Hay
que ser muy estúpido para considerar que el ser humano tiene algún tipo de
poder sobre la piel de la tierra. Puede encauzar ríos y construir pantanos, sí;
puede roturar cultivos y allanar montañas, claro; puede erigir puentes y alzar
estatuas, evidentemente. Pero cuando ruge el huracán, se yergue el tsunami,
gira el tornado, eructa el volcán o agita sus maracas el terremoto, toda la
soberbia de la especie humana se viene abajo con la facilidad temblorosa de un
castillo de naipes. Solamente los más lúcidos comprenden que la armonía, la
conexión y el respeto con la tierra (con la Tierra) se imponen como los caminos
más sensatos, menos delirantes, más productivos. Y en ese ámbito conviene
recordar la figura mitológica de Anteo, hijo de Poseidón y de Gea que obtenía
su poder del contacto con el suelo que pisaba y que fue elegido simbólicamente por
el poeta Francisco Sánchez Bautista para convertirse en protagonista de su
poemario Encuentros con Anteo.
En
sus páginas (construidas con heptasílabos y con alejandrinos gloriosos) se nos habla
de un mundo arterial de acequias benefactoras (“Nelva, Aljada, Benetucer, Raal
Viejo, / Aljufía y Alquibla, / donde el árabe tuvo arte y parte”). Allí brilla
con su limo benéfico el río de su infancia, junto al cual un padre sonriente
comparte “mesa redonda con los pobres”. Pero luego el esplendor de los versos no
decae: las décimas (con fiebre) que le dedica al pensador don Miguel de Unamuno;
los versos llenos de serenidad que tributa a Antonio Machado, León Felipe o
Miguel Hernández; o ese hermoso y altísimo monumento poético que se titula
“Encuentro con los humildes”, donde ruega que se les respete, porque son sus
manos labriegas las que hacen posibles las cosechas que a todos nos alimentan.
Don Francisco, al que tuve el honor (repito: el honor) de conocer, fue un poeta
egregio, atemporal y exquisito. Por eso lo releo con frecuencia y con
indesmayable admiración.
Permítanme
que le ceda la palabra al poeta de Llano de Brujas, para que sus versos cierren
esta nota:
“Si
Marte ya se acerca con su trompa de guerra,
sus
legiones autómatas de robots dirigidos
para
que fríamente se aniquile la vida,
sigue
sembrando, padre; sigue sembrando, hermano;
unámonos,
sembremos; que del amor depende
que
la tierra no sea campo de experimentos,
páramo
inhabitable, muerta esfera rodante
en el vacío inmenso por el odio del hombre”.

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