“La
soledad me pesa”, se lamentaba el protagonista de Rinoceronte, de Eugène
Ionesco. Y Hermann Hesse, quizá contestándole desde las páginas de su novela Demian,
indicaba que “cada cual tiene que
probar la dureza de la soledad”. Eso es lo que hacen, cada uno a su modo, los
personajes que pueblan los relatos de Discordancias, de Elena Casero:
enfrentarse a su soledad, rebelarse contra ella, tratar de asimilarla o
vulnerarla, vencer o morir en el intento. Con habilidad, la autora valenciana
nos propone casi una veintena de historias cuyos protagonistas sufren un engaño
(“Tu melena negra”), se embarcan en suicidios sucesivos cuyo final no deja de
adoptar tintes humorísticos (“Inconvenientes del matrimonio”), se ven atrapados
por el insomnio (“Una noche en el páramo”), planean charlas telefónicas tan
conmovedoras como imposibles (“Una llamada a deshora”), sufren la desidia de un
hijo estupidizado por la lectura (“El jinete”), contratan a una prostituta en
Nochebuena (“Isolina”) o afrontan su mendicidad con la alegría de saber que su
récord olímpico aún no ha sido superado (“Su mejor salto”).
Resulta imposible sustraerse al influjo emocional de estas criaturas maltrechas, zaheridas por la grisura o la decepción, que siguen respirando por inercia y que se aferran a recuerdos o ilusiones (la mentira del ayer, la mentira del mañana) para no pensar en la realidad del hoy, tan amarga como injusta. Da igual que sean hombres o mujeres, da igual su raza o su edad, da igual su nivel económico: todos pertenecen a la estirpe de los derrotados. Si es que esa estirpe (ay) no incluye a la especie humana en su conjunto.

1 comentario:
Muchas gracias por acercarte a este libro.
Publicar un comentario