Continúo
releyendo libros que, abordados en mi juventud, me apetece volver a visitar,
para comprobar hasta qué punto mi opinión sobre ellos se mantiene o ha
cambiado. En esta ocasión, lo hago con la novela inicial de Camilo José Cela,
que también fue la primera de las suyas que leí: La familia de Pascual
Duarte. Sigue antojándoseme magistral. Las brusquedades, los silencios, las
reflexiones de este campesino que vino al mundo cerca de Almendralejo, hijo de
un contrabandista portugués bebedor y violento y de una mujer flaca y
desabrida, poco amiga de la higiene, sobrecogen y perturban. Es asombroso que
un autor tan joven lograse un texto tan acabado, tan convincente, tan sólido.
Escenas
como la muerte de la Chispa, o el acuchillamiento de la yegua, o la forma en
que desvirga a su primera pareja, se quedan para siempre en la memoria. Y
también lo hacen algunos personajes de la obra, por su condición chulesca (El
Estirao), por su candor vulnerado (Mario), por su crueldad execrable (don
Rafael) o por el oscuro sendero que la vida les llevó a asumir (Rosario).
Pero, sobre todo, me sedujo a los veinte (y ha vuelto a seducirme a los sesenta) el vuelo clásico de la sintaxis celiana: un equilibrio difícil pero siempre logrado entre naturalidad y barroquismo, que no solamente asombra por su perfección, sino también por la habilidosa forma en que el escritor gallego consigue que no disuene en la pluma de un personaje levemente alfabetizado, como Pascual. No descarto volver a leerla (no sé si entera, pero sí fragmentos) en los próximos años.

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