viernes, 16 de enero de 2026

Encuentros con Anteo

 


Hay que ser muy estúpido para considerar que el ser humano tiene algún tipo de poder sobre la piel de la tierra. Puede encauzar ríos y construir pantanos, sí; puede roturar cultivos y allanar montañas, claro; puede erigir puentes y alzar estatuas, evidentemente. Pero cuando ruge el huracán, se yergue el tsunami, gira el tornado, eructa el volcán o agita sus maracas el terremoto, toda la soberbia de la especie humana se viene abajo con la facilidad temblorosa de un castillo de naipes. Solamente los más lúcidos comprenden que la armonía, la conexión y el respeto con la tierra (con la Tierra) se imponen como los caminos más sensatos, menos delirantes, más productivos. Y en ese ámbito conviene recordar la figura mitológica de Anteo, hijo de Poseidón y de Gea que obtenía su poder del contacto con el suelo que pisaba y que fue elegido simbólicamente por el poeta Francisco Sánchez Bautista para convertirse en protagonista de su poemario Encuentros con Anteo.

En sus páginas (construidas con heptasílabos y con alejandrinos gloriosos) se nos habla de un mundo arterial de acequias benefactoras (“Nelva, Aljada, Benetucer, Raal Viejo, / Aljufía y Alquibla, / donde el árabe tuvo arte y parte”). Allí brilla con su limo benéfico el río de su infancia, junto al cual un padre sonriente comparte “mesa redonda con los pobres”. Pero luego el esplendor de los versos no decae: las décimas (con fiebre) que le dedica al pensador don Miguel de Unamuno; los versos llenos de serenidad que tributa a Antonio Machado, León Felipe o Miguel Hernández; o ese hermoso y altísimo monumento poético que se titula “Encuentro con los humildes”, donde ruega que se les respete, porque son sus manos labriegas las que hacen posibles las cosechas que a todos nos alimentan. Don Francisco, al que tuve el honor (repito: el honor) de conocer, fue un poeta egregio, atemporal y exquisito. Por eso lo releo con frecuencia y con indesmayable admiración.

Permítanme que le ceda la palabra al poeta de Llano de Brujas, para que sus versos cierren esta nota:

“Si Marte ya se acerca con su trompa de guerra,

sus legiones autómatas de robots dirigidos

para que fríamente se aniquile la vida,

sigue sembrando, padre; sigue sembrando, hermano;

unámonos, sembremos; que del amor depende

que la tierra no sea campo de experimentos,

páramo inhabitable, muerta esfera rodante

en el vacío inmenso por el odio del hombre”.

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