Me
adentro por un espacio narrativo titulado El regreso de la ira y que
está firmado por Antonio Garrido Hernández. Es, permítanme que me adelante,
espléndido. Y lo es, sobre todo, por la textura interna de sus páginas, donde
el hilo argumental (una pareja de chicos homosexuales que son asesinados en la
calle por energúmenos homófobos) quizá sea lo de menos, siendo importante. Y es
que no nos encontramos frente a una historia típica (donde se nos cuenta lo que
hacen unos personajes que se mueven por la ciudad) sino frente a una
ebullición, una efervescencia de tinta, un volcán filosófico e intelectual
cuyas páginas están atravesadas por graves reflexiones sobre el sentido de la
vida, las variantes de la sexualidad moderna, la agresión de Putin sobre
Ucrania, la monarquía española, el Mar Menor, la comprensión recta y actual de Friedrich
Nietzsche, las ONGs, la subjetividad de la justicia, el lenguaje políticamente
correcto, la eutanasia o los disparates que se gestan en Davos. En ese sentido,
El regreso de la ira es una obra que resulta profundamente excitante,
porque te obliga a pensar, te aporta ideas, te desbarata prejuicios, te
suministra opciones. No hay tantos libros así, inteligentes y sensuales al
mismo tiempo. Casi me siento tentado de definirlo como un aleph borgiano.
Para
quienes se pregunten por los anclajes de la obra, digamos que transcurre en la
ciudad levantina de Mirtea, cuyo periódico principal se llama Veritas y donde
el partido político La Voz están subiendo como la espuma. No creo que se
necesiten más detalles para ubicar el territorio novelesco, que nos coloca
frente a un mundo que se va polarizando y radicalizando, por la derecha y por
la izquierda. Y que asusta (sobre todo que asusta) por la proliferación de ira
que fomenta, en ambos extremos: en un lado, para tensar a la sociedad y lograr
objetivos de cambio “higiénico”; en el otro, para oponerse de forma virulenta a
esos desafíos. Lejos de maniqueísmos, Antonio Garrido constata y lamenta “la
ira reactiva de los siervos de babor como respuesta a la ira activa de los
señores de estribor” (p.214). Ambos sectores creen haber hallado en la
agresividad el camino idóneo para vencer a sus adversarios, sin recordar las
palabras prudentes que Thomas More dejó anotadas en su libro Utopía: “Es una cosa inadecuada y estúpida y una señal de
arrogante presunción obligar a todos los demás con la violencia y las amenazas
a estar de acuerdo con aquello que uno cree que es verdadero”.
Lectura altamente recomendable.

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