Todas
las familias (que no os engañen sus sonrisas superficiales) están cuajadas de
zonas oscuras, de viejos secretos, de traumas silenciosos o silenciados. Y eso
que llamamos armonía no es, quizá, sino el meticuloso esfuerzo que en su
seno se realiza para que las fricciones, los rencores, las viejas afrentas, las
traiciones o las deudas queden maquillados (incluso sinceramente). A veces, ese
dolor no tiene nada que ver con quienes nos rodean en el seno familiar; a
veces, sí. Pero en todos los corazones se guarda una sentina cuya puerta, de
bisagras chirriantes y con el picaporte oxidado, conviene no abrir.
El
escritor valenciano Rafael Soler nos invita a un terrible espectáculo narrativo
(de apariencia inofensiva) en su trabajo La pistola de mi padre, que
publica el sello Contrabando. En él nos presenta a la familia Cortázar, donde
cada miembro (hasta el guadiánico y tangencial Roberto) esconde en los
bolsillos sus rarezas, sus odios, sus heridas: el patriarca Aníbal, que trabajó
como viajante de comercio hasta que se reconvirtió en dueño de un bar en
Madrid; su esposa Rosario, que es consciente de que la trayectoria de su
familia no ha sido precisamente amable y que se reconforta con tientos a la
botella de anís; Carlos, el hijo, que camufla en las conquistas amorosas con
alumnas su fracaso esencial como escritor, pues no ha logrado el éxito que
esperaba; Isabel, la hija, aquejada de un trastorno bipolar que tortura su alma
y la existencia de quienes la rodean. Cada uno de ellos se enfrenta a los
problemas de forma aislada, sin abrirse a los demás: Aníbal, con el rencor
hacia su hermano Roberto y con las caricias furtivas al arma que esconde en una
caja; Rosario, grabando cintas de audio donde confiesa sus frustraciones, sus
torpezas, sus esperanzas inútiles; Carlos, convirtiendo en metáforas parciales
su vida fracasada (esposa que le pide el divorcio, alumnas que lo abandonan al
poco de iniciar su relación, hijas con las que se comunica mal); Isabel,
redactando un diario sincopado y neurótico, que guarda al fondo del armario.
Este gran tratado sobre la incomunicación y sobre los secretos familiares, que alcanza cotas psicológicas y líricas de elevada altura, exige del lector una mirada que acompañe estrechamente a la narradora de la historia, “tan discreta” (como se define a sí misma en la página 129). Se aprende mucho haciéndolo.

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