Cuando
abro el libro de un autor al que aún no he tenido la oportunidad de leer, todas
las posibilidades están abiertas: puede parecerme admirable o mediocre; puedo
terminarlo o dejarlo a las pocas páginas; puedo anotar su nombre o dejarlo ir
(con mi gratitud, pero sin mi entusiasmo). En esta ocasión (y son ya muchas las
veces que me ocurre con autores y autoras que aparecen en el sello Talentura),
mi aplauso es tan espontáneo como intenso. Qué espléndido resulta, en mi
opinión, el volumen de relatos Como meteoritos, del logroñés Alejandro
Amelivia. Lo he disfrutado enormemente.
Cuando
me adentré en la primera propuesta (que se titula “La chica de mis sueños”) y
descubrí al inquietante personaje de El Soñador, me dije: Caramba. Pero,
sin darme respiro, luego vinieron el mal cuerpo que genera la violencia etílica
en “Kentucky Gentleman”; la terquedad cazurra de Hank y la sensualidad
cromática de June en “La fatiga de los materiales”; la sofocante admiración por
Charles Lynch que parece recorrer las venas de los habitantes de Hawthorne; el
sueño premonitorio de Larry, al que su esposa Violet se niega a prestar ninguna
atención; la inquietante cicatriz que cruza el rostro del cazador que irrumpe
en la casita de “En el borde del claro”; los trucos (casi sonrientes) que
despliegan una médium fraudulenta y su ayudante demasiado vivo en “Estrella
blanca”; y, sobre todo, las líneas que forman “Ya nadie recuerda nada”, un
cuento que tendría que ser leído y estudiado en todos los institutos y
universidades de España como ejemplo de construcción narrativa y de eficacia
literaria.
Cómo maneja Amelivia el cambio de narrador en sus relatos; cómo escoge las ambientaciones y las frases de sus personajes; cómo redondea y esmalta los finales. Impresionante, de verdad. Me ha parecido un libro admirable y digno de elogio. Están tardando en buscarlo.

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