Desde
hace tiempo, parece evidente que las expectativas laborales de nuestros hijos
son peores que aquellas que rodearon nuestra propia juventud: sus sueldos son
pequeños, la relación entre su preparación académica y su trabajo se ha
deteriorado y las posibilidades de bienestar que se asocian a esas condiciones
(vivienda incluida) han sufrido una merma importante. Sin ponernos anteojos
utópicos ni vendas oculares que la camuflen, esa es la situación real, salvo
raras excepciones. Y de tal premisa parte la escritora Chelo Sierra para
componer la novela Bonsáis, con la que fue finalista en el XII premio
“Encina de Plata”, hace unos años.
Tres
jóvenes la protagonizan: Ismael (matemático extremeño que sobrelleva como puede
los desdenes de Hugo, su amor imposible), Karmen (publicista vasca que carga
sobre los hombros una pesada losa: ser hija de Elvira Mancebo, la creativa más
famosa del país) y Mery (psicóloga alicantina que se aleja del hogar para no
asistir a la consunción de su madre, enferma terminal de cáncer). Los tres
viven en un piso de alquiler, cochambroso y frío, mientras trabajan en
diferentes sectores de una conocida marca de galletas. Allí se les encargan
tareas que no se corresponden con su preparación profesional (traer cafés,
hacer fotocopias, rellenar galletas con gotitas de chocolate), se les pagan
sueldos de miseria y se les prodiga, sobre todo a ellas, un trato vejatorio
(desde gritos hasta tocamientos de culo).
Un
día, la idea brota en la mente de Karmen y se propaga a los demás: ¿y por qué
no sabotear la compañía? ¿Por qué no generar una situación caótica que le
cueste dinero a la empresa y que, a ser posible, provoque la ruina de esos
jefes machistas e impresentables que las están humillando?
Déjenme
que les lea un trocito de la página 102, donde se cifra el sentido del título
de la obra: “Ay, los bonsáis […]. Los esculpimos con mimo, los formamos para
que sean perfectos, podamos las ramas defectuosas… […] Pero les impedimos
crecer. No es culpa vuestra, somos nosotros, la sociedad, las circunstancias,
los que no os dejamos crecer. Vosotros no, vosotros sois perfectos, la
generación bonsái. Algún día, nos daremos cuenta y os dejaremos crecer y echar
raíces”.
Un relato lúcido, amargo y certero, donde el humor y la tristeza se unen para conformar un análisis muy fiel del mundo que nos rodea.
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