Vuelvo
hasta las páginas de William Shakespeare, para que recree ante mí los
tumultuosos amores entre Marco Antonio y la reina Cleopatra. Y, como siempre
hago cuando me enfrento a una obra del Bardo, algunas secuencias las repito en
voz alta, tras haberlas leído en silencio. La sonoridad que logra el profesor
Ángel-Luis Pujante en su traducción, desde luego, ayuda mucho.
Ocioso
resultaría detallar los pormenores históricos del drama, porque resultan
sobradamente conocidos. Lo importante es la condición visceral y volcánica de estos
amores, que Antonio alimenta en su corazón pese a que su cerebro lo lleve hasta
la boda con la hermana de César (“Aunque esta boda me dé paz, mi placer está en
Oriente”). Romano y egipcia se atraen, se inflaman, se buscan, se aman, se
vuelcan; ambos se dejan llevar por la fogosidad de una pasión que los lleva al
arrebato, a los celos, al incendio íntimo, incluso a la cólera (cuando se
sospechan engañados por el otro). Y ese torrente de emociones, gracias al Cisne
de Stratford, se convierte en unas secuencias dramáticas inolvidables, donde
las palabras y la sangre se funden de manera prodigiosa.
Las
escenas finales, en las que la soberana egipcia decide administrarse la muerte
para no ser exhibida por César como botín de guerra, son de una belleza trágica
conmovedora, que conviene leer en un silencio reverencial.
Eric Clapton no lo sé, pero William Shakespeare sí que era Dios.

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