jueves, 22 de enero de 2026

Antonio y Cleopatra

 


Vuelvo hasta las páginas de William Shakespeare, para que recree ante mí los tumultuosos amores entre Marco Antonio y la reina Cleopatra. Y, como siempre hago cuando me enfrento a una obra del Bardo, algunas secuencias las repito en voz alta, tras haberlas leído en silencio. La sonoridad que logra el profesor Ángel-Luis Pujante en su traducción, desde luego, ayuda mucho.

Ocioso resultaría detallar los pormenores históricos del drama, porque resultan sobradamente conocidos. Lo importante es la condición visceral y volcánica de estos amores, que Antonio alimenta en su corazón pese a que su cerebro lo lleve hasta la boda con la hermana de César (“Aunque esta boda me dé paz, mi placer está en Oriente”). Romano y egipcia se atraen, se inflaman, se buscan, se aman, se vuelcan; ambos se dejan llevar por la fogosidad de una pasión que los lleva al arrebato, a los celos, al incendio íntimo, incluso a la cólera (cuando se sospechan engañados por el otro). Y ese torrente de emociones, gracias al Cisne de Stratford, se convierte en unas secuencias dramáticas inolvidables, donde las palabras y la sangre se funden de manera prodigiosa.

Las escenas finales, en las que la soberana egipcia decide administrarse la muerte para no ser exhibida por César como botín de guerra, son de una belleza trágica conmovedora, que conviene leer en un silencio reverencial.

Eric Clapton no lo sé, pero William Shakespeare sí que era Dios.

No hay comentarios: