Leo
mi tercer libro de la japonesa Banana Yoshimoto, que se titula Tsugumi y
que traducen Albert Nolla y Bibiana Morante. Y, como en mis dos aproximaciones
anteriores, vuelvo a sentir la fascinación de una atmósfera: la que crea la
autora con sus personajes, con sus diálogos, con sus paisajes. Desde el
principio puede escucharse la voz (tan cristalina, tan delicada) de Maria
Shirakawa, quien conoce desde niña a Tsugumi, hija de los dueños del hostal
Yamamoto. Sabe muy bien que su amiga es “mala, deslenguada, egoísta, consentida
y retorcida” (p.11), pero también es consciente de que “fuera de casa, era otra
persona” (p.14). Quizá la razón de ese temperamento agresivo, burlón, descarado
y hasta insolente haya que buscarla en la quebradiza salud de la muchacha, que
siempre parece estar al borde de la muerte, con fiebres, temblores y achaques.
Es como si, sabiéndose tan débil en lo físico, Tsugumi buscara acorazarse,
protegerse, impedir que nadie se le acerque demasiado.
Pero
cuando, un tiempo después, Maria vuelve a pasar el verano junto a su amiga (la
familia va a desprenderse de su hostal en unas semanas), un tercer personaje
irrumpirá con fuerza entre ellos: el joven, educado y simpático Ryoichi, del
que Tsugumi cree enamorarse.
Elegante en el trazado de sus escenas, Yoshimoto consigue una historia hermosa (y, por instantes, terrible), que me sirve para inaugurar el año literario 2026.
