Estamos
invitados a asistir a la feria. Y la verdad es que resulta difícil negarse,
sobre todo teniendo en cuenta que quien nos cursa la invitación no es otro que
Johann Wolgang von Goethe. Todo en esa feria es ajetreo, estruendo, gritos,
risas, proclamas de vendedores que ofrecen sus mercancías (pitos, ganado,
escobas, tambores) y gentes que se enzarzan en disputas. El nivel de ruido
llega a ser un poco ensordecedor, para qué negarlo. Pero tiene un aliciente
especial: también se representa en su interior una pequeña obra de teatro, que
nos brinda una enseñanza: el codicioso y pérfido Amán intenta convencer al rey
Asuero de la maldad de los judíos, que desprecian sus leyes, acumulan riquezas
y podrían, en fin, atentar incluso contra la vida del monarca. Su objetivo,
desde luego, es económico. Pero el soberano, aturdido por las informaciones que
Amán escupe en sus oídos, accede a decretar el pogromo. A su alrededor,
mientras los actores desempeñan sus papeles, siguen gritando las lecheras,
corriendo los pilluelos y buscándose la vida todo tipo de mercaderes.
Una piececita liviana y distraída, que he podido disfrutar gracias a la traducción de Rafael Cansinos-Assens.

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