martes, 27 de enero de 2026

Malditos tábanos

 


Hace ya varias décadas que la crítica literaria española tiene acuñada la etiqueta “tremendismo” para referirse a las novelas que, durante los años cuarenta del siglo XX, retrataron con crudeza el panorama social del país. El ejemplo que se aduce con más frecuencia (por su enorme calidad y por el impacto que produjo) es La familia de Pascual Duarte, del gallego Camilo José Cela. Pero he aquí que en Murcia tenemos, vivito y coleando, a un escritor llamado José Fernández Belmonte que, indagando una variante curiosa de ese sistema narrativo, acaba de publicar su obra Malditos tábanos, que me atrevería a rotular con el marbete de “tremendismo jocoso”. Es decir, que nos presenta unas situaciones y también unos personajes que anonadan por su textura, pero los envuelve en una saludable pátina de humor, convirtiéndolos en sonrientes motivos de aplauso.

Para empezar, el protagonista (Venancio Mulero Cabrales) se queda huérfano de padre y madre a la edad de catorce años porque el carro donde viajan se precipita por un acantilado. La escena es durísima… pero se origina porque el jumento que tiraba del carro enloquece de dolor “fruto del picotazo de un tábano en su cojón derecho” (p.15). El chico abandona entonces su Teruel natal y recala en la ciudad de Barcelona. Allí es contratado en un prostíbulo, donde de inmediato muere un cliente (nonagenario) como consecuencia de una alteración erótica; y cuando se procede a su entierro, el cura que dirige el oficio es picado en la nariz por un insecto, da un traspié, pisa un rastrillo (que le golpea dolorosamente en la delicada zona que podemos situar, grosso modo, ocho dedos por debajo del ombligo), cae a una fosa y se mata. ¿Será necesario que les siga detallando las barrabasadas que el autor va acumulando para hacernos sonreír?

Si deciden ustedes aventurarse por esta novela (y les recomiendo que lo hagan, porque se van a divertir muchísimo), descubrirán a un pintor catalán de curiosos bigotes y tocado con barretina que acude a un lupanar para excitarse mientras contempla desnudos ajenos; se quedarán boquiabiertos cuando lean cómo la gitana doña Carmen procede con Venancio a un curioso exorcismo genital; asistirán en primera fila a una pelea de soldados en el salón del lupanar; sentirán un escalofrío al imaginarse el sartenazo que aplana el rostro de uno de los personajes; o sofocarán una carcajada cuando se enteren de que la meretriz Luisa es retirada del oficio por un cliente dotado por natura con un mandado hiperbólico.

Pues eso: que lo lean, oigan. Van a pasar unas horas hilarantes mientras escuchan el zumbido de estos tábanos revoltosos.

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