miércoles, 21 de enero de 2026

Rapsoda

 


Ninguna persona sensata confunde, en literatura (ni en casi nada), la cantidad con la calidad. Jorge Luis Borges, que no me parece sospechoso de idiocia, dejó anotado que un hexámetro bien construido puede ser más valioso y más bello que un grave volumen atiborrado de páginas prescindibles. Y el jesuita Baltasar Gracián, tan poco amigo de oropeles, anotó que más obran quitaesencias que fárragos. Los haikus, quién lo dudará, condensan esas ideas en su reducido vaivén de sílabas.

Acabo de leer, en apenas quince minutos, la obra Rapsoda, que Liliputienses le publica al bonaerense Lucas Soares; y creo que también sirve para ejemplificar cuanto arriba queda dicho. La voz de un viejo rapsoda susurra aquí palabras que van cayendo como pétalos y que, rozándose o colidiendo, se estimulan entre sí y generan imágenes. Pero, sobre todo, generan silencios, porque este libro (que la editorial nos presenta en un agradable formato de bolsillo) parece atravesado por brisas silentes que lo dotan de un aura especial. Es como si la persona que está leyendo contemplase al viejo rapsoda sentado en el suelo, al modo búdico, y estudiase sus gestos, contemplase los movimientos de su cara y, sin abrir los labios, esperara su mensaje.

Prueben a leerlo como he hecho yo: con unos auriculares de insonorización. Ya me dirán qué les parece el experimento.

No hay comentarios: