Soy,
siguiendo la fórmula que utilizó Emir Rodríguez Monegal en su libro sobre Pablo
Neruda, un viajero inmóvil. De hecho, no creo que existan demasiadas personas
que puedan ser definidas como “inmóviles” con más exactitud que yo. Mi ideal de
vida consiste en no salir de mi casa más que un par de veces al mes, siempre
con el mismo amigo, a tomar cerveza en el (preferiblemente) mismo lugar. Pueden
creerme. Soy, como pregonaba de sí mismo el maestro Jorge Luis Borges,
“decididamente monótono”. Pero (y aquí viene lo curioso) me encanta conocer las
experiencias viajeras de la gente a la que admiro: sea en forma de fotografías
(Julio García Luján) o de palabras (Manuel Moyano). En este grupo último (es
decir, quienes registran literariamente sus ambulaciones) incluyo a mi
entrañable Mariano Sanz Navarro, al que este blog sigue con interés y gratitud.
Su
última entrega es este fascinante Viaje por Mauritania, que nos permite
seguir conociendo más detalles de ese mundo norteafricano que tan próximo
tenemos y que, ay, tan escasamente nos preocupa o imanta. Son siete mil
kilómetros de ruta que se inicia en Santomera y que tiene su primera parada en
Fez, “capital cultural de Marruecos, reserva de tradiciones y cuna de
ortodoxos” (p.23). Desde allí se desplazó hasta Rabat y Bouznika, donde tiene
oportunidad de tomarse una coca-cola que tiene un pequeño secreto: “Escocia, 12
años” (p.41). Y así, paso a paso, Mariano nos va describiendo paisajes,
costumbres, tipos humanos, curiosidades del lugar (ese aeropuerto clausurado
por orden de Hassan II), ciudades con tres nombres (véase la página 62),
hoteles de los cuales es “mejor no dejar memoria” (p.102), morabitos
reverenciales y, quizá por encima de todo, silencios nocturnos que se graban en
el corazón para siempre (“Dormir en el desierto es una experiencia impactante
que descubrí hace años en el Tiris, en mi primera excursión a la tumba de Chej el-Maami. La oscuridad cae rápidamente y
de pronto es noche cerrada. Hay que recurrir a las linternas si no se ha
encendido fuego. Hacia media noche, como si se descorriera un telón gigantesco
que mantenía las estrellas ocultas, aparecen en todo su esplendor. El viajero
que reposa, el rostro contra el cielo, es consciente de su pequeñez y se pierde
en reflexiones acerca de la belleza y profundidad de ese mundo sobre el que con
frecuencia se pasa de forma inconsciente. Momentos así son suficientes para
llenar de contenido el viaje”, p.139).
Si sienten curiosidad por esa cercana parte del planeta que se encuentra al sur de España y con la que nos unen no pocos lazos, les recomiendo que visiten las páginas de este Viaje a Mauritania. Les va a gustar.

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