Resultaría
absurdo que intentase resumir la obra Otelo, de William Shakespeare: sus
pormenores argumentales son tan conocidos que me vería obligado a incurrir en
el ridículo. Resultaría igualmente absurdo que intentase decir algo original o
innovador sobre ella, porque los ríos de tinta que ha suscitado desde 1600 conforman
un auténtico Amazonas: mis pretenciosas gotitas ni serían advertidas. Pero
resulta que he leído este drama por quinta vez (la primera, en 1987; la última,
ayer) y no me canso de visitarla. Qué escalofríos. Qué trama inquietante. Qué
telaraña pegajosa la que urde Yago, donde ningún hilo queda al albur. En
principio, se escuda en el odio que siente por el general Otelo porque cree que
“ha montado” a su esposa Emilia (rencor que amplía a Casio porque, según
manifiesta en la escena I del acto II, juzga que también el teniente lo ha
hecho), pero la manera en que desdeña a su mujer nos deja bien claro que se
trata de otra cosa: nadie despliega tan macabra escenografía (todos parecen
marionetas en sus manos) por una persona que, bien claro resulta en las escenas
finales, le importa tres pitos. En su opinión, todas las mujeres son unas
furcias, incluida la suya.
William
Shakespeare, con la habilidad diabólica de quien conoce muy bien el espíritu
humano, construye un ser demoníaco, jánico, inescrupuloso, que juzgo el más
aterrador de los suyos, porque atesora tanta maldad como inteligencia, tanto
veneno como astucia, tanta sagacidad como gelidez de ánimo. Yago dirige un
circo con media docena de pistas, y en cada una de ellas organiza, diseña y
manipula a un personaje. Es capaz de mantener todos los platillos girando, como
un equilibrista maléfico e infalible. De ahí que, a pesar de su condición
totalmente nauseabunda, fascine y encandile. Es el protagonista absoluto de la
obra. El dios oscuro y taimado que susurra en los oídos de todos, que emponzoña
todos los corazones; y que lo hace, además, fingiendo lealtad y cariño
indesmayable.
No me cabe duda de que esta pieza se encuentra a la altura de Hamlet. Y tampoco me cabe duda de que volveré a leerla dentro de unos años, si sigo vivo.

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