Cómo
no adentrarse en un libro donde Miguel Delibes, el gran Miguel Delibes, el
admirable Miguel Delibes, nos cuenta sus experiencias deportivas o recreativas
al aire libre. Y si descubrimos que, además, lo hace con grandes dosis de
sentido del humor, miel sobre hojuelas.
Comienza
explicándonos que, desde muy pequeño, acompañó al padre en sus excursiones
cinegéticas, aficionándose de este modo a dos actividades que fueron constantes
durante su vida: la caza y el amor por las caminatas. Siendo aún un
adolescente, recibió como regalo “una escopetilla de 12 milímetros” con la que
abatió su primera perdiz, aunque previamente se había convertido en todo un
experto en lanzar piedras (con una de ellas mató incluso a una golondrina, lo
que le causó tanto orgullo como remordimiento, porque en su niñez hondamente
religiosa este pájaro tenía fuertes connotaciones cristianas).
Después
nos habla de su afición por el fútbol, y recuerda que su último partido (con la
novia entre el público) fue contra el Circo Feijoo, donde sufrió el bochorno de
un encontronazo con un “chino malabarista”, el cual “no recuerdo bien dónde me
puso la rodilla, me propinó un leve empellón y yo salí por los aires dando
volteretas como proyectado por una ballesta”. La escena es para imaginársela. Y
también lo es la hilarante descripción de los partidos “solteros vs. casados”
(el párroco se alineaba con los casados, “por su condición sacerdotal”) de las
fiestas de la Moreneta. En ellos, Miguel Delibes admite sin cortapisas su
inoperancia (“De ordinario, mis disparos a puerta eran follones, flojos, rasos,
inofensivos”).
Y
cómo olvidarnos de sus actividades sobre ruedas: tanto cuando habla de los desplazamientos
en bicicleta desde Molledo-Portolín hasta Sedano (casi 100 km) para ver a su
novia como cuando recuerda las dos avispas que le picaron entre las piernas
(“donde al motorista más podía dolerle”) yendo en su Montesa.
Para
completar el volumen, nos resume sus prácticas tenísticas, sus afanes como
alpinista juvenil y el gran amor a la pesca (sobre todo la trucha). Para el
final nos reserva una anécdota sobre la caza: en enero de 1971, durante un
lance más bien accidentado, tuvo la mala fortuna de romperse una pierna.
“Miguel se ha tronzado una pata”, resumió jocosamente su hermano ante un amigo.
¿Cómo no recordar la secuencia que, casi con las mismas palabras, incluyó en su
novela Los santos inocentes?
Un libro para sonreír, para disfrutar y para reencontrarse con un maestro de la prosa castellana.

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