología y el lenguaje superponen encima de la peripecia unas capas densísimas de significados y bellezas, que diluyen el argumento hasta volverlo anécdota. Sus personajes sufren, aman, recuerdan, se arañan por dentro, se rebelan ante el gris de la vida o sucumben a él; sus frases y párrafos trazan jeribeques de humo que, al fin, se convierten en sensaciones en el corazón de los lectores.

Javier Mije es un maestro; y lo mínimo que hay que hacer ante los maestros es leerlos con respeto, disfrutar de sus propuestas y aprender de sus páginas. Se ensancha la inteligencia y se multiplica el goce estético cuando leemos libros como El camino de la oruga. Dicho queda.

jueves, 7 de enero de 2016

Víctor Ros y el gran robo del oro español



Qué gusto da cuando me encuentro con un escritor que sabe lo que quiere hacer y que lo hace con eficacia. Es el caso de mi amigo Jerónimo Tristante. Dentro de los múltiples tipos de escritores que conozco (casi todos ellos respetables), él pertenece al grupo de quienes desean escribir para el gran público, para distraer y para contar historias seductoras. Habrá críticos que opinen que esta postura no es puramente literaria, o que es mercantilista, o que es chabacana. A mí, desde luego, no me lo parece. No me lo parece de ningún modo. Lope de Vega, Balzac, Blasco Ibáñez o Dumas escribieron para ser leídos, anhelaron vender la mayor cantidad posible de ejemplares y soñaron con hacerse ricos a través de la literatura. Ni lo ocultaban ni se disfrazaban. Era su forma de entender el oficio de escribir. ¿Por qué ha de resultar más bochornosa esa actitud que la de Góngora, que redactó muchas de sus páginas con cara de vinagre y afirmando que le había causado honra hacerse oscuro a los ignorantes?
Impermeable a las críticas acerbas, Jerónimo Tristante acaba de publicar una nueva obra de la serie de Víctor Ros, titulada Víctor Ros y el gran robo del oro español. Se la ha editado el sello Plaza & Janés y ha irrumpido con fuerza y éxito en las librerías de toda España, después de que el personaje adquiriera hace unos meses la alta celebridad de verse en las pantallas televisivas.
En esta entrega, Víctor viajará a Londres, con una tarea que le encomienda en secreto el gobierno español: recuperar una elevadísima cantidad de oro que ha robado de las arcas estatales un misterioso personaje al que nuestro detective se empeña en identificar con su enemigo Alberto Aldanza. Si no consigue retornar con el oro la economía hispana entrará en bancarrota; y, además, el tiempo apremia, porque los grandes analistas europeos están comenzando a pensar que algo ocurre en España y en sus reservas de oro.

De todo encontrará el amante de las aventuras en estas trepidantes páginas: chantajes con fotos pornográficas, emboscadas en los momentos más inesperados, detectives escondidos en sitios inverosímiles, disfraces, identidades ocultas, aparición del gran Sherlock Holmes (que admira a Ros porque conoce sus primeros trabajos), fumaderos de opio, dardos envenenados, sorpresas en casi cada capítulo... Y, flotando como una amenaza constante alrededor de Víctor Ros, dos sombras de su pasado que se niegan a diluirse y que constituyen un peligro constante para él, incluso durante sus días londinenses: el maquiavélico Alberto Aldanza y la implacable Bárbara Miranda. A ambos los conoce el seguidor de las novelas de Víctor Ros y con ambos volverá a encontrarse de una forma obsesiva, inquietante, letal. ¿Conseguirá el astuto detective desembarazarse de ellos y poner fin a sus carreras delictivas? Descúbranlo en las páginas de esta fascinante novela y quedarán prendados de la escritura de Jerónimo Tristante. Si así ocurre, bienvenidos al club.

martes, 5 de enero de 2016

Algunos libros que leí despacio



Un escritor afincado en Murcia recibió hace años un premio que, en su opinión (errada, como el tiempo vino a corroborar), iba a consagrarlo. Cuando lo felicité por la concesión me dijo que había estado a punto de publicar un libro de semblanzas de otros escritores, pero que lo había paralizado porque ahora que él se había convertido en alguien importante le parecía inadecuado dar “publicidad gratuita” a otros. Semejante imbecilidad no se le ha pasado nunca por la cabeza a Pascual García (Moratalla, 1962), que no solamente es uno de los escritores más brillantes de nuestra tierra, sino también uno de los más generosos a la hora de reconocer el talento de sus compañeros de oficio.
La última prueba de esta esplendidez se titula Algunos libros que leí despacio (Textos críticos), un volumen de reseñas que le publica el sello Tres Fronteras y que reúne 66 producciones donde el autor muestra la notable envergadura de sus curiosidades literarias, la finura y atención de sus lecturas y la incomparable agudeza con que disecciona, pondera y evalúa los volúmenes que van pasando por sus manos y sus ojos. Es raro encontrar un creador notable que, a la vez, sea un analista riguroso y exacto: Pascual García condensa ambas habilidades de un modo egregio.
Por las páginas de este tomo desfilan no solamente los grandes monstruos sagrados de la literatura internacional (Mario Vargas Llosa, Ismail Kadaré, Benedetti, Antonio Muñoz Molina), sino también las grandes firmas de la literatura regional, para quienes encuentra siempre un juicio inmejorable. Por ejemplo, define a Soren Peñalver como “poeta de la sensación y de la idea, del sentimiento profundo y de la imagen; poeta exótico y próximo al ser humano sufriente; poeta culto y popular y humanista” (p.20); y a Francisco Sánchez Bautista lo inmortaliza afirmando que “no sólo es uno de los grandes poetas de esta tierra, sino que pertenece por derecho propio a la historia de la literatura española y es, por tanto, un clásico del idioma” (p.41); y en el poeta y cuentista José Cantabella descubre “a un narrador cuajado e importante, que ya posee su lugar en nuestras letras” (p.46); y con respecto a Francisco Javier Illán Vivas nos dice que “estamos ante un poeta preocupado por los grandes asuntos humanos, de vital trascendencia, entre los que se halla, de un modo destacado, el tiempo” (p.113); y en la deliciosa Vega Cerezo descubre a “una autora que concita la inteligencia, las lecturas y la vida para dar forma al complejo universo de los sentimientos con una sencillez de orfebre diestro” (p.153). Son cinco ejemplos entre muchos posibles.
Pero es que, además, el moratallero Pascual García se detiene a reflexionar sobre la tarea narrativa de otras personas que, sin ser estrictamente poetas y novelistas, aportan su sensibilidad al mundo de las letras, como ocurre en los casos de algunos profesores universitarios (Francisco Javier Díez de Revenga), algunos periodistas (Antonio Arco) e incluso alguna pintora (como Carmen Cantabella).

Con una original cubierta de la artista Francisca Fe Montoya, este tomo ofrece un fresco muy representativo de las opiniones literarias de un hombre que, brillante en los ámbitos de la novela, el ensayo, el cuento, la poesía y el articulismo, constituye uno de los ejemplos más acabados de escritor total que ofrecen las letras españolas.

domingo, 3 de enero de 2016

Nunca la vida es nuestra



Hace tanto daño leer a Miguel Sánchez Robles que siempre está uno deseando, paradójicamente, que aparezca otro libro suyo para zambullirse en él, y notar el cieno subiendo por el pecho, y cercando la boca mientras se piensa: “Todo lo que dice es terrible, pero cierto”. Su literatura, así, cumple una función parecida a la del alcohol en las heridas: escuece y es verdad. Con la novela Nunca la vida es nuestra (premio Fray Luis de León), el escritor vuelve a circular por idénticos senderos… Su protagonista es un profesor de instituto que vive una vida gris y huérfana de alegrías. Arrastra un matrimonio monótono, pierde y gana dinero en partidas de póker con sus amigos, bebe botes de cerveza voll damm, se ve cercado por las conversaciones anodinas de sus compañeros de claustro y languidece hacia la madurez con pasos tristes.
Para salvarse encuentra tres asideros fundamentales: la poesía, el cine y los paseos en bicicleta. En uno de estos últimos se encontrará, en medio de un camino de montaña, con Esther, una veinteañera que trabaja como químico en la planta General Electric de Cartagena y que, desde el primer instante, le provoca un impacto tremendo. Al principio se trata de una atracción física, pero pronto se completará cuando descubra que la muchacha y él comparten modos similares de ver la vida: afán de vivir de un modo distinto al rebaño, gusto por las conversaciones surrealistas o líricas (la “verbalidad”, a la que constantemente alude el narrador; todos aquellos juegos que los convierten en unos auténticos “ludópatas del lenguaje”, p.158), ansia por apurar cada copa que la existencia ponga frente a ellos y deseo de estar la mayor parte del tiempo juntos. Pronto comenzarán una tórrida aventura donde lo sexual, lo metafísico y lo poético brotarán y se abrazarán a cada segundo. La muchacha insistirá desde el primer día para que Herminio, el profesor, no conciba demasiados planes con ella (“No proyectes, conmigo no proyectes nada, por favor”, p.99), porque sabe que vivir es simplemente fluir. E incluso llegará a pedirle que no se encandile con ella más allá de lo razonable, porque nunca sabemos el tiempo que se nos permitirá estar junto a la persona amada (“Yo no quiero que tú mueras por mí. Yo ni tan siquiera quiero que te enamores mucho de mí. ¿Me estás oyendo? Por favor, no te enamores de mí. Vive conmigo. Folla conmigo. Juega conmigo. Hazme daño si quieres, pero no te enamores de mí y no hablemos de la muerte”, p.149)… Con el paso del tiempo, y tras disfrutar de unos días juntos (a veces metidos en la habitación de la chica, a veces viajando como turistas de fin de semana, siempre bebiéndose el uno al otro con fruición, rodeados de alcohol, porros, poesía y música), la realidad más cruel vendrá a recordarles que ningún paraíso se goza impunemente y que el azar siempre se reserva la mano ganadora en esa partida de póker a la que llamamos vida.
Memorablemente escrita, con un lirismo constante, explosivo y de imposible imitación, cualquier página de Miguel Sánchez Robles podría enmarcarse y ser exhibida en el Museo del Prado. Es uno de los más grandes escritores de España, sin discusión posible.

viernes, 1 de enero de 2016

Una cama sumamente extraña



Gracias a la traducción de Joachin De Nys para la editorial Navona podemos leer aquí estos cinco relatos maravillosos de Wilkie Collins, donde una vez más demuestra de manera excelente su musculación narrativa, que le permite guiar a los lectores para que avancen al ritmo que él desea, provocándoles conmoción, risa, sorpresa, inquietud o calma, en las dosis que cada secuencia requiere. Maestro entre los maestros, este soberbio fabulador nos propone un repóker de relatos ante los que será difícil que no aplauda hasta el lector más exquisito y exigente. En “Una cama sumamente extraña”, que da título al volumen, nos daremos un paseo por un garito infame, donde quiere el azar que un señorito rico y aburrido gane una fastuosa cantidad de dinero, hasta el punto de hacer saltar la banca. El problema vendrá cuando, aturdido por el alcohol y temeroso de que puedan robarle sus ganancias, decida pasar la noche en el garito, en una habitación de lo más inquietante y perturbadora. En “El caldero de aceite” nos desplazamos hasta una historia donde se nos plantea un caso peliagudo: ¿debe un sacerdote mantener a toda costa su secreto de confesión, cuando conoce la identidad de un asesino? Y, por otro lado, ¿vale cualquier método para lograr que un representante de Dios colabore con la Justicia? Tres hermanos que han visto cómo su padre era asesinado forzarán los límites de esta complicada situación. En “La cuna fatídica” asistiremos al desarrollo de una trama muy sencilla, pero con implicaciones turbulentas: dos niños que nacen durante un viaje por mar, de familias muy distintas (una rica y otra pobre), terminarán en las manos de la matrona... sin que ésta sea capaz de recordar a cuál de las familias pertenece cada uno. “El capitán y la ninfa” vuelve a situarnos en el mundo marítimo, con un capitán de barco que, como consecuencia de un duro trauma amoroso, terminará por odiar el mar. Y “¡Vuela con el bergantín!” es un relato canónico sobre la forma de manejar los tiempos y el lenguaje para que los lectores, gradualmente angustiados por la trama, acaben con el ritmo cardíaco acelerado. Alfred Hitchcok hubiera realizado una adaptación televisiva o cinematográfica de primera magnitud con esta historia. Salvando alguna pedrada a la gramática (ese “encima mío” que chisporrotea con olor a azufre en la página 145), la traducción es elegante y cadenciosa, y nos permite disfrutar de los relatos del maestro inglés con una fruición similar a la que debieron sentir sus primeros lectores. Gloria por siempre a Wilkie Collins.