jueves, 5 de febrero de 2026

Donde se alzan los tronos


 

Los libros de Ángeles Caso jamás me decepcionan. Los descubrí de forma azarosa y, uno tras otro, me convencen y reciben mi aplauso. Su forma de narrar me fascina desde la primera hasta la última de sus páginas. Así que vuelvo a adentrarme en otra, como es lógico. En esta ocasión, se trata de la novela Donde se alzan los tronos, una vigorosa reflexión (ampliamente documentada y bellamente expuesta) sobre las nauseabundas trastiendas del poder y sobre la forma astuta, y a veces inicua, en que se diseñan las coronaciones, las guerras o las alianzas entre países.

Todo comienza a finales del siglo XVII cuando Carlos II, enfermo y débil, debe elegir a la persona que herede su trono. Su esposa Mariana lo presiona para que firme el testamento (carecen de hijos) y nombre al archiduque Carlos; pero las intenciones del cardenal Portocarrero son otras muy distintas: quiere que entregue el trono a los Borbones franceses, en la persona de Felipe, duque de Anjou, futuro rey Felipe V de España, más bien reacio a asumir tal compromiso. Vive demasiado bien en la corte de Versalles y las informaciones que le llegan sobre España (nobles siempre vestidos de negro, rancio catolicismo ñoño, escasa afición a la higiene y los lujos) no resultan demasiado seductoras.

Celebrada la boda en España entre Felipe de Anjou y María Luisa de Saboya (de apenas 13 años), la princesa de los Ursinos, Mariana de la Trémoille, quien ha sido comisionada por el rey francés para que tutele el matrimonio y que se va a convertir en la auténtica protagonista de la obra, comienza a ejercer su influencia sobre el matrimonio (“El poder la excitaba más de lo que nunca la había excitado el cuerpo más deseable de todos los que habían compartido su lecho”, p.83). Y, como es obvio, es objeto de infinitos ataques por parte de sus enemigos, que fingen creer todas las insidias que sobre ella se vierten (“Una calumnia era un festín hacia el que todos se abalanzaban exhibiendo sus mejores galas y enseñando entre los dientes sus lenguas bífidas”, p.134). Durante dos centenares de páginas la veremos maniobrar, interceptar correos, urdir voluntades, amañar enlaces nupciales, sugerir destierros, deslizar indirectas y, en suma, organizar las vidas de quienes tiene alrededor, llevada por su ambición. Esta omnipotencia se truncará solamente cuando aparezca en la vida del rey la figura de Isabel de Farnesio.

Con una habilidad admirable, Ángeles Caso nos va describiendo el ridículo de los protocolos palatinos (esos lunares postizos, esos maquillajes patéticos, esa mugre que se almacena por no recurrir al peligro sanitario del baño), la endiablada complejidad de las insidias y las venganzas, el poder de los religiosos, la necedad de los médicos y, sobre todo, la obsesiva persecución del poder que enloda el corazón de casi todos los protagonistas.

Una narración memorable (centrada en una mujer inteligente y astuta que luchó contra los prejuicios y limitaciones de su tiempo), en cuyo transcurso podemos comprender muchos detalles cruciales de la historia de Europa.

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