Disfruto
enormemente el libro 39 escritores y medio, de Jesús Marchamalo, que
contiene semblanzas de una serie de autores magníficos, a muchos de los cuales
he tenido la felicidad de leer. Hay, desde luego, centenares de obras que
insisten en este procedimiento (incluso con la sonrisa que se desprende del título:
recordemos Los 38 asesinatos y medio del castillo de Hull, del brillante
Enrique Jardiel Poncela), así que tendré que aclarar de inmediato por qué me ha
fascinado tanto la apuesta marchamálica: creo que la clave, el núcleo, está en su
capacidad para elegir (y elegir muy bien, además) un detalle y hacer que todo
el retrato anímico gire alrededor de ese diamante. Así, nos habla de las gorras
marineras de Alberti, de la penumbra en la que solía estar Baroja por no
encender la luz, del escrúpulo de Cernuda con su segundo apellido, de aquella
pirámide de cristal de la que se encaprichó Cortázar, del sumamente friolero
Macedonio, de la exquisitez indumentaria de Gil-Albert, de la hiperacusia
hiperbólica de Juan Ramón Jiménez, de la maleta perdida de Antonio Machado, de
la orgullosa panza abacial de Neruda, del peculiar nombre de un escritor
(“Claro que es una excentricidad llamarse Aub y ser valenciano, algo que ni
siquiera se arregla con el segundo apellido, Mohrenwitch, que suena más a duque
austrohúngaro, a coronel de dragones o húsares”), de los libros perdidos por
Onetti (“Se casó y se separó cuatro veces, y por lo tanto perdió cuatro
bibliotecas gananciales”), de la fervorosa bibliofilia de Alfonso Reyes (“Se
construyó una casa con biblioteca que acabó siendo una biblioteca con casa”), de
las aficiones cocotológicas de Unamuno o de la gatofilia de María Zambrano.
Y
cómo no aludir a los magníficos dibujos de Damián Flores, que captan con una
admirable eficacia los rasgos faciales de los protagonistas. Memorables.
Un libro hermoso y lleno de anécdotas curiosas, de perfiles llamativos, de vida, que les recomiendo que busquen.

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